1704 - Pérdida de Gibraltar

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1704 - Pérdida de Gibraltar



Fue promovido por el príncipe de Hesse-Darmstadt ministro del pretendiente, quien convenció a Rooke que no sería bien visto en las dos Cortes, la británica y la bátava que con la fuerza que disponía no lograse ningún buen resultado, para la causa del Archiduque pretendiente don Carlos III, tanto le atracó que le hizo dudar por ello llamó a Consejo de Guerra a los almirantes de las dos escuadras, los cuales estuvieron de acuerdo en atacar lo que pedía Hesse-Darmstadt, que no era otra posición que el peñón de Gibraltar por saber que estaba descuidado.

Se preparó la operación estando fondeados en Tetuán, desde donde zarparon el día uno de agosto, con una escuadra compuesta por cuarenta y cinco navíos, seis fragatas, dos bombardas, siete brulote, dos buques hospital y un yate, la escuadra británica estaba dividida en cuatro agrupaciones al mando de los almirantes, Rooke, Byng, Dilkes, Clowdisley Shovel y Leak, mientras que la holandesa a su vez en dos divisiones al mando de en jefe de Kallenberg, y Vassenaer y Vanderdussen.

Las defensas de Gibraltar, típico de los españoles que nunca se creen que pueden ser atacados, todo lo contrario que los británicos que se aprovechan de esa deficiencia española, siendo a su vez maestros en la doblez cuando tienen un objetivo. La plaza estaba defendida por cincuenta y seis hombres de tropa, las fortificaciones eran pocas pero buenas lo peor la falta de hombres para sostenerlas, existía una larga batería en dirección Norte a Sur, que terminaba en los muelles llamados Nuevo y Viejo, todo ello con artillería de grueso calibre, y un poco más al Norte un bastión también muy bien artillado con el mismo tipo de piezas; en caso de ataque estaban listos otros ciento cincuenta hombres de la milicia.

Los días 2 y 3 fueron tomando sus posiciones los enemigos, lo que llamó la atención y comenzaron a acudir civiles armados para ayudar a los del ejército, que así reforzados comenzaron a hacer fuego sobre los navíos, aunque estos estaban fuera del alcance de la artillería, por lo que continuaron con sus preparativos, planificando atacar principalmente el muelle Nuevo, pero que sería en toda la línea. Mientras el príncipe de Hessen-Darmstadt remitió al Gobernador don Diego de Salinas una intimidación, pero tuvo que desistir de conseguir el peñón por las buenas, dado que el mismo pueblo le increpó y casi se lanzan sobre el emisario.

Convencidos de que no había otra forma el día 4 comenzó el fuego sobre la plaza, siendo las divisiones de almirante Bing y Vanderdusen las que contando con 1.490 cañones, es seis horas arrojaron sobre la plaza no menos de quince mil proyectiles, más los que dispararon las bombardas (según autores españoles fueron el doble) aprovechando este tiempo desembarcaron en la desembocadura del río Guadarrán un cuerpo de infantería, de unos cuatro mil hombres al mando de príncipe de Hessen-Darmstadt al que solo se les pudo enfrentar una sección de caballos de unos treinta españoles de la milicia, que no pudieron impedir que lograran cerrar el paso por el istmo, impidiendo así que se pudieran enviar más refuerzos, a su vez facilitaron los invasores que fueran desembarcando en los botes y pinazas de la escuadra más refuerzos, que fueron tomando de través los muelles y su artillería.

El gran golpe los recibieron al atacar el bastión del Norte, pues dio la orden el Gobernador de hacer estallar una mina, de cuyos efectos volaron siete de los botes, desapareciendo en ellos dos oficiales y cuarenta hombres de tropa, dejando en el mismo muelle a sesenta heridos más, pero eran tantos los asaltantes que esto no les paró, consiguiendo poco a poco hacerse con toda la línea de batería y el castillo. Fue el momento en que tanto Rooke como el príncipe de Hessen-Darmstadt, intimidaron de nuevo al Gobernador a una honrosa rendición, a lo que aceptó don Diego de Salinas, para evitar más muertes innecesarias, pues era manifiesta la superioridad de los asaltantes.

Las bajas según se puso comprobar por los españoles, fueron por parte de los enemigos, dos tenientes, un capitán mercante y cincuenta y siete hombres, muertos, siendo los heridos: un capitán, siete tenientes, un contramaestre y doscientos siete hombres, entre marineros y tropas. Po parte española, aunque las fuentes dicen que fueron parecidas, siendo imposible ya que no habían tantos defensores, pero comparativamente debieron de ser muy altas, pues entorno a los cincuenta abandonaron la plaza, transportando a sus compañeros heridos.

Don Diego Salinas firmó la rendición que contenía seis artículos, sucintamente consistía en que; se permitía la salida de la guarnición en el plazo de tres días, con sus armas, caballos, víveres para seis días y bagaje, más tres cañones de bronce con doce cargar completas.

Cuando comenzaron a escasear los víveres en el Peñón sus ocupantes salían de tropelía para abastecerse, enterado el marqués de Villadarias ordenó el envío de caballería, obligando a los británicos a mantenerse encerrados en su nuevo dominio. Como siempre la reacción fue tardía y en nada pudo ayudar a la recuperación de la Roca, todo por no acudir cuando el Gobernador don Diego Salinas lo había reclamado.

Parece ser, que la escusa a la que se acoge el Reino Unido para permanecer y seguir manteniendo la propiedad del Peñón de Gibraltar, se basa en que: la guarnición que quedó de protección era británica, la reconstrucción y fortalecimiento de las defensas fue a costa del tesoro británico y como la plaza se había tomado por el ministro del Pretendiente el príncipe de Hessen-Darmstadt, al llegar el Pretendiente a ser Emperador del Sacro Imperio, hizo cesión del Peñón de Gibraltar al Reino Unido de por vida, ya que como Emperador no podía reclamar nada a España.

(Como se puede apreciar más banal la cuestión no puede ser, ya que el Pretendiente nunca pudo ser Rey en Andalucía, no siendo posible "regalar" nada que no es de uno, pero el león británico como siempre que puede se aprovecha de la flojedad de los demás)

Para no distorsionar la Historia, transcribimos la carta que el Gobernador de Gibraltar don Diego Salinas, remitió al marqués de Villadarias, a forma de un parte de guerra:

Comillas izq 1.png «Excmo. Sr.: Bien sabe V. E. cuán repetidas veces he puesto en la consideración de V. E. el estado á que estaba reducida esta plaza, por la total falta de guarnición, como por la de pertrechos, artillería, provisiones, de boca y guerra, y con motivo de los continuados pasajes de las armadas enemigas, continué estas mismas representaciones, así á V. E. como á S. M. (q. D. g.), por manos del Marqués de Canales y consejo de Guerra, y de resulta de todas estas representaciones, sólo se me dió la esperanza de que se procuraría dar estas providencias en la forma que los permitiesen la ocurrencia presente, sin haber podido conseguir por diferente reconvenciones, el que el Gobernador de Cádiz me enviase la recluta de don Sebastián de Oloris, que se halla de guarnición en aquella plaza, la que, y la de D. Diego de Leis, según noticia que tuve del Sr. Marqués de Canales, se había mandado viniesen aquí, y no habiendo en estos dos cuerpos que residen cuantas diligencias me habían sido posibles para juntar las milicias auxiliares y las de la ciudad, á cuyo fin despaché repetidas órdenes con todos los apremios que no bastaron para poder abocar á esta plaza el número de 150 hombres, y éstos de tan mala condición, que así que llegaban empezaban á hacer fugas, y sólo del vecindario de aquí pude juntar otros tantos.

En este estado me hallé cuando sobrevino el día primero de este mes la entrada de las armadas enemigas en este surgidero. . que fueron dando fondo. Hicieron el desembarco en la playa del río Guadarrán, que el número de 4.000 hombres, con poca diferencia, donde se hallaba la compañía de caballos de estas milicias, con poco más de 30 caballos, y no pudiendo resistir el continuado fuego de la artillería, se vinieron retirando á la plaza con pérdida de algunos, y los enemigos vinieron á ocupar las huertas de los molinos, cerrando el paso inmediatamente, de mar á mar, para que no pudiesen introducirse socorros de gente ni víveres, cuyas tropas mandaba el príncipe de Armestadt, quien me envió un trompeta con una carta de amenaza, á que le respondí que defendería esta plaza hasta sacrificarme, sin que yo conociese otro Rey que á la Majestad de Phelipe V, nuestro rey y señor, de cuya resulta el día siguiente ejecutaron echar diferentes lanchas para quemar unos navichuelos franceses que se hallaban en frente de la Puerta de Tierra, lo que ejecutaron aquella noche con el mayor de ellos, continuando el fuego á la entrada encubierta de la dicha Puerta de Tierra y al muelle viejo, echando cantidad de bombas todo el espacio de la noche, y al día siguiente á las cuatro de la mañana se perfilaron las armadas haciendo frente á la plaza, hasta el Muelle Nuevo, y á la misma hora empezaron los navíos á dar cargas de artillería y bombas, que duraron hasta las dos de la tarde continuamente, en cuyo tiempo disparó 30.000 cañonazos, con poca diferencia, y con este gran fuego arruinaron al muelle nuevo desmontando los pocos cañones que había en él, abriendo asimismo brecha de la cortina del recinto inmediata á dicho castillo, por donde, habiéndose abocado gran cantidad de lanchas, y echando su gente, se entraron y apoderaron del castillo, sin que la corta guarnición, que llegaría hasta los 60 hombres, pudiese resistir, que viéndose perdidos, antes de cortarlos los enemigos se pusieron de esta parte, aunque pocos y maltratados se retiraron en la forma que les fué posible, y no la hubo para juntar alguna gente para ir á dar calor á la nuestra, pues aunque yo y mi sargento mayor solicitamos este esfuerzo, no se pudo conseguir, por no haber gente ninguna y hallarse por esta parte cerca de 2.000 hombres de los enemigos con los estandartes ya puestos en el baluarte del Duque, y éstos siguieron su marcha hacia la parte del Hacho, por donde venía á entrarse en la playa, y como sabe V. E., está abierta por esta parte.

A este tiempo cesó la batería y me mandaron dos trompetas, uno del General de la Armada, Rosch, y otro del príncipe de Armestadt, diciéndome ambos que si dentro de media hora no entregaba la plaza, capitulando en este término, entrarían con todo el rigor que merecía tan gran resistencia, y por resolver este punto, viendo lo indefenso en que me hallaba, respondí me diesen término hasta las ocho del día siguiente, para en este intermedio conferir el punto con los cabos militares y ciudad, y con sus dictámenes tomar la providencia que pareciese más del servicio de ambas Majestades, y habiéndolo ejecutado, convinieron todos en que era preciso admitir la dicha capitulación para no exponerse á un exterminio, conocido la poca guarnición que había quedado, y el vecindario de este pueblo, que se hallaba en la confusión que se deja considerar, y las pocas milicias tan aterradas, que abandonando las armas se escondieron en la sierra y en otras partes, lo que V. E. no extrañará de gentes de milicias, ni que haya sobrevenido este contratiempo á vista de una grande desprevención, que con harto quebranto y ansia he solicitado su cobro desde que llegué á este gobierno, como el afán con que he concurrido en esta violenta operación para cuanto me ha sido posible acudir á las defensas, como es notorio, sin haber quedado recurso para dejar de capitular.

Todo lo cual se servirá V. E. pasar á la Real noticia de S. M., en el ínterin que yo lo ejecuto, que es cuanto puedo decir á V. E. en esta ocurrencia, reservando las demás circunstancias que han procedido, para participárselas á V. E. en saliendo de aquí, si el estado en que han puesto me lo permitiere.

Yo quedo siempre á la obediencia de V. E. deseoso de que Nuestro Señor guarde á V. E. los muchos años que puede. Gibraltar y Agosto 6 de 1704 — Excmo. Sr. Besa la mano de V. E. su más afecto y rendido servidor, Don Diego de Salinas. — Excmo. Sr. Marqués de Villadarias» Comillas der 1.png


Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Sin iníciales del compilador

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid 1895-1903.

Hills, George.: El Peñón de la Discordia. Historia de Gibraltar. San Martín. Madrid, 1974.

Mariana, Padre.: Historia General de España. Imprenta y Librería de Gaspar y Roig. Madrid, 1849-1851. Miniana fue el continuador de Mariana.

Sáez Abad, Rubén.: Grandes Asedios en la Historia de España. Susaeta Ediciones. Madrid, 2010.

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