1620 - Desafio entre dos Grandes de España

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Carta de desafío del Duque de Osuna a D. Octavio de Aragón, por habello dejado en Marsella y venidose con las galeras a España sin decir nada al dicho Duque. Año de 1620.



«Señor D. Octavio de Aragón. ― Yo llegué a Marsella el lunes por la mañana a 27 de julio, y viernes último del mes comenzó a embarcarse ropa para seguir mi viaje; hoy sábado, por la mañana, me han venido a avisar que V. S: zarpaba con las galeras la vuelta de España, llevando en ellas toda mi ropa y de los que han quedado en tierra. Habiendo de embarcarme esta noche, mi detención en este puerto ha sido de cinco días, y sin haber hecho en todos cuatro tiempos para pasar el golfo; y aunque yo hubiera hecho la cuenta de mi detención, debo dársela a mi Rey. Ya V. S. me ha dejado en Francia y más de 200 españoles, gente tan principal como V. S. verá por esta lista, a quien de persona a persona no osara V. S. ofender, obligando a dar qué pensar y hablar a todo el mundo, y a mí, y a esta gente, a riesgo de otros mil peligros evidentes. Que V. S. se haya partido por falta de alimentos, no puede ser, pues como V. S. verá por este papel, firmado de los oficiales del sueldo, llevan en la caja de S. M. 1.500 escudos; y el capitán Pedro Lobay, de mi parte ofreció a V. S. todos los bastimentos que fueran menester, y lo propio hizo el capitán Viciguerra y el Proveedor de las galeras deste reino; ni V. S. me ha pedido bastimentos, ni dineros; díchomelo, ni por escrito, ni enviándomelo a decir la causa de su partida, de donde infiero que desacato tan grande a mi persona, en un hombre como usía no puede ser, ni atreverse a ello, sin expresa orden de S. M. en que mande a V. S. me deje en Francia, con la circunstancias que V. S. ha dicho, y cuando esto fuera así, V.S. sabía bien hasta donde se extiende la licencia que los ministros tienen de replicar a las órdenes de S. M., y del ejemplo de V. S. se puede haber aprendido de mí, en su mesma persona; pues cuando llegué a Sicilia hallé a V. S. en tan baja fortuna, que por sentencia del Consejo de Italia estaba V. S. cesado del servicio de S. M. y suspendido de todo género de oficios, y mandado restituir mucha hacienda, por los delitos que cometió en Mesina durante el oficio de Estrático; y comenzándome a servir de la persona de V. S., por compasión de sus trabajos, me llegó orden de su Majestad con D. Melchor de Borja, en que me mandaba quitase a V. S. el gobierno de la escuadra de aquel Reino previamente, y lo entregase al dicho D. Melchor para la jornada de los Querquenes. No sólo repliqué a esta orden de S. M., doliéndome de la honra de V. S., por habérseme echado a mis pies lastimosamente; pero embarqué 800 españoles sobre las ocho galeras de aquella escuadra, y siendo V. S. siciliano le envié gobernándolo todo. Tuve consecutivamente en respuesta de mi carta, segunda y tercera orden de S. M. para desposeer a V. S. de aquella escuadra y entregalla al dicho D. Melchor de Borja, a que también repliqué, manteniendo a V. S. en el gobierno de ellas cuatro años. Y finalmente, todos los acrecentamientos que V. S. hoy tiene, así de puesto como de rentas y sueldos, ha venido por mi mano, que no son tan cortos, que de honores son los que S. M. tiene que dar en Sicilia y en Nápoles, en Consejos de Estado de aquellos reinos, y de sueldos y rentas, importaran 11.000 ducados al año, sin 200.000 escudos de que V. S. se ha aprovechado, que no sé que haya español que se halle en este estado en tan poco tiempo; y pues V. S. estaba ya contento cuando llegó a Sicilia, con sólo capitán de la milicia o una galera de la escuadra de aquel reino, yo he hecho en todo esto lo que piden las obligaciones de mi nacimiento, y V. S. en el estilo que ha guardado conmigo, las que piden las del suyo; y por último, aseguro a V. S. que si en esta navegación de Nápoles a España he rehusado muchas veces de ir embarcado en galeras, y navegando en salvo, no ha sido tanto por los malos tiempos y la mar, como por la vida y costumbres que V. S. tiene en ellas, teniendo el castigo que cada día se puede esperar; y aunque creo que V. S. me debe entender, todos los españoles que en mis dos galeras fueron y volvieron de España el año pasado temiendo lo mismo, y quien tuviese hoy en día alguna curiosidad, hallará en la misma amistad y desdicha a V. S. que llevaba consigo.

En todo lo que V. S. respondiere contra esto miente como muy ruin caballero, y también miente si niega que es vil e infame término el que ha usado conmigo; y aunque de la persona de V. S. a la mía hay en todo la desigualdad que el mundo sabe, sustentaré a V. S. con la espada en la mano ser un ruin caballero, en cualquier lugar donde V. S. me llamare; y como ha sido pública a los ojos del mundo la injuria que V. S. ha intentado de hacerme, lo será esta carta también.»


Respuesta de D. Octavio de Aragón al Duque de Osuna


«Señor D. Pedro Girón, conde de Ureña y Duque de Osuna. ― Yo soy D. Octavio de Aragón, que basta para cosas mayores.

Un papel me ha dado que, en sólo verle, aunque viniera sin firma, conociera ser de V. S. porque ni es cartel, ni carta, imperfecto en todo para ambos efectos; para carta, viene de todo punto descomedida y desbaratada, como de V. S. se puede esperar, pues dice en ella cosas, que ni tuviera ánimo V. S. para decillas delante de mí, ni de ningún caballero ni soldado que me conoce, por no tratar palabra de verdad ni apariencia de ella; y para cartel, viene de todo punto falto de estilo puntual y honrado, muy debido en semejantes casos. Porque siendo V.S. el reo, como a vista de todo el mundo se quiere hacer ator, como si la vanidad de usia y estado, último refugio de V. S., y con que tanto se honra, bastante a quitar las manchas de casos feísimos de que V. S. tiene lleno y escandalizado el mundo.

Algunos disculpan a V. S. de estas desórdenes, pues ni por profesión de caballería, ni experiencia de armas tiene obligación de saber más de estas materias. Y aunque yo, ni ningún caballero honrado ni soldado, tenía obligación de responder a lo que no merece respuesta, para que V. S. no quede sin ella y yo satisfaga en parte a quien soy, y a la Real sangre de donde desciendo, me ha parecido satisfacer a la llamada carta o cartel de V. S., y digo lo primero:

Que en Marsella y otras partes se detuvo V.S. sin causa, con harto libres demostraciones, mucho más tiempo de lo que a su honra convenía, y yo aguanté a usía con las galeras todo el tiempo que pareció bastar hasta no poner en peligro la mía.

Dice V. S.: Que de la causa de su detención le ha de dar cuenta a su Rey y no a otro ninguno, con que le parece a V. S. haber cerrado las puertas a todos los cargos que le podían hacer en este particular; pero no será así, porque de mi descargo, que es el más llano y verdadero, nace el desengaño, muy por dentro, y cargo eficaz contra V. S.

Yo partí de Marsella con las galeras de mi Rey, que estaban a mi cargo, y mi partida fue muy considerada, y con muy grandes y honrados fundamentos, de que daré cuenta, como estoy obligado, al Rey, de quien soy, no a V. S., que no le conozco por suprior en ningún caso.

Dice V. S. que no me partí por falta de bastimentos, pues estaban sobrados 1.500 escudos en la caja de S. M. para el sustento de las galeras; a que respondo: Que el dinero de S. M. nunca pudo V. S. disponer a su albedrio, como piensa, ni a mí me estaba bien, ni me fuera bien notado gastarlo en Francia inútilmente por solo gusto de V. S., tan en perjuicio de mi Rey; y ni tampoco quise hacer caso de las palabras de V. S., que dice dijo al capitán Pedro Lobay, en razón de darme bastimentos, considerando el mucho gasto de las galeras y los cortos alimentos que le dan a V. S. de que poder dispensar, habiéndose acabado el gobierno de Nápoles.

Dice V. S. que el desacato tan grande que un hombre como yo hice a la persona de V. S., dejándole en Francia, no pudo ser sin expresa orden de S. M., y que cuando yo la hubiera tenido, había de replicar y no dejarle así solo en tanto riesgo de su persona, sabiendo la licencia que los ministros tienen de replicar y suspender los Reales mandatos; y para ello pone V. S. por ejemplo las muchas mercedes que dice haberme hecho, con tantas y tan expresas órdenes de S. M., y sobre esto discurre V. S. muy a lo largo, persuadiendo ser muy lícito y necesario contradecir los ministros los mandatos de su rey cuando les parece, a lo cual respondo: Que mi partida de Marsella fue, como tengo dicho, muy mirada y considerada, y lo demás fuera muy en detrimento de mi honra y notorio peligro de las galeras. A mi rey he servido desde que nací en cuantas ocasiones de mar y tierra se han ofrecido, con muy gran fidelidad, como quien soy, como honrado aventajado caballero y soldado, por lo cual, y por la esclarecida memoria de mis pasados, he merecido y merezco mucho más que V. S. que S. M. me haga merced, y de sus reales manos reconozco las recibidas, y no de otro ninguno del mundo.

Y el no cumplir con puntualidad las órdenes de S. M., que V. S. tanto facilita, en ninguna manera me puede parecer bien, ni parecerá a ningún caballero que esté con atención a los puntos de honra y estado; y así yo desde luego repruebo la opinión de V. S., como muy contraria a la fidelidad que se debe al rey, y muy peligrosa al estilo y orden de caballería.

Y no piense nadie autorizar una opinión errónea con las réplicas que en Nápoles hizo V. S. al Cardenal Borja, al tiempo de su partida, porque éstas han parecido tan mal, y fueron tan escandalosas y perjudiciales, que si aquel reino no estuviera conforme en la debida obediencia de su rey, fueran ocasiones de perderse. De donde infiero que los caballeros en todos estados han de obedecer a sus reyes sin réplica, y sin pedir causas, porque lo demás, por mucho que se dore, tiene especie de traición.

Dice V. S. que contra orden de S, M., y siendo yo siciliano, me entregó las escuadras de aquel reino con 800 mosqueteros españoles para la jornada de los Quequenes, a lo cual respondo, jurando como juro solemnemente, en ley de caballero, que si yo hubiese sabido que contra la voluntad de mi rey me enviaba V. S. a aquella jornada, no tan solamente no fuera a ella, pero tuviera contra V. S. el sentimiento que el lugar y ocasión me permitiera, sin detrimento de mi honra, y de suyo se ha de entender que por pensar que D. Octavio de Aragón había de servir al Duque de Osuna, es imposible tan grande, que no hay nadie que le ignore. Pero apurándose en este caso, yo confieso que fui a aquella jornada por mandato de V. S. y en ella me porté con tanto valor como el mundo sabe: imitando yo a mis pasados y V. S. a los suyos; yo al buen D. Alonso de Aguilar y V. S. al Conde de Ureña tercero.

Dice V. S. que en todas sus acciones ha procedido como quien es y que yo he procedido en todo como quien soy; y en esto sólo me conformo con V. S. y confieso llanamente ser así, y en toda la llamada carta o cartel no viene razón ni palabra que traiga forma de verdad sino ésta, de que quedo satisfecho y contento.

También dice V. S. que no se atrevería a venir en mi galera, temiendo las desgracias que por mi vida y costumbres podrían suceder, y otras cosas cifradas a este propósito, harto digna de dirección; a lo cual respondo: Que si V. S. predicase por el mundo libertad de conciencia, ninguno hubiera en él que no creyese salirle del corazón y del alma; pero predicar V. S. recatos, santidades y escrúpulos de su propia persona, entienda V. S. que se creyera con mucha dificultad, ante tengo por seguro no haber nadie que lo crea, y ansí sobre este punto digo que las propias obras de V. S., y el mundo entero responda por mí. Y es cierto que saben todos el recato con que yo vivía cuando V. S. entraba en mi galera, que como le conozco, y tan bien, que es incurable enfermedad que a V. S. tanto persiguió, temía, y con mucha razón, alguna notable desgracia, como incendio o cosa semejante, donde pagasen justos por pecadores.

Acaba V. S. su carta y cartel con decir que si yo dijera lo contrario de lo que en él dice, miento como ruin caballero, y también dice miento si negase que soy vil y infame, y que aunque entre las persona de V. S. y la mía hay tanta desigualdad, sustentará V. S. con la espada en la mano ser un ruin caballero, a todo lo cual respondo: Que si V. S. lo fuera y fuera de las calidades que se imagina, y hubiera profesado Orden de caballería, como todo caballero y honrado soldado es obligado, no desmintiera tan fuera de propósito a quien no sabe si ha dicho o piensa decir; por lo cual, la injuria que contra tal acto pensó hacer, se queda sobre V. S., que ni pudo ni supo inventarla.

De mí sé decir que desde que nací dije verdad, y la diré, mediante Dios, aunque pese a V. S., en tanto que viviese.

Y en lo demás que decís cerca de levantar vuestro linaje más que el mío, y vuestra persona más que la mía, mentís como infame y ruin caballero y esto os lo haré conocer con las armas en las manos en cualquier lugar sujeto al Imperio romano, en cualquiera de las partes del mundo que quisiéredes escoger, como no sea en tierras sujetas a turcos y moros, porque en esto sería seguir a vuestra persona y no a la mía, por la causa que vos bien sabéis; pero quiero daros esta ventaja, que así como escogisteis las armas escojáis el campo, para que el mundo vea la poca estimación que hago de vuestra persona y fuerzas; y por ésta, firmada de mi nombres, prometo buen tratamiento a cualquier caballero o escudero que me enviáredes con esta razón, como traiga conclusión fija.»

Concluye este cruce de cartas con explicación de don Cesáreo Fernández Duro, quien nos dice: «Conocido el carácter de Osuna, es de presumir que sin la prisión y vicisitudes que le acabaron, por estos lamentables documentos hubiera tenido lance personal con D. Octavio, personificación de la miseria humana. En la Colección de documentos inéditos se hallan las órdenes en que efectivamente, y con repetición, prevenía el Rey que el mando de las galeras de Sicilia se entregara a D. Melchor de Borja; inserta asimismo ciertas cartas de la Marquesa de Labrada, hija de D. Pedro de Leiva, con grandes inculpaciones contra D. Octavio, entre la que se nota la de haber tomado las órdenes sagradas por escapar a la justicia; inculpaciones de que con calor le defiende el Duque, escribiendo a S. M. La carta de desafío, salvo la forma y los reproches, en cuanto al agravio del abandono en Marsella y desacato a su persona es racional, ofreciendo por la contestación insolente la mejor prueba de ser D. Octavio de Aragón un ruin caballero.

Muerto Felipe III, la desgracia del Duque diole a entender que se había de juzgar de otro modo su conducta; sin embargo, la repetición del memorial con excusas, en que nada nuevo decía sino pedir descaradamente honra y favor a sus servicios, no halló en el Consejo disimulo, pues consultó a S. M. que la prisión que sufría había sido merecida y saludable para demostración y efecto; inclinándole, sin embargo, a la piedad, proponía que cumplidos cinco meses de castillo se le diera la ciudad de Palermo por cárcel, y así se cumplió.

Parece que por rehabilitarse consiguió ser enviado con ocho galeras al canal de Constantinopla en setiembre de 1622, y que verificando un desembarco, al regreso, en Modón, tuvo escaramuza con los turcos e hizo algunas presas: lo refiere Duque de Estrada; más desde esta fecha no vuelve a sonar su nombre en las expediciones marítimas que salieron de Sicilia o de Nápoles.»

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: El Gran duque de Osuna y su marina. Jornadas contra turcos y venecianos (1602-1624). Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» Madrid, 1885.

Transcrito por Todoavante.

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