1797 Intento de Nelson de conquistar Santa Cruz de Tenerife

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1797 Intento de Nelson de conquistar Santa Cruz de Tenerife



Al comenzar el bloqueo de la bahía de Cádiz después del combate del cabo de San Vicente del 14 de febrero de 1797, a primeros de marzo seguido, el almirante John Jervis ordenó a varios buques salir en descubierta para prevenir un posible ataque a su escuadra, fue la fragata Terpsichore al mando del capitán Richard Bowen, por haber demostrado su valor cuando fue una de las cuatro y tres corbetas designadas para dar caza por su mal estado al navío español Santísima Trinidad, al que logró divisar el 28 de febrero, estando sobre el cabo Catín, muy atrevidamente se le acercó por la popa, pero se confió y al poner en juego el navío los guardatimones, le causó graves daños materiales, nueve muertos y varios heridos, no obstante quedó ya marcado como un atrevido oficial, reconocido incluso por Nelson.

Se dejó llevar por los vientos y arribó a las islas Canarias, donde dio la casualidad de divisar la llegada de las dos fragatas de Filipinas, la Príncipe Fernando y Princesa, cargadas como era habitual con sedas y especies, así el 18 de abril el capitán Richard Bowen arrió 14 lanchas a las 02:30 unos minutos más tarde entraban en el puerto y sobre el muelle picaron los cables de la fragata de Filipinas, Princesa, logrando sacarla a pesar del fuego recibido, pero la falta de artillería en ese punto les facilitó su trabajo. El 29 de mayo seguido, comprobando lo fácil que les había resultado repitieron la operación, sólo que esta vez se llevaron la corbeta francesa La Mutine, la cual se había refugiado en el puerto por haber avistado velas enemigas.

Se encontraba el almirante Jervis al mando de la escuadra británica compuesta por 23 navíos, varias fragatas y otros buques menores. Después de sus fracasos en el intento de bombardear Cádiz, le apremiaba mover su gente por estar algo revuelta, justo regresó Bowen y le notificó su apresamiento, más al decirle que aún quedaba otra fragata española en Santa Cruz de Tenerife, esto hizo pensar al almirante era una buena ocasión para distraer a sus tripulaciones, por ser un revulsivo para sus hombres intentar darle caza y así calmarlos, para ello escogió al ya comodoro Horatio Nelson para otorgándole el mando del Theseus, 74, insignia, capitán Rafael Willet-Miller; Culloden, 74, comodoro Tomas Troubridge; Zelauz, 74, capitán de navío Samuel Hood; Leander, 50, capitán Bow Thompson; Esmerald, 38, capitán Thomas Waller; Seahorse, 38, capitán Freemantle; Terpsichore, 38, capitán Richard Bowen; Balandra Fox, 14, capitán teniente Gibson y la bombarda apresada en Cádiz era la nº 14, capitán teniente Compton. Total 394 cañones sin contar (por desconocerlo) los morteros de la bombarda. Las fuerzas escogidas para el desembarco de entre toda la escuadra fueron 200 hombres por cada navío de 74, 150 el de 50 cañones y 100 por cada fragata, total 1.050 más los de la dotación de Royal Marines habitual de cada bajel.

Dieron la vela desde Gibraltar el 15 de julio con rumbo a las islas Afortunadas, presentándose sobre Santa Cruz de Tenerife el 21 seguido, comenzando los preparativos para pasar a la acción inmediatamente, de hecho esa misma noche-madrugada al mando de Troubridge capitán del Culloden trasbordaron mil hombres las tres fragatas, favorecidas por su menor calado pudieron acercarse más a la costa, aproando a la fortaleza del Paso Alto situada a tres millas de la ciudad con la intención de poner a la gente en tierra, pero estando en movimiento se desató un duro temporal del noroeste, unido a las típicas corrientes de la zona, sólo pudieron llegar a una milla de tierra.

Entre las de a bordo y las remolcadas llevaban unas treinta lanchas, a pesar de estar la mar muy movida dio la orden de trasbordar a los botes, mientras Nelson se acercó con los cuatro navíos para darle protección, pero no pudo pasar de las tres millas de la costa por ser los vientos contrarios, resultando inútil su esfuerzo, los botes se pusieron rumbo a la playa, pero las corrientes y las insalvables escolleras con sus rompientes por efecto de la resaca era excesivamente peligroso proseguir, tanto se entretuvieron que al amanecer fueron vistos desde tierra, sonando la alarma, puesto en conocimiento del teniente general don Antonio Gutiérrez, a la sazón capitán general y gobernador de la plaza, ordenó llamar a toda la fuerza de la isla, incorporándose a la defensa la milicia de la Laguna y un trozo de marinería de la corbeta francesa La Mutine, sumando en total mil seiscientos hombre y lo más importante, entre buenas y malas 48 piezas de artillería, aunque algunas de ellas llevaban muchos años en la isla (algunas cientos), no obstante se dispusieron en los puntos señalados como más importantes para entorpecer el desembarco, sobre todo en esta ocasión guardando el muelle, por donde se supuso sería el principal ataque por ser la zona ya conocida y haberse producido los dos abordajes.

Las fuerzas se pusieron en movimiento para repeler el desembarco, logrando los británicos poner el pie en tierra sobre las diez de la mañana, en ese momento las tropas estaban en buena situación y con el apoyo de algunas piezas de artillería, la cual al entrar en juego les obligó a reembarcar sufriendo algunas bajas, abandonando la isla sobre las 17:00, saliendo poco más tarde del alcance de las piezas, pasando a trasbordar a las fragatas, en todo esto fueron protegidos por la bombardera.

Sucedió algo curioso, quedando demostrado hasta donde llegaban a estar de hartos y agotados los hombres de dotación en los bajeles de su Graciosa Majestad; al ver los españoles que regresaban a sus botes, se ordenó a varias unidades revisar la zona, para confirmar no era una treta y evitar un ataque nocturno, ratificando estar limpia de enemigos, estando en ello una de ellas se encontró en las cercanías de la fortaleza de Palo Alto a diez marineros británicos, estos no sólo entregaron las armas sin oposición si no que conducidos a presencia de los oficiales pidieron poder unirse a la defensa, por abominar el mal estados de sus personas en los buques de su Graciosa Majestad. Se le comunicó a don Antonio y los designó a una unidad de milicias, donde prestaron muy buenos servicios. Por las cifras que se manejan, no deja de ser una anécdota, pero aquí está para ser conocida. A veces para muestra un botón sobra y en este caso eran diez.

Al fracasar en este primer intento, Nelson escribe una carta a su almirante John Jervis diciendo:

Comillas izq 1.png «Theseus, frente a Santa Cruz, 24 de julio, 8 p.m. Mi estimado señor, No entraré en el asunto de por qué no estamos en posesión de Santa Cruz; su parcialidad le hará creer que se ha hecho hasta este momento todo lo posible, pero sin efecto: esta noche yo, humilde como soy, tomaré el mando de todas las fuerzas destinadas a desembarcar bajo las baterías del pueblo, y mañana mi cabeza será coronada probablemente de laureles o de cipreses. Sólo tengo que recomendarle a Josiah Nisber a usted y a mi país. Con todo afectuoso deseo para su salud, y todas las bendiciones del mundo, créame su más fiel.

Horatio Nelson

P.D. El duque de Clarence, si muero en el servicio de mi Rey y Nación, tomará, estoy seguro, un gran interés por mi hijastro, cuyo nombre ya he mencionado.» Comillas der 1.png


El 24 de julio la escuadra se mantuvo alejada incluso de la vista de la isla, mientras se celebraba el consejo de oficiales en el navío insignia donde Nelson trazó un plan de ataque, en él sobre todo con Troubridge quien seguía al mando del trozo de desembarco, para entre todos pensar otra forma de lograr el objetivo, acordada la forma y zonas se pusieron a ello, este consistía en colocar a la vista el Leander en el mismo lugar donde se había intentado antes, mientras el resto intentaría tomar el mismo puerto. Lo que ya imaginaba Gutiérrez. No cayendo en la trampa de distraer más fuerzas destinadas a la fortaleza de Palo Alto por estar allí el buque enemigo.

Lo más importante a resaltar, cosa algo fuera de toda lógica del genio de Nelson, era su total desconocimiento de las mareas y corrientes que rodean la isla, estos elementos facilitaban su defensa porque al ser buques pequeños eran auténticas cascaras de nuez en un océano, a pesar de ello lo intentaron.

Comenzaron a ponerse en movimiento sobre las 23:00 del 24, el primero era el cúter Fox con 180 hombres a bordo de desembarco, siguiéndole otros 800 ó 900 embarcados en 49 botes, formando dos divisiones, una de 33 y otra de 16, una al mando directo de Nelson y la otra de Troubridge (desconocemos quien iba al frente de cada una, pero por el resultado del desembarco, la menor estaba dirigida al muelle al mando de Nelson), navegando en fila de seis a remo, para silenciar el chapoteo propio de las paladas de los remos fueron forrados de tela, a pesar de todas estas precauciones fueron descubiertos desde la fragata española San José, quien pasó el aviso al castillo de Paso Alto.

Los enemigos aproaron al muelle señalado por el comodoro, este lugar estaba defendido con menos de un centenar de efectivos y seis cañones; fueron acercándose, era la 01:30 horas cuando llegaron a tiro de fusil del muelle, comenzando de pronto los defensores a disparar una verdadera lluvia de proyectiles, acompañados por el fuego de los cañones, uno de los primeros en ser herido fue el mismo Horatio en el brazo derecho, quien iba embarcado en la cuarta lancha de su grupo, al verse desbordados y el jefe herido decidieron retroceder, pero la Fox fue acertada por varios impactos a flor de agua provocando se fuera al fondo, muriendo más de un centenar de hombres en ella, los botes sobre todo por las corrientes fueron arrastrados contra las rocas quedando deshechos, muriendo mucha gente.

(Los datos son casi mareantes con la balandra, en los mismos partes británicos se le dan 150 hombres de desembarco, más la dotación, llegando a una cifra máxima de 400 entre ambos, por ello no es posible dar con certeza un número ni siquiera aproximado de muertos) Lo bien cierto es que fue impactada en la flotación por tres proyectiles casi seguidos y sumado a su sobre carga se fue al fondo muy rápidamente, salvándose entre 14 y 19 por ser recogidos por los españoles. (La cifra tampoco es exacta por haber hundido varios botes y algunos podían ser de ellos.)

Por el contrario Troubridge con 27 lanchas pudo llegar sobre las playas del Muelle, Carnicerías (no sabemos la razón del nombre, pero habla por sí sólo) y Barranco de Santos. La artillería hundió 10 botes. Al amanecer se encontraron 4 lanchas embarrancadas, el mayor número unos 700 pudo desembarcar en la Carnicerías, pero sin apoyo de artillería por haberse ido a pique en los botes. En el resto de puntos desembarcaron otros 300 hombres al mando de Samuel Hood y el capitán de infantería de marina Waller. Iban delante tambores, pífanos y banderas, avanzando por las calles y plazas, en su avance eran hostigados desde las casas y azoteas, causándoles bajas constantemente, logrando llegar a la plaza de la Pila donde el almacén colindante estaba repleto de pan y vino el cual fue vaciado en sus estómagos.

Otro pequeño grupo de botes fue desviado por las corrientes al sur de la ciudad, conocedor de ello quiso esperarles para reunir más gente, de forma que al comenzar a amanecer sólo le quedaban unos trescientos cincuenta hombres, continuando a pesar de estar siempre rodeado de defensores, llegó al convento de los dominicos de la Consolación en la plaza de Santo Domingo, donde se pudo proteger algo mejor.

Al amanecer de divisaron quince botes con refuerzos aproando al muelle, las defensas comenzaron a efectuar fuego, en pocos minutos dos fueron echados a pique, las demás viraron y se alejaron, no parándose tan siquiera a recoger a sus compañeros naufragados, de hecho salió un bote español armado de la fragata de Filipinas llamada Princesa (la capturada) a recogerlos, pero al no portar bandera fue dado por enemigo y a punto estuvo de ser echado al fondo, por ello su patrón viró para resguardarse de la lluvia de proyectiles.

Viendo Troubridge que no tenía una salida fácil como buen británico ordenó a un sargento con dos prisioneros enarbolar bandera de parlamento para hablar con el gobernador don Antonio Gutiérrez, fue recibido pero empezó a decir que pasarían a cuchillo a mujeres, ancianos y niños si no se cumplían sus peticiones, el general no consideró era persona para dirigirse a él en aquellos términos ordenando quedara preso, fue trasladado a la prisión de la ciudadela.

Al no regresar Troubridge envió al capitán Ould-Field quien salió del convento de Santo Domingo con bandera de parlamento, repitiendo que si en corto plazo no se le entregaba la caja de la ciudad y el cargamento de la fragata Princesa, darían al fuego la población, (como si toda ella estuviera en su poder), don Antonio le respondió que eso era inviable y no quería ni oír lo que jamás podrían realizar, dejó irse al oficial y al poco tiempo regresó el mismo pero acompañado por el capitán de navío Samuel Hood, quien sin dilación demandó unas capitulaciones dignas, a esto accedió el general pues conocía su situación y proseguir el combate no era conveniente, porque así se ahorraban vidas por ambas partes; pero añadiendo, sería buena la promesa firmada de no volver a intentar mientras durase la guerra conquistar ninguna de las islas Canarias, aceptado por el británico y a su vez ratificado por el jefe de los desembarcados el comodoro Tomas Troubridge, por ello se les permitió salir desfilando con sus armas y honores militares.

Tomaron el camino para acercarse al muelle, al ir llegando el capitán general se fijó que muchos de los hombres estaban en mal estado, disponiendo fueran atendidos todos, se les dio vino y pan, los heridos fueron tratados por los cirujanos de la ciudad, se canjearon sin mirar número los prisioneros mutuamente, mientras dispuso fueran sentados los oficiales superiores a su mesa, les indicó que si era necesario se podía atender a Nelson en la ciudad, al concluir la comida don Antonio Gutiérrez entregó los despachos para ser transportados a la península, dando los partes de los combates y las condiciones de la rendición de los británicos, estos mismos fueron quienes los entregaron al general Mazarredo en Cádiz. Al encontrarse mejor fueron todos embarcando en tres bergantines canarios para ser transportados a sus buques, en total eran unos trescientos cuarenta entre heridos y sanos, no pudieron utilizar ninguno de sus botes por estar todos destruidos o hundidos.

Debió ser doloroso transportar tales documentos, pero Nelson se ofreció a ello al mismo tiempo que ratificaba no volver a acercarse a las islas Afortunadas, que sin duda los son y desgraciadas para los británicos, pues a lo largo de los siglos fue ataca el 6 de octubre de 1595 por Drake, el 30 de abril de 1657 por Robert Blake y el 6 de noviembre de 1706 por John Genings, y ninguno obtuvo otra cosa que destrucción, dolor y muerte. Hay cosas que nunca cambian. Todo esto teniendo en cuenta que el Gobierno español nunca tuvo una escuadra en ellas y todo dependía de los hombres del ejército allí destinados, añadiéndose por ser muy necesarias todas las milicias nativas organizadas a lo largo de la historia.

Los buques británicos pusieron sus banderas y gallardetes a media asta, lo que a buen seguro confirma la pérdida de gran parte de sus hombres, oficiales y jefes, entre estos se encontraba el capitán de la Terpsichore, Richard Bowen, el mismo que había apresado la fragata de Filipinas en el mismo muelle, y más tarde la corbeta francesa La Mutine, dando la casualidad que murió en el intento de conquista del mismo muelle en el segundo intento. A la tercera fue la vencida.

Las bajas sufridas por los atacantes pasadas por Jervis al Almirantazgo eran, oficiales 7 muertos entre ellos Bowen uno de los mejores en palabras de Nelson y cinco heridos, 44 muertos por las armas, 101 ahogados, 105 heridos y 5 sin saber paradero, (sabemos el paradero de 10, esto demuestra la falsedad de las cifras dadas al Almirantazgo) Si esas son las cifras británica no concuerdan en absoluto, pero con sus partes siempre tropezamos con la ocultación de bajas. Según el comodoro Tomas Troubridge en su Parte a Nelson le dice: «Al amanecer habíamos reunido cerca de ochenta soldados de infantería de marina, ochenta marineros armados de picas y ciento ochenta marineros: estos supe que eran todos lo que quedaban vivos que habían hecho un buen desembarco» Estas cifras nos dan 340 sumando heridos, si iban embarcados entre 900 y 1.000, cómo es posible que los muertos, ahogados, heridos y desparecidos, sean 255. Los oficiales británicos muertos en la acción recogidos por los españoles fueron, Bowen, Robinson y Gison, los teniente de navío Ernehau, Cobbi y otro, más un guardiamarina, heridos, Nelson y los tenientes de navío Netheread en muy mal estado y Douglas. Por parte española fueron 23 muertos incluidos dos oficiales y 38 heridos, según el Parte de Gutiérrez al Príncipe de la Paz.

En el Parte entregado por el comodoro Tomas Troubridge a Nelson, cifra en ocho mil los defensores. Por los estados oficiales se sabe que las fuerzas eran: Cazadores provinciales, 110; Batallón de Canarias, 247; Milicias de Laguna y Orotava, 330; Rozadores de Laguna, 245; Bandera de Cuba, 60; Artilleros veteranos y de milicia, 387; Marineros franceses, 110 y Pilotos y auxiliares paisanos, 180, total 1.669. Una vez más se justificaba una rendición con las cifras abultadas al máximo, porque así se evitaban malos entendidos con sus jefes y casi era justificable el desastre, pero como los números cantan, como mucho no llegaban a doblar a los atacantes, sufriendo además una cantidad de bajas importante y un nulo beneficio, todo porque ninguno en la expedición británica conocía las típicas corrientes de las islas y lo complicado de poder hacer lo que les complaciera como si fuese el Mediterráneo en época estival. Una más de la Historia ocultada.

Al parecer los vivos y heridos sí embarcaron con sus armas, pero de los caídos fueron recogidas por los españoles, de esta forma quedaron en la isla: Una bandera de asta y castillo, un cañón de dos o tres (suponemos serán libras, no especifica el documento), dos cajas de guerra, fusiles 80, bayonetas 77, cartucheras 23, escalas de asalto 2, pistolas 9 y sables 37.

Dibujo representando al cañón Tigre que hirió a Nelson.
Dibujo del cañón Tigre.
Oleo representando el momento de ser herido Nelson en Santa Cruz de Tenerife.
Nelson herido por el cañón Tigre.

Se sabe que al ser herido Nelson fue rápidamente trasladado al insignia, el navío Theseus donde el cirujano Thomas Esehrby, le amputó el brazo por tener la herida algo más arriba del codo, calificando era una bala de mosquete, pero también pudo ser una esquirla de un proyectil de cañón, como se tiene tradicionalmente entendido disparada por el cañón llamado Tigre, el caso es que perdió el brazo e intentó abandonar el servicio de las armas, pero John Jervis se lo impidió, de hecho escribe al Almirantazgo que en cuanto se presente el Comodoro y el capitán Fremantle también herido (éste precisamente no consta en el parte de heridos) en el brazo, los remitirá a Plymouth en la fragata Seahorse del mando del último para ser atendidos lo mejor posible; de hecho Nelson volvería a pasar por el calvario de serle amputado su brazo un poco más arriba, para intentar mejorara definitivamente lo que se consiguió.

El desánimo de Nelson queda ratificado en su carta a John Jervis:

Comillas izq 1.png «Theseus, 16 de agosto de 1797. Mi estimado señor. Me alegro de hallarme de nuevo a la vista de su Insignia, y con su permiso iré a bordo del Ville de Paris y le presentaré mis respetos. Si el Esmerald ha arribado, conocerá mis deseos. Un almirante manco nunca será considerado nuevamente como útil, por lo tanto cuanto más pronto me retire a una humilde casita de campo, mejor; y así dejaré el puesto para que un mejor hombre sirva al Estado; pero cualquiera que sea mi destino, créame, con el más sincero afecto, su más fiel. Horatio Nelson.» Comillas der 1.png


Reembarcado el comodoro Tomas Troubridge, escribe y entrega a Nelson el parte de lo ocurrido en el intento de conquista de Santa Cruz, no nos alargamos con tratar de descifrar las mentiras que narra, porque en su lectura son fáciles de ver y entender, por lo que no entramos en consideraciones hacia este señor:

Comillas izq 1.png «Culloden, 25 de julio. Señor: Debido a la oscuridad de la noche no encontré inmediatamente el Muelle, el punto señalado para el desembarco, pero avancé hacía la costa bajo la batería del enemigo, cerca del sur de la ciudadela; el capitán Waller desembarcó al mismo tiempo y otros dos o tres botes. El oleaje era tan grande que muchos retrocedieron; los botes se llenaban de agua en un instante y se estrellaban contra las rocas, mojándose la mayor parte de las municiones guardadas en los saquitos.

Tan pronto como hube reunido unos pocos hombres avancé inmediatamente con el capitán Waller hacia la plaza, el lugar de reunión, esperando encontrarnos allí con usted y el resto de la gente; y aguardé cerca de una hora, tiempo durante el cual envié un sargento con dos señores del pueblo a intimidar a la ciudadela. Sospecho que mataron al sargento en su encargo ya que no he oído nada de él desde entonces. Perdidas todas las escalas de asalto en la resaca, o sin ser posible encontrarlas, no se pudo hacer ningún asalto a la ciudadela; por ello, marché a reunirme con los capitanes Hood y Miller, de quienes había sabido que hicieron bueno su desembarco, con una porción de hombres, al S.O., del lugar donde yo lo había realizado. Traté entonces de adquirir alguna noticia de vos y del resto de los oficiales, pero sin éxito.

Al amanecer habíamos reunido cerca de ochenta soldados de infantería de marina, ochenta marineros armados de picas y ciento ochenta marineros: estos supe que eran todos lo que quedaban vivos que habían hecho un buen desembarco; con estas fuerzas, habiéndome procurado algunas municiones de los prisioneros españoles que habíamos hecho, estábamos marchando para ver qué se podía hacer con la ciudadela sin escalas de asalto; y encontramos todas las calles defendidas por piezas de campaña, y más de 8000 españoles y 100 franceses armados acercándose por todas las avenidas.

Como todos los botes estaban destrozados, y no vi la posibilidad de obtener más hombres en tierra, con las municiones mojadas y sin provisiones, envié al capitán Hood con bandera parlamentaria al Gobernador para decirle que estaba preparado para incendiar el pueblo, lo que llevaría a efecto inmediatamente si se acerba una pulgada más; y al mismo tiempo deseé que el capitán Hood dijera que esto sería realizado con pesar ya que no deseaba dañar a los habitantes; que si aceptaban mis términos, yo estaba dispuesto a parlamentar; a lo que accedió. Tengo el honor de enviarle una copia de ellos por medio del capitán Waller, que espero concuerde con su aprobación, y parecen sumamente honrosos.

Debido al pequeño número de hombres, compuesto en su mayor parte de marineros armados de picas y fusiles, que sólo pueden llamarse irregulares, con muy poca munición en los saquitos pero que se había mojado en el oleaje al desembarcar, no podía esperar tener éxito en ningún intento contra el enemigo, cuya fuerza superior ya he mencionado anteriormente.

Los Oficiales Españoles me aseguraron que nos esperaban y que estaban perfectamente preparados, con todas las baterías y el número ya citado de hombres sobre las armas. Esto, unido a la gran desventaja de una costa peñascosa, a un fuerte oleaje y el hacer frente a cuarenta cañones, mostrará, aunque no tuvimos éxito, de lo que es capaz el Inglés.

Tengo el placer de informaros que a nuestro regreso marchamos a través del pueblo con los colores británicos ondeando delante de nosotros.

P.D. También me permito deciros que, una vez firmados y ratificados los términos, el Gobernador nos obsequió del modo más generoso con una gran cantidad de vino, pan, etc., para refrescar a la gente, dándonos toda muestra de atención en su poder.

Thomas Troubridge.» Comillas der 1.png


Hay que admirar su espíritu de victoria perdida. Y sólo la de veces que repite ciertas cosas, es por estar convencido se salvó gracias al buen corazón del Capitán General don Antonio Gutiérrez de Otero y Santayana, González Barona, Verges, Cano, Torres de Aragón, Silva y Herrera, y en sí de todos los españoles, algo que hay que resaltar, pues lo peor de las guerras suelen ser las venganzas posteriores a ellas.

En la Real Academia de la Historia. Bajo el título: «Invasión de la isla de Tenerife por los ingleses en 1797» se guarda el siguiente soneto:

El que a Neptuno el cetro arrebatando,

dar pretende la ley al mar furioso,

con escuadras inmensas, orgulloso,

a Brest, Dunquerque y Cádiz bloqueando.

El que en el Cabo y en Ceilán triunfando,

fixa su pabellón victorioso.

y corre las Antillas imperioso,

islas a Holanda y al Francés tomando.

De Cádiz a Canarias conducido,

con altas naves y escogida gente,

invade a Santa Cruz, bate aguerrido.

Bombea, tira, asalta y justamente,

por los Canarios es roto y vencido,

mandados por Gutiérrez el valiente.

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Martínez-Valverde y Martínez, Carlos.: Gloriosas efemérides de la Marina de Guerra Española. Ministerio de Marina. Madrid, 1968.

Ontoria Oquillas, Pedro. Cola Benítez, Luis y García Pulido, Daniel.: Fuentes documentales del 25 de julio de 1797. Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y Ministerio de Defensa. Museo Militar Regional de Canarias. Madrid 1997.

VV. AA.: Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957-1968 y Apéndice de 1988. 9 tomos.

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