Araoz y Caro, Juan de Biografia

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Biografía de don Juan de Araoz y Caro


Retrato de don Juan de Araoz y Caro. Teniente general de la Real Armada y Comendador de ls Real y Militar Orden de Montesa.
Juan de Araoz y Caro.
Cortesía del Museo Naval. Madrid.

Teniente general de la Real Armada Española.

Comendador de la Militar Orden de Montesa.

Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III.

Orígenes

Vino al mundo en la población de Carmona el día veintiocho de noviembre del año de 1728, de familia noble y propietarios de varias fincas en la comarca, siendo su padre don José Araoz Girman y de su esposa doña Gabriela Caro Tavera y Segovia.

Hoja de Servicios

Como era normal estaba recibiendo una buena formación, pero las guerras del momento le llamaron la atención tan poderosamente, que decidió con tan solo once años de edad alistarse como cadete en el regimiento de caballería de Extremadura, el cual fue destinado a la actual provincia de Tarragona y a pesar de su corta edad, ya dio muestras de valor y sensatez en varios encuentros con los británicos en las playas de Torresalvo.

Pero se dio una de esas paradojas de la vida, siendo que aprovechando los descansos de la guerra y del cuartel, se dedicó a estudiar por sí mismo con libros de náutica y matemáticas, lo que ya indicaba cuál era su elección, ya que no eran materias propias de su regimiento, ésta actitud llamó la atención de su compañeros y superiores, pero él se mantuvo firme, pasados cuatros elevó petición y se le concedió la Carta Orden de ingreso en la Real Armada, sentando plaza de Guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz, el día uno de diciembre del año de 1746. Expediente N.º 465.

A pesar de ser ya más mayor de lo habitual y conocer la milicia, las materias de la navegación son distintas, por ello permaneció en la Compañía hasta el año de 1751 cuando se le entregaron los primeros galones de oficial subordinado, obteniéndolos con veintitrés años cumplidos.

En los grados de oficial subordinado, permaneció como era costumbre en diferentes buques, participó en la guerra contra el Reino Unido de 1762 con gran acierto, también pasó por diferentes destinos en tierra, como era lo normal para ir conociendo todas las funciones de un buen oficial, permaneció durante unos años realizando el corso contra la regencias norteafricanas y en 1763 se le ascendió al grado de capitán de fragata, lo que indica, que le costó dejar la Compañía pero desde luego salió bien enseñado y a ello añadió su valor, ya que en tan solo doce años, había ascendido de alférez de fragata, al de navío, a teniente de fragata, a de navío y capitán de fragata.

Con éste grado se le entregó el mando de una división de jabeques, volviendo a realizar en lo que casi era un especialista, el corso contra las regencias norteafricanas, llegando con el tiempo a ser uno de los que más miedo les metió en el cuerpo, participando en cada ocasión que se le brindaba y apresando a tantos buques corsarios, que recibió felicitaciones de varios países por haber rescatado a sus buques y pertenencias.

Al mando de su división en 1769, por orden personal del Rey, transportó a los embajadores de España y Marruecos a Tetuán. Tanta era su fama, que hasta don Carlos III confiaba en él plenamente y no fue precisamente un Rey que destacara por facilitar las cosas a nadie, y fue quizás el Borbón con menos “amigos”, y aún menos en la Corte.

En 1773 se le entregó el mando de la fragata Juno, realizando un viaje a las islas Filipinas, por un nuevo detalle de confianza del Monarca en su persona, ya que la misión consistía, en parlamentar con los holandeses ya que las autoridades españolas en las islas les habían prohibido navegar por la bahía de Tablas. Estaba en su conocimiento por haber recibido el Monarca varias quejas del Embajador bátavo. Esto le llevó a enviar a Araoz a quien le llevó tiempo solucionar el problema, pero al fin cumplió con las órdenes recibidas a plena satisfacción de S. M., regresando a la Península en el año de 1775.

Por esta misión tan bien realizada, ya que no se trataba de comenzar una nueva guerra, sino de sólo llegar a un buen acuerdo (pero nada fácil), al año siguiente de 1776 don Carlos III le ascendió al grado de capitán de navío. Se le entregó el mando de una pequeña división naval compuesta de dos fragatas y cuatro jabeques, con la que realizaba los consabidos cruceros sobre la costa de Berbería, dándose el caso de divisar a una formación naval de moros en aguas frente a Tánger, cuyo número y fuerza era superior a la suya, pero no le influyó para nada esto y ordenó atacar a sus buques, yendo en cabeza la insignia, consiguiendo en muy poco tiempo capturar a dos y hundir el resto.

Puesto en conocimiento de don Carlos III, le concedió como premio a su buen trabajo la Encomienda de la Orden de Montesa, en su territorio de Ares del Maestre.

Un tiempo después se le dio mando del navío San Lorenzo, perteneciente a la escuadra del general don Juan de Lángara, participando en el combate del 16 de enero de 1780 contra la escuadra británica del mando del almirante Rodney, participando muy activamente en el combate del cabo de Santa María, que de nuevo le supuso el ascenso por Real Orden al grado de brigadier.

En 1781 su buque se incorporó a la escuadra del mando del general don Luis de Córdova, con ella participó en el Gran bloqueo de Gibraltar, siendo destinado su buque y otros ocho navío a bombardear las baterías enemigas y el campamento británico de Punta Europa, acción que duró dos días y en la que los buques recibieron un fuego nutrido, más alguna de las famosas ‹balas rojas›, pero tuvieron que suspender la acción por que el 13 de septiembre, tuvo lugar el desastroso ataque de la baterías flotantes invento del francés D’Arçon teniendo que volcarse en su auxilio cuando éstas comenzaron a arder por el efecto de las ‹balas rojas› que disparaban los defensores, envió sus embarcaciones menores a apagar los fuegos y salvar a la mayor cantidad posible de las dotaciones.

En los incendios y voladuras de estas pesadas baterías en teoría insumergibles e incombustibles, con circulación de agua ‹como la sangre por el cuerpo humano›, hubieron trescientos treinta y ocho muertos, seiscientos treinta y ocho heridos, ochenta ahogados y trescientos prisioneros; pero los efectos fueron superados en mucho por el bombardeo de las lanchas cañoneras inventadas por Barceló, que lo hacían seguro y muy efectivo en un posterior ataque de éstas, pero los extranjeros siempre han gozado de más popularidad en España que los mismos españoles.

Cuando lord Howe volvía al Atlántico, después de haber burlado a la escuadra española al mando del general don Luis de Córdova favorecido por un temporal y abastecido la plaza de Gibraltar, ésta vez el general Córdova le salió de nuevo al paso y se trabó el combate del 20 de octubre de 1782, en aguas frente al cabo Espartel, de quien recibe el nombre.

Los británicos admiraron: ‹el modo de maniobrar de los españoles, su pronta línea de combate, la veloz colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y la oportunidad con que forzó la vela la retaguardia acortando las distancias› El combate tuvo una duración de cinco largas horas.

Los buques enemigos por ir ya forrados sus obras vivas de cobre tenían más andar, lo que les permitió mantener en todo momento las distancias y cuando ya el resto de la escuadra española iba llegando al combate, decidieron por el mayor número de navíos españoles rehuirlo, por lo que enseñando sus popas se fueron alejando del alcance de la artillería española.

El coloso español, el navío Santísima Trinidad, del porte de 120 cañones sólo pudo hacer una descarga completa de todas sus baterías, su lentitud le impidió poder hacer más.

Araoz continuó al mando de su navío y en la misma escuadra, hasta que se firmó (una vez más) la Paz entre ambos países, poco tiempo después recibió la Real orden por la que se le notificaba su ascenso a jefe de escuadra en 1783. Pasando a ocupar puestos de su alto cargo en diferentes Departamentos marítimos y en la Corte, hasta que en 1788, se le nombró Comandante General del Apostadero de la Habana.

Fue un impulsor de las construcciones en el astillero y por sus sabias medidas, pudo prestar todo el apoyo posible al general don Gabriel de Aristizábal, quien era el general a bordo de aquellas aguas, precisamente en su época y por la dejadez del Gobierno, se perdieron varios buques por falta de materiales para mantenerlos a flote a lo que se sumó, que se extendiera en la isla de Cuba y parte de los buques el vómito negro (escorbuto), llegándose a vivir momentos muy malos, ya que se dio el caso de no existir ningún buque disponible, bien por una causa o bien por la otra.

Al firmarse la paz de Basilea con la República Francesa en 1795, por el trabajo desarrollado en el apostadero de la Habana, S. M. don Carlos IV le ascendió por Real orden al grado de teniente general y concedido por Gracia Real la Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III. A lo que se añadió un tiempo después, el título de capitán general honorario del Departamento, por ello pasó a tener todas las preeminencias anexas a su alta dignidad.

Pero ya no volvió a la Península, pues se quedó en la Habana hasta que por su avanzada edad fue sustituido por un compañero, pero sin perder su título. Ya sin una obligación, continuó en la ciudad donde era muy conocido y hacía cuántos favores estaban en sus manos sin mirar a quien desde que ocupó el puesto, esto le granjeó un gran respeto por parte de todos.

Poco tiempo estuvo sin obligaciones, ya que a los pocos meses de ser sustituido le sobrevino el fallecimiento el 29 de noviembre de 1806.

Contaba con setenta y ocho años de edad, de ellos sesenta y tres desde que entró en la Compañía, sirviendo con gloria y buenos hechos durante toda su vida, a su Rey y a España.

Al día siguiente se realizó el entierro, en realidad se puede decir que no faltó nadie, pues desde el Gobernador de la isla, pasando por el general de los buques allí destinados, hasta personas de los más humildes trabajos acudieron a presentar sus respetos y como era de ordenanza, recibió todos los honores a su dignidad, que aunque honoraria oficialmente le correspondían y como persona nadie lo ponía en duda.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

González de Canales, Fernando.: Catálogo de Pinturas del Museo Naval. Tomo II. Ministerio de Defensa. Madrid, 2000.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Válgoma, Dalmiro de la. y Finestrat, Barón de.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

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