1597 Burlando a los ingleses sobre las Azores

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Burlando a los ingleses sobre las Azores, año de 1597


Por Real Orden del Rey don Felipe II se estaba concentrando una gran escuadra y flota para componer otra gran expedición con la intención de invadir Inglaterra, se le entregó el mando del conjunto al almirante don Diego Brochero, dando al Adelantado Mayor de Castilla don Manuel de Padilla el mando en jefe del ejército a desembarcar y como capitanes Zubiaur, Oliste, Vaillaviciosa, Bertendona, Antonio de Urquiola y Aramburu.

Siendo designado el Ferrol como puerto de concentración de la expedición; Ésta estaba formada por: veinte buques del Rey, doce de particulares, veintisiete alemanes y veinticinco flamencos, en total ochenta y cuatro velas que en sus portes iban desde el galeón Capitana de mil doscientas toneladas del San Pablo, hasta una galizabra por nombre Esperanza de setenta.

Las naves de los particulares estaba encabezada por el galeón Almiranta también de mil doscientas toneladas y el Misericordia de mil, así como otro del Rey también de mil llamado San Pedro, las naves alemanas y flamencas eran todas urcas de seiscientas toneladas la mayor hasta setenta de la más pequeña, con un total de veinticinco mil novecientas once toneladas en total.

Los ingleses que mantenían informadores en todos nuestro puertos y lo que no eran puertos, pasaron informes del peligro que se cernía sobra su isla, por la rapidez con que se estaba formando esta la expedición, con destino a desembarcar en sus costas. Así se pusieron a trabajar para reunir a su vez otra escuadra para combatir a la española, consiguiendo aún en menor tiempo formar una compuesta por ciento veinte velas, siéndole entregado el mando en Jefe de ella al conde de Essex y como subordinados a Tomás Howard y Walter Raeligh; para que nada quedara sin preparación pidieron ayuda a los holandeses, quienes les aportaron otra escuadra formada por veinticinco buques de guerra.

Reunidas las escuadra en el puerto de Plymouth, se hicieron a la vela el 9 de julio de 1597, con la intención de adelantarse y destruir la expedición española en el mismo puerto, antes de que pudiera hacerse a la mar, pero encontrándose sobre las aguas del cabo de Finisterre el Dios Eolo desató un fuerte temporal del nornordeste (también ellos los sufrían) al tener que correrlo fueron arrastrados de tal forma que fueron apareciendo sobre las islas Azores, donde por saber que era el punto de recalada de las Flotas de Indias, la escuadra se partieron en divisiones cruzando las islas y a la espera de alguna a ver si había suerte.

Pero por efecto del temporal como se ha dicho quedaron en pequeños grupos inconexos, siendo Walter Raeligh el primero en alcanzar las islas y desembarcando en Fayal para recuperar a su gente, tomando de paso esta parte de la isla por no tener casi defensas, esta acción malhumoró mucho al conde de Essex, ya que su obligación no era la de tomar las islas sino la de impedir que la expedición española llegara a las costas de Inglaterra.

Ya reunidos atacaron la isla de San Miguel y a Villafranca, pero no se atrevieron a efectuarlo en firme, al darse cuenta de la gran defensa del lugar, a lo que se sumaba que no se divisaban árboles que dieran por sentado que alguna Flota de Indias se encontraban en estos puertos.

Pero sí pudieron averiguar que la Flota de Indias al mando del capitán general don Juan Gutiérrez de Garibay, formada por cuarenta y tres velas y con diez millones de pesos estaba en Agra (isla Tercera), donde se refugió con toda su Flota al ser conocedor de la presencia inglesa en aquellas aguas y la gran cantidad de buques que la componían. Este capitán de Mar y Tierra junto a don Bernardino de Avellaneda, fueron los que exterminaron la escuadra del pirata Sir Francis Drake en las aguas de la isla de Pinos, por lo que ya eran muy bien conocidos por los ingleses.

Pero Gutiérrez no permaneció inactivo pues era muy posible que lo encontraran y lo atacaran, así dio orden de desembarcar el tesoro que transportaban dejándolo a buen recaudo en el castillo, se montaron en la playa unas baterías con los más gruesos cañones de los galeones desembarcados y las tropas con todo su armamento excavaron en la tierra formando una estacada, donde se atrincheraron quedando así protegidas y dando muy pocas probabilidades de éxito a un posible desembarco o ataque.

El conde de Essex, quiso comprobar personalmente si era cierto lo que le decían de la invulnerabilidad de las defensas, así que muy decidido penetró con su galeón en el surgidero de Agra llegando a la distancia del tiro de un cañón, tal prueba de valor y de cálculo le salió mal, ya que desde las playa se abrió fuego con dos piezas y los proyectiles, uno le impactó en el corredor de popa y otro en el timón, lo que le obligó con difíciles maniobras a salir del alcance de la artillería,  comprobando de paso, que los españoles no fallaban tanto como al parecer él pensaba, pero no obstante su perseverancia en conseguir el botín ordenó, que se quedaran sus buques realizando cruceros sobre la bocana del canal, mientras su galeón pasaba a manos de carpinteros y calafates para reparar sobre todo el timón.

Esta actitud llevó a Gutiérrez a pedir Consejo de Guerra de capitanes, la cuestión a decidir no era sencilla, se sabía que no menos de ciento cincuenta velas inglesas y holandesas les estaban esperando, contra eso, que era un alto riesgo, eran sabedores de que si permanecían en la rada por ser ésta muy amplia los vientos de los temporales del invierno no estarían protegidos, por lo que quedaban a meced de ellos y el riesgo de que los buques fondeados perdieran sus cables y acabaran todos destruidos sobre las rocas o embarrancados, por lo que permanecer encerrados en ella no era una buen idea, pues de una forma u otra la Flota podría perderse por completo, así que había que sospesar muy bien la decisión a tomar.

Pero como buenos que eran los distintos capitanes, siempre preferían la acción a la inoperancia, por lo que la decisión no les costó mucho de tomar. Así se decidió buscar la fortuna y se inclinaron todos por probar suerte y zarpar, ya que la Flota llevaba unos buenos galeones que podían salvarla en caso de no encontrase con todos los enemigos reunidos.

Esperaron a que los vientos fueran propicios, una noche se dieron y se aprovechó, se dio la orden de largar las velas y picar los cables de las anclas para no perder tiempo en zarpar, en muy poco tiempo estaban todos en mar abierto con rumbo a su destino, estuvieron navegando y al segundo día se cruzaron con una de las divisiones de la escuadra inglesa, que estaba al mando de William Monson pero éste no disponía de buques capaces de enfrentarse a los grandes galeones, así que se limitó a dar la orden a sus buques más ligeros, para pasar la comunicación de haber avistado a la Flota española, para que el resto de las divisiones pudieran acudir a apresarla, pero (aunque históricamente nos han hecho creer otra cosa) los buques españoles algo más rápidos, por lo que al propio Monson se le fueron alejando, consiguiendo doblar el cabo de San Vicente, arribando a Sanlúcar de Barrameda todos y con el tesoro a bordo y ya a salvo.

Fueron recibidos con gran alegría por todos y acompañados de grandes fiestas, pues a pesar de la gran cantidad de buques enemigos, todos habían sido burlados, lo que propició que don Juan Gutiérrez de Garibay se ganara una merecida fama de gran marino en todos sus conceptos.

Según los escritores ingleses, su gran escuadra había conseguido hacer tres presas de las naves que quedaron rezagadas, sumando el contenido y el valor de los buques, en conjunto tenía un valor de unos cuatrocientos mil ducados. Pero obviamente no calculan el valor de armar una escuadra de ciento veinte velas, así que lo conseguido sabiendo el coste de formar una de las nuestras, no cubría ni para pagar los sueldos de los aprendices de marineros. Esto dando por bueno lo escrito por ellos, que como todo tiene sus dudas, ya que no es muy probable conforme se llevaban los números en la Casa de Contratación, que de la Flota se hubieran perdido tres buques y nadie dijera nada, pues seguro que algún damnificado habría.

El conde de Essex bastante malhumorado puso rumbo a su isla, al arribar presentó una queja a la reina Isabel I Virgen, sobre el comportamiento y el desobedecimiento de sus órdenes por parte de su subordinado Walter Raeligh, lo que le supuso, seguramente por desconocer que Raeligh era uno de los predilectos de S. M., a lo que se sumaba que la Reina ya tenía algún desprecio por el conde, por sus altanerías y salidas de tono, lo que aprovecho Isabel I para dar la orden de encarcelado en la Torre y al año siguiente fue decapitado en el año de 1601, cuando contaba con treinta y cuatro años de edad.

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid 1895-1903.

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Publicado en la Revista General de Marina en su cuaderno de marzo de 2010, páginas 417 a 420.

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