1702 Combate naval de Vigo o Rande

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Combate naval de Vigo o Rande



Este encuentro naval se produjo el día veintitrés de octubre del año de 1702, durante la guerra de Sucesión de España, en la escuadra de galeones de Nueva España y su escolta, por parte de las fuerzas navales de Francia, contra una escuadra enemiga combinada de ingleses y holandeses.

El 11 de junio anterior, había zarpado la escuadra de galeones, al mando del general don Manuel de Velasco y como almirante de ella don José Chacón, compuesta de diecinueve buques, entre mercantes y guerra, del puerto de Veracruz, cargada de gran cantidad de caudales, tanto del Estado como de particulares, además de valiosas mercancías.

Como escolta de esta flota, y por las penurias por las que atravesaba la Real Armada Española, el Rey de Francia, prestaba bajo pago a su escuadra, para la custodia de los fondos del Rey de España, que tan necesarios le eran en aquellos momentos, por la guerra civil que una vez más asolaba las tierras de España.

Esta ayuda se componía de quince navíos de línea, cuatro fragatas y un brulote, estando todos ellos al mando del vicealmirante Châteaurenault.

La escuadra ya conjunta, cruzó el océano sin problemas, llegando a la encrucijada de rumbos de las islas Azores, donde recibieron la noticia, de que se encontraba cruzando por el cabo de Finisterre una escuadra combinada anglo-holandesa al mando del vicealmirante Shovel, mientras que otra inglesa permanecía en el bloqueo del puerto y bahía de Cádiz, por lo que la decisión a tomar, era a donde dirigirse, ya que las dos zonas de acceso a España, estaban perfectamente vigiladas y por un gran despliegue de fuerzas muy superiores.

Dado el estado de la comprometida situación en la que se hallaban, el general español convocó a Consejo a los altos mandos de las dos escuadras; el francés propuso, el dar un pequeño rodeo e intentar llegar a Brest o a cualquier otro puerto francés del Atlántico, pero esto no convenció al general español, ya que de todas formas tenían que pasar por las cercanías de Finisterre, lo que ponía en grave peligro su orden de llegar a suelo español, por ello decidió el intentar llegar al puerto de Vigo, por estar más al sur de Finisterre y desde luego, muy lejos del alcance de la escuadra que bloqueaba a Cádiz, por lo que tomada esta resolución se hizo rumbo al mencionado puerto.

La escuadra zarpó de las islas Azores y consiguieron llegar al puerto de Vigo el día veintidós de septiembre, sin que ningún buque enemigo los avistase, lo que no dejaba de ser un éxito.

En el puerto, los galeones penetraron en la ría, fondeando repartidos entre la ensenada de Ulló, proximidades de Redondela y la isla de San Simón, mientras que la escuadra de protección francesa, se quedó en la angostura de entrada de unos seis cabos de anchura, que está formada por las puntas de Corbeyro y de Rande, para tratar de impedir el acceso de enemigos al interior de la ría.

Ante la llegada de tan inesperada armada, en la ría, se propusieron el defender tan importante cargamento, para ello aprovecharon los dos fuertes que existían, pero que estaban casi abandonados, pues ni siquiera tenían guarnición asignada y menos aún artillería, uno era el fuerte de la parte de Rande y el otro el de la parte de Corbeyro, por lo que inmediatamente se pusieron a trabajar, levantando sus muros a su forma anterior y trasladando artillería, para cerrar el acceso; a esto se sumo, la colocación de una gruesa cadena que cerraba la entrada, en su parte más angosta, así mismo se puso una empalizada y detrás de ella se fondearon los navíos franceses de la escolta.

No terminó aquí el empeño de conseguir el resguardo, ya que se movilizó a las milicias de la zona, a las que se le proveyó de armamento; al mismo tiempo que ya se había comenzado a descargar las valiosas mercancías y tesoros de la escuadra de galeones.

Pero como siempre actuaron los servicios secretos, que hicieron correr la voz de que las escuadras combinada de ingleses y holandeses, se habían disuelto y regresado a sus puertos de origen, lo que motivó, que se relajara la descarga de los galeones, incluida la vigilancia, llegando incluso a dar permiso a parte de las dotaciones, para que se recuperaran de los arduos trabajos que se estaban llevando a cabo.

Pero solo unos días después, se divisó en el horizonte una escuadra, de no menos de ciento cincuenta velas, por lo que quedó al descubierto la falacia difundida con anterioridad y se procedió con la mayor rapidez posible, a que las milicias y fuerzas regulares, ocuparan sus puestos, mientras se ordenaba que a toda prisa se realizase la descarga de lo que faltaba, tanto de la parte del tesoro, como de las mercancías, pero ya todo esto con las consiguientes prisas, que ocasionaron algún desconcierto, al ir cruzándose ordenes y más ordenes.

Por lo que se montó el dispositivo de defensa, que consistía en unos siete mil hombres, que fueron repartidos entre las defensas levantadas, así como los navíos franceses, se fondearon detrás de la empalizada, con cinco de ellos, los más fuertemente armados, que montaban entre 64 a 76 cañones formando así una primera línea y detrás de ellos cubriendo los huecos, el resto de la escuadra.

El día veintidós, la escuadra enemiga destacó a varias unidades ligeras, con la intención de reconocer la zona e intentar el romper la cadena y la empalizada, pero no consiguiéndolo, regresaron con su escuadra.

Pero esto más bien fue una maniobra de distracción, ya que mientras esto sucedía, un total aproximado de unos cuatro mil soldados ingleses, lograban poner pie en tierra en la ensenada de Teis, que está a unos tres kilómetros de distancia, del lugar donde estaban fondeados los galeones, estos hombres pertenecían a unidades escogidas, del ejército ingles; pero al mismo tiempo, una fuerza parecida conseguía desembarcar en la playa de Domayo, que está justo al lado contrario de la ría, pero no encontraron resistencia alguna.

Pero no por falta de previsión de los mandos, si no por que las fuerzas destinadas a proteger esta zona, eran parte de las milicias, que en vez de cumplir con la obligación de defender a ultranza sus posiciones, se vieron infundido de pavor, que le hizo abandonar sus puestos y salir huyendo, lo que produjo que quedasen solas a sus medios y abandonadas, las fortalezas de Corbeyro y Rande, que por las prisas aún no tenían terminadas sus obras de defensa, por lo que el mantener estas posiciones, era harto difícil y complicado.

La fortaleza de Rande tenía un guarnición de unos cuatrocientos franceses y españoles, estando al mando de todos ellos el almirante Chacón y como segundo jefe al francés Sorel, que se prepararon para resistir, pero el ataque de una fuerza tan numerosa y la falta de apoyo artillero, a pesar de la brava resistencia presentada, solo pudieron aguantar el envite por espacio de dos horas, por lo que quedaron prisioneros de los ingleses, los que quedaron en pie, entre ellos el propio almirante Chacón.

En la fortaleza de Corbeyro, estaban de guarnición dos compañías de infantería y doscientos milicianos, al mando del general Velasco, que era el jefe de los galeones, por las previsiones de éste general y disponer de fuerzas regulares, más acostumbradas y duchas en la lucha, se pudo hacer mejor defensa, pero por la cantidad de efectivos ingleses, que acabaron por rodear a la fortaleza, se vió forzado a rendir la posición.

Con estas dos acciones, el paso al interior de la ría quedaba prácticamente sin dificultades, por lo que el almirante inglés Rooke, comandante en jefe de la escuadra combinada, se decidió a dar el ataque final, para poder hacerse con las riquezas, que en los galeones él suponía que se encontraba.

Para ello colocó en cabeza de su formación, a dos de sus navíos más potentes, que eran los de tres baterías y 90 cañones, para que se lanzaran contra la cadena y la empalizada, con la intención de que ésta no aguantaría el empuje de tales buques.

El resto de la escuadra, estaba formada en tres escalones o líneas; la primera estaba compuesta por cinco navíos y dos brulotes ingleses, más tres navíos y un brulote holandeses, al mando de los vicealmirantes Hopson y Van der Goes.

La segunda línea, estaba compuesta por seis navíos y cuatro brulotes ingleses, más cuatro navíos y un brulote holandeses, en la que iba de jefe el propio Rooke, con su contralmirante Firbone y el almirante Kallemberg holandés.

Y la tercera línea compuesta de, cuatro navíos y un brulote ingleses, más tres navíos y un brulote holandeses, al mando del vicealmirante holandés Pietersen y del contralmirante inglés Graydon.

Efectivamente, la cadena y la empalizada no aguantaron el choque de los dos navíos de cabeza, por lo que dejaron el espacio suficiente, para que por allí se fueran colando las diferentes líneas de atacantes.

Los primeros en ser desbordados, por la artillería de los enemigos, fueron dos navíos franceses, uno de 70 cañones y el otro de 68, que eran los primeros de guardia detrás de la empalizada, pero no pudieron aguantar, a pesar de su denodada defensa las mortíferas descargas de los dos navíos enemigos de 90, que efectuaban el fuego a tocapenoles, siendo los que abrían el paso al resto de sus compañeros, por lo que los dos franceses sucumbieron, uno fue capturado y el otro, resultó desfondado al irse contra las rocas.

Al ir penetrando más y más enemigos, fueron desembocando en la ensenada de San Simón, donde les esperaban el resto de navíos franceses, pero ante las mortales descargas enemigas y a pesar de su heroica defensa, no pudieron impedir el paso de los atacantes, ya que estos, consiguieron ir desplegándose y atacar en conjunto varios de ellos contra uno francés, por lo que en poco tiempo fueron materialmente aplastados por la escuadra anglo holandesa, por ello fueron siendo puestos fuera de combate, resultando unos incendiados y otros capturados al abordaje.

Al quedar sin fuerzas que oponer, pues en muy pocas horas, había sido destruida toda la escuadra francesa, compuesta por quince navíos, tres fragatas y tres corbetas, con un total de 968 cañones, ya solo quedaban nuestros viejos y poco artillados galeones para intentar el salvar la situación, pero si no lo habían conseguido buques mejor armados y de construcción más moderna, la suerte que iban a correr los nuestros, no sería muy diferente.

Los tres galeones de guerra, que eran dos de 54 cañones y uno de 44, a pesar de su heroica resistencia fueron arrollados por los enemigos, ya que el resto de naves, eran dieciséis mercantes, armados entre los 44 cañones del máximo y los 8 del de menor porte.

Ante esta situación los capitanes de los buques españoles, se reunieron con el almirante francés Châteaurenault, decidiendo que al estar todo perdido, lo mejor era impedir que el enemigo no se pudiera alegrar de llevarse algo de valor, así que no hubo más remedio que pegarle fuego a todos los buques, con lo que en pocos minutos, la ría se convirtió en una gran hoguera.

Pero a pesar de esta acción, los atacantes en el afán de conseguir su recompensa, abordaron los buques y aún consiguieron el apagar los incendios de algunos y poner tras arduo trabajo a otros a flote, que aunque muy mal tratados, consiguieron arrastrarlos a mar abierto.

De esta forma fue aniquilada, hundida, incendiada o apresadas, cuarenta unidades navales de un solo golpe de mano, lo que la sitúa entre los mayores desastres de la Historia naval moderna, pero en este caso, por fallar las milicias que de haberse comportado como se debían, muy posiblemente las pérdidas no se hubieran producido, al menos con esa magnitud; mientras que las bajas de españoles y franceses, fueron aproximadamente de dos mil muertos y desaparecidos.

Una vez conseguida su gran victoria, con la destrucción de todos los buques de la expedición franco española, las tropas enemigas al mando del duque de Ormond, se dedicaron al saqueo y al pillaje, de todo aquello que se encontraron en su camino, siendo la población de Redondela, una de las más afectadas, pues prácticamente fue destruida por completo y no hay que recordar, por donde tuvieron que pasar sus habitantes, pues ya es harto conocido, lo que suele ocurrir en estas ocasiones.

También lo intentaron sobre la población de Vigo, pero éstos ya avisados de los desmanes cometidos por los enemigos, efectuaron los trabajos pertinentes a tiempo y estaban en disposición de hacerles frente, a tanto llegó esa sorpresa para los intrusos mal venidos, que tuvieron que abandonar sus posiciones y regresar a sus buques, ya que fueron rechazados en toda la línea, sufriendo más pérdidas de las esperadas.

El día veintiocho de octubre, llegó a las islas Cíes la escuadra del mando de Clovesly Shovel, compuesta de veinte navío, donde lanzó las anclas y se quedó a la expectativa.

Sabedor Rooke, de la alarma se que se habría producido por la inesperada llega de su armada y viendo venir a sus fuerzas ya fracasadas de su ataque a Vigo, pensó que en la retaguardia se estaría formando una fuerza para combatirlo y que ésta, no sería de menor cuantía a la suya, todo esto le llevó a decidir, que lo mejor era abandonar la ría, donde a su vez poca defensa podía ofrecer, pues sus navíos, poderosos en mar abierto donde se puede evolucionar, pero ahora en el interior de la ría se encontraban a su vez en una ratonera.

Al salir de la ría, el día treinta de octubre, se entrevisto con Shovel, al que le dio la orden de que permaneciera cruzando aquellas aguas, en misión de vigilancia, el cual permaneció en ellas hasta el día cinco de noviembre, le entregó las presas realizadas, para que intentara el recuperar las más posibles, pasando la carga de las que no eran posible su acondicionamiento y que se le pegó fuego, a las que se pudieran poner en condiciones mínimas de navegabilidad, para ser marinadas hasta los puertos de Inglaterra, una vez dadas estas órdenes, se dirigió con la escuadra combinada y cada uno a sus puertos de partida.

Desde este hecho, siempre se ha considerado, que debía de haber una gran fortuna entre los restos de los buques incendiados y dado el poco fondo del lugar ha sido trillado, por innumerables buceadores, pero hasta el día de hoy, nadie ha encontrado nada, por lo que se supone, que todo fue desembarcado, antes de sufrir el ataque.

Además de que el valor de lo robado por los enemigos, no debió de ser mucha cuantía, ya que nada se menciona al respecto y de haber sido así, algo como lo que se trasportaba, a buen seguro que el “bolsín” Londinense hubiera sufrido alzas, que no se anunciaron, como era su sempiterna costumbre.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar.: Garriga. 1957. Compilada por Ángel Dotor.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Juega Puig, Juan.: La Flota de Nueva España en Vigo. 1702. Edicios do Castro, 2001.

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