1616 - Relacion verdadera del combate en el Egeo

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Relación verdadera de la victoria que 10 galeras del duque de Osuna, en que entraban algunas de Nápoles y Malta, tuvieron contra 12 turcos, en que venía por general un renegado, de nación calabrés. Dase cuenta de la muerte del renegado y cautiverio de dos hijos suyos, con otras cosas del mismo propósito. Impreso con licencia en Málaga, por Juan René, año de 1616. Folio.




Comillas izq 1.png «El Excmo. Duque de Osuna tuvo aviso como de Constantinopla había salido un famoso corsario renegado, llamado Arzan, de nación calabrés, con 10 galeras, para con ella correr todas las costas del mar de Levante y hacer el mal que pudiese. Y así determinó S.E. atajarle los pasos con toda la diligencia posible, para lo cual hizo aprestar ocho galeras, acompañando a éstas otras dos de Malta, y las 10 salieron en busca de las 12 del Turco, que ya había algunos días que andaban por aquellos mares; y aunque las nuestras hicieron todo lo posible, no pudieron encontrarlas en más de catorce días, en los cuales los enemigos habían hecho algún daño en algunos lugares pequeños de aquellas costas, de que sacaron algunos cautivos, tomando juntamente dos embarcaciones de unos mercaderes genoveses, con alguna cantidad de moneda y otras mercaderías muy ricas. Empezaron finalmente a hacerse sus presas hasta que les fue a las manos la Armada de las 10 Galeras cristianas, de las cuales tuvieron vista a 2 de setiembre, aunque con poco miedo, así por estar confiados en sus fuerzas, como por echar de ver que las nuestras galeras eran menos que las suyas.


El día siguiente, que fueron el 3 del dicho, se embistieron unas a otras, y entre ellas se halló una brava y sangrienta escaramuza, con harto daño de ambas partes. Duró la batalla desde las diez del día hasta que la noche les puso tregua, sin que se conociese notable ventaja en ninguna de las Armadas, porque aunque los enemigos habían perdido una de sus galeras, no por eso habían desmayado, antes gastaron toda aquella noche en curar los heridos y en rehacerse de algunas cosas que la escaramuza pasada les había destrozado, para con la mañana volver a su comenzada porfía. No se descuidaron los nuestros en hacer lo mismo, aunque no habían recibido tanto daño, porque los heridos no llegaron a 60, pasando los enemigos de 200, sin los muertos, que de los cristianos fueron 17 y de los turcos más de 75.


Amaneció el día y volvieron a embestirse las Armadas, con tanta fuerza y de nuevo, como si por ellas no hubiera pasado el estrago del día de antes. Fue esta batalla más reñida que la primera, aunque duró menos, porque los nuestros le embistieron luego a su Capitana, y entre las dos se trabó una reñida y sangrienta batalla; porque como estas dos galeras eran las que tenían más fuerza y las que llevaban mejores chusmas, había cada cual menester mostrar todo su poder para defenderse de la otra. Sucedieron en el encuentro de estas dos galeras algunos hechos; pero sólo referiré el de un soldado español, por nombre Francisco Roel, el cual, tomando una espada y rodela, fue el primero que salió en la galera enemiga, habiéndose ambas embestido, y en ella estuvo peleando solo un gran rato, por no dar los enemigos lugar a poderle socorrer. Recibió por esta causa algunas heridas de riesgo, y sin duda perdiera la vida, aunque no la honra de tan gloriosa hazaña, si a este tiempo no le favorecieran otros soldados, que corridos de verle solo dentro, rompieron los enemigos, se arrojaron en la galera contraria, rindiéndola a pesar de los turcos, que pretendieron defenderse. Hízose el renegado fuerte en el castillo de popa, y acompañado de dos hijos suyos y de algunos soldados, peleó como hombre valeroso y desesperado; pero al fin hubo de morir, sin que se pudiese averiguar cual de los cristianos fue el dueño de esa hazaña, porque con la confusión no se echó de ver quien le diera, aunque le vieron venir al suelo con dos estocadas penetrantes y otras heridas, de que luego murió, y los suyos, desanimados, se rindieron, estando ya tan cansados que no se podían menear. Costó esta galera muchas muertes de ambas partes, aunque de la nuestra, demás de ser menos, no murió persona principal ni de nombre, aunque el capitán, que se llamaba D. Íñigo Zapata, salió malherido en un brazo, pero no de riesgo.


Perdida la Capitana empezaron a aflojar todas las demás, y así peleaban ya como hombres vencidos, de cuya cobardía nació más ánimo a las nuestras, y así les dieron ruciadas tan recias, que les echaron una galera a fondo, y en las demás hubo infinitos muertos y heridos, por lo cual, las que estaban en la retaguardia se empezaron a preparar para huir, y al fin o hicieron, dejando a las de vanguardia, que eran cuatro, las cuales se rindieron luego, y siendo entradas por los españoles, quitaron del remo a los cristianos, dejándolos en libertad, y fueron los que en este día la alcanzaron 325. De los turcos heridos murieron muchos, así por la desesperación de verse esclavos, como por la falta de cura que ellos tuvieron en aquella noche y día. Fueron con todo los moros que quedaron cautivos 250, sin dos hijos del renegado, uno de catorce años y otro de diez y seis, ambos mancebos de gentil disposición y brío, aunque el mayor quedó falto de un ojo, que perdió en esta refriega. Hallóse en la galera del enemigo alguna parte de las ropas que habían cogido en las naves de los mercaderes genoveses, que después se volvió a su dueño. Lo demás fue todo de poca importancia, porque sólo se hallaron armas y municiones; salvo que en la cámara de popa de la Capitana se tomó la vajilla del general, que valía más de 10.000 ducados, y un alfanje de mucha estima, sembrado el pomo de muchos diamantes engastados en oro. Por lo dos hijos del renegado se espera un buen rescate, con lo cual quedará esta victoria de más importancia.


Con las nuevas de este suceso dieron nuestras galeras la vuelta a Sicilia, donde fueron recibidas con extraordinaria alegría de todos, disparando toda la artillería de las fuerzas, habiendo tres noches habido fuegos por toda la ciudad. Túvose particular cuidado con curar los heridos, premiando a todos conforme la calidad de su persona. Permita Dios que todo sea para más aumento de la Iglesia católica y destrucción de nuestros enemigos.»
Comillas der 1.png


Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo: El Gran duque de Osuna y su marina. Madrid. 1885. Sucesores de Rivadeneyra.

Transcrito por Todoavante.

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