1646 Combate naval de Orbetello VI / 14

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Combate naval de Orbetello VI / 14 / 1646



En estos días se estaba combatiendo en la frontera entre Francia y España en la zona noroeste de la península, con la disputa por los territorios del Rosellón, reclamados como propios por el país vecino. Como la situación en tierra era muy pareja y con pocos resultados, los franceses idearon llevar la guerra a otro punto, para forzar así a España a dividir su esfuerzo, con esta premisa se organizó una fuerte escuadra en el puerto de Tolón. Ésta zarpo con rumbo a los territorios españoles de la costa Tirrena, donde procedió a la toma o conquista de algunas plazas, entre ellas las fortalezas de San Estéfano y Telamón, resultándole presa fácil, lo que les convenció de arribar al puerto de Orbetello y poner sitio a la plaza.

En la fortaleza de Puerto Hércules que custodiaba la ciudad se encontraba solo con una dotación de unos doscientos hombres. Pero ante la posibilidad de que esto ocurriera, se le había ordenado al virrey de Nápoles la reforzara, a pesar del fuerte bloqueo ejercido logró introducirse en ella donde desembarcaron los socorros, siendo una acción de mucho mérito por la difícil situación, así al llegar los franceses se encontraba en las mejores condiciones de soportar la situación que iba a provocar la llegada del enemigo. Consiguiendo regresar al mar antes de serle cerrado el paso, impidiendo poder volver a socorrerlos.

Entre el 12 y 21 de mayo los franceses desembarcaron y pusieron sitio por tierra a la fortaleza, mientras por la mar, quedaba bloqueada por una escuadra de treinta y seis navíos, veinte galeras y gran cantidad de embarcaciones menores, elevando la cifra total a más de un centenar de velas.

Al llegar la noticia a la Corte española, se dispuso y dio orden al conde de Linares, a la sazón capitán general de las galeras de España, y por tanto jefe absoluto de cuanta unidad naval permaneciera en el Mediterráneo, reuniera a todas las fuerzas navales que pudiera, por lo que se enviaron comunicaciones, para incorporarse las de galeras de España, Génova, Cerdeña, Sicilia y Nápoles, a ellas se agregaría una división de galeones, de los que se encontraban protegiendo al ejercito en la península, para así conseguir prestar el apoyo conveniente a la plaza y fortaleza.

Rápidamente se enviaron las fragatas, (inventadas por don Álvaro de Bazán y Guzmán “El Joven”), para que todos se pusieran en rumbo, por ello el 8 de junio el conde de Linares, pudo reunirse en el cabo de Carboneras de la costa Sarda, con dieciocho galeras de todos los virreinatos a las doce suyas, formado una escuadra de treinta. A estás un poco más tarde se unieron, los galeones de la escuadra del Océano, al mando de don Francisco Díaz Pimienta, con catorce vasos, más la escuadra de Dunkerque, al mando de don José Peeters, con ocho de sus fragatas y cinco brulotes o navíos incendiarios de esta escuadra, en total eran de treinta galeras, catorce galeones, ocho fragatas y cinco incendiarios.

Reunidas las fuerzas el conde de Linares dio la orden de zarpar el mismo día, consiguiendo llegar a las aguas de las isla de Giglio ó Montecristo el 12, el mismo día se produjo un pequeño encuentro, entre las naves de descubierta españolas y las de avanzada francesas, no tuvo prácticamente consecuencias, ya que los franceses retrocedieron rápidamente, para incorporarse a sus buques y advertir de la presencia española. El conde de Linares no redujo velocidad y prosiguió el avance de la escuadra, alcanzando el 14 el cabo de Argentaro, el cual doblaron a primeras horas del día, por lo que al levantarse el Sol, fueron vistos por la escuadra francesa, apreciando que la española se dirigía con rumbo de encuentro hacía ellos.

El combate tuvo lugar en las aguas del puerto de la costa Toscana del mismo nombre, entre una escuadra española al mando del conde de Linares, contra otra francesa al mando del marqués Maillé Brézé el 14 de junio de 1646.

El jefe francés, marqués de Brézé, ya había demostrado su pericia marinera en sus encuentros anteriores con los españoles, habiendo conseguido siempre vencerles, como la de Cádiz, cabo de Gata y el de Barcelona. Por ello ordenó que su escuadra se fuera posicionando para el enfrentamiento, pero intercalando galera con galeón, con proa al Oeste, pues al venir el viento aunque flojo de tierra, así le permitía mantener barlovento. Como siempre en esta época, hay diferencias en la cantidad de unidades, unos las dan inferiores a los franceses y otros superiores, por ello daremos los datos de las dos posibles: veinticuatro galeones; treinta galeras y ocho brulotes, esta es inferior a la española, mientras otra: con treinta y seis navíos; veinte galeras y diez brulotes, era superior a la española, cada cual saque sus conclusiones. Aunque como se podrá apreciar, las diferencias eran mínimas, por lo tanto no debió de existir tanta diferencia como dicen algunos autores.

La francesa estaba dividida en cuatro formaciones, el centro al mando directo del marqués de Brézé, a quién le cubrían los flancos, las divisiones al mando de Montigny y Daugnon, manteniendo una reserva de seis navíos al mando de Montade.

Como casi siempre en estas ocasiones, el dios Eolo no quiso se enfrentaran tan pronto, por lo que sobrevino una calma absoluta, alejándose las dos escuadras a una distancia de unas cinco millas, por ello ambos jefes, ordenaron a sus galeras les dieran remolque hasta poder entrar en combate, así la capitana de España dio remolque al galeón Capitana de don Francisco Díaz Pimienta, la capitana de Nápoles, al mando del Marqués del Viso al Testa de Oro, uno de los más grandes galeones de la época y la capitana de Sicilia al mando del marqués de Bayona al galeón San Martín, acción que se logra fácilmente, por tener los españoles más galeras que navíos, traduciéndose en poder llegar a los lugares previstos, el resto se fue repartiendo; lo que no ocurrió en la escuadra francesa, por ser lo contrario en su composición.

Además anticipadamente dio la orden de formar las divisiones siguientes y con las previsiones procedentes, de esta forma, las de Pimienta y Contreras, debían ir de frente al enemigo para sujetarlo, mientras las naves de Peeters, por ser más ligeras debían doblar por el ala izquierda al enemigo, para así forzarlo a combatir sin impedirles virar, a parte lógicamente de cogerlos entre dos fuegos.

Apercibido Brézé dio la orden de virar y forzar de vela para volver a tierra. A pesar de la premura en dar estas órdenes, no pudo evitar que los galeones de Pimienta, se le vinieran encima, además el propio Jefe con su galeón insignia, el Santiago, un hermoso galeón de mil doscientas toneladas y 60 bocas de fuego, le cortó la retirada, pues lanzó tal cantidad de fuego sobre el insignia francés, no pudiendo zafarse de nada y recibiendo un duro castigo. Tampoco el Santiago, salió muy bien parado del enfrentamiento, pues una bala de cañón francesa, fue a hacer blanco en el palo mayor, el cual se vino abajo, impidiendo al bajel proseguir la persecución de los franceses, no siendo otra cosa que desbandada total.

Ambas escuadras de galeras se dedicaron a combatir por las popas a los galeones enemigos, pero la acción de los brulotes franceses obligó a las españolas a sacar a sus galeones dañados del combate, convirtiéndose casi en su principal misión. Después de cuatro horas de intenso bombardeo, se le pegó fuego por su misma tripulación al galeón español Santa Catalina, para evitar fuera capturado. El galeón Testa de Oro, tuvo que soportar a cuatro y cinco enemigos, siendo uno de los más castigados, teniendo que remolcarlo la capitana de Sicilia, con gran riesgo de ser hundida al tener que entrar casi en el centro del combate.

Por su parte los franceses perdieron un brulote por ser incendiado por los españoles y su General en Jefe el duque de Brézé, quien tuvo la mala suerte de ser alcanzado de lleno por una bala de cañón de las galeras partiéndolo en dos, cuando éstas dispararon por las popas de los galeones enemigos, llevándose también a algunos de sus acompañantes, al correrse la voz de la muerte del marqués de Brézé, se tradujo en la desmoralización total del enemigo.

A su vez provocó que las líneas se perdieran y por tanto la formación, aparte al percatarse Contreras de la situación de su buque capitana, se dirigió a él con varios de sus galeones, para evitar le pudieran lanzar los franceses algún brulote e incendiarlo, por ello abandonó la persecución. Al mismo tiempo varias galeras, pasaron a ponerse a disposición de la capitana para prestarle auxilio y remolcarla, quedaron por ello menos buques para perseguir al enemigo. No por ello cejaron en su persecución, pero al no actuar como escuadra, sino cada uno iba por sí mismo en busca de su gloria personal, no se pudo dirimir en una gran victoria este encuentro, pues tanto por la disposición de las formaciones, como por la perspicacia del conde de Linares, de saber dónde colocar a sus bajeles, le dio una ventaja que dejó a los franceses fuera de sitio, a pesar de estar mandados por quizás el mejor de sus almirantes, pues con sus veintisiete años, ya llevaba tres victorias consecutivas sobre nuestras escuadras.

Así concluyó este combate que por la fatídica rotura del palo mayor del galeón Santiago, obligó a perder una ocasión de oro para destruir a la escuadra francesa.

El resultado fue provocado en parte porque el duque de Brézé no varió en nada su táctica utilizada en Cádiz, Barcelona y el cabo de Gata, consistente en mantenerse a barlovento y lanzar los brulotes, al romper la formación española se lanzaba al ataque por sectores concentrando sus buques, obteniendo así la victoria, pero en esta ocasión sus buques incendiarios no tuvieron su éxito al ser desviados por las galeras.

Por su parte los españoles sufrieron muchas bajas, ocasionadas por la buena dirección de los proyectiles enemigos y porque hubo combates parciales en los que las galeras intentaron abordar los galeones, lo cual aumentó el número de pérdidas. Al mismo tiempo, los cuatro galeones que formaban la vanguardia, fueron a su vez los que soportaron el mayor fuego francés, saliendo también muy dañados, sobre todo por proteger a su capitana, al quedar ésta prácticamente sin trapo y por ende sin maniobra. También la capitana de Nápoles al mando de Benavides no pudo hacerlo, por haber recibido a flor de agua un impacto en su banda siniestra, impidiéndole casi moverse por la gran cantidad embarcada, hasta que los carpinteros de a bordo consiguieron taponar el agujero, mientras toda la tripulación pasó a realizar el trabajo de achique para evitar se fuera al fondo.

A pesar de todas estas desgracias que no eran pocas, nada podía igualar a la pérdida del almirante marqués de Maillé Brézé, pues en esos momentos era irremplazable para los franceses. A su desaparición se nombró como jefe a su segundo, Daugnon, éste mantuvo las posiciones frente a la plaza, sin decidirse a presentar combate, a pesar de que el conde de Linares, en días sucesivos hizo desfilar a la antigua usanza griega su escuadra ante la vista de toda la población. Daugnon no se dio por aludido, por ello en la noche del 22 al 23, aprovechando la claridad de la Luna dio la orden de abandonar el puerto poniendo rumbo a Tolón.

Al amanecer se apercibieron los españoles que la escuadra francesa no estaba, ante ello el duque de Linares dio la orden de zarpar las fragatas en su búsqueda y solo una pasado el mediodía la localizo, pero al tener que regresar para comunicarlo, ya casi era de noche otra vez, demostrando la gran ventaja que les sacaban haciendo imposible darles alcance para entablar nuevo combate. Esto llevó a la conclusión de haber abandonado el mar del combate, signo evidente en la guerra de mar de ser una gran victoria y así se proclamó.

Se dieron vivas al Rey desde las jarcias, cubiertas por la tripulación y se puso rumbo al puerto, al arribar fueron entrando en él lanzando las anclas, siendo recibidos con gran alboroto y alegría por la población y sobre todo, por los defensores de la fortaleza de Orbetello, quienes así se veían libres del cerco y bloqueo de sus enemigos, a pesar de continuar por tierra.

Aunque la mayor pérdida de él, fue la del almirante francés marqués de Maillé Brézé, siendo muy sentida en todos los aspectos, ya que sus victorias unidas a su juventud, le auguraban un lugar destacado en la Historia de la Armada francesa, y muy posiblemente, en la mundial, pero una vez más quiso el destino truncar una gran vida.

Los generales españoles pusieron rumbo a Puerto Longone para reparar daños, el 25 arribaron ocho galeones más de la escuadra de Nápoles, aumentando así la fuerza de la armada española. Aprovechó el conde de Linares General de la escuadra para celebrar un Consejo de Guerra de Generales, para decidir si se acometía a los enemigos para liberar del asedio a la plaza, pero no estaba de acuerdo con nadie, aun así dada la fuerza que representaba haber recibido los nuevos buques, permitió que el 26 lo intentaran las fragatas de Dunkerque desembarcando tropas en Telamón y los ocho galeones lo hicieran sobre Santo Stefano, con la fortuna de destruir en ambos puertos setenta tartanas francesas por ser sus almacenes. Pero sin poder conseguir dar socorro a la plaza.

Le llegó al conde de Linares una carta del gobernador don Carlos de la Gatta, en ella le expresaba su sentir, pero no le quedaban fuerzas para resistir más y si en breve plazo no recibía ayuda se rendiría. Esto decidió al conde a autorizar un desembarco en fuerza con un total de tres mil trescientos hombres, con la orden de avanzar hacia la plaza, desembarcaron y de dividieron en dos columnas, una iba delante y recibió en campo abierto el ataque de la caballería pesada francesa, por su ataque quedaron prácticamente deshechos, la otra columna iba a retaguardia consiguiendo llegar a la cumbre de una colina, donde pudo soportar los ataques de la caballería francesa, pero sufriendo muchas bajas, por ello después de seis horas de combate y aprovechando la noche regresaron los pocos salvados, habiendo dejando a muchos heridos graves y muertos en el campo de batalla, solo pudieron regresar cuatrocientos de los heridos menos graves porque aún se podían mantener en pie, por ser imposible al resto llevarlos consigo y sus armas, a ello sumar el cansancio del combate.

El conde de Linares volvió a convocar Consejo, empezando por hablar él declarando la imposibilidad de poder mandar socorros a Orbetello, pero los marqueses del Viso y Bayona, le rebatieron y se ofrecieron a realizar el ataque ellos solos. Pimienta apoyaba a Linares, así se cerró el Consejo sin llegar a ningún acuerdo. Esto provocó que esa misma noche entraran cinco buques franceses con refuerzos, envalentonando al jefe francés príncipe Tomas. Esa misma noche llegó al campo el marqués de Torrecuso con la caballería enviada por el duque de Arcos, el recién llegado se puso de parte de los dos marqueses, inclinando las opiniones a su lado, así el conde de Linares quedó sorprendido, acorralado no vio otra salida, por esta razón decidió dejar de General de los galeones a Pimienta y de las galeras al marqués del Viso, mientras él con las suyas ponía rumbo al puerto de Barcelona, con la escusa de ser necesarios sus vasos en las costas de España.

Fue abandonar el mando y el resto se puso inmediatamente de acuerdo, solo Pimienta les dejo hacer, excusándose de haber llegado seis buques desde Cádiz con cuatro mil hombres. Ya desde el 17 de julio, se había logrado dejar en tierra a un grupo de hombres, quienes inmediatamente comenzaron a cavar trincheras, permitiendo con su apoyo ir desembarcando más hombres, quienes a su vez puestos a trabajar los caminos se iban abriendo rápidamente, mientras las galeras para que no pudieran ofender a los hombres, se dedicaron a bombardear los fuertes de San Blas y Lancidonia teniéndolos así entretenidos sin darse cuenta del avance que estaban consiguiendo los soldados, fue tan rápido que al día siguiente comenzó el ataque.

Salieron de sus trincheras las tropas españolas, cubiertas por el fuego de la artillería de las galeras, siendo tan de súbito el ataque y con tanta fuerza que el príncipe Tomas ordenó la retirada en dirección a Telamón, en su huída iba destruyendo los puentes para dificultar el avance español, pero no pudo llevarse las veinte piezas de artillería con las que estaba destruyendo la fortaleza de Orbetello, quedando en poder de las armas españolas, así como un trabuco con el que lanzaba bombas al interior de la fortaleza, al igual que gran cantidad de pertrechos. Viendo el éxito los españoles no les siguieron facilitando el reembarque del príncipe el 24.

Abastecida la fortaleza y ciudad con más hombres de refresco y reconstruidas sus defensas, dejándole además las piezas capturadas a los franceses, se dieron a la vela cada escuadra a su puerto de base, pero nadie quedó contento de esta acción, por ello el Rey ordenó levantar un informe del comportamiento de sus generales, de la investigación S. M., tomó la decisión de exonerar a todos ellos de sus mandos, nombrando en su puesto a unos gobernadores, siendo presos el conde de Linares, Pimienta, marqueses del Viso y Bayona más el general don Pablo de Contreras. Pues sus desavenencias eran la causa de las graves pérdidas al Rey y España.

Al conseguir reforzar Orbetello las escuadras abandonaron el mar regresando a sus respectivas bases, craso error que pagarían más tarde, pues de ello se aprovecharon los franceses, para de nuevo volver y tomar Puerto Longone y Piombino, estando al mando de la fuerzas el mariscal de la Meilleraie. Perdiéndose a su vez por dos veces la oportunidad de destruir la escuadra francesa de ahí la reacción del Rey.

Mientras se terminaba de aclarar las responsabilidades de cada uno, el Rey nombró como Gobernador General de todas las fuerzas marítimas a don Juan José de Austria, hijo natural del Monarca a quien le había puesto el mismo nombre que al anterior con la misma circunstancia de don Carlos I como muestra de engrandecimiento de la Monarquía. A su vez quedó definida la prioridad en el mando de las galeras, siendo el jefe de todas ellas si se reunían el General de la de España (éste ya era el que se usaba) y en ausencia de éste por el orden siguiente, Nápoles, Sicilia, Cerdeña y Génova, de esta forma se evitarían las discordancias anteriores por no haber dado ningún buen resultado.

Al juntarse de nuevo las fuerzas navales bajo el mando de don Juan José de Austria, se incorporó con solo una galera de Nápoles don Enrique, por ello es de suponer fue de los que salió mejor librado de las iras del Rey. La escuadra formada ahora por treinta y dos velas, más ocho brulotes, transportando ocho mil hombres del ejército zarpó con rumbo a Tortosa y Vinaroz, donde sucesivamente fue desembarcando las tropas, las cuales avanzaron hasta la ciudad de Lérida donde obligaron a retroceder al ejército francés a su tierra. Mientras en la mar estuvo cruzando la escuadra de galeras, para mantener alejado el peligro de invasión por la retaguardia de las fuerzas españolas.

Se dispuso entonces ir a los propios puertos de Francia y hacer el mayor daño posible, pero una carta llegada a la Corte puso en aviso, haber surgido graves disturbios en Sicilia y si cabe más graves en Nápoles. Por este motivo la escuadra zarpó con urgencia a estos lugares, donde se consiguió tranquilizar las masas, por estar soliviantado por un tema de nuevos impuestos sobre las mercancías a desembarcar y embarcar.

Bibliografía:

Cervera Pery, José.: La Estrategia Naval del Imperio. Auge, declive y ocaso de la Marina de los Austrias. San Martín. Madrid, 1982. Premio Virgen del Carmen de 1981.

Fernández de Navarrete, Martín. Biblioteca Marítima Española. Obra póstuma. Madrid. Imprenta de la Viuda de Calero. 1851.

Fernández Duro, Cesáreo: El Gran duque de Osuna y su marina. Madrid. 1885. Sucesores de Rivadeneyra.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

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