1782 Combate naval del Cabo Espartel 20 / X

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1782 Combate naval del Cabo Espartel 20 / X



Este combate tuvo lugar el día veinte de octubre del año de 1782, entre una armada británica, al mando del almirante lord Howe y la escuadra hispano-francesa al mando del general don Luis de Córdova.

El cabo esta situado en la costa NO. de Marruecos, al S. del Cabo de Trafalgar, su situación geográfica, es a los 35º 47’ 14’’ de latitud Norte y a 5º 55’ 30’’ de longitud O. Tomando como medida el meridiano de Greenwich y tiene su origen en la cordillera que viene del E. siguiendo la costa.

El asedio al peñón de Gibraltar, que duraba ya desde mediados de mes de julio del año de 1779, se había convertido en un verdadero bloqueo, con el que el mando conjunto hispano-francés esperaba conseguir la rendición de la plaza, al faltarles los víveres, municiones e incluso defensores, ya que la guarnición había quedado considerablemente mermada a causa de los sangrientos combates que se iban sucediendo.

Para remediar la situación y socorrer a la plaza, el día once de septiembre del año de 1782, se hizo a la vela una expedición desde el puerto de Spithead, que estaba protegida por treinta y cuatro navíos, seis fragatas, más otros buques de guerra menores, dando protección a un convoy de numerosos buques de transporte, que llevaban los socorros pertinentes, como víveres y municiones, además de dos regimientos de infantería al completo, para reforzar a los defensores exhaustos de la plaza.

El mando aliado, conocedor del intento británico, se encontraba ya prevenido para tratar de impedirlo, por lo que la escuadra combinada, al mando del general don Luis de Córdova, estaba fondeada, pero lista para hacerse a la vela, en cuanto los buques enviados a vigilar los accesos al estrecho, dieran aviso de la aproximación del convoy enemigo, además estaban preparadas también, varias divisiones de lanchas cañoneras, jabeques y balandros, cuyo mando ostentaba, el general don Antonio Barceló, para con ellos caer sobre los buques del convoy, mientras la escuadra de don Luis de Córdova, se enfrentaba a la del almirante Howe.

Antes de que la escuadra británica embocase el estrecho, en la noche del día diez de octubre, se desencadenó una violenta tempestad, con fortísimos vientos del suroeste, que puso en peligro a la escuadra aliada, tanto fue, que el navío San Miguel del porte de 70 cañones, quedó tan maltrecho, que no se podía marinar, por lo que el viento lo arrastro precisamente contra el muelle nuevo de Gibraltar, por lo que cayó en manos de los británicos con toda su tripulación.

A otros dos navíos de la escuadra combinada, cuyas amarras fueron también rotas, siendo imposible el hacerles maniobrar en aquellas condiciones, fueron arrastrados en dirección al Mediterráneo y la mayor parte de los restantes, experimentaron quebrantos en sus arboladuras de mayor o menor consideración, pero por de pronto la escuadra se quedó en cuadro.

Howe, había mantenido a sus buques fuera del estrecho, por lo que no sufrieron ningún daño, pudiendo así, al siguiente día y sobre las 1030 horas embocarlo, aprovechando además el momento en que la escuadra combinada se afanaba en reparar los daños sufridos por el temporal.

En orden de batalla cerrado, pasaron ante Punta Carnero, conduciendo las fragatas al convoy con rumbo a Gibraltar, mientras que los navíos se mantuvieron a distancia, por el temor, sin duda, a las baterías de costa españolas y a las divisiones de las fuerzas sutiles, que estaban en disposición de entablar combate inmediatamente cayendo sobre el convoy, por eso éste se desvió algo de su derrota y solamente cuatro de los treinta y un buques mercantes que lo formaban consiguieron llegar al puerto, mientras los restantes rebasaron la bahía de Algeciras y después de desfilar frente a Punta Europa, se pusieron con rumbo para adentrarse en el Mediterráneo.

Esta decisión constituyó después un serio contratiempo para Howe, quien privado así de plena libertad de movimiento, tuvo que pasar a proteger a los buques de transporte, lo cual le obligaba a permanecer al Este del Peñón metido en el mismo mar.

El día trece, se encontraba la flota británica en las aguas de Fuengirola, por lo que conocedor de ello don Luis de Córdova se hizo a la mar desde el apostadero de Algeciras, con toda su escuadra en la que con la premura acostumbrada en estos casos, se habían efectuado las reparaciones de urgencia, pero no todas las que realmente les hacían falta, por lo que salió un poco mermado en la capacidad combativa de sus buques y sobre todo, de su capacidad de maniobra, pero aún así contaba con cuarenta y cuatro navíos, entre las dos escuadras, él arbolaba su insignia en el navío de tres baterías Santísima Trinidad, del porte de 120 cañones, por lo tanto el más poderoso navío a flote en esos momentos.

Por otros autores, se ha censurado el proceder del general español, basándose en que la flota no debía haber salido y adentrarse en el Mediterráneo en busca de la británica pues ésta cumplía una misión, que inexorablemente le tenía que llevar al peñón de Gibraltar, en salvaguarda del convoy a quien daba escolta, y que era la causa de la permanencia de la escuadra británica en estas aguas; pero también hay que contar, que la posible decisión fue provocada, para intentar recuperar a los navíos que por el temporal del día diez, habían sido empujados en dirección al Mediterráneo, consiguiendo con esta salida que en la noche del día trece al catorce se le incorporaran, aunque maltrechos, no dejaban de ser dos navíos más.

Howe, dio orden al convoy que pusiera con rumbo a las islas Chafarinas, en las costas de berbería, que no dejaba de ser un excelente lugar de fondeo y mantenerse a la espera de acontecimientos, lo que avisado por el ir y venir de sus fragatas consiguió, aprovechando la ocasión propicia, que se produjo el día quince de arribar con el convoy a Gibraltar, esto fue posible por un repentino cambio de la dirección del viento, que cambió al Este, aunque no dejaba de ser una suave brisa; mientras que la escuadra combinada se encontraba medio dispersa y muy próxima a las costas marroquíes, que fue cuando Howe se dirigió con rumbo a la costa española, que ciñéndola, logro burlar así a los aliados, merced a sus cálculos y audacia, que son dignos del mayor encomio.

Durante dos día estuvieron desembarcando las vituallas y los hombres de los buques, por lo que el día diecinueve y cumplida su misión se hizo de nuevo a la mar con rumbo a su país, pues no pretendía en ningún momento presentar combate, eso si persistía el viento del Este, el cual le favorecía enormemente para mantener su rumbo y salir del estrecho, al atravesar éste divisó a la escuadra combinada, que había advertido la maniobra del enemigo y que navegaba en su demanda con toda la vela desplegada, con la intención de darle caza y obligarle a combatir.

Pero los navíos británicos era más rápidos, quizás por llevar el forro de cobre del que aún no disponían los navíos aliados, por lo que el general don Luis de Córdova, ordenó dar caza, aunque se rompiera la formación, con la intención de que los navíos más rápidos de su escuadra, pudieran alcanzar a los de la retaguardia enemiga y ellos para no dejar perder a sus buques zagueros, virarían para entablar combate, frenando así su marcha y mientras tanto los aliados acudirían a apoyar a los suyos, con lo que él lograría entablar el combate que era lo que venia buscando desde el primer momento.

Al advertir Howe la proximidad de la escuadra aliada, forzó velas con la intención de salir del estrecho, pues en este lugar no podía desplegar su escuadra y aprovechar la ventaja de su mayor velocidad, para combatir no cuando los aliados quisieran sino que él pudiera elegir el momento y el lugar de hacerlo, pues de lo contrario podría ser envuelta su escuadra por tener los aliados mayor número de buques.

No se puede tener duda que el almirante británico, no tenía ninguna intención de entablar un combate innecesario, pues él ya había logrado completar su misión de hacer llegar incólume al convoy y socorrer a la plaza de Gibraltar, máxime cuando era patente la inferioridad en la que se encontraba, pues él contaba con treinta y cuatro navíos, mientras que en la escuadra combinada eran cuarenta y seis, a lo que se añadía el mayor conocimiento de estas aguas, que eran superiores a la de los británicos y carecer estos de puertos próximos a los que acogerse en caso de necesidad, por haber sufrido daños de consideración cosa inevitable si se producía en combate.

En la mañana del día veinte la escuadra combinada, cruzaba el estrecho y salía al Atlántico, con un nuevo cambio de dirección del viento, puesto que había rolado al Norte por lo que les favorecía, estando en esos momento a un distancia de una diez millas de la británica, la combinada seguía navegando a toda vela y sin la formación debida causada por la orden anterior, pero proseguía en su afán de dar alcance a los navíos de la retaguardia enemiga, pero estos seguían manteniendo su formación de combate.

A la vista del cabo de Espartel la escuadra británica, se detuvo y reformó su línea de combate, en espera de la llegada de la aliada, pero tomando ciertas precauciones, que consistían en pretender aprovechar su mayor velocidad ya contrastada, y el enfrentarse a los navíos de cabeza de la escuadra combinada solamente, retirándose a continuación conforme fueran llegando el resto de la escuadra aliada, para evitar así verse envueltos por la totalidad de ellos, pues no en balde le superaban en doce navíos.

La escuadra británica, como ya sabemos estaba compuesta por treinta y cuatro navíos; ocho, de tres puentes, entre los que habían dos de 100 cañones, el Victory, buque insignia de Howe y el Britania, insignia de Barrington, que era el jefe de la vanguardia; cuatro, de 98 cañones, los Atlas, Princess Royal, Blenheim y Queen; y dos de 90 los Ocean y Union; cuatro de entre 80 y 84; doce, de 74; ocho, de 64 y dos viejos de 60.

La escuadra combinada contaba con cuarenta y seis, de ellos treinta y tres españoles y trece franceses, de los que siete eran de tres puentes: dos, españoles, el Santísima Trinidad, de 120 cañones y el Concepción, de 96, y cinco franceses, del porte de 110 cañones, los Majestueux, Royal Louis, Terrible, Invincible y Bretagne; dos, de 80 y el resto de 64 a 76 cañones.

Estas cifras ponen en evidencia la superioridad de los aliados, pese a que estuviera equilibradas ambas escuadra en el número de los navíos de tres puentes, pues aunque los británicos tenían nueve y los aliados siete, el Santísima Trinidad y los cinco del tipo Bretagne, eran los más formidables buques a flote del momento y sobrepasaban a los Victory británicos, en varios cientos de toneladas de desplazamiento y gran ventaja en el fuego por andanada.

Por ello, es casi comprensible que Howe, conocedor de estas dificultades y sabiéndose ya satisfecho, pues su misión había tenido un rotundo éxito, se mostrara remiso a presentar combate y aún así lo presentó, pero tomando las medidas que le pudieran llevar a una nueva victoria, aunque ésta fuera parcial, ya que total era ocasionalmente casi imposible.

Sobre las 1800, estando ya en el ocaso el Sol, los navíos de la mal formada vanguardia aliada, tomaron contacto con los enemigos, por lo que inmediatamente comenzó el cañoneo, siendo el francés La Motte-Picquet, a la cabeza de la vanguardia con su formidable tres puentes Invincible, rompió el fuego; el grupo en el que iba el Santísima Trinidad, con el general en jefe don Luis de Córdova, que a su vez le servía de matalote el navío francés de tres puentes Majestueux, que era el insignia del almirante Rochechouart, a los que les seguían varios de 74 cañones, trataban de arribar sobre la retaguardia enemiga, con el ánimo de cortarla y aislar a los tres últimos navíos de la línea británica, que estaba compuesta por el navío de tres puentes Union y dos de dos puentes, los navíos Búffalo y Vengeance.

La maniobra mal calculada y realizada por las diferencias de velocidad de los distintos navíos aliados, tuvo la consecuencia de que el Santísima Trinidad, de pronto se encontrara sin el apoyo de los navíos aliados que le seguían y recibiera nada más que el fuego conjunto de seis o siete navíos de la retaguardia enemiga, que lógicamente le ocasionaron graves daños.

Además se junto que el haber cargado los navíos aliados las velas altas, para dar alcance a los enemigos, hizo que los británicos al tomar el contacto con los aliados, reanudaran su marcha sin perder la formación a fin de llevar a cabo la táctica ya apuntada, por lo que recobraron la ventaja en la velocidad, siendo necesaria una continua arribada por parte de los aliados, sino querían perder el contacto con el enemigo, por lo que el combate era a intervalos y cabe decir, que siempre fue a voluntad de los británicos, pues al conservar la velocidad los dejaban aproximarse y cuando no les interesaba lo rehuían.

En estas condiciones, el combate se prolongó hasta bien entrada la noche, pues hasta las 2200 horas los aliados insistieron una y otra vez en intentar acorralar a los británicos, pero estos con su mayor velocidad no se dejaban cazar, por lo que en el momento de mayor intensidad del combate, no habían más de treinta y dos o treinta y tres, navíos de la escuadra combinada en combate, contra los treinta y cuatro británicos, a lo que se sumaba que los doce navíos de la retaguardia aliada, entre los que habían dos de tres puente y otros tantos de 80 cañones, por su mayor lentitud nunca llegaron a él ni tan siquiera estar a tiro de cañón, que de haberse conseguido, el resultado hubiera sido muy diferente e incluso la victoria hubiera podido estar de su parte.

Aunque como siempre, las informaciones de procedencia británica, aseguran que el peso del combate lo realizaron la vanguardia y la retaguardia, pues el navío insignia Victory, ni siquiera llegó a disparar un solo cañonazo. En fin lo de siempre con sus inmejorables fuentes.

Lo que si es evidente, es que la escuadra combinada muy superior a la enemiga en ningún momento pudo darle verdadera caza, no siendo posible aplicar la gran diferencia numérica de buques participantes en su provecho, pues incluso era muy superior a la participación en el combate de Trafalgar, pudieron haber dado una gran victoria a los aliados y que en ningún momento hubieron realmente más navíos aliados que británicos en fuego, a pesar de que las referencias británicas al respecto y como siempre, quisieron desvirtuar la realidad de los hechos.

También hay que recordar, que los buques aliados sufrieron el duro temporal anterior que los dejo maltrechos, sobre todo y precisamente en sus arboladuras, por lo que a pesar de no llevar el consabido forro de cobre, los navíos de la vanguardia aliada que sí estaban con todas sus posibilidades de dar eficazmente la vela, consiguieron llegar, es de suponer que los que no lo hicieron, fue precisamente por estar también defectuosas las reparaciones hechas, con todas las prisas que requerían las circunstancias, lo que después quedó la evidencia al no poder dar alcance y entrar en el combate, lo que pone de manifiesto, que las prisas son malas compañeras.

Poco después de las 2200 horas, se rompió definitivamente el contacto entre ambas escuadras, tomando la británica el rumbo al Oeste, para salir definitivamente al océano Atlántico.

Las bajas sufridas en el combate variaron poco entre las dos escuadras, siendo por parte de la aliada de sesenta muertos y trescientos dieciséis heridos, mientras que los británicos, sufrieron sesenta y ocho muertos y doscientos ocho heridos, según sus datos.

Como siempre ocurre cuando un combate queda indeciso, cada beligerante pinta los hechos de distinto modo y así, mientras en España, se juzgó la retirada del almirante Howe, como una vergonzosa huída, en el Reino Unido, no sólo su pueblo, sino su mismo Parlamento, se cantaba la gloriosa hazaña de Howe, que con treinta y cuatro navíos había hecho frente y contenido a cuarenta y seis de don Luis de Córdova.

Con motivo de estas alabanzas, publicó el general español una protesta que, por lo moderada, parece pueda ser reflejo fiel de la verdad y que transcribe Antonio Ferrer del Río en su obra.

« Parte dado por el general Córdova, el día 22 de octubre de 1782 desde el navío Santísima Trinidad, a la vela »

« Noticia de los sucesos de la Armada combinada de España y Francia apostada a esperar a la de Inglaterra, y de los varios encuentros hasta la función que empezó a trabarse al anochecer del día 20 de octubre de 1782 »

El parte dice lo siguiente, intentaré transcribirlo tal y como esta y ruego se perdonen los errores, que se puedan cometer.

« Decía el buen viejo D. Luis de Córdova despechado de que se le hubiera ido la ocasión de mostrar sus bríos, todavía lozanos, y de añadir una gloria más a las de su patria »

« La Inglaterra se gloriará en sus papeles públicos de haber hecho frente con treinta y cuatro navíos a cuarenta y seis de la escuadra combinada: Pero quien conozca el oficio, sabe que la circunstancia de tanta ventaja de vela suple al mayor número en grado que nunca pudieron entrar en fuego doce navíos de la retaguardia, en que había dos de tres puentes, dos de ochenta cañones, y tres generales, comandantes de cuerpos de la Armada. Así no podrán decir las relaciones del almirante inglés que combatió con más de igual número; y las nuestras deberán aseverar que batimos a treinta y cuatro con toda la desventaja de una situación accidental, sin los comandantes naturales de los puestos; falta que solo puede compensarse con el exceso de fuerzas efectivas en el ataque, para doblar o atravesar a favor de la superioridad, pues plegaron y huyeron a las cuatro horas y media de fuego en el total, y sin que en la parte más cargada llegase a dos horas, o pasase sensiblemente de ellas; de que resulta, o que huyeron batidos de menos fuerzas, o porque convendría así a las miras políticas de la Inglaterra, no aventurando su escuadra a los incidentes de acción tenaz que dejasen a la armada combinada dueña de hacer uso de la superioridad de sus fuerzas. Y omitiré por decoro a la dignidad de la corona británica, la discusión del que hizo de balas incendiarias en la acción, y si en caso de ser apresado el navío del Almirante mismo en un combate de escuadra, debería ser tratado como incendiario sin remisión ni acepción de persona, por una conducta y medios tan chocantes a la humanidad » 20 de octubre de 1782.

Esto es lo que escribió don Luis de Córdoba para la posteridad, hay que leerlo despacio y entre líneas, no deja de ser un autentico vaticinio de lo que después vendría y sobre todo la incompostura de Howe, vista desde la óptica de Córdova, de la utilización de las balas rojas; la verdad es que no tiene desperdicio y ahora que cada cual piense lo que quiera.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. Ángel Dotor.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 22, 1924, páginas 22 y 23.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid 1895-1903.

Ferrer del Río, Antonio. Historia del reinado de Carlos III en España. Madrid. 1856.

Rodríguez González, Agustín Ramón.: Trafalgar y el conflicto naval Anglo-Español del siglo XVIII. Actas. San Sebastián de los Reyes. Madrid, mayo, 2005.

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