1805 Pérdida de la fragata Asunción en el banco Inglés

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1805 Pérdida de la fragata Asunción en el banco Inglés



El 6 de mayo de 1805 zarpó la fragata Asunción, de 38 cañones y la corbeta Fuerte, de 14 del apostadero de Montevideo, manteniéndose en cruceros entre el Cerro y Punta Piedras. Al poco tiempo de estar en esta misión se desató un fuerte temporal del SO., al OSO., permanecían en esta posición por haber sido avisados de la presencia de dos fragatas y un bergantín con pabellón americano, en cumplimiento de la orden de impedirlo se mantuvieron en la mar soportando los fuertes vientos y la mar gruesa que estos levantaron, sin tener problemas de mención sólo la incomodidad de estar en un buque con esa mar.

El 20 navegando en conserva, lo cual dice mucho de la habilidad de los comandantes y pilotos, se encontraban a sotavento del mismo Apostadero, eran casi las 10:00 horas y navegaban con vuelta del S., con trinquete y gavias a dos rizos. A las 15:00 el práctico de la fragata, quien estaba continuamente sondando por lo peligroso de la zona, comentó que no podrían doblar la punta meridional del banco inglés, por comenzar a escasear el viento recomendado arribar en vuelta del NE.

Justo en ese momento la corbeta izó la señal de «riesgo en la derrota» lo que puso de manifiesto la arribada de inmediato, para ello se redujo el trapo del trinquete y gavia con tres rizos, bajando la velocidad entorno a los seis o siete nudos, pero por falta de viento favorable se vieron forzados a mantenerlo, lo que inevitablemente se tradujo media hora más tarde, en sentir una gran sacudida en la fragata, cuyos vigías no detectaron nada por la cerrazón y la continua lluvia que les rodeaba.

Como la corbeta seguía sus aguas, se le hizo señal de haber embarrancado por medio de una salva, pero la separación de ambos buques era muy corta, a pesar de la rapidez con la que se efectuó la maniobra evasiva, no la libró de embarrancar también, siendo tan duro el golpe que desarboló de los palos mayor y mesana, así como daños en el timón, quedándole sólo el trinquete, el cual viraron cara al viento para que no lo arrancara también, pero viendo venir una gran ola, lo volvieron a orientar y del golpe de mar más la fuerza de la vela consiguió salir, aunque llevándose otro golpe en la popa que terminó por arrancar el timón, siendo arrastrados por la mar hasta que al sondar en un fondo de ocho brazas lanzaron el ancla, quedando fondeada como a una milla de distancia de la fragata demandando socorro.

Deslobbes mantuvo a los suyos con el mayor ánimo, de hecho otro golpe de mar tumbo a la fragata sobre un costado, como medio para enderezarla algo se tiraron al mar los palos incluido el trinquete, lo que surtió efecto al quitarle pesos altos, mientras parte de la dotación sin perder en ningún momento la compostura se mantuvo en las bombas, otra parte primero lanzó al mar todos los proyectiles, más todo aquello que ya en ese momento no servía, otros estaban salvando los víveres y subiéndolos a la cámara del comandante, mientras otros iban armando jangada (especie de balsa en la que se aprovechan los trozos de palos, vergas y botalón), en todo esto el comandante estuvo dando las órdenes oportunas, sin parar para nada en ningún sitio, sólo comprobando como se iban cumpliendo.

Los que terminaron de subir los víveres se les ordenó cerrar y asegurar con clavos las portas de la artillería, cerrando posteriormente las escotillas a la cubierta, comenzando por las del sollado, intentando con ello hacer lo más estanco posible el casco y que el agua no subiera más. Justo en el momento en que ya la fragata había alcanzado su mínimo peso, un golpe de mar la desencalló, momento que Deslobbes dio la orden de armar bandolas, poniendo rumbo a la corbeta que se encontraba de través, pero como le había saltado el timón por uno de los golpes de mar, se aunó a ello la corriente, por lo que dio la orden de dejar caer un ancla, la cual fondeó bien y de momento aguantó a la fragata que sólo se había separado algo menos de un cable de su punto anterior.

Los hombres de las bombas estaban casi al límite de sus fuerzas, por ello dio la orden de ser relevados, aunque en realidad ninguno había dejado de trabajar y todos a cual más cansado. Viendo no había más solución que abandonar el buque, ordenó armar más jangadas, para lo que se utilizaron en esta ocasión todo tipo de artilugios de madera, incluyendo la pipería, los gallineros, puertas, mesas, sillas, etc. Para terminar de arreglarlo la noche se tiró encima.

Pero aún quedaba algo importante que hacer y se debía intentar, no era otra cosa que variar la posición de la fragata, para que a su sotavento se pudieran lanzar las jangadas, sin el oleaje que daba a barlovento, facilitando así el desembarco de la dotación, para ello se envió al alférez de fragata don Domingo de Mesa con seis hombre en el chinchorro, para intentar remolcar el buque, misión que resultó inútil, sumándose que al ser de noche un golpe de mar alejó al botecito.

Al perderlo de vista se pensó se lo había tragado la mar, por ello se decidió dar el mando del único bote al alférez de navío don José Miranda, para remolcar a la primera de las jangadas ya cargada con hombres, mientras con las propias dificultades del temporal, la parte de dotación iba embarcando en la balsa en el mejor orden, cuando de pronto se oyó un fuerte golpe, provocado por la rotura de las escotillas de la cubierta, siendo invadida por el agua en muy poco tiempo, el gritó de mando de Deslobbes controló la situación y nadie de la tripulación perdió los nervios, incluso los que estaban a punto de descender a la jangada regresaron a sus puestos, comenzando a disparar salvas para alertar de la necesidad urgente a la corbeta.

Deslobbes dio la orden de lanzar el resto de las jangadas al mar, mientras el bote se mantenía luchando contra el gran oleaje, situado en la aleta, cuando desde éste se verificó que se había picado un cable y el juanete se mareó a proa, viendo desde el bote que la proa de la fragata comenzaba a hundirse, gritaron a sus compañeros que aún cabían algunos más, pero sólo uno se lanzó al mar donde fue recogido por los del bote. Comprobaron que ya nada podía salvar al buque, por ello ciaron para alejarse del inerte casco.

Vieron en la oscuridad un farol, a pesar de poder ser tragados por el remolino del hundimiento regresaron al mismo lugar pero al llegar la luz había desaparecido, además el bote no paraba de hacer agua, viendo su comandante que de no abandonar se irían al fondo, decidió volver a ciar y al estar algo separados viraron con rumbo al NO., un cuarto al O., largando en ese momento la vela de la que era portador, facilitándoles arribar a la isla de Flores a las 03:00 horas.

Los hombres del chinchorro agotados y con sólo dos remos, no pudieron soportar el trabajo, siendo la corriente la que arrastró al cascaron, teniendo la suerte de ser llevados a una playa, la cual verificaron al amanecer del día siguiente 21 de mayo como la de Solís, desde la corbeta estuvieron mirando la posición última de la fragata, pero había desaparecido de la superficie, la corbeta no pudo acudir en su socorro pues toda la noche había estado construyendo una espadilla y poniendo al buque en bandolas, al cerciorarse que por desgracia no había nadie, pusieron rumbo al puerto, pero el mal tiempo les impidió alcanzarlo hasta pasadas cuarenta y ocho horas, siendo ayudado por otros buques al conocer su estado, quienes terminaron de remolcarla hasta dejarla a salvo en Montevideo.

En el bote y chinchorro se salvaron veintidós personas, los oficiales mencionados más los pilotos don José Freire y Andrade y don Antonio Acosta, todos los demás compañeros fueron tragados por la mar, siendo en total doscientos noventa y cuatro. Entre ellos su comandante, capitán de fragata, don Juan Domingo Deslobbes; teniente de navío, don Luis Journais; teniente de fragata, don Juan Fernández Alacón; alféreces de navío, don Francisco Aldao y don Manuel Coll-Padres; alféreces de fragata, don José Martínez Velasco y don Pedro Barreda; primer piloto, don Francisco Causino; contador, don Sebastián Vanc-Bla; médico, don Juan Lozela y los capellanes, don Pedro Ibáñez y don Domingo del Castillo.

Este desafortunado accidente fue en su momento una muestra del valor de las dotaciones de los buques españoles, en ningún momento hubo el menor atisbo de abandonar, sólo lo hicieron los que por orden pasaron a los botes y sólo uno se lanzó al agua buscando la salvación, no hay mejor hidalguía que la muestra de todos estos valientes, quienes soportaron estoicamente hasta el final de sus vidas.

Como epílogo, transcribir lo que escribe don Cesáreo Fernández Duro en su obra de los naufragios al respecto de éste:

Comillas izq 1.png «Las declaraciones que obran en la sumaria formada en Montevideo sobre este desgraciado suceso, enaltecen unánimes la sangre fría de aquel jefe; su dulzura en animar a los que decaían; la prontitud e inteligencia de sus disposiciones, y la entereza con que manifestó sería el último que saliera del buque.» Comillas der 1.png


Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Fernández Duro, Cesáreo.: Naufragios de la Armada Española. Establecimiento tipográfico de Estrada, Díaz y López. Madrid, 1867.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

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