1591 Combate en las Terceras

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1591 Combate en las Terceras



En 1591 notificó el Rey a don Alonso de Bazán la presencia de una escuadra inglesa al mando de Thomas Howard conde de Suffolk, encontrándose al acecho en las islas Terceras, decidió darle una lección, envío a sus fragatas para transmitir la orden de reunión de todas las escuadras de galeones, a su llamada acudieron todos; Antonio de Urquiola, Martín de Bertendona, Marcos Aramburu, Sancho Pardo y la portuguesa al mando de Luis Coutiño, con ocho de sus filibotes, reuniendo en total sesenta y tres galeones más lo filibotes, con una tropa a bordo de siete mil doscientos hombres. Los ingleses por su parte contaban con veintidós velas de ellas seis eran grandes galeones.

Conocedor del punto exacto por donde debían cruzar los buques procedentes de Tierra Firme y lugar conocido por los ingleses, el cual se encontraba entre las islas del Cuervo y Flores, a ese punto arrumbó la escuadra al completo. Don Alonso quiso coger al enemigo al amanecer o empezando a hacerlo pensando estarían aun fondeados, calculó las distancias y velocidad acoplando la vela de la escuadra para arribar en el momento justo, pero por causa de una fuerte racha de viento arrancó de la cepa el bauprés de la capitana de don Sancho Pardo, obligando a quedarse a todos al pairo hasta ser reparada la avería, esto provocó un retraso impidiendo dar la sorpresa al enemigo.

Efectivamente se alcanzó el lugar a las cinco de la tarde, cuando la escuadra inglesa estaba en alerta, maniobrando Howard para ganar barlovento, al estar a tiro de cañón comenzó el combate, pero los ingleses con ese miedo ancestral al abordaje de los españoles, permanecieron siempre maniobrando para evitarlo, el único que no lo hizo fue el galeón almirante uno de los más poderosos de la escuadra inglesa, pues estaba armado con 43 piezas de broce, de ellas 20 en la primer cubierta de cuarenta a sesenta quintales de peso, siendo el resto de entre veinte y treinta por ir más altas. El galeón era el famoso Revenge de Drake, con él había realizado el viaje a Indias y el ataque a Coruña. En esta ocasión estaba al mando de Richard Greenville.

Cometió el error de no estar pendiente de las maniobras de sus supuestos compañeros, estos llevados por las evasivas que realizaron se fueron alejando, hasta poder cazar bien el viento consiguiendo huir dejando solo y sin miramientos hacía su almirante, por ello fue atacado por casi toda la escuadra española. Pero bien organizados, el primero en llegar a aferrarlo fue el galeón de Claudio de Beamonte, siendo abordado por diez hombres pues los cables se partieron impidiendo ser más, visto esto por Bertendona se aferró por la otra banda, mientras por el través del tercio de cuadra (popa) le entró Aramburu, entre tanto había comenzado a anochecer.

Al entrar los hombres de Aramburu por el tercio de cuadra, fueron los que consiguieron el estandarte enemigo, a pesar de esto sus hombres penetraron hasta el palo mayor, pero el fuego que se les hacía desde el tercio de amura (castillo), les obligó a retroceder, por ello acometieron a la vez dos nuevos galeones, el de Antonio Manrique y el de Luis Cotiño, siendo ya cinco contra uno y a pesar de tener la proa deshecha seguía soportando el fuego, la bizarría del inglés hay que dejarla remarcarla en este caso, pues a pesar de esa superioridad numérica mantuvo su situación por espacio de tres horas ya entrada la noche; cuando el galeón enemigo estaba sin palos, el casco con más agujeros que madera y ciento cincuenta de sus hombres muertos o heridos, fue cuando decidió rendirse.

Fue trasportado Greenville al galeón de don Alonso, quien lo recibió con todos los honores, como no era menos de esperar después de tan gallarda defensa, los médicos le atendieron por llevar una gran herida en la cabeza, por su forma debía de ser un tiro de arcabuz, impidiéndole a pesar de los esfuerzos y esmerados cuidados que le procuraron los protomédicos vivir poco tiempo.

Los daños propios fueron elevados, pues la embestida de los dos últimos galeones no solo contra el buque enemigo, sino entre ellos, les causo graves daños en sus proas y a lo largo del combate fueron como un centenar las bajas. Por parte de los bajeles enemigos que huyeron, según los partes de los distintos capitanes debieron de ser graves, dado que en su huida ‹descubrían los navíos el sebo› o sea iban muy escorados por cazar el viento, por ello se pudieron contar varios impactos de la artillería española en esa zona, dando por muy seguro que alguno no arribaría a su isla.

Bibliografía:

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Canales, Carlos. y Rey, Miguel del.: Las Reglas del Viento. Cara y Cruz de la Armada española en el siglo XVI. Edaf. Móstoles (Madrid) 2010.

Cerezo Martínez, Ricardo.: Las Armadas de Felipe II. Editorial San Martín. Madrid, 1988.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Facsímil. Madrid, 1996. 6 Tomos.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

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