Liniers y Bremond, Santiago de Biografia

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Biografía de don Santiago de Liniers y Brémond


Retrato al oleo de don Santiago de Liniers y Brémond. Jefe de escuadra de la Real Armada Española. Cruz de Caballero de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. Caballero de la Real y Militar Orden de Montesa.
Santiago de Liniers y Brémond.
Cortesía del Museo Naval. Madrid.


Jefe de escuadra de la Real Armada Española.

Cruz de Caballero de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta.

Caballero de la Real y Militar Orden de Montesa.

Virrey, Gobernador y Capitán General del virreinato De la Plata

Orígenes

Vino al mundo el 28 de julio de 1753 en Niort, en Poitiers (Francia), siendo sus padres don Jacobo José Luis de Liniers, Conde Liniers y de doña Enriqueta Teresa de Bremond, a muy corta edad fue llevado por su padre a la isla de Malta, donde quedó internado como paje en la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta, donde recibió una esmerada preparación cultural y militar, permaneciendo hasta 1770.

Comenzó su carrera sirviendo en calidad de subteniente en el regimiento de caballería Real Piamonte hasta el año 1774, por entregar su dimisión al barón de Talleyrand, quien era su coronel y jefe.

Hoja de Servicios

El 6 de mayo de 1775, se incorporó a la Armada española en calidad de aventurero y se embarcó en el navío San José, en la escuadra del general don Pedro González de Castejón, participando en la protección y apoyó de la expedición militar contra la plaza de Argel, al mando el ejército del general O’Reilly, compuesta por un contingente de veintidós mil ochocientos veintidós hombres de todas las armas.

Las fuerzas desembarcaron en las cercanías de la plaza, cometiendo el error de internarse demasiado debilitando la línea de suministros, por ello fueron atacadas por una gran masa de enemigos, viéndose en la necesidad de retirarse hacía las playas, no se convirtió en un gran desastre, gracias al apoyo artillero de los buques de la escuadra, que frenaban el avance de los moros, a pesar de ello se sufrieron dos mil ochocientas siete bajas, incluidos doscientos dieciocho jefes y oficiales. Liniers asistió a los combates como ayudante del príncipe Camilo de Rohan, participando tanto en los buques sutiles como en los de mayor porte.

Al regresar de esta fallida operación al arsenal de Cádiz el 16 de noviembre de 1775, sentó plaza de guardiamarina en la Compañía de éste Departamento, embarcando seguidamente por orden en el navío San José. Expediente N.º 1.420.

El 3 de marzo de 1776, fue ascendido a alférez de fragata, recibiendo la orden de embarcar en el bergantín Hop, perteneciente a la escuadra del marqués de Casa Tilly, en la expedición de trasladar a las costas del Brasil al ejército del general Cevallos, cuando éste ocupó la isla de Santa Catalina, regresando y fondeando el día 1 de agosto del año 1778, en la bahía de Cádiz.

En 1779, se le ordenó embarcar en el navío San Vicente, insignia del general Arce, incorporado en la escuadra franco-española, al mando del general don Luis de Córdova, y la francesa a las ordenes del conde D'Orbilliers, participando en la primera campaña del canal de la Mancha, tan gran despliegue de medios no tuvo otra consecuencia que obligar la retirada de la flota británica a sus puertos y arsenales, cayendo en poder de la escuadra combinada el navío británico Ardent, de 74 cañones.

En 1780, participó en el combate del cabo de San Vicente, donde la escuadra del general don Luis de Córdova, apresó a un convoy británico de cincuenta y cinco velas, cargadas con pertrechos para su ejército entonces en lucha contra los independentistas norteamericanos, Liniers fue uno de los designados a marinar una de las fragatas armadas apresadas, fondeando en la bahía de Cádiz, siendo ésta una de las que después se unió a la escuadra española. Durante un tiempo estuvo cruzando entre los cabos de San Vicente y Santa María, en misión de protección del tráfico marítimo proveniente de ultramar.

En 1781 se le ordeno embarcar en el navío San Pascual, incorporado en la escuadra del general Buenaventura Moreno, dando escolta a los transportes con las tropas del ejército a las órdenes del duque de Crillón, con el que se llevó a cabo la reconquista de la isla de Menorca.

Desembarcado el ejército y bloqueado el puerto de Mahón, habían entrado, forzándolo, dos fragatas británicas, quedando fondeadas a menos de un tiro de fusil del fuerte de la Reina, el teniente de fragata Liniers, tuvo la honra de ser escogido por su general, quien conocía muy bien sus cualidades, para dar un golpe de mano con dieciséis lanchas armadas y apoderarse de ambas fragatas, una de ellas del porte de 14 cañones y la otra de 10.

No pudo realizar la operación de noche por la espesa niebla reinante, obligándole a esperar que despejase y ello ocurrió ya de día, sobre las ocho de la mañana abordó a las fragatas y las rindió, en medio de un horroroso fuego que le hacían desde tierra y desde los mismos buques, a pesar de ello las rindió siendo marinadas hasta dejarlas a sotafuego de la escuadra española, cubriendo las jarcias y dando los vivas de ordenanza, al pasar a la altura del navío insignia, todo esto con gran cantidad de heridos y muertos a bordo, siendo el propio Liniers uno de los heridos, pues lo fue en el brazo izquierdo.

Por su heroico comportamiento, por los méritos contraídos fue ascendido a teniente de navío, continuando en sus servicios, durante todo el resto de la guerra de reconquista de la isla de Menorca.

Se le otorgó el mando de un bergantín del porte de 18 cañones, incorporado a las fuerzas navales destinadas al bloqueo del peñón de Gibraltar, poco tiempo después se le otorgó el mando de la balandra Tártaro del porte de 24 cañones, siendo comisionado para transportar pliegos a las regencias norteafricanas, al finalizar se incorporó al apostadero de Algeciras.

El 13 de septiembre de 1782 se produjo el ataque a Gibraltar, defendido con tesón por el general británico Elliot, por parte de las baterías flotantes ideadas por el ingeniero francés D’Arçon, yendo embarcado en la llamada Tallapiedra, e insignia de S. A. R. el Príncipe de Nassau, cuando las ‹ balas rojas › de los defensores, prendieron fuego a las baterías, se mantuvo junto al Príncipe y comandante don Nicolás Estrada, hasta poco antes de irse a pique, en total hubieron trescientos treinta y ocho muertos más ochenta ahogados, seiscientos treinta y ocho heridos, y trescientos prisioneros.

El general de la escuadra don Luis de Córdova, una vez destruidas las flotantes, le confió el mando del bergantín de guerra Fincastle.

El convoy británico con su escuadra de protección al mando del almirante Howe, aprovechó un duro temporal que le facilitaba cruzar el Estrecho y entrar en Gibraltar, por ello don Luis de Córdova lo esperó a su salida, librándose el combate del cabo Espartel el 20 de octubre siguiente, sin mayores resultados por llevar los buques británicos sus obras vivas ya forradas de cobre, permitiéndoles mantenerse a distancia de fuego por tener mayor velocidad.

A pesar de ello en palabras del almirante Howe admiró: «…el modo de maniobrar de los españoles, su pronta línea de combate, la veloz colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y la oportunidad con que forzó la vela la retaguardia acortando las distancias » El combate tuvo una duración de cinco largas horas.

Liniers destinado a ir en la vanguardia con su bergantín, apresó a la fragata de transporte británica Elisa, pero armada con 22 cañones, transportando tropas de artillería del ejército y uniformes para tres regimientos; realizó su presa bajo el fuego de un navío británico, quien a pesar de su mayor potencia de fuego no pudo impedirlo; la condujo hasta el costado del buque insignia español, el general en jefe, le izo la señal de ‹ apruebo la maniobra › y después le hizo llegar una comunicación encomiástica.

Por su valor e intrepidez y el buen resultado de su acometividad, a petición de su general se le ascendió por Real orden del 21 de diciembre de 1782, al grado de capitán de fragata.

El 20 de enero y ratificada el 3 de septiembre se firmó la paz de Versalles, recibiendo la orden poco después de incorporarse al Departamento de Cartagena y en él fue asignado con su buque a la escuadra del general don Antonio Barceló, con la que debía llevar a cabo el bombardeo de la plaza de Argel, zarpó la escuadra el 1 de julio, presentándose ante la plaza el 26, por haber sufrido un furioso temporal, comenzando el bombardeo el 1 de agosto siendo el primero de los nueve que se realizaron, de nuevo su arrojo de siempre, le hizo merecedor de la felicitación de su general y la de sus jefes inmediatos, regreso al puerto de Cartagena con la escuadra, recibiendo la orden de pasar al Departamento de Ferrol donde quedó desembarcado por pasar a desarme su buque.

A petición propia se le concedió embarcar en la fragata Sabina, uno de los buques destinados a levantar el Atlas de las costa de España, a las órdenes del brigadier don Vicente Tofiño de San Miguel, permaneció en éste destino algo más de un año, poco después fue destinado a la escuadra de evoluciones y en el mes de febrero de 1788, fue destinado al apostadero del Río de la Plata.

Encontrándose aquí le fue entregada la Real orden del 17 de enero de 1792, con su ascenso al grado de capitán de navío, al ser declara la guerra de nuevo con el Reino Unido, entre los años de 1796 a 1802, estuvo al mando de las lanchas cañoneras que se armaron en Montevideo, con ellas mantuvo varios combates contra las fuerzas enemigas que atacaban la navegación española.

El 27 de marzo de 1802 se firmó la paz de Amiens con el Reino Unido, siendo comisionado para comprar varios buques de menor porte para reforzar los pocos existentes, pues a pesar de la paz los británicos no frenaban en la depredación de las aguas, siempre a la espera de poderse hacer con algún buque suelto cargado con caudales.

Se encontraba de crucero por el mar del Plata a bordo del bergantín Belen, con insignia de jefe de división, enfrentándose a una fragata y dos bergantines los cuales intentaban dar caza al navío mercante Santo Domingo, perteneciente a la compañía de Filipinas el cual transportaba caudales y especies de alto valor con rumbo a la península, evitando con su intervención fuera capturado.

En 1806 se encontraba de jefe del apostadero de Buenos Aires, cuando el virrey Sobremonte supo la aproximación de los británicos le encomendó el mando de las fuerzas de mar y tierra que estaban dispuestas para la defensa de la ensenada de Barragán.

Al llegar el comodoro Home Popham, a la ensenada de Barragán se dio perfecta cuenta de lo bien defendida que estaba, por ello prosiguió su viaje río arriba desembarcando sus fuerzas, al mando del general Beresford, optando por la más fácil de Quilmes, a unas cuatro leguas de Buenos Aires, pasó el tiempo y el virrey no desplegó la debida actividad para preparar la defensa, ni siquiera ante la presencia de los enemigos armó a la milicia, dos días tardó la plaza en reaccionar cuando los británicos estaban perfectamente organizados en tierra, dirigiéndose a la ciudad atravesando un estero o zona pantanosa que los naturales creían intransitable.

El virrey, después de algunos combates de poca importancia, se retiró a la ciudad de Córdoba con los caudales públicos, permaneciendo alejado de la lucha con diferentes pretextos.

El ejército británico compuesto por unos mil seiscientos hombres no tuvo resistencia alguna desde el 24 que desembarcó la tropa hasta el 27 que capituló la ciudad de Buenos Aires, por no haber encontrado a nadie enfrente por falta de órdenes.

No estando comprendido Liniers en la capitulación, se retiró a Montevideo, donde el brigadier comandante general de marina don Pascual Ruiz Huidobro alistaba una expedición de socorro, la Junta pensó que era bueno entregarle el mando a Liniers, don Pascual no puso ninguna objeción y así se hizo cargo don Santiago.

El 23 (obsérvese que la fecha es un día antes del desembarco de los británicos) se puso en camino con sus quinientos soldados y cien migueletes, con destino a los Canelones, al llegar las lluvias ocasionaron el desbordamiento del río, obligándole a permanecer ante la imposibilidad de avanzar hasta el 26, éste día por estar el terreno más practicable se puso de nuevo en marcha, para ello ordenó reunir todos los botes de Santa Lucia Chica, con ellos formó balsas de mayores proporciones pudiendo así cruzar todas sus fuerzas el río, llegando por la tarde del mismo día a la población de San José en la colonia de Sacramento.

Al llegar se encontró con la escuadrilla al mando del capitán de fragata don Juan Antonio Gutiérrez de la Concha, compuesta por seis zumacas y galeotas, armadas con cañones de á 18 y 24 y una con obuses de á 36; nueve lanchas cañoneras y ocho transportes, el 29 se presentó en el fondeadero un bergantín británico, en misión de explorador, siendo ahuyentado a cañonazos por los buques al mando de Gutiérrez de la Concha, habiendo sufrido el enemigo varios impactos en su casco y arboladura, siendo incorporados a la columna de Liniers otros cien hombres de milicia que se habían podido armar, y preparar gracias a las aportaciones económicas de los habitantes, algo de sus jefes políticos y otra parte por los mismos oficiales y jefes de la tropa y la Armada.

El 1 de agosto, Liniers entregó a los jefes para que fuera leída a las tropas una orden general, la cual añadió no poca fuerza a las suyos. Salió la expedición de Sacramento el 3 siguiente, una corbeta británica en comisión de aviso quiso saber lo que ocurría, pero los cañones hablaron y la pusieron en fuga, fondeando sus buques el 4 en las Conchas a la vista de Buenos Aires, produciéndose el desembarco total de la fuerza en menos de quince minutos.

Consideró Liniers que el empleo de los buques iba a ser problemático y necesitando reforzar sus fuerzas, de acuerdo con Concha ordenó el desembarco de trescientos veintitrés hombres de sus dotaciones, poniéndolos al mando de su mismo jefe y utilizando a otros oficiales del cuerpo general de la Armada como subordinados.

Después de pasar una noche al raso y sobre las armas, se dirigió al pueblo de San Isidro, el cual atravesó entre aclamaciones de sus habitantes, vivaqueando a su salida, pasando una terrible noche de agua y viento, prosiguió en el mismo lugar hasta el 9 de agosto, en que al fin amainó el agua, poniéndose de nuevo en movimiento tomando posiciones en la Chacarita de los Colegiales y al día siguiente en los Mataderos del Miserere, posición dominante para atacar la ciudad.

 Óleo de Charles Fouqueray 1909.
La reconquista de Buenos Aires 1806
Museo Histórico Nacional. Argentina.

Realizadas las intimidaciones de rigor a los británicos para que se rindiesen, el general británico las rechazó pensando disponía de más fuerzas, mejor armadas y entrenadas, la respuesta fue inmediata, pues dio orden de ataque a las cinco de la tarde, pero las avanzadas de los españoles capturaron a dos enemigos, quienes informaron que en el plaza del Retiro habían doscientos hombres, alcanzaron las posiciones y comenzó el fuego, al principio los enemigos se defendieron bien, pero tras un duro enfrentamiento aunque corto, entraron en la plaza, capturando a quince enemigos, habiendo muerto algo más de treinta. Liniers como buen jefe siempre iba a la cabeza de sus hombres.

El 12 el general británico Beresford, acudió con quinientos hombres y dos cañones, pero fue rechazado en toda la ciudad, extendiéndose el combate por las calles de Merced y la Catedral, donde cercaron la plaza, los británicos disponían de 18 piezas de artillería, se mantenían en las calles de acceso y tropas en las azoteas de la Recoba y otros puntos de interés. El combate se alargó dos horas, pero fueron vencidos en toda su línea, no quedándoles otro lugar de refugio que el fuerte, ante esto Liniers tuvo que impedir a sus soldados incumplieran las órdenes y no asaltaran el lugar si se podían evitar más pérdidas humanas, como de hecho así fue pues el general británico izó bandera de parlamento.

Liniers se expresa en su parte, donde se refleja su caballerosidad, primero le abrazo (esto no lo dice en el parte), a continuación escribió: «Con mi ayudante salió del fuerte el general Beresford, y encontrándose conmigo, en pocas palabras le expresé, que la justa consideración que me merecía su valor me hacían concederle los honores de la guerra.»

Ordenó formar a sus hombres y por delante desfilaron los británicos batiendo marcha, rindiendo las armas en el glacis de la ciudadela, en número de mil doscientos hombres, habiendo perdido solo en ese día cuatrocientos doce y cinco oficiales en total de bajas, quedaron en poder de los españoles, veintiséis cañones y las banderas del regimiento 71, así como un rico botín valorado en 60.000.000 de reales.

Las banderas estuvieron durante mucho tiempo depositadas en la iglesia de Santo Domingo, con una inscripción que decía: «Del escarmiento del inglés. — Y de Liniers en Buenos Aires, gloria.»

Liniers en todos los combates perdió a ciento ochenta hombres y tres oficiales, siendo herido de gravedad el teniente de fragata don José de Córdova y Rojas, el alférez de navío don José Miranda y el alférez del ejército don Juan Bautista Fantin.

Redactó su parte de los combates, resaltando el valor demostrado por todos sus hombres, pero en él incluye un dato que no ha sido muy divulgado, dice. «…no debo omitir la de una mujer de un cabo del ejército llamada Manuela la Tucumanesa, quien combatió al lado de su marido y mató a un soldado inglés, del que me presentó su fusil.»

Con la reconquista de la ciudad de Buenos Aires, Liniers adquirió una enorme popularidad en todo el territorio del Plata, pero por su modestia le hizo dimitir de su cargo de general en jefe de las tropas, ¿o sería lo bien que se llevaba con el virrey?

El virrey Sobremonte, receloso de que los británicos intentasen de nuevo otro ataque, y para quitarse responsabilidades, sobre todo de mando, para el cual no estaba muy dotado, le negó su dimisión y le confirmó en el cargo de comandante general de las armas.

Por ello no cesó en su actividad dedicándose especialmente a la organización, así pronto tuvo levantados diez batallones de infantería, dos de artillería y siete escuadrones de caballería, reparó y reforzó las fortificaciones, hospitales, depósitos de víveres, armas y pertrechos, con gran acopio de todo lo necesario y pronto a ser utilizado.

Por Real orden del 24 de febrero de 1807, al tener el gobierno la noticia de la gloriosa hazaña de Liniers, se le ascendió al grado de brigadier, convirtiéndose en una promoción general para todos los participantes en la victoria, por ello fueron todos los participantes ascendidos un grado.

Consignaremos un hecho curioso, el de que el mismo general Beresford, entonces enemigo, sirvió en la campaña de la guerra de la Independencia en la península consiguiendo algunos triunfos, distinguiéndose muy especialmente en el combate de la Albuera. Figuró hasta su fallecimiento en la lista de los capitanes generales de España, con el título de marqués de Campo-Mayor.

Como era de esperar el Reino Unido no se conformó con el revés recibido en Buenos Aires y formó una nueva expedición, esta vez de quince mil hombres, al mando del general Whitelocke, transportado al Plata en la escuadra al mando del almirante Murray.

A finales de octubre de 1806 se presentó ante Montevideo, con cuya plaza intercambió numerosos fuegos, pasaron luego a atacar Maldonado y la isla Gorriti, siendo tomados después de una brava y gloriosa defensa.

Fue enviado en refuerzo, el comandante don Félix Abreu con cuatrocientos hombres al cerro de San Carlos, con orden de no entrar en contacto con el enemigo, lo que trato de evitar, pero sus propias tropas envalentonadas le empujaron al enfrentamiento sufriendo un desastre cayendo muerto al igual que su segundo.

El 18 de enero de 1807, el general Samuel Achumty, con cinco mil hombres desembarcó al oeste de Punta Carretas e intimó a la rendición de la plaza de Montevideo. Al ser la respuesta, en contra de sus intereses y con mucha firmeza, realizada por el virrey Sobremonte, los británicos atacaron, por ello se tuvieron que retirar las fuerzas españolas, al mando personal del virrey a la villa de Guadalupe, con esta mala fortuna terminó de desacreditarse el marqués de Sobremonte.

Efectuaron una salida los españoles de Montevideo, al mando del brigadier Lecoc y el marqués general Viana, con sus tres mil hombres siendo derrotados, ante la superioridad numérica y el fuego realizado desde los buques de la escuadra británica, murieron seiscientos españoles y el resto huyó a guarecerse cada uno por donde pudo.

Se organizó la defensa de la plaza y se pidieron refuerzos a Buenos Aires, de donde salieron tres mil doscientos hombres, al mando de don Santiago de Liniers, la vanguardia llegó a la vista de Montevideo el 3 de febrero de 1807, pero al acercarse se percataron de estar tomada por los británicos, con un vigoroso ataque y después de catorce días de heroica resistencia, Liniers no quiso jugarse todas sus fuerzas ante un enemigo tan superior, optó por retirarse a Buenos Aires, para no disminuir las fuerzas que habían para defenderla, pues después de la victoria los enemigos efectuarían el ataque a la capital.

Llegado a la ciudad, se puso a organizar su defensa, comenzó a armar a todos los habitantes que aún no lo estaban, fortificó las casas y edificios públicos, preparando frascos de fuego y granadas de mano en las azoteas, para así tener a mano en caso de retroceder todo lo que pudiera causar bajas al enemigo.

Al ser inútil la escuadrilla ante la aplastante superioridad naval enemiga, desembarcó, como la vez anterior a las dotaciones y con ellos formó un cuerpo de más de cuatrocientos hombres, marineros y soldados de infantería de marina, a las ordenes del capitán de navío Gutiérrez de la Concha.

El general Whitelocke, reembarcó en sus buques a doce mil hombres y el 23 de junio se presentó ante Buenos Aires, Liniers hizo salir a sus fuerzas, unos diez mil hombres, a un punto conveniente para desde él acudir a cualquier otro lugar, pues el enemigo con su escuadra podía elegir el punto que más le conviniera, así lo esperaría cerca de las murallas de la plaza, pero no en su interior por disponer los enemigos de mucha artillería, lo que convertía la defensa impracticable.

Dividió sus tropas compuestas por diez mil hombres, entre veteranos, milicianos y marinos, siendo divididos en tres cuerpos, el derecho al mando del coronel don César Balbiany, el centro al mando del coronel don Francisco Javier de Elio y el izquierdo, al mando del coronel don Bernardo de Velasco, Gobernador del Paraguay, detrás la artillería con cañones y obuses, sumando cuarenta y cuatro piezas, más una reserva en dos divisiones formada por los marinos y al mando toda ella del capitán de navío don Juan Gutiérrez de la Concha, formando este dispositivo a dos leguas de la ciudad y en dirección N. a S.

Desembarcaron los doce mil británicos en la ensenada de Barragán, al mando del general Whitelocke, en jefe, y subordinados Auchumury, Crowford y Lumbey el 28 de junio, pero no llegaron hasta el 1 de julio a los Guilmes.

Liniers maniobró para no perder la cara al enemigo, replegándose sobre las tapias de la población conforme iban avanzando los enemigos, pero siempre sin perder la formación. El 2 hubo un duro tiroteo entre guerrillas, por su causa se perdieron algunos puntos de domino español, pero los británicos perdieron trescientos hombres y nueve oficiales. El 3 de julio los británicos dividieron sus fuerzas en cuatro columnas, cada una al mando de uno de sus generales, mientras Liniers había ocupado la Chacarita de los Colegiales y la reserva de Concha el Retiro.

Los británicos comenzaron el ataque por el Retiro y la Plaza de Toros, y pronto se hizo general por todos los lugares, mantenía aquellas posiciones Gutiérrez de la Concha, con su cuatrocientos marineros e infantes de marina quienes resistieron más de tres horas el empuje de tres mil británicos, hasta terminársele las municiones y perdido más de la mitad de sus hombres más varios oficiales, quedando él mismo herido en dos ocasiones y prisionero con doce oficiales y ciento cincuenta hombres, contándose entre los heridos graves el teniente de navío don Jacinto Romarate y don Cándido Lasala.

El combate en el Convento de Santo Domingo, fue más afortunado para los españoles, si bien éstos al principio se retiraron, después cercaron a los británicos en dicha posición, quedando prisionero el general británico Crawford con mil de sus hombres, siendo vencido por el coronel Elio.

El 5 a las seis de la mañana los británicos comenzaron el ataque sobre el Retiro, pero cada calle, azotea e incluso una habitación defendida por su dueño con sus criados, se iba convirtiendo en una fortaleza, retrasando el avance y causando bajas en contra de lo supuesto por el general enemigo al mando, quien intentaba alcanzar la reunión de su fuerzas sobre la plaza de la Catedral, pero le fue imposible al ser todos los habitantes un enemigo a combatir.

En tan solo tres días de combates, gracias a las acertadas disposiciones y maniobras del general Liniers, sufrieron los británicos más de cuatro mil bajas, pues a excepción de la victoria del Retiro en los demás puntos fueron derrotados o rechazados. El general en jefe británico Whitelocke, viendo que sus planes no le salían a su entera satisfacción, pidió una suspensión de las armas, aceptando don Santiago de Liniers, las tropas españolas habían perdido, entre muertos y heridos a treinta y siete oficiales, y setecientos ochenta y cuatro hombres.

Al término de las hostilidades, en las que Liniers se había batido como el más bravo, se desvivió en el cuidado de los heridos, visitando los hospitales a pesar de estar él también herido en el costado izquierdo.

El 7 de julio se firmaban las capitulaciones, entregándose por ambas partes los prisioneros, los británicos conservarían sus armas embarcarían con rumbo a Montevideo, pero en esta ciudad serían entregadas a los españoles dos meses después de firmadas las capitulaciones, añadiendo en el tratado, que el Reino Unido no volvería a intentar la conquista de aquellas tierras durante el resto de la guerra.

Al llegar la noticia a España, y siendo conocedor de los heroicos comportamientos, el Gobierno concedió a la ciudad de Buenos Aires los títulos de «Muy noble» y «Muy leal», a su Ayuntamiento, el tratamiento de excelencia y a cada uno de sus concejales, el de señoría.

A Liniers se le concedió el ascenso a jefe de escuadra, siendo nombrado además Virrey, Gobernador y Capitán General del virreinato De la Plata, y por extensión a todos los jefes y oficiales que tomaron parte en aquellos combates de la defensa de Buenos Aires, se les ascendió un grado.

El virrey Liniers dedicó todos sus cuidados y desvelos a normalizar el Virreinato y proteger los intereses de sus habitantes quienes habían demostrado saber defenderse muy bien contra enemigo muy superior. Antes de terminar el año 1807, se le confirió la encomienda de Ares del Maestre, en la Orden de Montesa.

La abdicación de Bayona, no alteró su resolución de proclamar rey a don Fernando VII, a los pocos días se presentó el barón de Sastrey emisario de Napoleón, pero Liniers no quiso recibirlo por sí sólo y reunió al Ayuntamiento y a la Audiencia, ante cuyas corporaciones admitió al emisario de la república francesa, éste le instó para que proclamase a José Bonaparte, al propio tiempo le enviaba el Gran Cordón de la Legión de Honor, como premio de sus campañas contra los británicos.

Rechazó las propuestas y la alta condecoración, por proceder de un soberano enemigo de su patria, reafirmándose en don Fernando VII, ordenando inmediatamente a todo el virreinato jurase por rey al "Deseado", al llegar el brigadier José Manuel Goyeneche, después conde de Guaqui, diputado encargado por la Junta Central para efectuar el dicho juramento, se la encontró realizado y ratificado.

Algunos descontentos vertieron la posibilidad, de que como Liniers era de origen francés podría traicionar a España en beneficio de la república francesa al estar ambas en guerra, como era su proceder actuando siempre con la mayor lealtad y para que ésta no sufriera ningún contratiempo, dimitió para conservar la tranquilidad pública, dejando su alto cargo en manos de la Audiencia.

El pueblo, el ejército y la marina lo aclamaron como virrey, siendo confirmado por la Audiencia, por ello continuó sus tareas como tal, no obstante, envió a la Junta de Sevilla reiteradas súplicas para ser relevado del alto cargo y mando. Al fin accedió aquella, concediéndosele para sí y sus hijos el título de Castilla de conde de Buenos Aires, libre de lanzas y media annata, con una renta de 100.000 reales anuales, sobre las cajas del virreinato, mientras no se le aseguraran terrenos que produjesen ésta renta. Por las circunstancias que siguieron no tomó posesión de la renta ni tampoco se le expidió el título.

Pero sí cumplió con su palabra, entregó el mando de Buenos Aires al mariscal de campo don Vicente Nieto, asegurada la plaza se desplazó a Montevideo, por estar en el conocimiento de haber llegado el nuevo virrey, el teniente general de la Real Armada don Baltasar Hidalgo de Cisneros, siendo el mes de julio cuando le entregó el mando del virreinato.

Los descontentos quisieron desacreditar al nuevo virrey y Liniers, le defendió contra la opinión mal orientada por aquellos, publicando un manifiesto enumerando las muchas cualidades de su sucesor.

En la ciudad de Buenos Aires quisieron realizar alguna manifestación pidiendo que Liniers se quedase, pero él, siempre obediente a los mandatos de sus superiores, se dirigió hacía Sacramento a entrevistarse con Hidalgo de Cisneros, una vez entregado el mando en Buenos Aires al mariscal de campo Nieto.

Al tomar el mando el nuevo Virrey envió un manifiesto al Gobierno, denunciando las falsedades vertidas sobre su antecesor en el cargo, poniendo de manifiesto sus inmejorables y relevantes cualidades. Liniers se había retirado a la ciudad de Córdoba de Tucumán, donde continuaba de Gobernador su entrañable amigo Gutiérrez de la Concha, desde esta localidad solicitó y se le concedió pasaporte para regresar a la península.

Tenía la sana intención de pedir se le formase el juicio de residencia a su llegada a Cádiz, para dejar constancia clara de su conducta como Virrey de las tierras del Plata.

Todo estaba dispuesto para su regreso, cuando el 25 de mayo de 1810 sobrevino la sublevación de Buenos Aires y la destitución del virrey Hidalgo de Cisneros, éste para tratar de resolver el desorden le envío un comunicado de petición de ayuda a Liniers, para aprovechar el gran ascendente sobre los ciudadanos de aquella capital, se pusiera en camino tratando de restableciera el orden y la paz en el virreinato, pero el emisario un joven llamado Lavin, se dirigió a casa del deán Gregorio Funes, por unirles una relación de amistad.

El deán era agente secreto de la insurrección en la ciudad de Córdoba, acompañando a Lavin a casa del general Liniers, enterado del contenido Liniers lo puso en conocimiento del gobernador Gutiérrez de la Concha, quien reunió a las cinco de la mañana un consejo, formado por el obispo, general Liniers, oidor jubilado Moscoso, honorario Zamalloa, los alcaldes de primero y segundo voto, coronel de milicias Allende, oficiales reales, asesor del gobierno Rodríguez y por política, el deán Funes, a pesar de las sospechas que sobre él recaían.

El obispo recibió juramento de todos para que guardasen el secreto más absoluto, Liniers, desconfiando de las tropas cordobesas, propuso salir con destino al virreinato del Perú, para levantar allí un ejército con el que reducir a Buenos Aires, presentando un combate definitivo.

La sesión de ésta junta fue abierta por Concha, con estas palabras: «Mi resolución es derramar hasta la última gota de mi sangre por defender al rey don Fernando VII, los derechos de la nación y la autoridad que está a mi cargo.»

Todos los de la junta se mostraron conformes al plan de Liniers, excepto el deán Funes, quien viendo los efectos fatales que podía acarrear a la causa que defendía, se esforzó con su elocuente verborrea para convencer a todos haciéndoles presente que sólo la presencia de Liniers, bastaba para conjurar el peligro.

Habiendo fracasado en su misión, el deán movió a sus agentes, quienes comunicaron a la Junta Revolucionaría de Buenos Aires, poniéndola al corriente de todo lo que se había tratado, sobre todo del intento de don Santiago Liniers para llegar a Buenos Aires e intentar apaciguar los ánimos, aprovechando su gran prestigio demostrado con su buen hacer y valor, por ello pedía se levantasen partidas, para cortarle el paso, tratando de evitar se pusiese en contacto con los jefes militares del Alto y Bajo Perú.

A su vez Liniers también tenía agentes, quienes le informaron de las intenciones del deán, por ello suspendió su salida y hizo circular órdenes para que las tropas se concentrasen sobre la plaza de Córdoba. Ésta medida tuvo fatales consecuencias para los realistas, pues el espíritu revolucionario que se alentaba en aquella ciudad, conquistó pronto a las tropas concentradas.

Liniers desconfiaba de las tropas de ésta plaza, pero no tenía a mano otras por lo que se arriesgo, entre los ciudadanos de la capital se movían muy bien los correligionarios del deán Funes y su hermano, a tanto llegaba su poder de convicción que reunidas las nuevas fuerzas en torno a la capital, a los pocos días estaban de parte de la revolución con su principal idea; la independencia.

Por las mismas fechas, la Junta de Buenos Aires envió a Córdoba, a uno de sus más representativos personajes, Mariano Irigoyen, quien además era cuñado de Concha, para entrar en conversaciones con el Gobernador, llevándole unas cartas del presidente Saavedra, en las que se trataba de hacer entrar en razón, tanto a Liniers como a Concha, para que abandonaran sus posiciones de defensa a ultranza del Rey de España, a lo que los dos se negaron rotundamente, pues significaba traicionar a su patria y a la que le habían prestado juramento de defenderla.

A finales de julio llegó la noticia de haberse formado un ejército con los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, habiéndose puesto en marcha contra la de Córdoba, salió Liniers con sus escasos mil hombres en armas al encuentro, más en las primeras jornadas se produjo la deserción masiva, llegando a quedarse con el general solamente veintiocho oficiales, la mayor parte de ellos de origen europeo.

El ejército, enviado desde Buenos Aires, se estaba aproximando a su posición y estaba al mando de Balcarcer, razón por la que su mayor número aconsejaba salir pronto, de la ciudad de Córdoba.

Liniers ordenó no marchar todos juntos pues serian un fácil blanco, lo mejor era dispersarse en dirección al Alto Perú, donde el virrey había sido advertido por medio de un sacerdote cordobés el doctor García, con la prevención de reforzar las fronteras entre los virreinatos en la cordillera andina, incluso se llegó a fortificar algún paso más transitado.

El 12 de agosto sobre las seis de la tarde Liniers y su grupo se encontraban por las arenosas márgenes del río Seco, les precedían tres indios montados a caballo, quienes les hacían de guías y exploradores. El grupo estaba compuesto, por el Gobernador Gutiérrez de la Concha, el obispo Rodrigo Antonio de Orellana, el asesor del gobernador Victoriano Rodríguez, el coronel de milicias Santiago Allende, el oficial real, Joaquín Moreno y el presbítero Pedro de Alcántara Giménez, además de don Santiago Liniers; llevaban siete días de marcha iban muy cansados y hambrientos.

Llegaron a la posta de la Estancia, se pusieron a desensillar los caballos para descanso de los animales, terminado esto cayeron rendidos al suelo con intención de descansar, de pronto los indios guías azuzaron sus caballos y desaparecieron, les habían engañado llevándolos por caminos y veredas que no llevaban a ningún sitio, con ello consiguieron su propósito de evitar cruzasen la cordillera Andina.

Pasado un rato de desconcierto por la inesperada huida de los guías, se apercibieron que en la lejanía se acercaban un numeroso grupo de jinetes, era el destacamento al mando de Barcarcer quienes se les venía encima llevando tras de sí a cien hombres, eran las fuerzas enviadas por el general Ocampo desde Córdoba de Tucumán, para hacerles prisioneros, pues Córdoba había sido ocupada por los independentistas, sin salida posible todos fueron capturados.

Desde el 19 que fueron hechos prisioneros hasta el 25, en que llegaron a la posta de Gutiérrez, donde se hizo cargo de ellos el coronel French, por orden del Dr. Castelli, delegado de la Junta Revolucionaria.

Fueron conducidos en medio de malos tratos, de cárcel en cárcel, hasta llegar al llamado Monte de los Papagayos, distante unas tres o cuatro leguas de la posta denominada Cabeza de Tigre, en este lugar se encontró con Balcarcer, quien comunicó a Castelli, la fatal sentencia: « La Junta manda que sean arcabuceados…» Siendo excluidos de ésta pena de muerte, los dos sacerdotes, el obispo Orellana y su capellán secretario siendo expatriados.

El 26 de agosto de 1810 sobre las once de la mañana, con el doctor Juan José Castellí, delegado de la junta revolucionaria, Nicolás Peñas, asociado en clase de secretario, el coronel French, el teniente coronel Juan Ramón Balcarce, varios oficiales y cincuenta soldados, se dispusieron a cumplir la orden de la Junta.

A las 1400 horas de éste día, Santiago Liniers con gran serenidad y grandeza de ánimo, colocados todos ante el piquete de ejecución, tomó la voz de sus compañeros diciendo: «Morímos con la satisfacción de haber sido fieles hasta el último instante a su Rey y a la nación española.»

Ni Liniers ni Concha, permitieron se les vendasen los ojos, se arrodillaron, dando frente a la tropa, Liniers se dirigió a los soldados diciendo «Ya estamos», sonó la primera descarga y en ella todos cayeron a tierra, en una segunda exhalaron sus almas.

Fusilado el 26 de agosto de 1810 en el Monte de los Papagayos, república de Argentina a los cincuenta y siete años de edad.

Los cadáveres fueron trasladados y dejados a la intemperie para ser comidos por las aves carroñeras, por estar cerca de la posta llamada Cabeza de Tigre, por el ruido salieron varios hombres al confirmar que los ejecutores se habían perdido de vista, abrieron una zanja donde fueron depositados siendo quienes les echaron la tierra encima.

Un fraile de la Merced colocó sobre ella una tosca cruz de madera en la que grabó la palabra «CLAMOR», siendo una clave, demostrando su clara visión pues estaba formada por las iniciales de los que allí yacían, pero ocultando sus nombres, para evitar posteriores profanaciones: Concha, Liniers, Allende, Moreno, Orellana y Rodríguez.

Por esta señal fueron localizados cincuenta y cuatro años después, pudiendo identificarse los restos y ser trasladados a España.

El 23 de octubre de 1863, se dispuso que al regresar el bergantín Gravina del Río de la Plata, se trasladaran los restos de los jefes y de todos sus compañeros de infortunio, sacrificados por el odio revolucionario en Buenos Aires, víctimas de su lealtad y patriotismo a su juramento.

Mandaba el bergantín el capitán de fragata don Domingo Medina, el cual recibió del cónsul de España en el Rosario tan venerables cenizas, llegando a la bahía de Cádiz el 20 de mayo de 1864, pasando seguidamente al Arsenal de La Carraca, donde el capitán general del Departamento, conde de Bustillo las recibió con toda clase de honores, verificándose la solemne traslación al Panteón de Marinos Ilustres el 9 de junio siguiente.

Mausoleo en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando en recuerdo de don Santiago de Liniers y Brémond. Jefe de escuadra de la Real Armada Española. Cruz de Caballero de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. Caballero de la Real y Militar Orden de Montesa.
Mausoleo en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando en recuerdo de Santiago de Liniers y Brémond.
Cortesía del Museo Naval. Madrid.

El monumento donde hoy reposan había llegado a Cádiz con anterioridad, en abril de 1864, conservándose en depósito hasta terminar las obras de habilitación del Panteón.

Terminadas aquellas en el año 1867, fueron enterrados en dicho mausoleo los restos de Liniers y sus compañeros, perpetuándose de tal suerte las virtudes y nombres de tan esclarecidos jefes de la Armada.

El monumento, de forma esbelta y elegantísima, tiene dos inscripciones, siendo:

Aquí reposan las cenizas

del Excmo. Sr. D. Santiago Liniers

Jefe de Escuadra Virrey que fue de

Buenos Aires

Y del Sr. D. Juan Gutiérrez de la Concha

Brigadier de la Armada

y Gobernador Intendente de la

provincia de Córdoba del Tucumán.

Vencedores juntos en la gloriosa reconquista y defensa

de Buenos Aires (1806 y 1807)

dieron también juntos la vida

por España el 26 de agosto de 1810

Sus respectivos hijos

le dedican este monumento en 1863.

Como colofón:

El canónigo Funes, a cuya traición se debió el asesinato de Liniers, dice de él en su obra: «Independencia de Buenos Aires»: «Era Liniers de presencia gentil, de aire noble y de porte caballeresco; su discurso y alma ardiente, le hacían atrevido en el consejo y pronto en la ejecución: liberal y magnánimo sin medida, era el encanto de todos. El fuego de la imaginación y la abundancia de sentimientos generosos formaban el fondo de su carácter.»

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

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Lucena Giraldo, Manuel.: VV. AA.: Los Virreyes Marinos de la América Hispana. Cuaderno Monográfico del Instituto de Historia y Cultura Naval, nº 40. 2002. Santiago de Liniers y Baltasar Hidalgo de Cisneros.

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Válgoma y Finestrat, Dalmiro de la. Barón de Válgoma.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

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