Patiño y de Rosales, Jose Biografia

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Biografía de don José Patiño y de Rosales


 Retrato al óleo de don José Patiño
José Patiño y de Rosales
Cortesía del Museo Naval. Madrid
.


Intendente general de la Real Armada Española.

Grande de España de Primera Clase.

Caballero del Toisón de Oro.

Primer Ministro.

Secretario de Hacienda, Marina e Indias.

Ministro del Consejo Real de las órdenes Militares.

Caballero de la Orden Militar de Alcántara.

Contenido

Orígenes

Nació el 11 de abril de 1666, en Milán, en ocasión de estar esta ciudad el ejército español, del que su padre don Lucas Patiño de Ibarra, señor de Castelar, vocal del Consejo secreto del Rey en Milán y veedor de los Reales Ejércitos, natural de Galicia y de su esposa doña Beatriz de Rosales y Facini.

De niño ingresó en la Compañía de Jesús, en la que estuvo por espacio de once años; en ella, dada su estricta educación, adquirió la esmerada formación, que tanto le sirvió más tarde, para desempeñar con soltura los altos cargos para los que fue llamado, pero en realidad estaba destinado a seguir la carrera eclesiástica, a la que renunció por no adaptarse a su carácter.

Hoja de Servicios

Viendo próxima la guerra de sucesión por los movimientos de las potencias Europeas, se decantó por el partido de don Felipe de Borbón, su amistad con el marqués de Leganés, le facilitó el acceso a la Corte pues lo envío a la Villa y Corte como agente de sus negocios, regresando a Lombardía donde el marqués le concedió el empleo de Justicia del Final, cuando el marqués de Leganés fue sustituido por el príncipe de Beaudemont en la jefatura del ejército, viendo el príncipe los buenos servicios que le había otorgado Patiño a su antecesor le encargó la recluta de tropas, para aumentar el ejército de don Felipe en aquellos territorios.

El Rey viajó a esos territorios en litigio y en guerra por su dominio, conociendo a los hermanos Patiño, estos estuvieron a su lado en los combates de Luzara, Guastala y Mantua, pero al llegar las malas noticias de España, con los diferentes alzamientos en favor del pretendiente austriaco tuvo que regresar a la península, pues su unión puesta en peligro reclamaban su atención personal, con el Rey regresaron a España todos sus seguidores y con ellos los hermanos Patiño, que nada mas llegar a la capital se fueron a buscar a su protector y amigo.

El Rey muy satisfecho por su trabajo como capitán de Justicia del Final en 1707 lo nombra miembros del Consejo Real de Órdenes, siendo al año siguiente de 1708 cuando lo nombra Caballero la Orden Militar de Alcántara, permaneciendo en la Villa y corte hasta el día diecinueve de noviembre del año de 1711.

El Rey copió las instituciones francesas, por lo que fueron creados los cargos de Intendentes de provincias, siendo nombrado Patiño de la de Extremadura, por la Real cédula de fecha anterior, por su buen hacer, viendo los desastres que dejaba en aquella tierra la guerra con Portugal, le puso fin a todas las atrocidades cometidas por los enemigos, dejando al salir de este puesto un grato alivio en las gentes, permaneciendo muy poco tiempo pero el suficiente para ser ya conocido incluso por el pueblo llano.

Entre otras cosas en la misma cédula el Rey de indica: «Habéis de velar y cuidar en todo lo que se ofreciere en la Justicia, policías, finanzas y tropas de vuestro partido, a cuyo efecto se os remitirán todas las órdenes que se dieren de mi parte, tanto para la imposición y repartimiento en dinero que se hiciere sobre las Villas y comunidades de dicha provincia de Extremadura para la subsistencia de mi Ejército, como para la paga, cebada, granos, caballos de remonta, carruajes y todo lo demás que se necesite para mi Ejército y servicio. El Capitán general de Extremadura no hará desde ahora en adelante ninguna repartición, pero acudirá a vos para todo lo que necesite para las tropas, Ejército y servicio de campaña…»

Salió destinado a Barcelona como intendente del ejército donde llegó el día veintiuno de marzo del año de 1713, en él organizó los aprovisionamientos y se procuró fondos, que llevaron a la toma total de la ciudad, una vez conquistada para la corona del Rey estableció la contribución del Catastro para todo el reino, con esta medida aseguro unos ingresos fijos para la Real Hacienda, permaneciendo en la ciudad hasta su total pacificación el día once de septiembre del año de 1714. (Nadie puede poner en duda las miras con las que tomaba sus decisiones y la fiabilidad de la medida, pues este impuesto pervive en la actualidad).

Terminada la guerra y con la corona representada por el rey Felipe V de España, se pensó en reconstruir la Armada que por diferentes motivos coincidentes había casi desaparecido, llegando a ser representada por dos o tres navíos y algunas galeras; dándose los primeros pasos de la nueva Real Armada española, con la constitución de una escuadra al mando de Pedro de los Ríos, que estaba compuesta por dieciocho navíos y seis galeras, para dar protección a doscientos buques de transporte, llevando a un ejército de veinticuatro batallones, con mil doscientos caballos y seiscientas, mulas, por orden del Rey como intendente de la expedición fue Patiño, la escuadra arribó a Mallorca desembarcando las tropas por varios puntos de la costa arenosa, haciendo coincidir el avance y cerco por tierra, con la entrada en la bahía de la escuadra, se ofreció no tomar represalias con nadie y salían inmediatamente, ante esto el gobernador de la ciudad en nombre del Emperador, don Antonio Rubí de Buxados, marqués de Rubí capituló, así sin derramamiento de sangre se recuperó la isla el día quince de junio del año de 1715.

A mediados de julio de 1716 se presentó en la isla de Corfú una escuadra turca al mando de bajá Dianum Codgi, con veintidós navíos y un gran convoy de transportes, que llevaban un ejército treinta mil hombres y tres mil jinete, desembarcó y puso sitio a la ciudad. Varios buques pequeños zarparon con rumbo a Venecia a quien le pasaron el aviso de la invasión, quien a su vez lo comunicó al Papa Celemente XI, quién lo puso en conocimiento de don Felipe V, éste ordenó enviar un apoyo naval, dándole el mando de seis navíos a don Estebán Mary y cinco galeras al mando de don Baltasar de Guevara, que zarparon inmediatamente.

El 18 de agosto dieron el primer asalto a la ciudad, pero no pudieron con las defensas y se retiraron, se prepararon de nuevo para efectuar el segundo, en cuyo momento los vigías de la costa anunciaron la presencia de muchas velas, eran las escuadra de don Esteban Mary, don Baltasar de Guevara y don Andrea Pisani, almirante de Venecia, ante esta fuerza presentada de improviso, el baja decidió abandonar el segundo intento y a su vez la isla. Como las fuerzas estaban muy cercanas ya, embarcaron y zarparon, dejando en el campo cincuenta y seis cañones, ocho morteros, los hospitales, las tiendas y las provisiones.

Los españoles propusieron perseguir a la escuadra turca, pues su decisión de abandonar todo aquello manifestaba estar desconcentrados y desmoralizados, pero el almirante veneciano, prefirió aprovechar la fuerza reunida, para dirigirse a las plazas tomas por los turcos a la República, de San Butrinto y Santa Maura, que efectivamente fueron recobradas. (Una vez más Venecia se aprovechaba del esfuerzo de España, para salir claramente beneficiada) Esto no restó méritos a los españoles, por el escrito que el Papa Clemente XI dirigió a don Felipe V, con todo el agradecimiento y parabienes por lo conseguido en tan poco tiempo.

Comprobadas por el Rey y sus consejeros las eficaces medidas tomadas por los Intendentes en el ejército, propusieron hacerlo también con la Real Armada, para ello S. M eligió a don José Patiño, para el cargo de Intendente General de Marina y la superintendencia del Reino de Sevilla, lo que llevaba anexo el cargo de Presidente de los Tribunales y de la Casa de Contratación y Consulado, siéndole comunicado por un Real Despacho fechado el día veintiocho de enero del año de 1717, entre sus responsabilidades se dice en el Despacho: «…tenía a su cargo la construcción, el acopio de víveres y pertrechos, asiento de marinería, fábrica de jarcias, lonas, betunes y artillería, además de cuidar de la materia prima, del corte y fomento de los bosques, etc.»

Por Decreto del 12 de mayo de 1717, se ordena abandonar la ciudad de Sevilla y trasladarse a la de Cádiz a los Tribunales de la Casa de Contratación, lo que indudablemente era un golpe para la ciudad, pero Sevilla reaccionó y se quejó al Rey, el asunto se fue demorando hasta que por Real Decreto del 16 de julio de 1722, el Rey ordena se forme una Junta de doce vocales para que propusieran una solución, entre ellos estaba Patiño, al principio sólo cuatro estaban por dejarla en Cádiz, pero entró don José a maniobrar y al final se quedaron en la ciudad de Cádiz, el peso del argumento fue lo que los convenció, pues los buques comenzaban a tener un porte y calado, que les impedía navegar por el Guadalquivir, ante eso cualquier oposición perdía su fuerza.

Quiso comprobar y comparar las formas de construcción, por ello se encargaron dos navíos a Barcelona, así probados con los construidos en el cantábrico, se podría comprobar la calidad de unos y de otros, de paso aumentaban los navíos de la Real Armada que buena falta le hacían; para llevar a cabo la comprobación se le dio la responsabilidad de supervisar la construcción, siendo tan notable que fue del agrado del cardenal Alberoni.

El 6 de junio de 1717, se firmó la Real Orden por la que la Marina pasaba a ser la Real Armada, pues hasta este momento España había dispuesto de varias Armadas con sus capitanes generales, que no tenían ninguna conexión entre sí lo que dificultaba la unión y el apoyo mutuo, por lo que desaparecieron las escuadras de galeras del Mediterráneo, las de navíos del Océano y galeones de Indias, uniéndose en una sola la Real Armada Española.

Prosiguió su labor de establecer las bases de una fuerte Armada, ordenando se construyera el arsenal de La Carraca con todas sus dependencias; naves de arboladura, cuarteles, armerías y almacenes y por supuesto las gradas, de donde saldrían valiosos buques para la Armada, se comenzaron a construir buques en el astillero de Puntales, en los de Cantabria y en los de Barcelona; se construyeron fábricas de cordelería y tejidos, al mismo tiempo fomentó el cultivo del cáñamo para evitar depender de los extranjeros y realizó una de sus grandes obras, creando la Compañía de Caballeros Guardiamarinas, que fue la base del Cuerpo General de oficiales de la Real Armada Española llegando hasta nuestros días.

En 1717 se preparó la primera de las grandes operaciones, se alistó un fuerza naval al mando del marqués de Mari, compuesta por doce navíos y algunas galeras, que darían escolta a cien transportes, que llevaban un ejército de ocho mil hombres y seiscientos caballos al mando del marqués de Lede, su misión la conquista de la isla de Cerdeña, en la conquista de Cáller o de Cagliari la capital de la isla, fue donde por primera vez entro en fuego la joven compañía de guardiamarinas, compuesta por cien hombres al mando de su capitán, el alférez don Juan José Navarro.

Entre los años 1718 y 1720, el cardenal Alberoni mantenía el proyecto de elevar la categoría de nuestra Armada, cuando en Europa se le creía ya incapaz de poderse recuperar, por lo que se construyeron varios navíos en los astilleros, para ello se le otorgó a Patiño plenos poderes, pero las potencias Europeas se asustaron del gran incremento que se estaba produciendo, decidiendo como siempre aliarse para combatir a España desde todos los frentes, incluido el lograr quitar mando y poder a Patiño.

En 1718 se reunió en Barcelona otra flota, pero aún mayor que la del año anterior, también reunida en este puerto se componía de doce navíos, diez fragatas, seis galeras y tres mercantes armados, al mando de don Antonio Gaztañeta, que daban protección a trescientos cuarenta buques de transporte, en los que iban treinta y seis mil hombres, entre ellos seis regimientos de caballería y cuatro de dragones, llevando a mil quinientos caballos de tiro para la artillería, con cien cañones de batir y cuarenta morteros, dos mil artilleros, una compañía de minadores y cincuenta ingenieros, al mando del marqués de Lede. La expedición se hizo a la vela el dieciocho de junio; llegaron a la isla, desembarcaron y la conquistaron, realizando todo ello en menos de un mes.

El embajador del Reino Unido lord Stanhope comunicó a Alberoni, que una escuadra al mando del almirante Bing «…estaba encargada de mantener la neutralidad de la península itálica», a lo que Alberoni contestó «que cumpliese con las órdenes de su amo»

Pero todo esto no fue comunicado a Patiño, lo que habría puesto en alerta a la escuadra, pues no dejaba de ser una amenaza encubierta; al ver los españoles el acercamiento de la escuadra británica, que estaba compuesta por veinte navíos de línea, celebraron un consejo de guerra, en el que Patiño como plenipotenciario «Gaztañeta y Lede tenían instrucciones de no hacer nada sin su dictamen» hubieron dos posturas, una quedarse al amparo de las baterías de costa y otra realizar la salida, de esta última eran partidarios Patiño y Gaztañeta, mientras que de la primera, lo eran el resto.

Al ser Patiño y Gaztañeta de la opinión de la salida ésta se llevó a cabo, además no estaban enterados de las misivas de lord Stanhope con Alberoni, por lo que no pensaron que hubiera combate, zarparon navegando muy confiados y para arreglar las cosas les faltaba una división, que al mando del general Guevara se encontraba en Malta, siendo destacada para regresar con varias galeras de Sicilia que se encontraban allí a resguardo.

El 11 de agosto de 1718 a la altura del cabo Passaro, los británicos atacaron reuniendo varios de sus navíos contra la retaguardia española, así fueron cayendo casi todos los españoles, ya que no hubo buque española que no combatiera contra tres o cuatro enemigos, privados de prestarse ayuda y lo que tanto sacrificio había costado de construir se perdió en unas cuantas horas, cayendo herido Gaztañeta.

Por una decisión desafortunada, (el nombramiento de un intendente como jefe de una operación naval) muy mala información y peor previsión, pues ninguno de los dos jefes era realmente un marino, España perdió su incipiente Armada.

En enero de 1719, regresó Patiño como pasajero a bordo de una galera, bien la Patrona o Santa Teresa, pues las dos llegaron juntas desde el puerto de Messina a Barcelona.

Estaba en esta capital, con el cargo de intendente de Cataluña, cuando sobrevino la caída de Alberoni siendo desterrado, provocada por los fracasos, pero sobre todo por los enemigos de siempre y la envidia, ya que en poco tiempo se perdió la expedición a Escocia al mando de don Baltasar de Guevara, con la intención de reponer a su autentico rey Stuardo, casi al mismo tiempo la cuádruple alianza, de la que formaba parte Francia su ejército penetraba en España tomando Fuenterrabía y San Sebastián, al mismo tiempo que invadían por la parte oriental amenazando a la ciudad de Barcelona; el sustituto del Cardenal fue el barón de Riferda, de origen holandés, persona ingeniosa y despierta, pero arribista, vanidoso y lo peor indiscreto, quien al tomar el poder lo primero que intentó fue deshacerse de Patiño, ya que antes ya se había encargado de exonerar al marqués de Castelar, (hermano de Patiño) de la Secretaría de Guerra queriendo seguir con el hermano, con la excusa de los inmensos gastos realizados, pero que no eran para él sino para construir una Armada, sólo que esto no importaba, lo que prevalecía era el gasto y eso es lo que utilizaron contra él.

Teniendo el barón de Riferda entre ceja y ceja a don José Patiño en quien veía a un temible rival, transcurrido un tiempo logró que el Rey firmara el nombramiento de Patiño como embajador en la República de Venecia, con el oculto motivo de alejarlo de la Corte y de España, pero don José, conocedor de los entresijos de la corte evitó dentro de sus posibilidades alejarse, pues sabía que el tal ministro duraría poco en su cargo, pero el holandés le comunicó con un pliego que disponía de tres días para salir a su destino; don José se amparó a sus amistades contándose entre ellos el confesor de la Reina, consiguiendo que se aplazase «sine die» su cumplimiento.

Esperó en esta capital a que amainara el temporal, cuando lo creyó oportuno se presento en la Corte, corría el mes de febrero de 1720 cuando se presentó al Rey quien lo recibió, justificó todas y cada una de las acusaciones vertidas contra él, para mejor explicarse y facilitar la comprensión de su defensa expuso sobre la mesa todo lo por él realizado, siendo como era en cumplimiento de órdenes terminantes y precisas emitidas por el ministro Alberoni, S. M. aprobó su proceder quedando satisfecho de todo lo explicado y visto, como afirmación a su proceder, el Rey le ordenó quedarse en la Corte por si necesitaba su consejo personal.

El 15 de septiembre de 1720, fue repuesto en el cargo de Intendente General de Marina y poco después como Presidente del Tribunal de la Casa de Contratación, al poco tiempo tomó la decisión de no pagar ni contratar a las escuadras de galeras del duque de Tursi, suprimió la de Génova y redactó la: «Instrucción sobre diferentes puntos que se han de observar en el Cuerpo de la Marina de España, y ha de tener fuerza de Ordenanzas, hasta que Su Majestad mande publicar las que inviolablemente han de practicarse»

Fue llamado a la Corte, donde acudió sin perder un solo día, se requería su presencia para llevar a cavo un nuevo armamento de otra expedición que obligara a los moros a levantar el asedio a la ciudad de Ceuta, la cual llevaba veintiséis años soportándolos.

Se formó la expedición en la ciudad de Cádiz, la escuadra estaba al mando del teniente general don Carlos Grillo, las galeras al de don José de los Ríos y el ejército al del marqués de Lede, éste lo componían dieciséis mil hombres; se realizó una treta consistiendo, en efectuar un desembarco en la playa Benítez, con la intención de que al verse sorprendidos los sitiadores destinaran parte de sus tropas a evitarlo y no ser atacados por la retaguardia, en ese instante sería cuando las tropas de la ciudad saldrían a hacer frente al resto, así cogidos entre dos fuegos acabarían con la situación tan apurada y precaria que mantenían a la ciudad.

El 15 de noviembre de 1720, se llevó a efecto el desembarco y la salida de las tropas de Ceuta, lo que se tradujo en una victoria resonante, ya que los moros huyeron en desbandada en dirección a Tánger y Tetuán, pero el mando español había previsto que se explotara el éxito, intentando tomar Tánger acción que se comenzó y era cosa casi fácil, por lo desordenado de la huida, pero surgieron los británicos, que al ver la maniobra, no la aceptaron como viable para sus intereses y amenazaron con destruir a la flota española si se llevaba a término, así el general al mando ordenó que se paralizase la ofensiva.

Continuo con su entrega y conocimientos al perfeccionamiento de la nueva y naciente Marina; por reglamento del 25 de agosto de 1720, se fijaron los sueldos de los oficiales, maestros y equipajes de buques; en 1724 se traslado a La Carraca, el astillero de Suazo que había existido desde 1607; el 31 de mayo de 1725, se puso en marcha la primera ordenanza de arsenales y el 1 de enero de 1725, se llevó a cabo el de cuenta y razón.

Consiguió formar una Marina que si bien su modelo era la francesa, lo llevaban los tiempos, pero marcando la diferencia los modos de ser de las dos naciones, podía considerarse la mejor Marina que nunca tuvo España hasta esas fechas.

Durante el desempeño de este su segundo periodo de sus actividades, si bien los ministros de marina Andrés de Pez y Antonio Sopena, le dejaban hacer, por lo bien que ello resultaba para la nación, a título personal no despreciaban la ocasión para herirle en sus sentimientos.

A principios de 1726, el barón de Riferdá, fue exonerado por el Rey del Ministerio de Hacienda, resentido y orgulloso presentó la dimisión del resto de sus cargos, lo que no se imaginaba es que el Rey se la aceptaría; por lo que Patiño anduvo muy acertado.

Obtuvo las secretarías de Marina e Indias, en el nuevo Consejo, que se formó el 21 de mayo de 1726, siendo sus compañeros, en Guerra, Castelar; Estado, Grimaldi y Hacienda, Arriaza, unos meses más tarde cesó Francisco Arriaza de Hacienda y Grimaldi, siendo éste sustituido por el marqués de la Paz y a Patiño se le entregó a parte de su cartera la de Hacienda de Arriga, siendo así responsable de la secretaría de Hacienda, Superintendencia general de Rentas y el gobierno de su Consejo y Tribunales más la de Marina e Indias, sus buenos y acertados cometidos en todos estos empleos le granjeó la confianza de los Reyes.

En aquellas fechas las cuestiones sobre la devolución de Mahón y Gibraltar, empezaron a agriar las relaciones con el Reino Unido al negarse esta nación a avenirse a los convenios, que previamente lo estipulaban, además se defendían aludiendo a que los guardacostas españoles, estaban estorbando el buen comercio con nuestras Indias, ya que España no reconocía tal derecho y lo consideraba ilícito, las relaciones fueron empeorando y ya en el horizonte se vislumbraba la guerra, y además sería marítima.

Habiendo sido nombrado ministro de Estado, se puso manos a la obra, por lo que comenzaron unos nuevos armamentos, se comenzó la construcción de nuevos buques; en 1726 entre los astilleros de Guarnizo y Santoña, se terminaron ocho navíos de línea; poco después se habían constituido dos escuadras una en Barcelona compuesta por veinticinco navíos y unos pocos buques más de menores características, y otra en Alicante con doce navíos y varias fragatas, armamento que era para la época muy superior a lo que otros esperaban se pudiera realizar.

En diciembre de éste año se crearon los nuevos departamentos de El Ferrol y Cartagena, pues la Armada iba creciendo y necesitaba nuevos puntos de apoyo para su mantenimiento, como lugares seguros donde poder resguardarse.

Ante estos preparativos de fuerza, el Reino Unido declaró la guerra en enero de 1727, pero el 6 de marzo de 1728, se firmó la Paz en el palacio del Pardo, convencidos de que aún no era el momento de comenzar algo que podía muy bien acabar en desastre para ellos.

En este mismo año el Rey sufrió una grave enfermedad y pidió hacer testamento, encargándole a Patiño su redacción, lo que ponía fuera de toda duda la confianza a la que había llegado a tener el Monarca, no era porque sí, ya había recuperado la Hacienda de España, había fomentado el comercio con las Indias, lo que estaba dando sus buenos frutos, ordenó el controlar mejor las aguas, lo que llevó a casi paralizar el contrabando, al año siguiente de 1728 fundó la Compañía de Caracas que también se rentabilizó y ya en 1732 fundó la Compañía de Filipinas, todo ello aumento considerablemente el buen flujo de caudales, sin agobiar a los pueblos que eran siempre su mayor preocupación.

Algún tiempo después el Rey se recupero aunque no del todo, en 1728 se concertaron los desposorios del príncipe de Asturias, luego Fernando VI, con la infanta doña María Bárbara de Portugal y el del príncipe de Brasil con la infanta de España doña María Victoria, pasaron los Reyes a los límites de la frontera en tierras de Extremadura realizándose el intercambio de los augustos contrayentes sobre el río Cayo, también en estos asuntos tuvo Patiño la responsabilidad de que llegasen a buen puerto, ya que se encargo personalmente de los itinerarios y aposentos de la Corte en el viaje; todo ello sin que fuera un agravio económico para los pueblos por donde pasara la comitiva y consiguiendo además, la satisfacción demostrada por las Cortes de las dos naciones.

De Badajoz, donde se había realizado el intercambio de comprometidos, la Corte se desplazó a la ciudad de Sevilla para verificar y examinar los adelantos de la construcción naval que aumentaría el poder marítimo de España, e intentar de paso aprovechar para estrechar los lazos de amistad con el Reino Unido, pues la reina Isabel de Farnesio, estaba muy interesada en consolidar a su hijo como Rey de Parma y Toscana.

Desde Sevilla partió la corte en dirección a la ciudad de Cádiz, pues el Rey había insinuado su complacencia en ver de cerca la llegada de una Flota de Indias; los Reyes le preguntaron a Patiño que día estaba previsto que llegara, a lo que respondió, que en los primeros días de enero de 1729 (lo aventurado de la predicción era muy aleatoria) pero justo la Familia Real llegó Puerto de Santa María, al día siguiente lo hizo la Flota al mando del general don Manuel López Pintado, siendo una satisfacción para el Rey ver el espectáculo del saludo a la salvas entre los buques y los baluartes de la bahía de Cádiz.

Pasadas unas horas se desplazaron al Arsenal de Puntales, donde la Familia Real vio como se botaba al navío Hércules de 70 cañones, que a su vez era el primero de los construidos en este astillero, pudieron también contemplar la salida de una Flota compuesta por diecisiete buques mercantes y protegidos por tres de guerra, al mando del teniente general don Esteban Mary, marqués de Mary; siendo un día muy agradable para toda la Familia Real, pues prácticamente ya no volverían a ver semejante movimiento de buques en toda su vida.

Permaneció durante dos meses la Corte en la ciudad de Cádiz, cuando en el puente de Suazo le esperaba la escuadra de galeras compuesta por siete unidades, al mando de don Miguel Reggio y Brachiforte Saladino y Colonna, embarcando en ellas la Familia Real el 8 de marzo, siendo transportada por el río Guadalquivir a la ciudad de Sevilla, donde desembarcó la Familia Real y visitó la ciudad de nuevo, pues la primera visita por las prisas en querer ver a la Flota estuvieron muy pocos días, permaneciendo la escuadra de galeras en su puerto, hasta que el 4 de junio embarcaron de nuevo y fueron transportados a Sanlúcar de Barrameda.

Teniendo lugar un hecho memorable, ya que asistió la Reina a la botadura de una fragata el 18 de agosto de 1730, construida en el Puntal en tan solo veinticuatro horas, dejando así constancia de la buena formación, organización y maestría de todos los trabajadores y jefes, que con gran costo se habían ido formando en las nuevas construcciones, pero era palpable a donde se había llegado.

En este viaje, Patiño conoció al joven Zenón de Somodevilla, quien pasados unos años le sustituiría en sus quehaceres. (Y es que los inteligentes se reconocen, sólo con mirarse a los ojos)

El 9 de noviembre se firmó en Sevilla, después de unas largas conversaciones, el tratado por el que Francia y el Reino Unido, reconocían al infante don Carlos como Rey de Parma y de Toscana, aunque esto costó como siempre, unas concesiones para ambos países en el comercio con nuestra Indias; aún se alargó el problema hasta la muerte del último de los Farnesio en enero de 1731; decidiéndose que ya podía tomar posesión de propiedad el infante don Carlos, a pesar de las intrigas e intromisiones del nuevo primer ministro francés el Cardenal Fleuri, nuestro Ministro elevó su calificación de estadista en todas estas conversaciones, adquiriendo una preponderancia en la Corte.

Uno de sus grandes triunfos y ante la negativa de Francia, fue preparar una expedición compuesta de dieciocho navíos, cinco fragatas y dos avisos [1] al mando de don Esteban Mari, y la de galeras con siete unidades al mando de su general don Miguel Reggio, dando protección a una de transporte con cuarenta y ocho velas, con unos efectivos de siete mil cuatrocientos ochenta y tres hombres al mando de Ludovico Spínola, pertenecientes a cinco regimientos de Infantería y uno de Caballería, siendo acompañaba por una británica compuesta por doce navíos, dos fragatas y dos avisos, al mando del almirante Charles Wager, en total eran noventa y seis velas; ante tal demostración de fuerza la Francia miró hacía otra parte y asintió; después de varios encuentros las tropas españolas rompieron la resistencia enemiga, tomando por fin posesión de los ducados; de Toscana, Parma y Plasencia, que le correspondía por herencia de su madre, de ahí su gran interés y el de Toscana, por un convenio anterior, firmado por el último Gran Duque de Médicis.

Mientras transcurrían los combates en tierra don Miguel Reggio se hizo a la mar con sus seis galeras más cuatro del ducado de Toscana, para arribar a Antives en diciembre siguiente, donde embarcó don Carlos VII (después Carlos III de España) en la galera Capitana del mando directo de don Miguel, zarpando el 16 con rumbo a Liorna, arribaron el 27 siguiente desembarcando el Rey, lo dilatado del viaje fue la consecuencia de sufrir un duro temporal del N. que obligó a cada capitán a maniobrar a su entender, lo que no impidió que la escuadra quedara dispersada, aunque poco a poco fueron incorporándose todos a ella.

El 21 de marzo de 1731 firmó una exposición, sobre los motivos y causas de las promociones de los oficiales y el modo en que debían realizarse.

A principios de 1732, recibió don Blas de Lezo la orden de arribar a Génova, para que le fueran devueltos al Rey de España los dos millones de pesos allí depositados, que lo estaban en garantía de cobro por el asiento de las galeras de esta República, para ello se trasladó con seis navíos, nada más arribar y penetrar en el puerto se quejó y exigió le fueran hechas las salvas de ordenanza al pabellón de España, y por no haberlos hecho que fueran redoblados, al mismo tiempo que enviaba al Banco de San Jorge mensaje para que le entregasen el dinero, esto se comunicó al Senado quien quiso dilatar la entrega enviando excusas fuera de lugar, al darse cuenta Lezo de la maniobra y habiéndose hecho llegar unos diputados a su navío, les enseñó su reloj y les marcó unas horas, si a ellas no se le habían entregado el dinero, bombardearía la ciudad hasta dejarla plana, los diputados se dieron cuenta que no era una chanza, cumpliéndose a satisfacción de don Blas todo lo demandado, al tenerlo todo a bordo levó anclas y largo velas inmediatamente, por orden de S. M. dejó medio millón en Nápoles al infante don Carlos y el resto lo desembarcó en la ciudad de Alicante para ayuda de la expedición que se estaba formando para tomar Orán.

En 1732 formó una nueva expedición, esta vez contra Orán que desde 1708, aprovechando la inestabilidad de la política en España, se habían apoderado de ella los berberiscos; estaba compuesta por los navíos San Felipe, de 80 cañones; Real Familia y Galicia, de 70; Santiago, Castilla, Andalucía y Hércules, de 60 y los Júpiter, Padre de San Diego, Fama Volante y San Francisco, de 50, dos bombardas, siete galeras de España al mando de su Segundo Cabo don Miguel Reggio, dos galeotas de Ibiza y cuatro bergantines guardacostas de Valencia al mando del general don Francisco Cornejo a la que se unió en Alicante la de don Blas de Lezo, como Segundo de la escuadra enarbolando su insignia en el navío Santiago que daban escolta a una de transporte compuesta por: ciento nueve buques distintos de transporte, cincuentas fragatas, cuarenta y ocho pingues, noventa y siete saetías, ciento sesenta y una tartanas, veinte balandras, ocho paquebotes, cuatro urcas, dos polacras, dos gabarras, veintiséis galeotas y cincuenta y siete buques menores, que transportaban un ejército de veintiséis mil hombres al mando del duque de Montemar; entre otros materiales se llevaron 110 cañones y 60 morteros. En este año se creó la matrícula de mar, siendo declaradas las exenciones de todos los individuos que en ella se alistasen.

El resultado fue la toma de Orán en la que entraron las tropas españolas el 5 de julio y de Mazalquivir, que fueron dotadas de fuertes guarniciones, por esta gran victoria fueron condecorados los generales al mando de ella, pero más contento el Rey con quien la había organizado le concedió a Patiño el collar de la Orden del Toisón de Oro, por Real Orden del 18 de noviembre de 1732.

Desde que cayó enfermo el Rey la vez anterior, solían ser frecuentes unos ataques de melancolía (al menos así lo definen las fuentes de la época), en esta ocasión le dio por refugiarse en el Alcázar de Sevilla, donde ya estaba más de un año, por lo que la Reina era en realidad en estas ocasiones la Gobernadora, ya que despachaba todos los asuntos del Estado, siempre aconsejada por don José Patiño; por esta vez consiguió Patiño, apelando a todo género de manifestaciones razonar con el Rey y le convenció de que abandonara su retiro, llevándoselo a Madrid primero de donde salió el 16 de mayo, llegando a Aranjuez el 12 de junio siguiente.

En 1733 fallecía el Rey de Polonia, Federico Augusto, como no tenía descendencia, las potencias Europeas se pusieron a juzgar quien debía asumir el puesto vacante; como ya era habitual nuestra Reina quiso poner en él a su hijo Carlos, pero Patiño le hizo ver que el poseer Nápoles y Sicilia, era más importante para España, además de que la intromisión en aquella nación, no sería bien vista por otras, por lo que la guerra sería inevitable y no reportaría ningún beneficio a nuestro país; por la mediación del hermano de don José Patiño, el marqués de Castelar, que estaba de embajador en París se volvieron a encontrar los intereses de ambos países, apoyándose en las antiguas alianzas de Francia con Saboya, se firmo el pacto el 25 de octubre de 1733.

Siendo éste el último gran servicio que prestó el marqués de Castelar, pues a los pocos días falleció, después de haber realizado con mucha efectividad su embajada en la capital de Francia, nada fácil en su momento.

Se organizó una nueva expedición, para sentar en el trono de Nápoles y Sicilia al nuevo Rey; se puso al frente de ella al propio infante, nombrado generalísimo, la componían dieciséis navíos, al mando del de don Miguel de Sada, conde de Clavijo dando escolta a un convoy que transportaba a veinticinco mil hombres al mando del duque de Montemar. En la escuadra iban como subalternos don Juan José Navarro y el guardiamarina don Jorge Juan, como Segundo del ejército el marqués de Santa Cruz de Marcenado, zarpando el 4 de diciembre de 1733 del puerto de Barcelona, con rumbo a Nápoles.

El conde de Clavijo desembarcó tropas en las islas de Ischia y Prócida, que capitularon a los pocos días, con el resto de fuerzas al mando del Infante don Carlos, desembarcaron en Liorna con nueve batallones de infantería, entrando en el puerto de la Especia el 20 de diciembre, se reorganizó las tropas comenzando por atacar a Toscana, que cayó pronto, siguiendo el avance por Peru-ggia, Monte-Rotondo, Aquino, Mignano y Piedemonte, haciendo la entrada en la capital las avanzadas de las tropas el 12 de abril de 1734, el 6 de mayo se rindieron las fortalezas, el 10 entraba don Carlos y el 12 una nutrida parte de la aristocracia le hacía entrega de las llaves de la ciudad y lo juraba como Rey de Nápoles.

El 12 de abril, hacia su entrada al mismo tiempo el conde de Clavijo, pues había regresado a Barcelona y cargado a ocho mil hombres más y la artillería de sitio, que fue muy contundente y decisiva para la rendición de las fortaleza, con estas tropas al mando del duque de Montemar se dirigieron a los dos reductos donde se habían hecho fuertes los cuatro mil enemigos al mando del general austriaco Traun, combatiendo en la población de Bitondo y después en la de Bari, donde fueron rendidos, cayendo en manos de los españoles los estandartes, artillería, armas de todo tipo y entre los prisioneros los generales Pignatelli y Radotski, terminando la guerra a finales del mismo mes de mayo, volviendo Nápoles a ser un reino independiente con monarca propio, después de más de doscientos años en poder de unos o de otros; se consiguió fácilmente la posesión de Nápoles, para el infante don Carlos, después Carlos III de España quien fue proclamado Rey el 9 de marzo de 1735.

Una de las novedades de este ataque a las fortalezas consistió en la construcción de una batería flotante, compuesta sobre pipería y tablazón donde se coloraron varias piezas de sitio, siendo apoyada por las galeras para darle algún movimiento o sacarla en caso de apuro del alcance de la enemiga.

Se quedó cruzando las aguas don Gabriel Pérez de Alderete con los navíos Princesa y Conquistador, dando caza en el golfo de Otranto a tres buques que transportaban tropas de socorro procedentes de Trieste, y pocos días después a una galera, que valiéndose de su poco calado se acercó tanto a tierra que embarrancó, siendo capturados trescientos soldados y toda la chusma.

Pacificada Nápoles, se preparó la escuadra para tomar Sicilia, se compuso ésta de cinco navíos, tres fragatas, siete galeras, dos bombardas y doscientos veinticinco mercantes, a los que se incorporaron los dos navíos de don Gabriel, estando la mando don Miguel Reggio, desembarcaron el 29 de agosto en la cala Solano, la misma que se utilizó en 1718 e igual que la vez anterior encontraron resistencia, ya avanzando se le comunicó que solo en Messina, Trapani y Siracusa habían tropas austriacas, pero al igual que en Nápoles, el pueblo estaba más conforme con los españoles que con los imperialistas, así que no les falto ningún tipo de apoyo, lo que facilitó la conquista de las plazas, pasó don Carlos a la isla en julio y entrando en Palermo donde a su vez se le proclamó Rey de Sicilia, así en diez meses había concluido la reconquista de nuestros anteriores virreinatos.

Fueron tantos los recursos que la Reina facilitó a su hijo, gracias a la buena administración de don José Patiño, que su hijo se hizo muy popular, al llevar a cabo una rebaja de los impuestos, lo que le supuso mantener su reino tranquilo de toda adversidad.

Mientras tanto el emperador del Sacro Imperio, se vio tan involucrado en la cuestión de Polonia, que le costó todos sus territorios en la península itálica, no teniendo más remedio que aceptar y reconocer como soberano a don Carlos. (Una vez más Patiño tenía toda la razón, sólo que esta vez se pudo evitar, por sus grandes dotes de político).

Seguía su labor incansable, estando siempre pendiente del ramo de la construcción naval, la marina iba aumentándose y perfeccionándose en todas sus ciencias.

Se realizó el reglamento del uso de banderas por procedencia de departamentos, ya que había dividido la Armada en tres escuadras para despertar el estímulo de los marinos, fijando a cada una su pertenencia a un departamento marítimo correspondiéndose con su arsenal, que fueron creados por él, ya que el de Ferrol fue comenzado por Real Orden de diciembre de 1726, el del Puntal en Cádiz, donde acudieron los Reyes a ver caer al agua al navío Hércules en 1729, siendo posterior a su óbito el de Cartagena comenzado en 1749, pero todo lo tenía dispuesto y el de la Habana, que aun se retraso más.

Fue también muy propio de su carácter y de sus conocimientos, el sacar a subasta la mayor parte de las empresas económicas, llegando al punto de hacerlo hasta con la construcción de los navíos.

Bajo su mandato se pudo reunir una flota de treinta y cuatro navíos, de ellos uno de 114 cañones, dos de 80, seis de 70, uno de 66, ocho de 64, cinco de 62, cuatro de 60 y siete de 56 más dos galeones de 62 y 60 cañones; siete fragatas, algunas de 50 cañones y dieciséis buques menores.

La actividad de esta flota era muy agitada, pues igual estaban combatiendo contra los enemigos del norte de África; que proporcionando una escolta a las de Indias con sus ricos cargamentos, que de hecho se realizaban con mayor frecuencia; que expediciones en defensa de nuestros intereses en la península itálica.

En 1734 se produjo un gran desastre, que no fue otro que el incendio del anterior palacio Real y como consecuencia quedaron destruidos los archivos de la corona que contenían una muy valiosa información, más una importante cantidad de obras de arte que colgaban de sus paredes, tapices, porcelanas, cuberterías de plata y oro e incluso estandarte ganados a los enemigos, ya que era el palacio de la anterior dinastía de los Austrias, pero el problema consistió en que era totalmente de madera, lo que propicio que no quedará nada de todo lo que había en él y esto es lo que provocó la desazón en don José.

Esto produjo en Patiño un grave disgusto, pues pensaba que él era el responsable por no haberlo previsto, además se unió a esto la condena a muerte de Artalejo, culpable de falsificar la firma del Ministro para repartir prebendas, pero estaba tan bien falsificada que sólo se advirtió cuando uno de los supuestos beneficiados fue a reclamar lo suyo, al ser descubierto y juzgado subió al patíbulo.

A su vez tuvo que soportar una anónima crítica de alguien que firmaba «El Duende», intentar averiguar de quien se trataba le hacía pasar las noches en blanco, pero con sus investigaciones y ayudado por el Rey, se descubrió al que tanto daño hacía con aquellos libelos, no era otro que un carmelita llamado fray Manuel de San José de origen portugués a quien Patiño hizo encerrar en un convento, por todas estas razones fue debilitándose su salud, cayendo enfermo en San Ildefonso y siendo cuidado y atendido por la Real familia, especialmente por la Reina, la que le estaba muy agradecida, por haber conseguido todos sus sueños en favor de sus queridos hijos.

Con todos los cargos que poseía y la autoridad de su persona, halló en sí los recursos con los que le dio vigor y respeto a la monarquía, logrando que se hiciera oír la voz del Rey de España en todos los Gabinetes extranjeros, cosa que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

El 13 de octubre de 1736, el Rey por decreto le otorgó la grandeza de España de primera clase: «Para él y para sus herederos sucesores, en atención a sus singulares méritos y relevantes distinguidos servicios.»

Don José Patiño ya grave pero con un gran humor, al enterarse de la concesión comento: «S. M. me envía sombrero cuando no tengo cabeza.» (Aquí hay que explicar, (para quien lo desconozca) que este título de «Grande de España», permite al que lo recibe hablar con el Rey de pie y cubierto, lo cual no es poco permitir y de ahí la fina ironía de Patiño; fue instaurado por el rey don Carlos I, concediéndoselo sólo a doce aristócratas; además reciben el tratamiento por parte del Rey de «Primo» y coloquialmente se le llama «Caballero cubierto ante el Rey»; está en heráldica entre el título de «Infante» y el de «Duque», lo que no quita, que otro grado lo posea, como puede ser un Marqués, un Conde, un Vizconde, un Barón o un Señor).

Tanto era el aprecio del Rey, siendo conocedores del mal estado en que se encontraba, debían de salir hacía El Escorial, pero sólo fueron a San Ildefonso, ordenando S. M. que no se hicieran los honores de costumbre para no molestarlo, al mismo tiempo que dejaba la orden de recibir diariamente informe de su estado.

Falleció el 3 de noviembre de 1736, en La Granja de San Ildefonso en Segovia, contando con setenta años de edad.

S. M. pagó de su peculio el entierro y embalsamamiento, siendo trasladados sus restos al Convento de los Capuchinos del Prado, para ser definitivamente sepultado en el Noviciado de los Jesuitas, en Madrid, sito en la calle Ancha de San Bernardo, donde de nuevo S. M. dejó pagadas diez mil misas por su alma y recuerdo.

Después de tantos años sirviendo con honradez, moría pobre pues sólo pudo dejar de herencia a los hijos de su hermano, el ya fallecido marqués de Castelar, la grandeza de España recibida en el lecho de muerte y ésta es la prueba más convincente de su generoso desinterés; pues habiendo gozado de tantos empleos tan elevados y teniendo tantas ocasiones en las que pudo adquirir riquezas, las miró siempre como contrarias a la rectitud de su ánimo y al sacrificio que exige el bien del Estado de parte de las personas que los ocupan. ¡Un ejemplo a seguir!

Como colofón; añadir lo que dice de él el más insigne investigador de temas navales que ha tenido España y persona nada dada a realizar elucubraciones ni alabanzas; don Martín Fernández de Navarrete:

«Patiño, economizó la real hacienda y libró, a los pueblos de los tributos extraordinarios que exigían antes las urgencias ocurrentes; la casa Real estuvo pagada; el ejército, provisto; las expediciones, satisfechas; las rentas de la corona se pusieron corrientes; y el erario adquirió la reputación que, como decía Richelieu, es su principal riqueza.»

El Sr. Ortiz en su Compendio de la Historia de España dice: «Murió el Colbert de España…Ningun politico duda de que las circunstancias y empeños en que se vió Felipe V durante la guerra de sucesion y de Italia, le hubieran puesto en un peligro inminente sin la gran capacidad y actividad de Patiño.»

En la Historia General de España del padre Marina y su continuados Miniana se dice: «Patiño reunia la autoridad y las miras de Alberony, cuyo discípulo habia sido con un gran fondo de prudencia y con tacto finísimo para conocer lo que era posible hacer y emprender en cada circunstancia particular…Este fué el primer Ministro, despues de siglo y medio de inepcia ó de locura, que conoció las verdaderas necesidades de España y los medios de hacerla poderosa en la balanza europea. La Italia y la América fueron los dos polos de la política; pero como era necesario para establecer el imperio español en estas dos partes, tener una marina numerosa y bien servida, se dedicó á este ramo, que entendia muy bien, con tanta perseverancia, que los elevó á un grado de esplendor desconocido en España. Todo el dinero que sobraba del Tesoro despues de satisfechas las urgencias más indispensables, lo empleaba en la construcción de buques…Su política era callada y perseverante; su penetracion viva; su inteligencia en los negocios y su conocimiento de los hombres, admirable »

Notas:

  1. La escuadra la componían los navíos: San Felipe y Santa Isabel, de 80 cañones; La Reina, Santa Ana, Galicia, León y Príncipe, de 70; Conquistador, Gallo, Santiago, Castilla, Andalucía, Hércules, San Isidoro, Guipúzcoa, Santa Teresa y Rubí, de 60, las fragatas: Incendio, de 54, San Esteban y Fama Volante, de 50, Javier, de 46 y Atocha de 30 y los avisos: Júpiter y Marte, de 16.

Bibliografía:

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Fernández de Navarrete, Martín.: Marinos y Descubridores. Ediciones Atlas. Madrid, 1944. Blas de Lezo, páginas 162 y 163.

Fernández Duro, Cesáreo. La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid. 1973.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Facsímil. Madrid, 1996. 6 Tomos.

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Guardia, Ricardo de la. Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Ibáñez de Ibero, Carlos. Marqués de Mulhacén.: Almirantes y Hombres de Mar. Librería Cervantes, S. L. Cádiz, 1942. Página 147 Patiño.

Mariana, Padre.: Historia General de España. Imprenta y Librería de Gaspar y Roig. Madrid, 1849-1851. Miniana fue el continuador de Mariana.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

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