Bertendona y Diaz de Goronda, Martin Jimenez de Biografia

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Martín Jiménez de Bertendona y Díaz de Goronda Biografía

Capitán de Mar y Tierra a caballo de los siglos XVI y XVII.

Contenido

Orígenes

Vino al mundo en la villa de Busturia del Señorío de Vizcaya, actual provincia de Bilbao, a lo largo del año de 1530.

Provenía de una familia de marinos y por ello siguió su rumbo. Su padre fue don Martín Jiménez de Bertendona [1], nacido en Bilbao en 1489 y fallecido en octubre de 1557 y su madre doña María Ermuco Díaz de Goronda y Larraondo, se carece de datos.

Hoja de Servicios

Muy joven embarcó (como también era costumbre) en los buques que por entonces intentaban mantener alejado el peligro inglés de las costas del norte de la Península, participando en varios encuentros que como es natural le enseñaron mucho y bien, aunque saliendo siempre con alguna herida de mayor o menor consideración.

Su fortaleza de carácter le fue procurando buenas amistades, al demostrar sus buenas dotes de mando y capacidad para ejercerlo, por lo que en el año de 1571 ya estaba al mando de uno de doscientas cincuenta toneladas, que era propiedad del duque de Medinaceli, con el que tuvo la mala suerte de declararse un temporal fuerte del N, que por más que lo intentó fue a encallar en las cercanías de la villa de Laredo perdiéndose el bajel. Junto a él se perdió otra nave del mismo propietario al mando de don Juan de Escalante, de ochenta toneladas de porte.

Por la grave situación que se pasaba en los territorios de Flandes, ya que se había sufrido una derrota en el año de 1573 en Enckhuyssen, el Gobernador del territorio don Luis de Requesens pidió ayuda, para ello se preparaba una escuadra al mando de don Juan Martínez de Recalde, compuesta por veinte galeones; cuarenta zafras, reunidas de los puertos de Santoña, Castro Urdiales y Laredo; cuarenta chalupas, de San Vicente de la Barquera y veinte pinazas entre vizcaínas y guipuzcoanas.

Mientras se estaba en ello, llegaron noticias del ataque a la plaza de Middelburg, que era muy duro y no todo estaba preparado para soportar el empuje de los bátavos, por lo que se dio orden de que los capitanes Bertendona y Diego Ortíz de Urízar, zarparan lo antes posible con diez pinazas y quinientos hombres, pero a punto de hacerlo llegaron nuevas de que la plaza también había caído, por lo que se quedaron para reforzar la escuadra.

Zarpó por fin la escuadra y arribó a los puertos de destino, donde fue desembarcado el ejército, quedando algunos marinos en la zona regresando el resto. Entre los que se quedaron a las órdenes de don Luís de Requesens, fue Bertendona, donde realizó varios apoyos a las tropas y otros pequeños combates, lo que le valió para ser nombrado Capitán de Mar y Tierra en el año de 1585.

Bertendona fue uno de los elegidos por don Álvaro de Bazán para que le ayudaran a preparar la Gran Armada contra Inglaterra, de hecho su buque, una nao llamada La Ragazzona fue junto a la Lavía y el galeón San Francisco, de los que fueron incautados por don Álvaro en el mes de junio del año de 1587, pertenecientes al duque de Florencia.

Y se convirtió en la capitana de la escuadra de levante, con 1.249 toneladas ó 1.079 toneles machos, siendo de construcción adriática, cumpliendo a la perfección su cometido, pues zarparon de Lisboa con su arribada a Ferrol y su posterior salida ya con rumbo al Canal, en el que combatieron bien, consiguiendo arribar muy maltrecha a la Coruña, sobre todo por los temporales que se sufrieron. Pero en palabras del Rey don Felipe II por los informes recibidos del acontecimiento dijo: «Bien veo que, como decís, las naves levantiscas son menos sueltas y más tormentosas para estos mares que las que se hacen por acá» Pensamos que está dicho todo.

De paso apuntar para deshacer un mito, que la escuadra española estaba formada por ciento veintisiete buques, de los que cinco salieron de Lisboa pero se quedaron en Ferrol, entre ellas las cuatro galeras; tres, se perdieron por accidentes; cuatro, en combate y veintiocho por los temporales, regresando a la Península en mejor o peor estado noventa y dos. (No sabemos dónde está la tan cacareada victoria o derrota, si la comparamos con la visita de Vernon a Cartagena de Indias en 1741, habría para un libro y no pequeño)

El día trece de abril del año de 1589, zarpaba de Inglaterra una escuadra formada por ciento cincuenta velas con dos mil quinientos marineros; dieciséis mil soldados y mil doscientos nobles, que se embarcaron por si había algo para cada uno, o sea de los que buscaban fortuna (luego hablan de los españoles), al mando de Francis Drake, con sus segundos, el duque de Essex, Roger Williams, Felipe Butler y Eduard Wingfield y el efectivo militar al del coronel John Norreys, con la intención de atrapar a las flotas provenientes de tierras americanas y como segunda opción, la de dar apoyo al Prior de Crato y pasar al ataque a las islas Azores. Según fuentes, se añadieron a la búsqueda del oro español también los bátavos con veinticinco buques.

Pusieron rumbo a la Coruña, por saber que se estaba reuniendo otra gran flota para intentar de nuevo invadir Inglaterra, por lo que pasó a ser su primer objetivo. El puerto estaba protegido por mil quinientos hombres del ejército. Y fondeados, el galeón San José de Bertendona, la nao San Bartolomé, dos galeras del Jefe Pantoja y en carena dado a la banda el galeón San Bernardo y por lo tanto toda su artillería en tierra.

Arribaron al puerto los ingleses el día cuatro de mayo pasado el medio día, siendo bombardeados desde el castillo de San Antón, pero sucediendo esto, ya estaban embarcando en sus lanchas las tropas del ejército, poniéndose en rumbo a Betanzos y Santiago, pero tuvieron que enfrentarse a unidades sueltas españolas, que ya les causaron algún daño. Al día siguiente desembarcaron tres piezas gruesas de artillería, para desde aquí mejor batir a los galeones, que a su vez estaban impidiendo el paso al resto de la escuadra enemiga, lo que supuso que Bertendona diera la orden de pegarle fuego a su galeón y distribuir a su gente en la defensa de la plaza.

Esa noche los ingleses abrieron trincheras en torno al castillo de San Antón y para proteger a estos, los buques se acercaron para poderlo batir, pero el fuego certero del castillo les causaba muchos daños que acusaron al final. Al mismo tiempo ya se habían desperdigado por la zona los enemigos y a extramuros, en el barrio de la Pescadería consiguieron hacerse con todo él, después de haber muerto sus setenta defensores, consiguiendo al mismo tiempo robar la artillería del galeón San Bernardo, que se encontraba en carena.

El día seis, alcanzaron el monasterio de Santo Domingo, que también estaba fuera de la protección de la muralla, trasladando artillería para ofender a la plaza, pero muy corteses dirigieron un mensaje al gobernador marqués de Cerralbo, que decía: «Los Generales pedían la ciudad para la reina de Inglaterra, y que entregándosela usarían de clemencia, no mirando á la afrenta que el año pasado le había querido hacer nuestra armada; que no lo haciendo se usaría el rigor de la guerra, y que, aunque estuviese dentro todo el poder de España, la habían de tomar dentro de dos días» (Después hablan de las baladronadas de los españoles) El Gobernador se limitó a contestar que «hicieran lo que debían de hacer»

Así se lanzaron al primer ataque y fueron repelidos solo por la artillería de la plaza. Visto lo difícil que iba a resultar, se pusieron a cavar para colocar minas debajo de la muralla, así el día doce hicieron explotar la primera, que por su efecto se desmoronó un gran trozo de ella, el día catorce otra explosión consiguió abrir más la brecha, considerando que ya era suya se lanzaron al ataque, pero fueron rechazados en toda la línea.

No cejaron y al día siguiente, volvieron a atacar siendo otra vez devueltos a sus líneas y el día dieciséis lo intentaron de nuevo, pero en cada ataque sufrían muchas pérdidas, al igual que las propias iban aumentando, por lo que las mujeres empezaron a atender a los heridos, llegando al último asalto inglés, donde las fuerzas de los defensores ya estaban muy mermadas y enfrente aún quedaban más de seis mil enemigos, y con la muralla abierta en un gran tramo, cuando los defensores apenas llegaba a la mitad de los iniciales.

En este último ataque cayó muerto el alférez don Mayor Fernández de la Cámara y Pita. Aquí es cuando nace la ayuda de las mujeres, que encabezada por María Mayor Fernández de la Cámara y Pita, recoge del suelo la espada de su marido ya muerto, subiéndose a continuación a uno de los torreones donde un alférez inglés ya estaba intentando enarbolar su bandera, le dio muerte, girándose al interior y gritando «Quien tenga honra, que me siga» esto se convirtió en un grito de guerra que movilizó a todas las demás, quienes recogiendo las armas de los caídos comenzaron a abrir fuego, consiguiendo hacer retroceder a los ingleses.

Participó después en recoger a los muertos y los heridos, pasando a instalarlos en las casas, donde fueron cuidados sin mirar quien era. Existe el caso documentado de doña Inés de Ben, que recibió en el combate dos balas enemigas. El fallecido era su segundo marido, pero estuvo casada cuatro veces y al morir el último, el Rey don Felipe II al no tener medios de supervivencia, ordenó se le diera como pensión el sueldo de un alférez, grado en el que falleció su segundo esposo en esta defensa, añadiéndole por su valor demostrado cinco escudos a parte del sueldo mensual. Así nació la heroína más conocida por María Pita.

Viendo la imposibilidad de tomar la plaza los ingleses, empezaron a reembarcar el día dieciocho, realizando la salida al día siguiente, dejando en él a dos de sus naves tan maltratadas que las dieron por inútiles y al poco tiempo se fueron a pique. Bertendona se quedó en la plaza hasta que se reconstruyó por completo, habiéndose sumado a su defensa tanto él como sus hombres.

En 1591 le llegaron noticias a don Alonso de Bazán de que una escuadra inglesa, al mando de Thomas Howard conde de Suffolk, se encontraba al acecho en las islas Terceras, así que decidió darle una lección, envío a sus fragatas para transmitir la orden de reunión de todas las escuadra de galeones, a su llamada acudieron todos; Antonio de Urquiola, Martín de Bertedona, Marcos Aramburu, Sancho Pardo y la portuguesa al mando de Luis Coutiño, con ocho de sus filibotes, reuniendo en total sesenta y tres galeones más lo filibotes, con una tropa a bordo de siete mil doscientos hombres. Los ingleses por su parte contaban con veintidós velas de las que seis eran grandes galeones.

Sabedor del punto exacto por donde debían cruzar los buques procedentes de Tierra Firme y lugar conocido por los ingleses, se encontraba entre las islas del Cuervo y de Flores, a ese punto arrumbó la escuadra al completo. Don Alonso quiso coger al enemigo al amanecer o empezando a hacerlo, para que todavía estuvieran fondeados, así que calculó las distancias y velocidad, acoplando a la escuadra para que fuera así, pero por causa de una fuerte racha de viento arrancó de la cepa el bauprés de la capitana de don Sancho Pardo, lo que obligó a que se quedaran al pairo hasta que se reparara la avería, esto provocó un retraso que impidió dar la sorpresa al enemigo.

Efectivamente se alcanzó el lugar a las cinco de la tarde, cuando la escuadra inglesa estaba ya en alerta, maniobrando Howard para ganar barlovento, al estar a tiro de cañón comenzó el combate, pero los ingleses con ese miedo total al abordaje de los españoles, permanecieron siempre maniobrando para evitarlo, el único que no lo hizo fue el galeón almirante, que era uno de los más poderosos de la escuadra inglesa, pues estaba armado con 43 piezas de broce, de ellas 20 en la primer cubierta de cuarenta a sesenta quintales, siendo el resto por ir más altas de entre veinte y treinta. El galeón era el famoso Revenge de Drake, con el que había realizado el viaje a Indias y el ataque a Coruña. En esta ocasión estaba al mando de Richard Greenville.

Cometió el error de no estar pendiente de las maniobras de sus supuestos compañeros, ya que estos llevados por las evasivas que realizaron se fueron alejando, hasta poder cazar bien el viento consiguiendo huir dejando solo y sin miramientos hacía su almirante, así que se le vino la escuadra española prácticamente encima. Pero bien organizados, el primero que llegó a aferrarlo fue el galeón de Claudio de Beamonte y ya con diez hombres dentro del buque enemigo se partieron los cables, visto esto por Bertendona fue quien se aferró por la otra banda, mientras que por el través del tercio de cuadra (popa) le entró Aramburu, pero mientras ya había comenzado a anochecer.

Al entrar los hombres de Aramburu por el tercio de cuadra, fueron los que consiguieron el estandarte enemigo, a pesar de esto sus hombres penetraron hasta el palo mayor, pero el fuego que se les hacía desde el tercio de amura (castillo), les obligó a retroceder, viendo esto acometieron a la vez dos nuevos galeones, el de Antonio Manrique y el de Luis Cotiño, siendo ya cinco contra uno y a pesar de tener la proa deshecha seguían soportando el fuego, la bizarría del inglés hay que dejarla muy clara, ya que en esa situación aún se mantuvo por espacio de tres horas y ya entrada la noche, cuando el galeón enemigo estaba sin palos, el casco con más agujeros que madera y ciento cincuenta de sus hombres muertos o heridos, fue cuando decidió rendirse.

Fue trasportado Greenville al galeón de don Alonso, quien lo recibió con todos los honores, como no era menos de esperar después de tan gallarda defensa, los médicos le atendieron por llevar una gran herida en la cabeza, por su forma debía de ser un tiro de arcabuz, lo que no le permitió vivir mucho tiempo a pesar de los esmerados cuidados que se le dieron.

Los daños propios fueron elevados, ya que la embestida de los dos últimos galeones no solo contra el buque enemigo, sino entre ellos, les causo graves daños en sus proas y a lo largo del combate fueron como un centenar las bajas. Por parte de los bajeles enemigos que huyeron, según los partes de los distintos capitanes, debieron de ser graves, ya que en su huía ‹descubrían los navíos el sebo› o sea que iban muy escorados por cazar el viento, significando se pudieran contar varios impactos de la artillería española en esa zona, por ello es muy posible que alguno no llegara a su isla.

A mediados del año de 1592, se formó una escuadra de apoyo a la población de Blavet, estando al mando en jefe el capitán Zubiaurre, entre ellos Bertendona con una escuadra de diez filipotes, o buques ligeros siendo los encargados de cubrir la distancia entre la población mencionada y las norteñas peninsulares, que a forma de correos con mercancía no paraban de ir y venir. En la población e Blavet se construyeron dos fuertes, entre ellos el llamado León, al que Bertendona le donó una culebrina de a 18 y otra de a 6.

Así continuó la defensa, pero hubo desavenencias entre Zubiaurre y don Juan del Águila, éste iba realizando su guerra por tierra, mientras que el capitán de mar le pedía que no abandonase los fuertes tanto, de hecho estos fueron atacados en varias ocasiones, en una de ellas casi se deshizo la fajina y con ella se iba cayendo la tierra que formaba las muralla. En este ataque en su defensa se encontraban dos compañía de don Juan, una de don Diego de Aller y otra de don Pedro Ortíz Dogaleño, sumando en total trescientos hombres, mientras que el ataque lo llevaban a cabo, tres mil franceses al mando del Barón de Molac, otros tres mil ingleses al mando de Norris, trescientos arcabuceros a caballo y otros cuatrocientos caballeros de fortuna. (Se apuntaban a todos contra España), pero a pesar de ello no consiguieron tomar las fortalezas.

Decidieron esperar y llegaron las fuerzas al mando de René de Rieux, las del señor de Sourdeac, las del gobernador de Brest con su artillería, que la había desmontado de su propio castillo, que en total eran doce piezas de grueso calibre. A parte comenzaron un trabajo de zapa y de cavar trincheras, que comenzó el día once de octubre del año de 1594, al terminar el trabajo hicieron estallar la mina y parte de la fajina se partió, con lo que la tierra que caía rellenó el foso de protección, en ese momento el barón de Molac dio la orden de atacar, mientras que en el otro castillo efectuaban lo mismo los ingleses, el combate duró tres horas pero se tuvieron que retirar con grandes pérdidas, aunque los españoles también habían sufrido, aunque muchas menos en comparación.

Así que decidieron seguir esperando más refuerzos, pero mientras los españoles volvían a reparar la fagina y rellenar los terraplenes de tierra. Arribó un nuevo convoy de Brest, con ellos volvieron a atacar sin esperar más, pero no tenían ya la mina y esto facilitó la defensa, que fue dura y perdieron muchos más hombres los atacantes calvinistas que la vez anterior, incluso los españoles se lanzaron detrás de ellos, causando más mortandad llegando a clavar tres de las piezas de artillería enemiga, con tan solo la pérdida de once hombres por parte española.

Enterado ahora don Juan del Águila del aprieto en que estaban los fuertes, decidió con sus cuatro mil hombres y dos piezas de artillería, ponerse en camino para socorrerlos, pero le cerraba el paso M. de Membarotte con toda la caballería enemiga reunida y le obligó a dar un gran rodeo, esta fue la causa de la pérdida de los fuertes.

El día dieciocho de noviembre del año de 1594, comenzó un nuevo ataque, pero está vez muy bien organizado pues eran varias las fuerzas reunidas y cuando una llevaba un tiempo en combate, era relevada por otra de igual número de atacantes iniciales, en uno de los bombardeos una bala de cañón mató a Paredes, que estaba entre los defensores del fuerte, pero no pudieron romper los enemigos la fortaleza de ánimo de los españoles.

El día diecinueve volvieron a repetir el ataque en forma parecida, pero esta vez al llegar la noche hicieron estallar una mina, que ésta si les favoreció por llevarse parte de la fagina y volvió a llenarse el foso dejando casi el paso libre, llegando a disparar los arcabuces los españoles por habérseles terminado los metales que acompañaban a la carga y a cambio la suplían con monedas de un real de plata e inferiores, pues no tenían otro metal ya a mano, al final solo quedaban unos pocos, siendo, los ingleses los primeros en entrar. Y según palabras de Mr. Moreau, en su obra: ‹Historie de ce quï s’est passè en Bretagne durante les guerres de la Ligue›: «los ingleses pasaron a cuchillo a todo el que encontraban, teniendo en cuenta que habían tantas mujeres y niños como hombres.» (Después hablan de los españoles)

En los fieros combates murieron unos tres mil enemigos, a lo que se debe sumar por los rigores de los inviernos un número parecido, más mucho de los principales, entre ellos el señor Romegón, ordenando el mariscal d’Aumont comandante en jefe del ejército combinado, que tanto los restos de su general como los de Paredes, que habían sido encontrados juntos en tierra, fueran transportados a la iglesia de Brest y que allí se les diera sepultura.

Mientras chevalier de Freminville, capitaine des frégates du Roi, dice «La resistencia de los españoles rayó en lo prodigioso, dando motivo en el fuerte del León á que se manifestaran los rasgos de característicos de cada nación. El español frío, paciente, intrépido y testaduro; el inglés de valor brutal, abusando de la victoria con crueldad; el francés impetuoso, bravo, generoso con el enemigo vencido, cuyo valor admira y cuyo infortunio honra»; Mr. Levot en su obra: ‹Histoire de la ville de Brest› nos dice: «El fuerte fue arrasado porque pretendían los ingleses guarnecerlo; mas desde entonces se llama en Brest, al lugar en que estuvo ‹Punta de los españoles› y en el lenguaje bretón se ha conservado la palabra ‹real› para designar á las monedas pequeñas, por haberlas disparado los defensores á falta de plomo, así como clavos, pedernal y otros cuerpos duros, de que hicieron uso»

Durante todo este tiempo, Villaviciosa y Bertendona, al mando de sus escuadras de unidades ligeras mantuvieron contacto siempre con los fuertes, tanto llevando suministros de boca y guerra, como aportando unidades sueltas a ellos de refuerzo. Pero aparte de esto se convirtieron en la pesadilla de los ingleses y holandeses, ya que en cuanto se descuidaban por ser más ligeras las naves, estaban atacando a las retaguardias de las escuadras, consiguiendo con ello capturar y echar al fondo varios buques enemigos, no dejando sin comunicación a los asediados jamás y no sufriendo pérdidas.

No corresponde al biografiado, pero por los hechos sí al tema y como es algo que no está en casi ningún sitio, consideramos que debe de figurar aquí.

En el mes de julio del año 1595, se le permitió al capitán de mar y tierra don Carlos de Amézola, que se hiciera a la mar en algo parecido al corso al mando de cuatro galeras. Zarpó de Blavet, recalando en una zona de Normandía en poder de los hugonotes, a los cuales los espolió consiguiendo así dinero y víveres para sus hombres, cruzó el canal de la Mancha con rumbo a Cornuaille, que pertenece al termino de Mouse-Hole, donde desembarcó a cuatrocientos arcabuceros acompañados por algunas picas, el pueblo había sido abandonado por sus lugareños al verlos llegar, sin resistencia lo incendiaron y talaron el contorno para privarlos de su mejor bien. Reembarcaron zarpando con rumbo a las villas de Pensans y Newlin, donde existía una fuerza de mil doscientos hombres, hubo enfrentamiento pero más bien fue una parodia, pues a las primeras descargas de los arcabuces rompieron la formación y se desperdigaron por el entorno, consiguiendo entrar en el fuerte donde se tomó un pieza de artillería y tres buques cargados de mercancías, que se añadieron a la división española.

Permanecieron un par de días y reembarcaron, poniendo rumbo de regreso, justo a medio recorrido se encontraron con una flota de cuarenta y seis velas bátavas, como la mayoría eran mercantes aunque en la época siempre iban armados, no dudo un instante y se lanzó a por ellos, el combate transcurrió como debía pero sin mucha oposición por los holandeses, consiguiendo apresar a cuarenta y cuatro de las velas, pues dos, ellos mismos les pegaron fuego para no ser capturadas. Saliendo del combate los españoles con veinte muertos y unos pocos heridos, más la capitana mocha; que fue reparada inmediatamente, siendo el mayor problema disponer de marinos suficientes para marinar la flota a su puerto de destino.

Este hecho de armas escondido entre las hojas de los libros, cuentan sus autores que dolió mucho en la Corte inglesa, ya que a pesar de los muchos años transcurridos se acordaban de cuando los marinos cómo Pero Niño y Fernández de Tovar, les causaron tantos daños y su pueblo atemorizado por sus navegaciones, razón por la que ahora no querían que se repitiera.

A mediados del año de 1596, se recibió en la Corte española la petición de auxilio de los católicos irlandeses, por que el ejército inglés por orden de su reina Isabel I ‹La Virgen› estaban convirtiendo al anglicanismo por la fuerza de las armas a todos los irlandeses, como consecuencia de esta atrocidad el rey Felipe II ordenó el envío de fuerzas a la isla.

Por Real Orden del Rey don Felipe II se estaba concentrando una gran escuadra y flota, compuesta por ciento veintiocho naves en total, de guerra y transporte, en las cuales iban catorce mil hombres del ejército, entre ellos se encontraban cientos de irlandeses católicos, formando así otra gran expedición con la intención de invadir Inglaterra, se le entregó el mando del conjunto al almirante don Diego Brochero, dando al Adelantado Mayor de Castilla don Manuel de Padilla el mando en jefe del ejército a desembarcar y mientras estuviera a bordo, como almirante de ella, siendo los capitanes Zubiarrue, Oliste, Villaviciosa, Bertendona, Antonio de Urquiola y Aramburu.

Fue designado el Ferrol como puerto de concentración de la expedición donde fueron acudiendo los provenientes de los puertos de Lisboa, Guipúzcoa, Vizcaya, Cádiz y Nápoles; estando compuesta por: veinte buques del Rey, doce de particulares, veintisiete alemanes y veinticinco flamencos, en total ochenta y cuatro velas que en sus portes iban desde el galeón Capitana de mil doscientas toneladas del San Pablo, hasta una galizabra por nombre Esperanza de setenta.

Las naves de los particulares estaba encabezada por el galeón Almiranta también de mil doscientas toneladas y el Misericordia de mil, así como otro del Rey también de mil llamado San Pedro, las naves alemanas y flamencas eran todas urcas de seiscientas toneladas la mayor, hasta setenta la más pequeña, con un total de veinticinco mil novecientas once toneladas.

Era en sí, casi una segunda Gran Armada contra Inglaterra, pero que al parecer poco o nada se aprendió de la primera, pues se hizo a la mar en la misma época del año.

 Sucediéndole casi lo mismo que a su antecesora; a mediados del mes de octubre del año de 1597, fueron zarpando del puerto de Ferrol, pero al igual que la vez anterior, al estar en aguas del golfo de Vizcaya, los vientos se tornaron huracanados, lo que levantó la mar con tanta virulencia, que se fueron a pique dieciséis naves con todos sus hombres y bagajes, mientras el resto fueron arrastradas hasta las costas españolas del mar Cantábrico, desde las de Galicia hasta las de Vizcaya, por lo que algunas más se fueron a pique, mientras otras les fue más favorable y consiguieron entrar en algún puerto, lo que les evito perderse y con ellas el total de la nueva Armada.

Siendo Bertendona uno de los capitanes que pudo arribar gracias a su pericia marinera, aunque no sin sufrir los rigores del temporal ya que su buque pudo entrar en puerto en bandolas y con cinco tortores, para tratar de evitar que el buque no se deshiciese.

Con anterioridad se le había nombrado capitán de la escuadra de Vizcaya, con ella continuó realizando salidas para mantener a los ingleses lejos de la costa cántabra, manteniendo a su vez para ello algunos combates.

Como suele ocurrir con estos grandes marinos, al final hay muchas discrepancias sobre la fecha de su fallecimiento, si bien coinciden que ocurrió en Sanlúcar de Barrameda, en 1607.

Pero en la obra de don Cesáreo Fernández Duro; La Armada Española, en su tomo III, en su página 301, donde comienza el capitulo XX. Berbería 1607-1614, en sus páginas 322 y 323 nos dice:

«Al firmarse la tregua por doce años el día nueve de abril de 1609 en Bergh-op-Zoom con los holandeses. Servía, en verdad, de consuelo á la humillación el alivio que proporcionaba á las angustias del erario, descargándole de los gastos enormes de la guerra. El dinero librado ó remitido á Flandes desde el trece de septiembre de 1598 al veinte de junio de 1609, es decir, en el tiempo de reinar D. Felipe III, sumaba en la liquidación de la última fecha, treinta y siete millones cuatrocientos ochenta y ocho mil quinientos sesenta y cinco ducados, acreciendo cada día la progresión el interés de catorce por ciento abonado por atrasos, interés que se acumulaba al capital. Ahora, disminuidas considerablemente las obligaciones, se podía atender á la represión del corso de turcos y argelinos, enemigos únicos que mantenían las armas en las manos y así se decidió, empezando por reorganizar las escuadras creadas con destino regional.
Surgió, por cierto, impensada cuestión del nombre oficial con que se designaba la del Norte, que era el de «escuadra de Vizcaya» Habiendo fallecido el anciano Martín de Bertendona, bilbaíno, su General, se le confió el mando á D. Antonio de Oquendo, hijo del heroico Miguel, aunque joven, distinguido en más de una ocasión.»

Lo que nos lleva casi a afirmar, que su fecha de fallecimiento estaría no muy lejana a la fecha de la firma del tratado de paz, entre los Archiduques de Austria Alberto y doña Clara Eugenia y el rey de Inglaterra don Jacobo I, por una parte y por la otra con el rey de España don Felipe III en 1604. Pero la verdadera guerra se terminó hasta el 9 de abril de 1609, cuando lo firman el rey de España don Felipe III y los Archiduques de Austria, Alberto e Isabel Clara por una parte y por la otra los Estados de las Provincias Unidas, sirviendo de mediadores los Reyes de Francia e Inglaterra, que es en el mismo año en que se emite el informe del gasto y se plantea la reorganización de la Real Armada, por lo que estamos más a favor de que debió fallecer en el mismo año 1609.

No fue uno de los grandes, pero es que en su época los hubieron de mucho más grandes, lo que no le resta su gran importancia, ya que todos ellos lo tuvieron a sus órdenes y eso ya es un buen dato, lo que indica que de haber vivido en otra época hubiera sobresalido mucho más en la Historia.

Notas

  1. Una aclaración al respecto sobre el padre, es que corre por la Red varias biografías admitiendo a pies juntillas, que en el viaje realizado por el entonces Príncipe de Asturias don Felipe (posterior don Felipe II), para casarse con la reina María I Tudor de Inglaterra, escogió la nave de don Martín Jiménez de Bertendona, zarpando el viernes 13 de julio de 1554. En parte es verdad, pero para dejar claro el tema transcribimos lo que dice don Cesáreo Fernández Duro, en su tomo quinto de la Disquisiciones Náuticas. A la Mar madera en sus páginas 18 y 19. «Dice Juan Ochoa de la Salde (en su obra la ‹Carolea› Lisboa, 1585 primera parte, folio 430) que para el pasaje del príncipe D. Felipe, cuando iba á casarse con la reina de Inglaterra, tenía D. Álvaro preparada una galeaza riquísimamente aderezada con bravas salas y cámaras aforradas de grana finísima con muchos franjones de oro: que los embajadores pidieron al Príncipe por merced que embarcase en una nave que para este efecto envió la reina doña María, pero que les fue respondido no había lugar á ello por estar ya acordado fuese la embarcación en otra. Sentidos los ingleses de semejante respuesta, trazaron (ora fuese de envidia, ora de particular interés) pedir se hiciese el viaje en la que ellos designáran, pues sería tal que S. A. sería bien servido, y deseando el Príncipe no desfavorecer del todo á los embajadores, se lo concedió, y ellos señalaron una nao de Martin de Bretendona, vizcaíno, si bien por desagraviar á D. Álvaro, cuya galeaza había el Príncipe escogido en primer lugar, le mandó se embarcase con él en su nao y que hiciese lo que él quisiese en aquel viaje» (Se presupone, porque razones no les faltaba, que la insistencia de este cambio fue motivado por una sola razón, no siendo otra que poder estar más tiempo a bordo para estudiar detalladamente el buque y tomar buena nota de su construcción, más todos los datos posibles de los buques cántabros, que tantas veces en sus combates con los ingleses, éstos no habían salido muy bien parados. No en balde este galeón, pues ya estaba construido con las medidas de los de don Álvaro, era de quinientas sesenta y cinco toneladas, con tres gavias y de los mejores de su tiempo, por nombre tenía el de Espíritu Santo, pero era más conocido por la Bertendona, apellido de don Martín Jiménez de Bertendona su propietario, siendo el mismo en el que don Carlos I realizó su último viaje, cuando fue transportado a España. No es de extrañar el interés de los ingleses por él. Obsérvese a su vez el baile de la (r) en su apellido de la escritura antigua a la actual.)

Bibliografía:

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Díaz-Plaja, Fernando.: La Historia de España en sus Documentos. De Felipe II al Desastre de 1898. Plaza y Janes. Barcelona, 1971.

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Madrid, 1996.

Fernández Duro, Cesáreo.: Viajes Regios por Mar en el transcurso de quinientos años. Sucesores de Rivadeneyra. Madrid, 1893.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

VV. AA.: La Armada Invencible. Círculo de Amigos de la Historia. Madrid, 1976.

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