Sicie combate naval 1744

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1744 Combate naval de cabo Sicié


A finales de 1739 se declaró la guerra entre España y el Reino Unido. Francia, pese al Pacto de Familia, se declaró neutral en el conflicto. En 1740 murió el emperador de Austria, y se inició la Guerra de Sucesión por la corona austriaca. Francia continuó sin declarar la guerra a los británicos pero se comprometió a apoyar a nuestros buques y escuadras. En una primera expedición ya se encontraban en la Toscana las tropas españolas al mando del duque de Montemar, para defender los derechos del Infante don Felipe a los ducados de Parma, Plasencia y Toscana.

Llegaron noticias a Cádiz de estar bloqueado Ferrol por el almirante Norris, recibiéndose la orden de salir a desbloquearla, debió de tomar el mando don Francisco Liaño, pero se encontraba enfermo, razón por la que se le dio el mando a don Juan José Navarro, que con nueve navíos se hizo a la mar con rumbo al Norte, al llegar la escuadra británica había abandonado el bloqueo, incorporándose el navío San Isidro al mando del capitán de navío don Ignacio Dautevil y la fragata Galga, de nuevo se hizo a la mar con la escuadra en línea de combate, alejándose de la costa para no encontrarse con la del mando del almirante Haddock, por lo que pudo llegar sin contratiempo a la bahía de Cádiz, donde se incorporó el navío Real Felipe de tres baterías y 114 cañones, al que pasó su insignia, quedando compuesta su escuadra por quince buques, de los que seis eran navíos de la Real Armada, los demás mercantes armados de la carrera de Indias.

Se le dio orden de salir para Barcelona donde se alistaba un convoy de tropas destinadas a Parma, enviadas en socorro del duque de Montemar, que se había encontrado con problemas, de hecho ésta era la segunda expedición con tropas en su refuerzo, pero la escuadra del almirante Haddock le iba buscando y lo encontró en la bahía de Cádiz, impidiendo la salida de la escuadra española, pero por una vez en la historia se levantó un temporal que obligó al almirante británico a buscar refugio en Gibraltar, lo que aprovechó Navarro para hacerse a la mar el día quince de noviembre del año de 1741.

Al ver el almirante británico el paso de los buques, se decidió a salir detrás de Navarro, consiguiendo darle alcance ya en aguas de Cartagena y justo en el momento comenzaba a hacerse a la mar la escuadra francesa de Court de la Bruyère, siendo el 19 de diciembre de 1741 frenando a su vista a la escuadra británica que se mantuvo en posición amenazadora pero a la expectativa. De Court de la Bruyere le dijo a Haddock que, por orden de su Rey él no le atacaría, pero si lo hacía él no abandonaría a los españoles, tomando la decisión el almirante británico de retirarse a Mahón, dejando solo unidades ligeras que le informarían de los movimientos de la escuadra aliada.

Sufriendo todos el 22 de diciembre un violento temporal a la altura de Ibiza, que desarboló del mastelero al navío insignia español. En su diario Navarro escribe: «…una vez más se demuestra lo mal que se preparaban los navíos en los Arsenales…estando al barlovento, ninguno de ellos arribó, por si yo había de menester alguna cosa, llamándolos a bordo del Real Felipe y haciéndoles una represión fuerte sobre haber cumplido muy mal mis órdenes, y muchos confesaron que la merecían»; llegaron ambas escuadras a Barcelona el 4 de enero de 1742, saliendo diez días después para Toscana con un convoy de cincuenta y dos naves, yendo al mando de las tropas el marqués de Castelar.

La expedición sufrió otro temporal que obligó a arribar sobre las islas Hyères, con el buque insignia en muy malas condiciones; nos lo cuenta el mismo Navarro en su diario: «Este día (21 de enero) fue uno de los más llenos de pesadumbre que he tenido en mi vida. El agua que hacía el navío, y que aumentaba hasta diez pulgadas cada ampolleta, me tenía con zozobra. De otra parte, las protestas y declaraciones de los calafates, carpinteros y oficiales del navío me tenían irresoluto. El capitán de navío D. Nicolás Geraldino, que despreciaba las propiedades del navío con decirme no valía nada, los días antecedentes, y todos me decían que era preciso dexarlo en Tolón, pues no podría aguantar un combate ni un temporal; de modo que les obligué a todos me diesen un parecer por escrito. En tanto, se hicieron diferentes experiencias con las bombas; y habiendo venido a bordo para su consejo los capitanes de la Escuadra, envié al Capitán de Fragata D. Juan Valdés con los carpinteros del navío y el del Constante, y los calafates de la Escuadra para reconocer y ver el remedio que se podía executar prontamente en el navío.

Me consideraba en tanto dichoso en haber encontrado este abrigo, pero descontento de verme sin la fragata Xavier, sin el convoy y con el navío inhabilitado y con riesgo evidente de exponerlo a perderse en el restante viaje que me quedaba. En tanto se juntó el Consejo, en el que asistió el señor marqués de Castelar y el señor conde Mariani, y en el que rompí mi discurso haciéndoles presente la orden del Rey de ir a Orbitello a hacer el desembarco de tropas del convoy; la imposibilidad que refirió el Capitán de Navío D. Agustín Iturriega, que acababa de llegar de aquel pasaje, de hacerlo a la vela, los riesgos en que se ponía la Escuadra de que los vientos que allí reynan en invierno de travesía expusiesen baxos e islas que había; la dificultad de poder fondear el Longoa (Livorno), viesen y diesen un parecer por escrito, si era mejor a La Especiae (La Spezia), y allí escribir al señor duque de Montemar, a fin de que se viese el modo fácil y más natural para que fuese la tropa a desembarcar en Orbitello; y si no se podía executar de una vez, se hiciese en dos veces; o si se mandaba que fuesen los navíos, enviar las fragatas, reservando los grandes que no podían voltegear en aquellos parages, a fin de ir a derechura a Orbitello. El Consejo se acabó, cuyos pareceres por escrito quedaron en manos del ministro de la Escuadra, a fin de recopilarlos en orden y de enviarlos al excelentísimo señor Campillo, donde los más concordaron en ir a La Especia»

Tomando la decisión en principio de trasbordar las tropas que iban en el navío insignia a los tres que habían vuelto al mando de Iturriaga, de esa forma quedaba menos gente a bordo, pero el problema con el navío seguía, pues todos los capitanes le decían: «…unos que era imposible navegar sin riesgo con el navío, otros que no gobernaba que no era buen para sufrir un combate y, por fin, todos desconfiados de un buen éxito con él» a pesar de ello zarpó al amainar el temporal con rumbo a Génova donde arribaron y desembarcaron todas las tropas.

Estando en la rada de Génova, le llegaron las noticias de la mala situación que se encontraba el duque de Montemar, a continuación le llegó la de que almirante británico Haddock había recibido el refuerzo de seis navíos al mando del vicealmirante Lestock, alcanzando el número de veintinueve, con esta ayuda superaba a la francesa y española juntas, noticia muy grave, ya que el propio Navarro se preguntaba si el francés acudiría al fuego en caso de ser atacada su escuadra, pero para redondear las buenas nuevas, le comunicó De Court haber recibido una orden de M. de Maurepas para que juntas las escuadras de España y Francia arribaran sin tardanza a Tolón, para socorrer a la española en todo lo que fuera necesario.

Zarparon los aliados de Génova cumpliendo las órdenes recibidas por De Court de la Bruyère, de nuevo se levantó un fuerte temporal tan duro que no les dejó ni pensar, viraron y regresaron al puerto de salida, a los pocos días comenzó a amainar, dándose las órdenes para alistar los buques y zarpar, estando en este trabajo se volvió a levantar otro temporal, por lo que de nuevo se vieron obligados a permanecer en el fondeadero no dándoles tiempo a levar las anclas, soportando en el mismo puerto el nuevo temporal, lo que retrasó mas la salida y por tanto su llegada a Tolón.

Comprobaron que los temporales habían pasado y se hicieron a la mar de nuevo, pero de nuevo a los pocos días se levantó otro que no era de menor fuerza, viéndose obligados otra vez a refugiarse en las islas Hyères, pero en esta ocasión y ya por lo repetitivos temporales, los buques estaban en muy mal estado, de hecho entró en la ensenada el Oriente al mando de don Joaquín de Villena, para comunicar a Navarro: «refirió haver visto otros navíos desarbolados llegando a faltarme a mi cinco navíos, la Santa Isabel, el San Isidro, el San Fernando, el Xavier y la Paloma. Dexo a la consideración de todos qué contristado estaría con tal noticia»

Pero en esta ocasión también la francesa había salido mal parada, tanto que Le Court de la Bruyère abordó el insignia de Navarro, para concertar que no había otra solución que arribar como fuese a Tolón, pues la gente estaba muy castigada, los alimentos comenzaban a escasear por haberse echado a perder muchos de ellos y los buques no estaban en condiciones de entrar en combate, y fiándose de las noticias recibidas de los refuerzos recibidos por el almirante británico, cabía pensar que el ataque sería inminente si se encontraban en la mar, incluida la escuadra francesa y dando por hecho, que por lo vientos y corrientes los buques mal parados seguro que habrían llegado a Tolón, de esta forma llegaron al acuerdo de: «…se harían a la vela con el terral rebasando el Cabo Sicié, y luego bordeando entrar en la rada, dando fondo donde mejor se podía.»

El 24 de enero de 1742 llegaron a Tolón, donde comenzaron a reparar los diferente buques, pero primero entraron en dique los franceses, no haciéndolo los españoles que los tuvieron que dar a la banda y repararlos con sus propios materiales, la gente pasó a descansar del agotador trabajo sufrido en los diferentes temporales, pero don Juan José viendo que se iba alargando la estancia, comenzó a dar órdenes para realizar prácticas las dotaciones y a sus jefes, de forma que no perdieran el buen punto de entrenamiento, ambas aprovechaban el tiempo ejercitando a sus dotaciones, la española en el tiro de cañón y la francesa con botes, en señales y evoluciones.

Permanecieron en Tolón dieciocho meses bloqueadas por la escuadra británica, compuesta por veintinueve navíos al mando de Haddock, poco tiempo después llegó el vicealmirante Matthews con cuatro navíos subiendo la cifra a treinta y tres, pero además tomó el mando relevando al anciano almirante Haddock.

Matthews, al saberse muy superior tomó la iniciativa, para ello fijó su base de operaciones en las islas Hyères, desde donde salían pequeñas escuadra que dieron diferentes golpes de mano contra las costas de España y Génova, sabedor de que no tenía contrincantes en la mar y la mayor fuerza se hallaba encerrada en Tolón, en uno de estos golpes de mano, atacó a Ajaccio, encontrándose en su puerto el navío San Isidro al mando de don Fernando Gil de Lage, quien tomó la decisión de pegarle fuego para que no cayera en manos de los británicos. Una decisión tomada demasiado a la ligera. Aunque paso por el Consejo de Guerra lógico, saliendo libre de toda culpa.

Permanecieron en esa situación hasta que ambos Reyes llegaron a un acuerdo, por el que la escuadra española debía partir escoltada por la francesa, aún sin declarar la guerra al Reino Unido, a fin de evitar que la poderosa escuadra británica de Matthews destrozara a la inferior española, para ello debía de interponerse la gala entre ambas enemigas.

Debido a la pérdida de hombres de las dotaciones por una epidemia, Navarro decidió dejar en puerto a las fragatas Javier, Fama, Paloma, Retiro y Galga, reforzando de esta forma las dotaciones de los navíos. A pesar de todo, de los doce navíos de la escuadra española, seis eran de 60 cañones con baterías de á 18 y de á 12, inferiores a las de sus enemigos (que las portaba de á 24 en la baja y de á 18 en la segunda); sólo dos eran de tres puentes, el Real Felipe de 114 piezas y el Santa Isabel, de 80; incluso el Real Felipe llevaba de á 24, 18 y 12 libras, en vez de montar de á 36, 24 y 18, debido a que se hubo de rebajar el peso de las piezas porque el buque se quebrantaba mucho con mal tiempo, pero parece ser que era más la opinión de Navarro de llevar menos peso de cañones, pero más manejables y por tanto realizaban mayor cantidad de disparos.

La escuadra española llevaba la divisa azul y blanca, formando la retaguardia de la aliada, estando compuesta por los navíos: Oriente, de 60 cañones, mercante al mando don Joaquín Villena; América, de 60, al mando don Aníbal Petrucci; Neptuno, de 60, mercante al mando don Enrique Olivares; Poder, de 60, mercante al mando don Rodrigo de Urrutia; Constante, de 70, al mando don Agustín Iturraga; Real Felipe, de 114, al mando don Nicolás Geraldino e insignia de don Juan José Navarro; Hércules, de 64, al mando don Cosme Álvarez; Brillante, de 60, mercante al mando don Blas de la Barreda; Alcón, de 60, mercante al mando don José Rentería; San Fernando, de 64, al mando conde de Vegaflorida; Soberbio, de 60, mercante al mando don Juan Valdés; Santa Isabel, de 80, al mando don Ignacio Dautevill. Siendo este el orden de marcha de proa a popa.

Los franceses aportaban dieciséis navíos, ninguno de tres puentes, además tres fragatas, dos brulotes y un buque hospital. Su escuadra estaba mandada por un octogenario teniente general, De Court de la Bruyere, quien mantenía su táctica de combate en el abordaje a ultranza como arma suprema de victoria. Pero mucho peor que sus ideas tácticas fue la dudosa lealtad a la escuadra española.

Estando compuesta su escuadra de la siguiente forma y por orden de puesto de los buques. Vanguardia con divisa Azul, al mando del contralmirante Gabaret. Navíos: Borre, de 64, al mando M. de Marquen; Toulouse, de 60, al mando M. D'Arton; Tigre, de 50, al mando M. de Saurin; Eole, de 64, al mando M. D'Alver; Alcyon, de 56, al mando M. de Lancel; Duc d'Orleans, de 68, al mando M. D'Ornes; Espoir, de 74, al mando M. D'Hericourt, insignia de Gabaret.

Cuerpo de Batalla o Centro, con divisa Blanca, al mando del teniente general De Court de Bruyere: Trident, de 64, al mando M. de Caylus; Heureux, de 60, al mando M. de Gramier; Achilon, de 44, al mando de M. de Vaudrevill; Solide, de 64, al mando M. de Chateauneuf; Diamant, de 50, al mando M. de Manak; Ferme, de 70, al mando M. de Gorgues; Terrible, de 74, al mando M. de la Jouquiere e insignia De Court de la Bruyère; Santi Espiritus, de 68, al mando M. de Poisin y Serieux, de 64, al mando M. de Chayla. Fragatas: Altante, de 40; Flore, de 28 y Zephyr, de 24. El día diecinueve de febrero del año de 1744, víspera de la partida, el anciano almirante se reunió con dos oficiales británicos de la escuadra bloqueadora. Este hecho fue observado por los españoles, que avisaron a Navarro, y pronto se extendió el rumor de que el jefe francés había pactado con los británicos la destrucción de la escuadra española sin interferencia francesa.

Al día siguiente por la mañana se hizo a la mar la escuadra franco-española, situándose la española en vanguardia por orden de De Court de la Bruyère a Navarro. Pronto se divisó la escuadra británica en su fondeadero de las islas Hyères. Como el viento favorecía a los aliados, De Court ordenó a Navarro que atacara al abordaje a la escuadra enemiga. El jefe español se quedó perplejo, pues el paso era muy estrecho y sólo dejaba pasar los navíos de uno en uno. De Court de la Bruyère insistió en su orden, y Navarro no tuvo más remedio que obedecer, aunque consiguió dilatar el ataque hasta el siguiente día, 22. Pero el viento roló, siendo ahora favorable a los británicos, que podían abandonar su fondeadero. De Court comprobó que su orden era irrealizable y ordenó a Navarro situarse a retaguardia de la escuadra francesa, de nuevo en la zona más peligrosa, en vez de interponer la francesa o interpolar ambas escuadras, de forma que si atacaban los británicos había muchas probabilidades de que algún francés recibiera un proyectil.

La escuadra británica estaba compuesta por los siguientes buques en el orden de la línea de combate de proa de la vanguardia a la popa de la retaguardia: Vanguardia, con divisa roja, al mando del contralmirante Rowley: Chatam, de 50, al mando de E. Strange; Nassau, de 70, al mando de J. Lloyd; Chischester, de 80, al mando de W. Dilke; Boyne, de 80, al mando W. Frogmore; Barfleur, de 90, al mando Mr. de L'Angle e insignia de Rowley; Princes Carolina, de 80, al mando H. Osborne; Berwick, de 70, al mando Lord Hawke; Sterling Castle, de 70, al mando Th. Cooper y Bedford, de 70, al mando Mr. Townshend.

Cuerpo de batalla o Centro, con divisa azul, al mando del almirante Sir Th. Matthews: Drangon, de 70, al mando de Ch. Watson; Royal Oak, de 70, al mando Ed. Williams; Princess, de 70, al mando de Mr. Pett; Sommerset, de 80, Mr. Slaghter; Norfolk, de 80, al mando J. Forbes; Marlborougt, de 90, al mando J. Cornwall; Dorsetshire, de 80, al mando Mr. Burrish; Essex, de 70, al mando R. Noris; Rupert, de 60, al mando Mr. Ambrose y Namur, de 90, al mando Mr. Russell e insignia de Matthews.

Retaguardia al mando del vicealmirante Lestock: Salisbourg, de 50, al mando P. Osborne; Rumney, de 50, al mando M. Godvalve; Dumkirk, de 60, al mando A. Purvis; Revenge, de 70, al mando L. Berkeley; Cambridge, de 80, al mando Mr. Drummond; Neptune, de 90, al mando de Mr. Stepney e insignia de Lestock; Torbay, de 80, al mando Mr. Gascoigne; Russell, de 80, al mando Mr. Lonoj; Buckingham, de 70, al mando Mr. Towry; Elizabeth, de 70, al mando de Mr. Lingen; Kingston, de 60, al mando Mr. Lovet; Oxford, de 50, al mando de Lord Pawlet y Warwick, de 60, al mando de Mr. Westtemple. Fragatas: Isheshamm y Danwored, de 40 y las Durley y Winchelsea, de 22.

La escuadra británica era muy superior a la aliada, con treinta y dos navíos, de los que trece eran de tres puentes, contra los veintiocho franceses y españoles, con sólo dos de tres puentes. En total 2.280 piezas montaban los británicos contra 1.806 de los aliados. Curiosamente, y a pesar del menor número de buques, las dotaciones aliadas superaban a las británicas, siendo diecinueve mil cien hombres contra dieciséis mil quinientos ochenta y seis británicos.

En la mañana del 22 la escuadra británica disponía del barlovento, formando una línea de combate que no llegó a formase del todo, con algunos navíos fuera de ella y otro grupo apelotonados. En ese momento De Court de Bruyère ordenó forzar vela, aprovechando el desorden en la enemiga, pero con este movimiento solo consiguió dejar atrás a la española, pues varios de sus buques eran mercantes armados y no tenían el mismo andar, así la vanguardia y centro franceses se adelantaron considerablemente a la retaguardia española, quedando retrasada y expuesta en solitario al ataque británico. Desde luego, se trataba de una forma muy extraña de que De Court de la Bruyère cumpliera con la orden de proteger a los españoles. Es más, varios comandantes españoles divisaron banderas blancas que los buques británicos mostraron a los franceses, reafirmadas con cañonazos sin balas, mientras exhibían banderas rojas de combate a los españoles.

La vanguardia británica de Rowley atacó los primeros buques españoles, justo por donde se había separado la retaguardia francesa, siendo los Oriente y América, que pugnaban por alcanzar la cola francesa, separándose a su vez de su matalote que era el Neptuno.

Al ver el hueco en la línea se lanzó Rowley, pero al acercarse los cuatro últimos franceses le abrieron fuego, por lo que solo envió unos navíos a combatir a la cabeza de la escuadra española, única bien formada aunque lenta dada la poca velocidad de los mercantes, pero al mismo tiempo permaneció algo alejado vigilante de los movimientos de la escuadra francesa, de hecho ni siquiera sus buques intentaron doblar a los tres españoles, de esta forma el Oriente, un mercante, tuvo ocasión de batirse con un tres puentes de 80 cañones. Así, en este punto el combate no fue muy disputado, mientras que el navío Neptuno, fue atacado por tres enemigos y una fragata, con los que combatió durante cuatro horas, hasta que con serias averías se dejó caer a sotavento para retirarse de la lucha y repararlas. Su comandante, don Enrique Olivares, había sido mortalmente herido.

A su vez queda constancia de las nulas intenciones del almirante francés de ayudar a la escuadra española, pues su subordinado al mando de la retaguardia del centro francés Mr. Gabaret, por dos veces pidió permiso para forzar velas y acudir en auxilio de la vanguardia española, pero su jefe se lo negó, prosiguiendo a rumbo y cargando velas para alejarse todavía más.

A continuación seguía el Poder, otro mercante de 60 cañones, enfrentado al Princess, de 70 cañones. Pero el fuego del español fue tal que por dos veces el capitán británico, Pett decidió arriar la bandera, siendo disuadido de ello por su segundo. El navío británico se vio obligado a dejar su sitio a otros compañeros que siguieron atacando al Poder, siendo el Somerset, de 80, que pronto quedó desarbolado, el Bedford, de 70, el Drangon, de 60 y el Kingston, de 60. El español siguió increíblemente resistiendo, hasta que llegó el Berwick, de 70, procedente de la vanguardia, que abandonó su puesto en la línea de combate y pasó a sotavento, atacando por estribor al Poder, que incomprensiblemente se mantenía por esa banda incólume hasta entonces, mientras los anteriores le batían por babor sin doblarlo. Ante tan abrumadora mayoría, el Poder acabó acribillado, no pudiendo ser socorrido lo que convenció a su comandante, don Rodrigo de Urrutia, quien ordenó arriar la bandera después del consabido Consejo de Guerra y se rindió al Berwick, lo curioso de esta rendición, fue que pasó una dotación de presa británica para marinarlo, estando de jefe de ella el sobrino del gran almirante Vernon.

La escuadra española por el problema de los mercantes se dividió a su vez en tres cuerpos, la vanguardia ya mencionada, el centro con los Constante, matalote de proa del Real Felipe y el Hércules, de matalote de popa, al mismo tiempo que se formó una retaguardia, en la que por ser el Brillante un mercante armado, limitó la velocidad del resto, quedando junto a él el Alcón, San Fernando, Soberbio y Santa Isabel, aunque al ser atacados lo hicieron por el San Fernando, cortando a su vez a los dos primeros, permitiéndoles al Brillante y Alcón arribar a la popa del Hércules, reforzando así el centro español.

Eran las doce y cuarto cuando Mattews, al mando de su navío, el Namur, acompañado por su matalotes, los Norfolk y Marlborough, se colocaron a tiro de pistola del Real Felipe, rompiendo el fuego, pero la sorpresa fue mayúscula por parte de los británicos, ya que ellos mismo dijeron: « Jamás en combates de mar se vió fuego más inmediato y más vivo. El Real parecía un infierno » así fue en efecto, en poco tiempo los dos navíos más poderosos del porte de 90 cañones, el insignia Namur y Marlborough, tuvieron forzosamente que dejar la línea de combate por estar desarbolados y muy castigados en su sobras vivas con varios agujeros a flor de agua, además de haber sufrido la pérdida de sus dos capitanes y la de nuestro comandante don Nicolás Geraldino. A parte de otros cincuenta y seis hombres, y el mismo Navarro resulto herido pero sin gravedad, razón por la que no abandonó su puesto en el alcázar.

A este combate parcial ayudó el Hércules, siendo el que mejor dirigió el fuego a flor de agua, tanto que el Marlborough se alejó a duras penas, por la gran cantidad de agua que ya llevaba dentro, dándose casi por perdido, a su vez el Constante tuvo que enfrentarse a dos navíos de 80 cañones, siguiendo el ejemplo de su compañero, a uno de ellos lo agujereo de tal forma que tuvo también que retirarse para reparar las averías, pero también se sufrió la pérdida de su comandante, don Agustín de Iturriaga, que a su vez tuvo que abandonarla línea por estar muy castigado.

Por los daños sufridos por el Real Felipe, se quedó algo separado el Hércules, momento que fue aprovechado por cuatro navíos y una fragata para atacarle, con la intención de convencerlo por mayoría y que se rindiera, pero soportó durante cuatro horas más el enfrentamiento sin que pudiera ser abordado, transcurrido este tiempo era ya mucha el agua que hacía, decidiendo salirse de la línea y ponerse a sotafuego del combate.

En estos momentos se quedó solo el Real Felipe con el Constante, fue de mucha alegría recibir por su popa al Brillante, que inmediatamente comenzó a abrir fuego sobre dos navíos del centro de Mattews, resultando herido Navarro por un astillazo en el cuello, siendo tan profunda que casi le llega tocar la yugular, pero continuó en su puesto. Ahora se habían quedado separada la retaguardia de la escuadra española, con los Alcón, San Fernando, Soberbio y Santa Isabel, pero aquí se batían desde lejos con algunos de los navíos del vicealmirante Lestock, [1] resultando el fuego totalmente ineficaz dada la gran distancia, todo porque el subordinado de Matthews se negó a intervenir en el combate, a pesar de contar con trece navíos, a los cuales llamó insistentemente el vicealmirante Matthews.

Comprobando Matthews que la línea española aunque corta era imbatible, decidió retirarse a reparar las averías más graves, pudiendo hacerlo todos sus buques excepto el Marlborough, por lo destrozado que estaba quedándose a sotavento de la escuadra española.

Navarro dio la orden de aprovechar el tiempo y reparar también lo mejor posible sus buques, poniéndose a trabajar carpinteros y calafates a toda prisa. Este tiempo fue también aprovechado por los navíos que se habían quedado por la popa del Real Felipe para unirse a él, al ir llegando fueron tomando posiciones en torno al insignia español, quedando la formación (no era ya una línea) en las siguientes posiciones: pasó el Brillante a ser el matalote de proa del insignia, al costado de éste se sitúo el San Fernando, detrás de éste lo hizo el Santa Isabel, dejando ángulo de fuego al Hércules, que mantenía su situación inicial de matalote de popa del Real Felipe, poco antes de comenzar la segunda parte del combate, pudo llegar medio reparado el Soberbio, quedando junto al Santa Isabel, como matalote de popa de éste. Por las situaciones más bien todos se interpusieron entre los británicos y el navío insignia español, formando en si dos líneas de tres buques para impedir ser doblado el insignia.

Óleo representando el momento álgido del combate con el ataque del brulote al Real Felipe.
Ataque del brulote al Real Felipe. Cortesía del Museo Naval. Madrid.

Ante la incapacidad de doblegar al Real Felipe, Matthews llevó esta vez los brulotes, sobre todo al ver la formación nada táctica de los españoles, manteniendo ésta arribó el Namur con cuatro navíos más, siendo recibidos por el Real Felipe y el Hércules, pero de nuevo no se esperaban la reacción de los españoles, siendo tan eficaz y certero el fuego sobre todo del Hércules, que obligó al Namur a orzar y salirse de la línea, todo esto no habiendo trascurrido más de diez minutos de fuego cruzado.

Aprovechando este tumulto, el brulote Anne Galley, escoltado por dos navíos fue lanzado sobre el Real Felipe, al verlo el Brillante maniobró para interponerse, de forma que por la banda de estribor disparaba toda su artillería sobre el incendiario, mientras con la de babor lo hacía sobre los que estaban atacando al insignia español, a pesar del esfuerzo del Brillante el brulote siguió su rumbo, aunque muy dañado y habiendo perdido partes importantes de su obra muerta, tanto por el propio fuego como por los proyectiles que recibió el navío español.

Navarro aprovecho la separación del enemigo siendo bajado a la enfermería para curarse de su segunda herida, que era mucho más grave de lo que aparentaba, lugar en el que se encontraba cuando le comunicaron que el brulote no había sido destruido, dando la orden a al capitán de fragata don Blas Moreno y Zavala y al teniente de navío don Francisco Hidalgo de Cisneros y Seijas, que rápidamente botaran la falúa y los desviaran, pasaron a tomar el mando de la pequeña embarcación los oficiales subordinados don Pedro Sagardía y don Pedro Arrigoni, como auxiliares los guardiamarinas Rocco y Espadero, más otros diecisiete tripulantes que a remo maniobraron para cortar la proa del brulote, lo que consiguieron a pesar del fuego que recibían de los dos navíos escolta del incendiario, le cambiaron el rumbo y lo volvieron a dejar ir, pasando por la popa de Real Felipe y la proa del Hércules, al hacerlo desde la popa del insignia se le disparó, consiguiendo hacerle mucho daño, de hecho efectuó un disparo el Ministro de la escuadra don Carlos Retamosa, quien había apuntado el cañón, ordenando que se levantara con cuñas las ruedas traseras de la cureña hasta un punto donde a él le pareció el apropiado, logrando de esta de forma que éste disparo diera justo por debajo de la flor de agua, comenzando en ese instante a hundirse el brulote. La verdad es que el incendiario ya llevaba unos cuantos agujeros en la misma flor de agua y quizás éste lo terminó de hundir, dada sobre todo la corta distancia a la que pasó el brulote, en éste murió su capitán el teniente de navío Mackey con todos los hombres de su dotación.

El fuego sobre el Real Felipe había disminuido por separase los navíos enemigos para dejar paso al brulote, pero al ver que tampoco así lo habían conseguido volvieron a la línea, arribando de nuevo el Namur que había sido vuelto a reparar lo imprescindible, acompañado esta vez de seis navíos más, por unírsele los dos que daban escolta al brulote, pero ahora el centro español se había reforzado con los navíos, Alcón, Brillante y San Fernando, quienes con todas sus fuerzas respondían cañonazo por cañonazo, siendo de frenados a pesar de siete y más potentes. Al mismo tiempo por la popa se habían quedado algo separados el Santa Isabel y el Soberbio, abriendo fuego sobre los navíos de la retaguardia británica al mando de Lestock, que por momentos parecía que iba a entrar en combate, para luego separarse, pero ante los amagos los dos navíos españoles prefirieron mantener su posición estando siempre alerta, ya que era visible que los del centro no conseguían romper la formación en torno al Real Felipe, y justo en ese momento el Hércules pidió permiso para abandonar el combate por estar ya imposibilitado de proseguirlo, sufriendo muy graves averías y estar casi sin pólvora ni proyectiles.

Sobre las 1800 horas Matthews vio que la noche empezaba a cubrir el firmamento, sus buques llevaban averías de todo tipo y los españoles no había sido vencidos a pesar de la diferencia numérica a su favor, fijándose que la escuadra francesa ya empezaba a virar rumbo al lugar del combate, lo que si se producía un ataque de ésta en estos momentos era presa fácil la británica por estar media escuadra muy mal tratada, mientras que los franceses solo habían disparado algún cañonazo al comienzo del combate y estaban todos muy descansados, por todo ello dio la orden de abandonar las aguas del combate, siendo las 1830 horas cuando ya habían dado las popas y se estaban alejando, quedando los navíos Real Felipe, Brillante, Alcón, San Fernando, Soberbio y Santa Isabel, dejando las aguas del enfrentamiento en poder de los españoles, lo que en la mar significa victoria. En realidad nadie es dueño de ella y a veces, sin que la llame nadie hace limpieza sola.

Del resto de buques españoles, quedó el Poder con la dotación de presa británica, el Neptuno en muy malas condiciones, pero pasaron carpinteros y calafates de varios navíos, consiguiendo taparle los agujeros y sobre todo taponar la primera cubierta, de forma que ya no pudiera entrar más agua, se le arboló de nuevo de fortuna poniendo rumbo a Barcelona donde arribó el día veinticinco de febrero; el Constante se había salido de la línea en la primera parte del combate, pero a pesar de su mal estado su comandante ordenó poner rumbo a Cartagena, donde fondeó el día veintisiete; el Oriente cabeza de la línea al principio, consiguió unirse a la línea francesa, al darse cuenta que no hacían nada decidió separarse y acudir al fuego, pero en su rumbo se encontró con el Constante, quien le pidió socorro porque le seguían tres enemigos, estos al ver que el Oriente iba de vuelta encontrada, abandonaron la persecución del navío español y los dos en conserva arribaron a Cartagena; el América sufrió algo el fuego de los navíos de Rowley, a pesar de ello se unió a la escuadra francesa, razón por la que los británicos ya no continuaron castigándolo, el que se quedó en peor situación fue el Hércules, al no poder maniobrar lo arrastraba la corriente y en esos instantes estaba reparando las averías pero más cercano a la escuadra británica que a la española.

M. De Court de la Bruyère viendo que los británicos abandonaban, dio la orden de virar, realizando la maniobra ahora con prisas, pues Gavaret lo hizo por avante y De Court en redondo, para no perder la formación. Al llegar a la altura de la escuadra española M. De Court le comunicó a Navarro su intención de atacar a la escuadra británica al día siguiente, a lo que don Juan José Navarro visto lo visto, le dijo que participaría con los buques que pudiera, pero yendo intercalados con los franceses, esto no gustó al almirante francés y para ganárselo le envió carpinteros y calafates con materiales para que ayudaran a los del Real Felipe a ponerlo en orden de combate. De hecho había demostrado lo que Navarro ya pensaba de su navío y no dejaba de ser un tres puentes de los que los franceses carecían.

Al amanecer del día siguiente, con la mar gruesa y el viento de la misma dirección que el día anterior, pero por efecto de las corrientes se había separado la escuadra española tres leguas de la francesa y a su sotavento, mientras que la británica se encontraba a barlovento, con la intención de atacar al maltrecho Hércules, para lo que se destacó a un tres puentes británico, pero éste se volvió a llevar la sorpresa, siendo recibido con un vivo fuego que lo mantuvo durante dos horas, momento en que varios franceses viraron y pusieron rumbo de vuelta encontrada, ante esto el británico decidió abandonar las aguas del combate, navegando para unirse a su escuadra. El navío español fue remolcado mientras terminaba de repararse, al llegar al Real Felipe y viendo su estado, Navarro le dio orden de acercarse a la costa para con rumbo Sur llegar a Cartagena, lo que realizó en solitario fondeando el 27 de febrero.

Sobre el navío apresado Poder hay divergencia de opiniones, según los franceses fueron ellos los que lo recapturaron, capturando a la dotación británica, pero viendo su mal estado le pegaron fuego. Pero en el diario de Navarro dice: «Los ingleses lo encontraron al Poder sin gente, y en la imposibilidad de llevárselo, fueron ellos quienes le incendiaron» siendo otras fuentes quienes indican que fue el navío Essex quien hizo el trabajo.

El 24 de febrero la escuadra británica no estaba a la vista, permanecieron en la mar y durante la noche ésta se levantó, lo que obligó a ponerse a la capa para pasar el temporal.

Al amanecer del 25, también había desparecido la francesa, quedándose sola la española, con los navíos Real Felipe, San Fernando, América, Soberbio, Brillante y Alcón, se fijó la situación y se encontraban a diez leguas del puerto de Barcelona, habiéndose prefijado con anterioridad que la arribada debía de efectuarse en Rosas, pero el viento les impedía llegar y los buques no estaban como para forzarlos, lo que llevó a decidir a Navarro aprovechar el viento de Norte dos cuartas al Este, aunque más fuerte y duro del que le gustaría tener le llevaba a Cartagena sin esfuerzo de los cascos, solo el que le daba el avance en la mar al estar tan castigados pero sin mayores problemas, el día siete de marzo la escuadra francesa les dio alcance, continuaron navegando juntas hasta el día nueve en que entraron en la dársena del puerto de Cartagena, donde lanzaron las anclas. Así terminó la batalla de cabo Sicié o de Tolón, con un claro triunfo español que pronto fue conocido en toda Europa, causando una muy buena sensación la recuperación de la Armada española.

En el diario de Navarro escribe: «Día 11 de marzo. A las diez vino a visitarme M. de Court con algunos oficiales, y después de algunas preguntas y cumplimientos, se explicó diciéndome que había sabido que algunos oficiales de los navíos que habían llegado antes a Cartagena, y del Neptuno, habían escrito a nuestra Corte que nos había abandonado, y que nos había puesto al sacrifico o carnicería. Yo le respondí que no debía hacer caso de lo que se escribía; que yo solamente estaba sentido de él en que habiendo convenido que no atacaríamos los enemigos estando nosotros al votavento, nos habíamos puesto en él en el combate. A lo que me respondió que él no los había atacado, que los ingleses lo habían hecho. Entonces le dixe que había mil modos de evitar el combate hasta encontrar favorable ocasión de emprenderlo»

Otro pájaro de cuenta fue el caso del señor Fernando Gil de Lage de Cueilli, oficial francés al servicio de la Real Armada española, que dada la escasez de mandos fue el general Cornejo quien con muchas dudas le dio el permiso para servir en la Armada, se le fue dejando de lado pues como se dice no se fiaban mucho de él, pero al final las circunstancias mandan y se le entregó el mando del navío San Isidro, al cual le pegó fuego por la presencia de la escuadra británica, estando en el fondeadero Ajaccio en la isla de Córcega el 2 de marzo de 1743, regresando a Tolón donde fue juzgado en Consejo de Guerra y perdonado, pero obligado por Navarro a embarcar de segundo en el Real Felipe, donde permaneció todo el combate que nos ocupa, pero dejando muy claras sus malas artes, quien al llegar sano y salvo a Cartagena comenzó una serie de calumnias contra todos los españoles y como no, contra el mismo don Juan José Navarro, llegando a decir:

«No habiendo los navíos españoles cerrado la línea, tuvieron que sufrir, cada uno, el fuego de varios enemigos. Navarro, con el Real Felipe, de 114 cañones, tuvo al principio tres al costado, pero con dos heridas leves, en una oreja y en un pie, y una contusión en la rodilla, se fue abajo a curarse. A bordo del Real había oficiales franceses que trataban de impedirle la entrada en el vergonzoso lugar en el que iba a esconderse, instándole a que estuviera en cubierta animando a los suyos con su presencia, al menos; mas no lo consiguieron. Rescatado sobre un cable se mantuvo en la bodega durante el resto de la acción, y la escuadra española se encontró sin jefe. Pero su principal navío tuvo intrépido defensor en la persona del capitán de Lage de Cueilli, que tomó el mando. Mal secundado por los otros bajeles de la división, que fuera de tres, de los que uno fue desarbolado y preso, no tomaron gran parte en la función, Lage sostuvo con vigor el empuje del enemigo, y aunque el Real Felipe estuviera desarbolado, forzó a dejarle respiro»

Todo ello fue desmontado por todos los oficiales presentes en el Real Felipe, y solo había que ver la herida de Navarro del astillazo en el cuello para dejarlo sin palabras al francés adoptado, por todo ello se enfadó porque España no le recompensaba en agradecimiento de lo que había hecho por ella (gracias hombre, por el navío incendiado), decidiendo abandonar la Armada. (Ahora sí. Muchas gracias.)

Parte del combate: «Perdió la escuadra española al navío Poder, de 60 cañones, antiguo mercante. La insignia Real Felipe quedó con su costado acribillado a balazos e inutilizado su velamen; tardó tiempo en repararse y fue excluído en 1750. Había sido construído en Guarnizo y botado en 1732. El Constante sufrió daños en su costado; rindió el palo mayor, se le inutilizó el mastelero de velacho y quedó cortada toda su obencadura; había sido construído en la Habana en 1732. El Neptuno quedó con su casco también muy maltratado, y con el aparejo casi destrozado; era también, como el Poder un antiguo mercante. Otro tanto puede decirse de la averías sufridas por el Oriente en su casco y arboladura; como el anterior, fue adquirido a la navegación comercial. El Hércules sufrió mucho en sus costados, con varios impactos a flor de agua; perdió todo su aparejo y rindió el mayor y el mesana; había sido construído en Puntales en 1730, el primero construído en esos astilleros. Los daños experimentados por nuestra escuadra en la obra muerta de sus navíos procedía del acertado método de tiro de la artillería inglesa, que disparaba en el descenso del balance al casco (a hundir); el nuestro y el de los franceses fué casi a ‹ desarbolar ›, es decir, al aparejo, al iniciarse el período de balance del navío. Nuestras bajas fueron: muertos los comandantes Geraldino, del Real; Olivares, del Neptuno, e Iturriaga, del Constante; seis oficiales y ciento cuarenta y un soldados; quedaron heridos, el general Navarro, diecinueve oficiales y cuatrocientos cuarenta y ocho soldados, falleciendo algunos de sus resultas.

El comandante del Poder, don Rodrigo de Urrutia, que quedó prisionero al verse obligado a arriar su bandera, y que fué tratado con toda consideración por los ingleses, como mereció su denodada y heroica conducta, dio cuenta a Navarro del estado en que se encontraba la escuadra británica después de la acción. El Malborough desarbolado totalmente y con gran vía de agua, escorado de estribor, pudo salir de la línea con muchísimo trabajo y tomado a remolque por una fragata, fué conducido a Mahón. Murió su comandante Cornwall. La insignia Namur rindió el bauprés, perdió sus masteleros, y con otras averías de tal consideración, que lo abandonó Matthews la noche del 22, trasladando su insignia a otra unidad; murió su comandante Russell. El Princess perdió toda su arboladura, y se disponía a rendirse, cuando lo evitó su segundo logrando sacarle de la línea y de los efectos del fuego del Poder. El Sommerset perdió su palo mayor, y destrozadas todas sus jarcias, no pudo arribar sobre el Poder, por lo que éste se rindió al Berwick. Todos los demás ingleses que se batieron en la mejor o peor formada línea experimentaron también los efectos del vivísimo e infernal fuego de los cañones españoles. Al final des escrito Urrutia dice: ‹ los oficiales británicos brindaron por el Real y por Navarro, como homenaje de admiración por su esforzada conducta, añadiendo: todos los brindis después del rey británico eran para el almirante Navarro. Todas las sobremesa caían en el Real y en el valor de los españoles, confesando todos generalmente la superioridad a ellos mismos, y encendiendo el furor contra quien debían imitarnos (refiriéndose a los franceses)›»

Notas

  1. Al ser llamados a Londres, Lestock recriminó la conducta de su Jefe, ya que mandó atacar sin tener la línea de combate perfectamente formada, incumpliendo las estrictas normas de la Armada Real, por lo que no consideró estar a sus órdenes, el Consejo de Guerra condenó al almirante Matthews por « no haber conducido su Flota, estando en barlovento, ordenada en condiciones de que cada navío luchase con el de la línea rival » siendo la sentencia de culpable y por ello separado del servicio, siendo halagado su contralmirante por no haber obedecido en tan descabellada situación.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por Ángel Dotor.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Oyarzabal, Ignacio de.: El Capitán General de la Armada D. Juan José Navarro, marqués de la Victoria y su tiempo. Biblioteca Camarote de la Revista General de Marina. Madrid, 1953.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873. Thayer Mahan, Alfred.: Influencia del Poder Naval en la Historia. Partenón. Buenos Aires. Argentina, 1946.

Vargas y Ponce, Josef de.: Vida de D. Juan Josef Navarro, primer marqués de la Victoria. Colección de Varones ilustres de la Marina Española. Imprenta Real. Madrid, 1808.

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