1759 - Viaje de don Carlos III y su Real Familia, de Nápoles a España

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1759 - Viaje de don Carlos III y su Real Familia, de Nápoles a España


Retrato al óleo del rey don Carlos III
Don Carlos III. Palacio Real de Madrid.


El 10 de agosto fallecía el Rey don Fernando VI, la Reina madre Regente del Reino, ordenó que una escuadra fuera a Nápoles para traer al nuevo Rey don Carlos III a España, se formó una expedición al mando del general don Juan José Navarro de Viana marqués de la Victoria.

El 29 de Agosto de 1759 salió de Cádiz la escuadra compuesta de los 11 navíos, dos fragatas y dos tartanas, que eran: Fénix, de 80 cañones, al mando don Gutierre de Hevia, e insignia del Gobernador don Juan José Navarro, marqués de la Victoria; Triunfante, de 70, al mando de don Juan de Lángara e insignia del teniente general don Andrés Reggio; Princesa, de 70, al mando de don Francisco M. Espínola e insignia del jefe de escuadra, don Alonso de la Rosa Labassor, conde de Vegaflorida; Firme, de 70, al mando de don José de Rojas; Conquistador, de 70, al mando de don Juan de Soto; Dichoso, de 70, al mando de don Manuel de Guirior; San Felipe, de 70, al mando de don Francisco Garganta; Glorioso, de 70, al mando de don Juan Ignacio Salaverría; Monarca, de 70, al mando de don Joaquín Gutiérrez; Vencedor, de 70, al mando de don Antonio Valcárcel y Guerrero, de 70, al mando de don Bernabé Urcullu; con las fragatas: Venus, de 26, al mando de don José de Somaglia y Palas, de 26, al mando de don Martín Lastarria, con las tartanas: Santi Espíritus y Santa Bárbara.

El 2 de septiembre pasó el estrecho de Gibraltar. El 10, estando sobre Cartagena, vino de allá un alférez á traer un refresco de nieve y frutas, y dió la noticia de que el 19 de Agosto había salido para Nápoles el teniente general D. Pedro Stuard con el Mayor general de la Armada D. Joaquín de Aguirre en el navío Galicia, y el jefe de escuadra D. Carlos Reggio en el Terrible, y el 25 por la noche el capitán de navío D. Isidoro del Postigo en el Soberano para juntarse con el Atlante del mando de D. Francisco Javier Tilly, que estaba en las costas de Barcelona, para seguir á Nápoles. El 27 al amanecer se descubrió tierra del reino de Nápoles, y al siguiente día vino á bordo del Fénix un bote napolitano con un oficial del castillo de Ischia, por el que se tuvo la gustosa noticia de que subsistía el Rey nuestro señor con la Reina nuestra señora y real familia con salud perfecta, esperando la escuadra, no obstante haber llegado un mes antes los cuatro navíos citados, de Cartagena. A mediodía vino á bordo del Fénix el teniente general D. Pedro Stuart con la orden de S. M. para que bajase á tierra el Marqués de la Victoria; poco después llegó el jefe de escuadra D. Carlos Reggio, y por la tarde fondeó toda la escuadra delante de la ciudad de Nápoles, á tiro de pedrero del muelle, y bajaron á tierra todos los Generales, y Mayor general, y el ministro de la escuadra don Juan Domingo de Medina, y el tesorero D. Juan Antonio Enríquez, y pasaron á palacio á besar la mano de SS. MM. y AA., y al siguiente día bajó el resto de los oficiales de navíos, y lograron el mismo honor.

Quedando formada la escuadra al completo por los buques salidos de Cádiz, más los que habían llegado antes y los que lo hicieron posteriormente, quedando incorporados los navíos: Galicia, de 70, al mando de don Juan Antonio de la Colina e insignia del teniente general don Pedro Stuard; Terrible, de 70, al mando de don Juan Ignacio Ponce e insignia del jefe de escuadra don Carlos Reggio; San Felipe, de 64 al mando de don Tomás Vicuña e insignia del jefe de escuadra don Pascual Borrás; Atlante, de 70, al mando de don Francisco J. Tilly; Soberano, de 70, al mando de don Isidoro del Postigo y San Carlos, de 60, al mando de don Domingo Pescara; las fragatas: Santa Amalia, de 30, al mando de don Esteban de San Martín y Concepción, de 30, al mando de don Antonio Quijano Cárdenas; los jabeques: San Jenaro, de 20, al mando de don José Martínez; San Pascual, de 20, al mando de don Juan del Camino; San Antonio, de 20, al mando de don Javier Farias; San Fernando, de 20, al mando de don Caetano Carraba; San Gabriel, de 20, al mando de don Juan Danero y San Luis, de 20, al mando de don Ignacio Piano, más ocho barcas con el equipaje de la Real Familia.

Previno S. M. que el día 6 de Octubre había de ser su real embarco, en cuya inteligencia se dieron con actividad las providencias para reemplazar prontamente á todos los bajeles de la escuadra de aguada, dietas y todo lo demás que necesitaran para volver á salir á la mar, para cuyos gastos mandó S. M. al tesorero D. Juan Antonio Enríquez, que de los caudales que llevó á su cargo, de España, por disposición de la Reina madre, entregase al Intendente de Nápoles 30.000 pesos.

En los siete días que estuvo la escuadra en Nápoles asistieron los Generales y demás del Estado Mayor, y los Capitanes, Oficiales y Guarias marinas que quisieron, á ver comer á SS. MM., y después á la conversación, dignándose SS. MM. de tenerla con unos y otros, y de dar á todos cada día mayores pruebas de su benignidad y grande amor á sus vasallos españoles, expresando el Rey, entre otras cosas, que esperaba que Dios, que le había dado el reino de España, sin desearlo, pues le había pedido encarecidamente la salud de su hermano, le daría fuerzas y acierto para gobernarlo: «y que el que cumpliese con su obligación, no sólo sería su vasallo, sino su amigo; pero el que no cumpliese con su obligación, sería forzoso que S. M. hiciese el suyo, y que la justicia había de hacerla observar hasta en los más remoto de sus dominios.»

El 2 de Octubre por la mañana mandó S. M. al General de la artillería que enseñase al Marqués de la Victoria y al Ministro y Tesorero y demás del Estado Mayor de la escuadra los cañones de nueva invención, y habiendo ido á ver el Parque, vieron unos de bronce, de calibre de á 8, que en un minuto tiraron 14 tiros, cargándose y descargándose consecutivamente 14 veces, cuyos cañones trajo S. M. á Barcelona, donde nuestros artilleros hicieron mayor número de tiros. Al mediodía dió un espléndido y delicado banquete el Excmo. Sr. D. Alfonso Clemente de Aróstegui, ministro plenipotenciario de España en Nápoles (á quien S. M. declaró Consejero de Estado), á que convidó á los Generales, Ministros y Tesorero de la escuadra, y a los Capitanes de pabellón de los navíos en que estaban embarcados los Generales; al Nuncio de S. A., á los Embajadores de las Cortes extranjeras, al cardenal Orsini, á su hijo Duque de Gravina, al general de la marina de Nápoles, D. Miguel Reggio, y á diferentes grandes de aquel reino, al Agente general de S. M. en Roma, D. Manuel de la Roda, y al abate Palafox, etc., y á los postres llegó á tomar café el reverendísimo P. Fr. Juan Tomás de Boixadors, general de la religión de Santo Domingo, que había venido de Roma á besar la mano de S. M.

En aquellos días mandó el Rey que hubiese óperas para diversión de los oficiales de la escuadra, no obstante que estaban suspensas con motivo del luto. El día 5 creó S. M. veintiún caballeros de la Real Orden de San Jenaro, en que se comprendieron los tres Generales de la escuadra, Marqués de la Victoria, D. Andrés Reggio y D. Pedro Stuart. Y el 6 por la mañana fué solemne función en palacio de reanudar S. M. el reino de las Dos Sicilias en su tercer hijo el infante D. Fernando, en presencia de los grandes de aquel reino, dejando establecida una Junta de gobierno durante su menor edad; habiendo precedido antes la declaración de S. M., consecuente á la que dieron sus principales médicos, de la inhabilidad del duque de Calabria, el infante D. Felipe Pascual, príncipe de Nápoles y primer hijo de S. M., que quedó en aquella capital. Y habiendo abrazado S. M. tiernamente á los Excmos. Sres. Príncipes de San Nicandro y D. Miguel Reggio, caballero del insigne orden del Toisón de Oro, y de la real de San Jenaro, Capitán general de la Marina de Nápoles, Ministro de Estado y de la Junta de gobierno, se despidió de ellos con lágrimas de ambos, encargándoles muy particularmente su amado hijo el Rey de la Dos Sicilias que dejaba á su cuidado. Y retirándose á comer, á las tres de la tarde se embarcó en rica falúa que fué de Cádiz preparada al intento, y vino á bordo del real bajel el Fénix con la Reina nuestra señora, príncipe D. Carlos, nuestro señor, y real infante D. Gabriel, y señoras infantas D.ª María Josefa y D.ª María Luisa, trayendo el general Marqués de la Victoria el timón de la falúa, y haciendo toda la escuadra y castillos de Nápoles triplicada salva de aplausos.

Luego que S. M. llegó á bordo se arboló en el tope mayor del real Fénix el estandarte real, y cuando subió S. M: con la real familia la escala besaron las reales manos el Comandante del navíos, el Ministro de la escuadra, el Tesorero, el Teniente de vicario y otros del Estado mayor, que estaban para su recibo en el pasamanos, y la marinería sobre las vergas saludó á SS. MM., estando toda la gente de mar del real Fénix vestida uniformemente de azul á costa de S. M. y á los pilotos, contramaestres y demás oficiales de mar se les dieron vestidos finos con galón ancho de oro. Y entraron las reales personas en la cámara principal, que estaba toda colgada desde Cádiz de rica tela de oro, como también los camarotes con bellas alfombras, primorosas sillas y mesas de piedra dorada, y habiendo dejado el Rey para la Reina é Infantas dos camarotes que se hicieron dentro de la cámara, eligió para sí uno fuera de ella, junto la bitácora, y destinó la cámara baja para alojamiento del príncipe D. Carlos é Infante D. Gabriel. Al mismo tiempo se embarcaron para el servicio de las reales personas las de ambos sexos que fueron destinadas, y el Rey se dignó conceder á los guardias de Corps el hacer la centinela á la puerta de las dos cámaras donde iban alojadas las personas reales, y lo mismo en el navío el Triunfante, adonde se embarcaron en la propia tarde los reales infantes D. Antonio y D. Francisco Javier, llevando el timón de su falúa el teniente general D. Andrés Reggio.

A las ocho de la mañana del siguiente día, que fué domingo 7 de octubre, con viento fresquito por el Norte, hizo vela del puerto de Nápoles la escuadra, compuesta de los buques citados arriba, que salieron de Cádiz (menos el Firme que quedó para recoger anclas y enfermos) y de los llegados de Cartagena, y otros de Nápoles, que comprende la relación adjunta; de forma que fueron en todas 40 embarcaciones, las que salieron sirviendo á S. M., inclusas cuatro galeras de Malta, que zarparon de Nápoles para su cortejo, y habiendo saludado, á las once del día, el estandarte real con tres salvas, se despidieron para seguir su derrota á Corso.

Continuó el tiempo bonancible, y el día 10 vino, desde su navío á bordo del real Fénix, el Embajador de Francia, marqués de Ossun, á cumplimentar á S. M.; el 12, á las dos de la tarde, se acercó el Comandante de los jabeques, que había ido á reconocer una embarcación, y dijo que era dinamarquesa que venía de Bona, y que quedaban en Argel 14 embarcaciones para salir á Corso, entre ellas cuatro jabeques. Parecióle á la Reina que Argel estaba cerca y le dijo á dicho Comandante: «Anda y cógelos», y el mayor de la escuadra, D. José de Aguirre, le dijo á S. M. «Señora, no están cerca, que de estarlo, habrían en este navío quien solicitase ir á esta diligencia.» Replicóle la Reina: «¿Quien?» y el Mayor respondió: «Yo el primero señora» Y la Reina, con festivo semblante, dijo prontamente: «Gravità española.»

El 13 al mediodía llegó a la voz el Triunfante, y presentó á los señores infantes D. Antonio y D. Francisco Javier para que SS. MM. los viesen desde la galería. El 14 al salir el sol se demarcó Menorca á seis leguas, y á la una de la tarde vino una turbonada por el Oesudoeste, con lluvia, y se cargaron las mayores y arriaron las gavias, y como la mar estaba picada y el navío cabeceaba, experimentó la Reina, nuestra señora, y señoras Infantas efectos de mareo. Primero lo sintió la Duquesa de Castropiñano, y se echó sobre la cama de la Reina, quien tuvo la dignación de aflojarle los cordones de la cotilla. Las demás mujeres se tiraron por donde pudieron, de forma que cuando la Reina llegó á sentir el mareo, no hubo una que la sirviese, y se recostó sobre un cojín de la cámara, y lo más que decía era: «questo movimiento extraordinario de la barca me face un imbroglia di ventre», y las señoras Infantas, muy pálidas con el mareo, estaban sin hablar palabra. Entonces el Rey le tocó con la mano en el hombro á la Reina y le dijo: «¡Ah pobre mujer, que no sirves para nada!», alzando S. M. la cara dijo al Rey: «no valgo niente», causando á los del Estado mayor que estaban presentes mucha compasión la incomodidad de la Reina é Infantas. El Rey, el Príncipe y el Infante D. Gabriel no se marearon, pero los más de los Ayudas de Cámara y guardia de Corps lo estuvieron.

El 15, día de Santa Teresa, se avistaron las tierras de Barcelona, de los dominios de España, entre nueve y diez del día; y habiéndose entrado á dar al Rey esta gustosa noticia, se dignó S. M. conceder á bordo del Fénix las gracias de Capitán general al Marqués de la Victoria; de Jefe de escuadra al capitán comandante de dicho navío D. Gutierre de Hevia, de Intendente de Marina al ministro de la escuadra D. Juan Domingo de Medina, y de Comisario de provincia de Marina al tesorero de ella D, Juan Antonio Enríquez, por cuyas mercedes besaron su real mano, y en el mismo día y siguientes hizo otras diferentes á los Generales y Oficiales que venían en los demás bajeles, mandando que se diesen dos pagas de gratificación extraordinaria á cuantos estaban embarcados en los dos navíos Fénix y Triunfante, que traían personas reales, y una paga á los demás buques, desde el Comandante hasta el último paje.

El 16 amaneció la mar picada del Este, y se vió á Barcelona; y á las cuatro y media de la tarde vinieron á bordo del Fénix á besar la mano á S. M. los excelentísimos Marqueses de la Mina, Duques de Medinaceli, de Medina Sidonia, de Bornunville, Condes de Oñate y otros Grandes, y la excelentísima Princesa de Yachi, dama de la Reina nuestra señora, y al llegar á la real presencia, el Marqués de la Mina, general de Cataluña, prorrumpió en el discurso siguiente:

Comillas izq 1.png «Señor: Consigue Cataluña la envanecida dicha de haber preferido V. M. sus orillas para primera posesión de sus vastos Estados, á que, dominando los mares con velocidad imponderable, le trae la Providencia, y yo la honra de ofrecer á os pies de V. M., con una de las mejores y más pobladas de sus provincias, la felicidad, el amor y los votos de cuantos vasallos la componen.

Veneró á V. M. en sus menores años, infante D. Carlos, mi respeto; le buscó duque de Parma mi feliz destino; le escoltó aquella ciudad mi cuidado, obedeciéndole subalterno como generalísimo de las gloriosas armas del Rey, su padre (que está en el cielo), hasta Bitonto y Bari, dejándole coronado Rey de Nápoles. Y ahora, señor, por el más estimable influjo de mi estrella, soy el primer soldado español que recibe y se postra á V. M. como Rey. Dígnese V. M. de admitir mis humildes tributos.» Comillas der 1.png


Pero á este tiempo tuvo S. M. dignación de tomar por el brazo al Marqués para comunicarle sus órdenes sobre el desembarco, con los que se restituyó, al ponerse el sol, á Barcelona con la demás comitiva. Á las once de la noche dió fondo el real Fénix, con los otros buques de la escuadra, en la rada de Barcelona, cerca de tres leguas de la ciudad, y al amanecer del 17 saludó ésta al estandarte real; á las nueve y tres cuartos se empavesaron los navíos, y después de las diez se desembarcaron SS. MM. y AA. en la real falúa, gobernándola el Marqués de la Victoria, y se hizo por toda la escuadra el acostumbrado saludo de tres descargas de 21 cañonazos; se arrió el estandarte; se izó la bandera cuadra en el tope mayor del Fénix.

Para el desembarco de SS. MM. tenía preparada el marqués de la Mina en la marina un puente, escalera y arco triunfal de primorosa idea y de magnífica construcción. Y así entraron en medio de las mayores aclamaciones de gozo inexplicable de la multitud de vasallos de todas esferas, que de la vasta extensión de sus dominios concurrieron á Barcelona á gozar de la amable presencia de sus benignísimos soberanos.

En los once días que estuvieron á bordo SS. MM. y AA. durante el viaje, se esmeraron en manifestar su grande afabilidad á cuantos disfrutaban la dicha de estar embarcados en el real el Fénix. Todos los días oía el Rey la misa del teniente vicario de la escuadra D. Antonio Fanales, quien asistía á mediodía y á la noche á bendecir la real mesa y dar gracias después que acababan de comer las reales personas. La Reina con las Infantas oía, además, otras dos misas, que decían los capellanes del navío tocando conciertos de flautas, obúes, trompas y violines los doce músicos de Guardias marinas y batallones de Infantería que iban en el real Fénix, mientras se servía á mediodía y á la noche la mesa de Estado, en que comían el General, el Ministro de la escuadra, el Tesorero de ella, el mayor general, sus ayudantes y el Teniente vicario, etc., no quiso el Rey que mientras S. M. comía tocase la música, porque es poco aficionado á ella, y previno se dejase para la misa. Con el Rey comían en la misma mesa la Reina, Príncipe, Infante, Infantas, y, por lo regular, estaban presentes á la comida y cena (además de los excelentísimos señores Duques de Losada y Marqués de Squilache) el Marqués Dusmet y el caballero Marescotti, y los citados General, Ministro, Tesorero, Comandante del navío y diferentes oficiales de él para responder á lo que S. M. preguntaba. Todos los días y á todas horas salían el Rey, la Reina, Príncipe, Infante é Infantas sobre el alcázar, y estaban divertidos informándose del viento, del rumbo y de la maniobra, y preguntando los nombres de varios cabos de labor, y en otras conversaciones con los del Estado Mayor.

Con el capitán de navío D. Francisco de León y Guzmán tuvo el Rey algunas, porque le gustó su naturalidad y honradez; y habiendo tratado un día León sobre los aduladores que suelen haber en los palacios, y díchole el Rey que n el suyo no tendrían cabida, pues había veintiséis años que estaba aprendiendo á reinar y no los había dado entrada, insistió León, y tanto quiso apurar la adulación, que S. M. dice le replicó: «Y también sabré yo ponerles la cabeza a los pies.»

Oro día, hablando con el tesorero de la escuadra D. Juan Antonio Enríquez sobre las obras de Aranjuez y la casa, y habiendo dicho que D. Ricardo Wall se había esmerado en aquel sitio, le dijo S. M.: «No obstante, yo pondré mejor.» Y celebrando Enríquez la última numerosa batida general que tuvo el Sr. D. Fernando VI en el Campillo, junto á El Escorial, en Noviembre de 1757, le dijo el Rey: «No le gustaba la caza que se juntaba en manada los monteros; que bien sabía lo que hacían con su hermano, y que le vendían gato por liebre, y que ya remediría los abusos de la caza. Que el gusto era buscarla en el monte, que no temía al agua ni al viento » Agregando: « He sido muchos años infante, y sabes lo que quiere decir infante; soldado de á pie, que es menester que estén hechos á todo.»

La Reina se solía ir paseando hasta proa, sirviendo á S. M. de bracero las más veces el general Marqués de la Victoria y el comandante del navío D. Gutierre de Hevia, y alguna vez la sirvieron también el tesorero don Antonio Enríquez, el teniente de navío D. Antonio Posadas, y otros. Un día estuvo S. M. muy divertida, viendo salir á los topes y bajar velozmente á los pajecillos de la escoba, y les mandó dar dos doblones de oro para jugar. Otro día hicieron los marineros unos títeres, con que estuvieron muy divertidas las Sras. Infantas, y también les dieron un refresco, y en otro estuvo la Reina sobre el alcázar viendo diferentes tocatas, solos y conciertos á los músicos, y con especialidad divirtió á S. M. el nombrado Neyra, habilísimo en la guitarra, con este instrumento, que para la Reina era cosa nueva; y luego que lo hubo tocado á la perfección, le dió S. M. a besar su real mano, diciéndole que lo había hecho muy bien, y mandó dar á cada músico dos doblones de oro. El Rey no quiso oir esta música, y se estuvo, entretanto, en la galería echando á la mar un aparejo de pescar en que cayeron algunos peces.

SS. MM. y AA. bajaron otro día á ver todo el navío; entraron en la cámara baja á ver cómo iban alojados el Príncipe e Infantes, y después bajaron á la Santa Bárbara; y aunque á la Reina se hizo presente bajase con cuidado, al saltar los últimos escalones de la escala con su natural viveza, se dió un golpe que resonó, en la cabeza, contra una caña de timón que iba de respeto arrimada á las latas, y aunque todos se sobresaltaron y pidieron á S. M. permitiese se le aplicase algún apósito, no hizo caso del golpe y no quiso ponerse ni un paño de aguardiente. Después pasearon por todo el entrepuente, en que estaba hecho zafarrancho, y vieron las escotillas, las vitas, los cables y los cajones de la enfermería, en que iban alojados todos los Guardias de Corps y Guardias marinas, y besaron la mano á SS. MM. y AA. la tropa y marinería que quiso; y habiendo presentado el carpintero mayor Juan Pagarrá, al pasar el Rey por su rancho, un modelo de una máquina que le pareció haber descubierto para varar con facilidad los navíos, la estuvo examinando, y dijo al carpintero «que aquello no valía nada, aunque en el modelo estuviese bonito, porque tales y tales piezas no podrían aguantar tal peso, y que según las reglas de estática tenía tales y tales contras aquella máquina, que la hacían inútil.»

Quedóse frío el francés carpintero, y el Rey siguió adelante, y compadecida la Reina lo dijo á S. M. y el Rey, al volver por allí, tuvo la benignidad de acercarse al carpintero y explicarle con agrado, para alentarlo, y en cierto modo satisfecho, algunas razones por las que su máquina ideada no podía tener la práctica que él se le figuraba, y después le comprendió en las gracias que hizo.

Luego se subieron al alcázar y toldilla, y otro día un soldado gallego de una de las dos compañías de granaderos que guarnecían el real Fénix, nombrado Luis Abal, que estaba de centinela junto á la bitácora, habiéndose acercado allí el Rey, le hizo presente, sin turbarse, la arenga que tenía estudiada del tiempo que estaba sirviendo y campañas que había hecho, y que siendo su deseo morir en el real servicio y seguir su real persona, suplicaba á S. M. lo hiciese guardia de Corps, y el Rey, después de varias preguntas y respuestas, le concedió esta gracia en la primer compañía, entregándole una Real orden para el Capitán de ella, duque de Baños, para que, con sola la circunstancia de su presentación, le admitiese de guardia de Corps en su compañía.

Los más días enviaba S. M. un jabeque al navío Triunfante á saber de sus hijos pequeños, y al Guerrero á saber cómo iba el P. Bolaños, confesor de S. M. Este prelado, arzobispo in partibus, es un religioso franciscano descalzo, viejecito y muy virtuoso. Lo llevó S. M. cuando Pasó á Nápoles. No hace caso de ningún palaciego ni de las vanidades del mundo. No se mezcla en negocios de naturaleza alguna, y suele decir tiene muy presente que cuando estaba en Aranjuez con S. M., siendo infante, llegó á pedir una cosa piadosa y equitativa, y el Duque de Santisteban le respondió que el Rey no le tenía por procurador de pobres, sino para confesar á S. A. Cuando ahora le mandó el Rey que volviese con S. M. á España, dicen que lo único que pidió fué que S. M. le relevase de tener manejo en la provisión de obispados, prebendas y demás piezas eclesiásticas. S. M. le quiere mucho, y dijo un día á bordo á los del Estado Mayor: «Ha apostado conmigo el confesor su pectoral á que tardamos más de diez días, que he dicho yo podrá durar el viaje hasta Barcelona; pero de cualquier modo yo soy el que pierdo; porque el pobre no tiene otro pectoral que aquél, y si se lo gano tendré que darle otro mejor.» En efecto; á los diez días naturales estaba ya fondeado el real Fénix en la rada de Barcelona, donde el 18 dió fondo entre la escuadra la fragata Astrea, del mando de D. Manuel de Bustamante, con el chambequín y dos jabeques de nuestro corso en el Mediterráneo, que había cogido una galeota con 60 moros y remitídola á Cartagena; y habiendo besado la real mano los oficiales, se volvieron á su corso el 20.

El Rey es muy marcial y amigo de la tropa y muy inclinado á la marina, y resplandece principalmente en S. M. el dulce carácter de un hombre de bien en su perfección. La Reina le imita en lo marcial, bello cuerpo, cara muy agradecida, ojos vivos y conversación muy gustosa. Cría grandemente sus hijas é hijos, y por esto solía decir el Rey: «Es buena mujer; muy madrera.» El príncipe D. Carlos es muy bien parecido, semblante serio, con gracia, su conversación discreta, sus potencias muy claras, sus inclinaciones marciales como las del Rey, y muy aplicado. Por esto estuvo divertido en el viaje con un plano de todas las diferentes partes de la fortificación militar, veinticuatro planitos de bajeles, unos al ancla, oros con viento en popa y en bolina, á capa, y virando por avante y por redondo, y en otras posiciones, y una cajeta con una aguja de marear que le presentó el tesorero de la escuadra, D. Juan Antonio Enríquez, y guardó S. A. en sus bolsillos, examinándola con atención, de forma que á los dos días ya sabía la aguja y conocía la posición de los bajeles de la escuadra, y divertía en reconocer con el anteojo el aparejo de cada uno y maniobra que hacía, y ver por la aguja el rumbo, entreteniéndose con frecuencia S. A. y el señor infante D. Gabriel (que también tiene la más bellas pintas), con el referido Tesorero y con los guardias marinas D. Domingo Encalada y D. Felipe Alesón en varias preguntas y en hacer una especie de cabrestante sobre una meseta de la cámara (que se cogió á bordo) al ayuda de cámara D. Luis Rebuja, cuando se dormía, para que despertase, y en informarse de dicho Tesorero de todas las monedas corriente en España, porque SS. AA. sólo conocían unos realillos que traían en los bolsillos y los guardaban uno de otro para sus juegos. Las dos Sras. Infantas son de buena presencia, tienen bella crianza, mucho juicio, y son muy devotas.

De las personas principales que vinieron sirviendo á SS. MM. y AA. á bordo del real Fénix, el Excmo. Sr. Duque de Losada es el principal favorecido; y su grande amor al Rey y distinguidas prendas y talento corresponden á la estimación que S. M. hace de su persona. El Excmo. Sr. Marqués de Squilace (es el Ministro que ha traído S. M. de Nápoles para las dependencias de Hacienda y Comercio), dió bien á conocer á bordo su penetración, y el celo de que estaba animado por la gloria del Rey y bien de la nación, dando á entender que se inclinaba á que estuviesen por arriendo las rentas (pero con buen orden), para poder contar con mesnadas seguras, y establecer en España la lotería de Nápoles, aun á bordo recogió algunas cédulas; pues este entretenimiento para la nobleza y la plebe es más decente que juego fuerte, y puede ser más provechoso. El caballerizo de campo D. Juan de Paraicoechea, que vino ejerciendo de contador, es de una viveza y actividad infalible en el servicio y buen orden de los oficios subalternos de la Real Casa. El Ayuda de cámara favorito, D. Almerico Pini, une al mayor desvelo en cuanto mira al servicio particular de la real persona, una refinada policía y atención con todos, con lo que consigue aplausos y se asegura en cierto modo la duración del favor que disfruta.

De la familia de la Reina, la camarera mayor, la Excma. Sra. Duquesa de Castropiñano, ha llegado á merecer por sus circunstancias y servicios en Nápoles una particular predilección de su augusta ama, en cuyo obsequio puede disimulársele la poca inclinación que se le notó á bordo hacia los españoles. La camarista D.ª Petronila Farias, aunque la Naturaleza no la hizo hermosa, su bello genio y atenciones la han hecho en todo el viaje muy recomendable; y la azafata de las serenísimas infantas, D.ª Josefa Nelatón, es una viuda muy honrada de un oficial de grado, con bellas prendas é inclinaciones.

Luego que el Rey llegó á Barcelona se despacharon con esta plausible noticia cuatro correos de gabinete (que vinieron de Nápoles á bordo del real Fénix) á las Cortes de Madrid, Nápoles, Parma y á Polonia, y declaró S. M. primero ayo del Príncipe é Infante al Sr. Duque de Béjar, diciéndole, «que no podía pagarle de otra forma lo que había cuidado á su hermano en su enfermedad, que con entregarle á sus hijos.» Y al señor Duque de Losada, declarándole Grande de España, le confirió el empleo de Sumiller de Corps, que aquél tenía; y la Serenísima princesa Pía, y Marquesa de la Mina fueron declaradas damas de la Reina nuestra señora; pero sobre el Marqués de la Mina se cuenta que, habiéndose quedado cuando llegó el Rey á la escala del puente en el penúltimo escalón, sin haberse entrado en la falúa á recibir las reales personas, le dijo después S. M.: «Reparé Mina que no estuviste á mi recibo donde te tocaba.» Y otro día, con motivo de llevar el Marqués la banda de San Jenaro (que es institución de S. M.) debajo del azul de Santi Spiritu, le dijo el Rey: «la banda roja se la pusiese encima de la casaca en lugar preferente.» Que habiéndose apostado las Guardias españolas, antes de llegar S. M. al muelle, para guardar su real persona, mandó al Sargento mayor de guardia que no hiciesen honores al Marqués de la Mina, pero que éste obligó á que se los hiciesen; de que habiendo dado cuenta al Rey el Sargento mayor, le respondió S. M. «No hizo bien Mina, que tropa apostada para mí, no hace honor á los Generales, y ya se lo prevendré por orden.» Y que habiendo ido á reconocer las obras de fortificación de Barcelona, reparó en una que estaba en un alto llamado el Fuerte Pío, y dijo que en vez de servir era perjudicial, y que exponiendo el Marqués de la Mina que se había hecho con el Consejo de generales, le dijo S. M. «Yo lo entiendo mejor que tú y ellos; con una compañía de granaderos está tomada, y después pueden hacerse desde ella mucho daño á la plaza, y así, que se demuela inmediatamente.»

Pasó S. M. á ver formadas las Guardias españolas: permitió que los soldados que quisieren besasen su real mano, y habiendo llegado entre ellos un lacayo de un capitán de navío, retiró S. M. la mano y le preguntó quien era. Respondió él: «Señor, un criado de V. M.» Replicó el Rey: «no conozco criados de esta librea; de ésta sí» señalando á un soldado, con lo que la tropa quedó muy contenta, vitoreando incesantemente á su soberano, como también lo ejecutaban los catalanes siempre que veían á S. M., a quien divirtieron todas las noches que estuvo en Barcelona con lucidas, numerosas y costosas máscaras, que viéndolas una noche la Reina con los dos infantes pequeños, D. Antonio y D. Javier, llorando éstos, porque se asustaban, les alzó S. M. las faldas en el mismo balcón del palacio, y les dió unos azoticos para que no tuvieran miedo.

Hubo tres días de gala, besamanos y audiencia general en que S. M. recibió con mucho agrado cuantos memoriales quisieron darle (que fueron en número); hizo al Principado la singular gracia de perdonarle cuando estaba debiendo por razón de catastro, hasta fin de año antecedente, dispensando diferentes mercedes á los catalanes. Habiendo mandado S. M. que por el tesorero D. Juan Antonio Enríquez se entregasen de los caudales de la escuadra 4.000 pesos al oficial de la Secretaría del despacho D. Pedro Fermín del Indart para gastos del real bolsillo en el viaje á Madrid, lo emprendió S. M. con la Reina nuestra señora y toda la real familia, saliendo por Martorell el 22 del mismo mes Octubre, á la una y media de la tarde, y se hizo triplicada salva por la plaza y por la escuadra.

El 23, al amanecer, se levaron para Alicante los navíos, jabeques y barcas que componían la escuadra de Nápoles, para el desembarco de los equipajes. El 24 por la mañana se hizo á la vela el real Fénix para el mismo puerto, con los demás bajeles de su escuadra, habiendo quedado en Barcelona con licencia de S. M. para seguir á Madrid, el teniente general D. Pedro Stuart y el Capitán de navío y Mayor general propietario de la real Armada D. Joaquín de Aguirre, que vino de comandante del navío Guerrero desde Nápoles.

El I.º de Noviembre, por la mañana, se despachó á Cartagena al teniente general D. Carlos Reggio con los navíos Terrible, Soberano y Galicia, y por la tarde dió fondo en Alicante el resto de la escuadra, donde entró la de Nápoles citada y á nuestro navío el Firme que salió de Nápoles al día después que S. M., y sufrió en la mar un fuerte temporal que no experimentaron los navíos que venían con nuestra escuadra, y llegó á Alicante el 22 de Octubre. Saludó la ciudad y se le correspondió, y vino á bordo el Gobernador, marqués de Alós, con su Teniente de rey y otros oficiales, á cumplimentar al General; y el 4, día de San Carlos, cuyo nombre tiene el Rey nuestro señor, bajó á tierra el Marqués de la Victoria, habiéndosele hecho por la plaza los saludos y demás honores de Capitán general, y habiéndose fenecido el desembarco de los reales equipajes se dió orden á los navíos Vencedor, Atlante y Triunfante que se restituyesen á su departamento de Cartagena; y el 15 salió de Alicante para Cádiz la escuadra, compuesta ya solamente del real Fénix y el Guerrero, á que se transbordó D. Andrés Reggio, el Princesa, el Monarca, el Firme, el Dichoso, el Glorioso, el Conquistador, el San Felipe y las dos fragatas y dos tartanas, y por la tenacidad de los vientos contrarios se separaron la noche del 10 el Guerrero, el San Felipe, el Dichoso y el Firme, y el 13 se vió el General en la precisión de fondear con los restantes en la playa de Vélez Málaga, donde á los dos días fondearon también el Guerrero y el San Felipe, y todos aguantaron allí algunas noches de muy fuertes vientos.

El día 14 á las tres de la tarde vino la ciudad de Vélez Málaga, representada por sus diputados, escribano, maceros y clarines, en una barquilla de pescar, con sus redes y serones, á cumplimentar al capitán general Marqués de la Victoria, y á las salida los condujo á tierra el bote del navío, y se les hicieron con el cañón y á la voz honores de Teniente general; y habiendo vuelto al siguiente día los diputados á comer con el General, se marearon de tal forma, que tuvieron que volverse á tierra sin sentarse á la mesa, y por la tarde fué el mayor general D. José de Aguirre á corresponder en nombra del General á la atención de la ciudad, y al desembarcar en la playa le saludó el castillo con tres cañones que tenía montados, y le condujeron á la ciudad á caballo, con clarines, con un oficial y escolta de caballería, á las casas de cabildo, donde hizo su arenga, y se volvió en la misma forma á su bordo.

Todos los demás días de la estada de la escuadra en aquel fondeadero, no cesaron de venir á todas horas gentes de ambos sexos, y de varias esferas, á ver el real Fénix; y como el General hablaba con todos, les hacía enseñar los adornos de la cámara y les mostraba el retrato del Rey nuestro señor guarnecido de brillantes de valor de 3.000 doblones (que le regaló S. M.) y el puño de bastón trabajado también por S. M. en el torno que tenía en Nápoles para su recreo, se esmeraban á porfía en presentarle, según sus posibles, los frutos del país, de vinos, pasas, almendras, panes de higo, dulces, naranjas, batatas, sandías, uvas y cañas de azúcar; lo que ejecutaron la ciudad y diferentes capitulares, en particular los alcaldes, curas, superiores de las religiones, cosecheros y vecinos, así de ella como del lugar del Algarrobo; de forma que apenas cabía ya en los pañoles lo que remitían de dichos frutos.

La tarde del 25 se levó de la playa de Vélez Málaga la escuadra, y en la mar encontró los Lestes con que pasó el Estrecho la noche del 26. El 28 ancló fuera de las Puercas, delante de Cádiz. El 29 dió fondo dentro de la bahía, y el 30 por la tarde, habiéndose acordado con el Gobernador el ceremonial sobre la forma de recibir al capitán general Marqués de la Victoria, se desembarcó éste y fué saludado por la plaza, estando con las armas presentadas la tropa de los puestos de la guarnición. Y habiendo apostado la suya de marina en la muralla, pasó por en medio de ella recibiendo la espontonada, hasta su casa, acompañado de los demás de Estado mayor y oficiales de á bordo y de tierra, y otras muchas personas de distinción de Cádiz, estando llena la muralla de gentes y de tapadas que hacían parar al General para ver el citado retrato de S. M. que llevaba al pecho; y habiendo llegado á Cádiz el Firme el 3 del Presente Diciembre, se supo que venía de Cartagena y quedaba el navío Dichoso carenándose en aquel departamento. Cádiz 31 de Diciembre de 1759.

A este documento le acompaña otro con el título de:

Comillas izq 1.png Noticia circunstancial de las gracias que hizo el rey nuestro señor D. Carlos III á bordo del real bajel el «Fénix», en que se conducía á España, al avistar las tierras de Barcelona, de sus dominios, en el día 15 de Octubre de 1759 y siguientes.

Atendiendo el Rey no sólo á los dilatados y distinguidos servicios del Marqués de la Victoria, sino también al particular desempeño, amor y celo que ha tenido en conducir su real persona con la Reina nuestra señora y real familia, de Nápoles á Barcelona, vino en nombrarle por Capitán general de sus reales armadas marítimas, concediéndole todos los honores, prerrogativas y sueldos que le pertenecen á los Capitanes generales de mar y tierra, y le ha concedido, por vía de gratificación extraordinaria, los 30.000 pesos que se le anticiparon en Cádiz, y que la pensión de 1.000 pesos al año que goza, repartidos entre las dos hijas, con la calidad de suceder una á la otra, continúe por una vida más después del fallecimiento de dichas sus hijas; de modo que la última pueda nombrar la persona en cuya cabeza deba correr la otra vida, y goce de la citada pensión, También (además de la real orden de San Jenaro que le concedió en Nápoles) distinguió S. M. á este General mandándole sentar en su real cámara y cubrirse en la falúa que iba gobernando, en que se desembarcaron en Barcelona las reales personas, y le regaló un rico retrato de S. M. Guarnecido de brillantes, de valor de 3.000 doblones, y un bastón, cuyo puño de oro lo trabajó S. M. en Nápoles; y á recomendación del mismo General, concedió a su yerno, el capitán de navío D. Gutierre de Hevia, el empleo de Jefe de escuadra con el sueldo entero, como empleado, en atención á sus dilatados méritos y servicios, y al particular amor y celo y cuidado que ha tenido en el mando del real navío Fénix, en que vinieron SS. MM., siendo la real intención que continúe en la Comandancia de los batallones de marina por el bien que resulta á su real servicio mediante su aplicación y celo, habiéndole perdonado los 4.000 pesos que se le anticiparon en Cádiz; y al contador de navío D. Jaime Jordán confirió el empleo de Comisario real de guerra y marina, con el sueldo correspondiente, en atención á lo bien que ha desempeñado la Secretaría de la Dirección de la Armada, en la que deberá continuar, habiéndole perdonado S. M. 1.000 pesos que se le anticiparon en Cádiz.

A los tenientes generales D. Andrés Reggio y D. Pedro Stuard (además de la orden real de San Jenaro que S. M. les dió en Nápoles) les ha concedido el sueldo de setecientos escudos como empleados, aunque estén desembarcados, en atención al honor que han tenido de venir sirviendo á S. M. en el viaje á España y al desempeño que han acreditado.

En atención á los méritos y particulares circunstancias del jefe de escuadra D. Carlos Reggio, y á los servicios y méritos del Conde de Vegaflorida, también jefe de escuadra, les promovió S. M. á Tenientes generales de sus armadas navales, con el sueldo correspondiente según el actual reglamento.

Atendiendo el Rey al particular mérito y servicios del comisario ordenador D. Juan Domingo de Medina, y al desempeño con que se ha portado en esta importante comisión de pasaje de S. M. y su real familia desde Nápoles á Barcelona, en que ha ejercido el ministerio principal de la escuadra, embarcado en el navío real Fénix, se ha dignado manifestarle su real gratitud, promoviéndolo al grado y honores de Intendente de Marina, con la calidad de que no obstante lo prevenido en las Ordenanzas, se le han de hacer los honores militares como á los propietarios de departamento, en cualquiera parte donde se hallare, en atención al extraordinario motivo por que S. M. se ha servido conceder esta gracia; sobre que se han dado las órdenes respectivas al Capitán general de la Armada y al comandante general de la provincia de Andalucía.

Atendiendo el Rey al mérito que ha contraído en su real servicio su secretario honorario D. Juan Antonio Enríquez, y al honor que ha tenido de venir sirviendo á S. M. de Tesorero de la escuadra, embarcado en el real bajel el Fénix, que ha conducido su real persona, la Reina nuestra señora y la real familia, se ha dignado manifestarle su real gratitud, promoviéndole al empleo de comisario de provincia de marina, con el sueldo de cien ducados que le corresponden mensualmente, según el actual reglamento.

El Rey, en consideración de los méritos y circunstancias del teniente de fragata D. Juan de Peña, y de la exactitud y celo con que ha desempeñado la comisión que ha tenido de oficial de órdenes bajo las del capitán general Marqués de la Victoria en el real navío Fénix que ha conducido la reales personas, se ha dignado concederle una pensión de quince pesos sencillos al mes, que se le han de satisfacer por la Real Tesorería de Cádiz.

A los condestables de artillería D. Cristóbal de Molina y D. Luis Estévez, que han venido sirviendo en el real bajel el Fénix, les ha concedido el Rey el grado de alféreces de fragata con el sueldo de quince escudos al mes en calidad de reformados, y en la misma ha concedido el propio grado de alférez de fragata, con el sueldo de veinte escudos, á los primeros contramaestres del real Fénix, D. Francisco Croquier, D. Jerónimo Caliche y D. Jaime Ferrer.

A los primeros pilotos del real Fénix, D. José Alfonso San Martín y D. Pedro de Ávila, les ha concedido el Rey el grado de tenientes de fragata, para que con esta distinción continúen de pilotos, y á D. Roberto Yesferces y D. Juan Broime, que han servido de pilotos voluntarios en dicho real bajel, les ha conferido S. M. el grado honorario de capitanes de mar y guerra sin sueldo.

Atendiendo el Rey al dilatado mérito de veintiocho años en su real armada del contador de navío D. José Brasco, y el honor que ha tenido de venir sirviendo su empleo en el navío el Fénix, ha resuelto que se le emplee en la primera ocasión de vacante ó aumento de plaza de jefe de fieldad de las reales fábricas de tabacos de Sevilla, con el sueldo correspondiente, y que entretanto que se verifica, se le continúe por la Tesorería de marina de Cádiz el sueldo de cuarenta escudos en calidad de jubilado.

Atendiendo el Rey al mérito del maestre de jarcia D. Matías Ambrona y á la constante tarea que ha tenido en el ejercicio de su empleo en el real Fénix, se ha dignado hacerle merced de la primer plaza de Contador de navío que vacare por cualquier motivo.

En atención al tiempo que ha servido en la Armada D. Antonio Miguel Visorio, y últimamente en el real bajel el Fénix, le ha concedido Su Majestad el empleo de maestre de jarcia.

Atendiendo el Rey al mérito que ha contraído en su real servicio don Leandro de Vega en el empleo de protomédico de su real armada naval, y particularmente al honor que ha tenido de venir sirviendo de tal en la escuadra en que se ha conducido S. M. y real familia de Nápoles á España, se ha dignado concederle el título de Médico de su real Cámara sin ejercicio ni sueldo, con todos los honores y preferencias que como tal le corresponden, para que con esta distinción continúe en su empleo de protomédico con el cuidado del real hospital de Cádiz y encargo que tiene de maestro del real colegio de cirugía establecido en él, y al ayudante de cirujano mayor de la armada D. José de Nájera, le ha concedido S. M. igualmente el título y honores de Médico de su real Cámara sin sueldo ni ejercicio, para que continúe en su ejercicio del hospital y colegio.

Al granadero de los batallones de marina D. Luis Abal, embarcado en el real Fénix, le declaró S. M. guardia de Corps de la real compañía española, y á los diez sargentos de los mismos batallones que han venido de guarnición en dicho real bajel, les ha concedido tres escudos de ventaja al mes sobre su prest entretanto que subsisten de sargentos.

El Rey ha resuelto que si subsiste vacante la plaza de Maestro mayor de calafatería del arsenal de la Carraca que ha quedado por fallecimiento de Bernardo de Isasi, se ponga en ella á Juan Domínguez, con el sueldo correspondiente según el reglamento, en atención á su mérito y á haber servido en la escuadra la misma plaza embarcado en el real bajel el Fénix, y por los mismos motivos ha determinado que al primer carpintero Juan Bautista Laganá se le considere desde luego el sueldo de Maestro de carpintería de la Carraca, según el reglamento, para que empleándose en la inmediación del actual, Nicolás Pinzón, sea atendido en ocasión de vacante para la propiedad que en concurso de otros de igual habilidad y mérito.

Asimismo ha resuelto S. M. que el maestro de velas del real Fénix, José de León, se le dé plaza de Capataz de su ejercicio en la Carraca, en caso de estar vacante, con el goce según reglamento.

Atendiendo el Rey á los méritos y servicios de D. Isidoro del Postigo, capitán de navío y uno de los que han venido sirviendo á S. M. desde Nápoles á esta monarquía, se ha servido hacer la gracia á D. Isidoro García del Postigo y á D. Antonio García del Postigo, sus hijos, de que sean admitidos por Guardias marinas, dispensándoles á tal efecto á ambos la menor edad, y á D. Sebastián Apodaca, D. Juan María Lasqueti, D. Joaquín Calvo y D. Ramón Ansuátegui ha concedido también S. M. plaza de Guardia marinas.

Al piloto práctico de costas Pedro Ramos, al segundo cabo de artillería Miguel de Albornoz, al calafate José Montero y á los artilleros de mar Francisco Zerdán, Francisco Grimay y Pedro Fernández, que han venido sirviendo en este real bajel el Fénix, les ha concedido el Rey sus inválidos con el sueldo entero que actualmente disfrutan.

El Rey ha resuelto que se tenga y haga presente en las primeras vacantes de oficiales de la Contaduría de Marina al contador de navío D. Enrique de Torres, que ha tenido el honor de venir sirviendo su empleo en el real Fénix, y por el mismo motivo ha determinado que á D. Juan Mateo de la Vega, oficial de la secretaría de la Dirección general de la Armada, se le tenga presente en las vacantes de contadores de navío para su colocación, y al cirujano de primera D. Juan Bauze, en las de ayudante de cirujano mayor de la Armada.

Satisfecho el Rey del celo con que el capellán de la real compañía de Guardias marinas D. Antonio Fanales, teniente de vicario general de la escuadra, ha servicio á S. M. en su ministerio de capellán durante la navegación desde Nápoles á Barcelona, le ha concedido que pueda seguir sirviendo á S. M. hasta Madrid, habiéndose declarado su capellán de honor con el sueldo correspondiente; y á D. Joaquín de Aguirre ha concedido también licencia para pasar desde Barcelona á Madrid, y determinado que D. José de Aguirre, que ha servido en su lugar el empleo de Mayor general de la Armada que ha conducido felizmente á S. M. para estos reinos continúe ejerciéndole sin novedad.

Queriendo manifestar el Rey los efectos de su gratitud á todos los individuos de marina que le han venido sirviendo en la presente escuadra desde Nápoles á Barcelona, ha resuelto que desde el General hasta el último paje se dé una paga líquida de sus sueldos y salario de criados por vía de gratificación á todos los bajeles, incluso los cuatro de Nápoles y los seis jabeques, con la distinción de que á los embarcados en los dos navíos el real Fénix y el Triunfante, que han logrado la dicha de traer las personas reales, han de ser dos pagas, y además mandó repartir 25 doblones de oro entre los doce músicos de batallones y Guardia marinas, cien doblones de oro entre el mayordomo y demás gentes que han servido en los oficios de cocina, zanzería, ramillete y panadero en el real Fénix, y 50 doblones de oro entre los que han servido los mismos oficios en el Triunfante, en consideración á haber venido en ambos navíos las reales personas.

A cada uno de los Capitanes de los seis jabeques de Nápoles mandó Su Majestad dar cien doblones de oro por gratificación para los gastos de viaje que han hecho viniendo sirviéndole, y al alférez de la real compañía de Guardias de Corps de Nápoles, Conde Marazani, ordenó S. M. que se entregasen 163 doblones de oro para que los repartiese para sí, los dos exentos, brigadier, cadete y 14 guardias que han venido sirviendo á su real persona hasta España, al respecto de dos mesnadas líquidas á cada uno por vía de gratificación que se ha dignado acordarles en señal de su real gratitud.

Y además se ha servido conceder pensiones sobre su real erario de España al dicho alférez Conde Marazani de 500 pesos al año por días de su vida; á cada uno de los exentos D. Jenaro Sangro y Conde, D. Antonio Anguesola de 300 pesos ídem; al primer brigadier D. José de Salvatici de 200 pesos ídem, y al cadete D. Manuel Valiente de 100 pesos ídem, que han de ser pagados por el Tesorero de S. M. en Roma para que con mayor facilidad puedan cobrarlas; respecto de que deben restituirse á seguir su méritos con su amadísimo hijo el Rey de las Dos Sicilias.

Y finalmente, ha resuelto S. M. que todo lo perteneciente á la capilla y adornos de cámara y camarotes que se hicieron para recibir á las reales personas y comitiva en el real bajel el Fénix, se distribuya entre las iglesias pobres de Cádiz.

Más tarde, D. Juan Antonio Enríquez escribió las mercedes especiales que recibió don Juan José Navarro, marqués de la Victoria a parte de las ya mencionadas:

Dejarle á la salida de S. M. de á bordo los crecidos restos de valor de muchos pesos de chocolate, dulces, cera, vino, licores, jamones y demás víveres que se habían hecho en Nápoles para la casa real, para el gasto en el viaje de la mesa de S. M. y de su real familia.

Dejarle también todos los exquisitos y ricos adornos de las cámaras y camarotes del navío Fénix en que vinieron las reales personas, así de tela de oro y plata, damascos, terciopelos, galonería y alfombras, como de espejos, mesas doradas, canapés, taburetes, etc., y adornos de la falúa real (excepto el vestuario de terciopelo con franjas de oro para sus bogadores), para que los distribuyese todo, á su arbitrio, en iglesias pobres de Cádiz.

Después, en la corte, pensión vitalicia de 2.000 escudos de vellón anuales, libres de media anata.

Á su yerno D. Gutierre de Hevia, por real despacho de 25 de Febrero de 1760, título de Castilla con denominación de Marqués del Real Transporte, Vizconde del Buen Viaje.

Y don Vargas Ponce añade otra merced no mencionada: Siendo el regalo del S. M. de la real falúa, que se quedó en el Arsenal de Cartagena como propiedad del marqués de la Victoria, pero al ser necesitada de nuevo en 1782 la compró el Rey por 1.000 pesos para transportar en ella al Conde de Artois. Cuando el Capitán general ya había fallecido. Comillas der 1.png


Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1895-1903. En su tomo VII, apéndice número I, II y III páginas 17 á 37. Es un manuscrito redactando el viaje Regio por el tesorero de la escuadra don Juan Antonio Enríquez, inédito hasta que los publicó don Manuel Danvila y Collado en su obra Historia del reinado de Carlos III, solo que no menciona al autor por no figurar en el manuscrito, y don Cesáreo la vuelve a transcribir completa en la obra mencionada, habiendo descubierto quien fue el narrador.

Fernández Duro, Cesáreo.: Viajes Regios por Mar en el transcurso de quinientos años. Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1893. De esta obra se han sacado algunos puntos no explicados en la narración de la obra anterior.

Hay errores de ortografía, por el intento de no perder la grafía de la época.

Transcrita por Todoavante ©

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