Muñoz y Goosens, Francisco Javier Biografia

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Biografía de don Francisco Javier Muñoz y Goosens

Teniente general de la Real Armada Española.

Origenes

Vino al mundo en la ciudad de Bilbao el 4 de noviembre de 1720, era hijo de don José Jacinto Muñoz Tercero y su esposa doña Joaquina Goosen y Mazo, ingresó en el ejército, llevaba un tiempo y pidió su pase a la Armada, para ello pasó un examen aprobándolo, siendo admitido el 7 de marzo de 1764 con el grado de alférez de navío.

Hoja de Servicios

Se le ordenó embarcar en el chambequín Andaluz destinado al corso, encontrándose de crucero en julio siguiente, siendo su comandante el teniente de navío don Vicente Piñately, persiguió a un pingue moro del porte de 22 cañones, yéndose a refugiar bajo los muros de la fortaleza de Tetuán, de poco le sirvió pues al verlo fondeado a pesar del fuego de la fortaleza entraron y le pegaron fuego.

Entrado 1765 al arribar de uno de sus cruceros se le ordenó trasbordar al navío Atlante, de 70 cañones, pasando a formar parte de la escuadra de don Juan José Navarro, zarparon de la bahía de Cádiz arribando a Cartagena donde se encontraba la Infanta de España doña María Luisa, embarcando el mismo 24 de junio, volviendo a hacerse a la mar al amanecer del 25 rumbo a Génova, donde fondearon el 17 de julio siguiente, para convertirse en la esposa de Leopoldo el Gran Duque de Toscana, quien posteriormente ocupó el trono imperial, hubieron fiestas y convites para las dotaciones y mandos, zarpó de nuevo la escuadra rumbo al puerto de Livorno capital de Liorna, donde embarcó la Princesa María Luisa de Parma, quien venía a contraer nupcias con el Príncipe de Asturias, futuro don Carlos IV regresando la escuadra a Cartagena el 11 de agosto.

En el viaje todos observaron la disposición de la escuadra, estando partida en tres divisiones de tres navíos, navegando de tres en línea y de fondo, estando en el centro de la formación el Rayo para resguardo de mares y casi de vientos, de ahí que los trayectos fueran a poca velocidad para no molestar a las nobles damas. Se realizaron grandes fiestas en la ciudad de Cartagena, así como prender fuego a grandes fogatas, pues se presentó un crudo invierno que congeló las aguas del golfo de Vizcaya.

Quedó desembarcado en el Departamento, hasta recibir la orden de embarcar en el navío San Genaro, realizando comisiones por el Mediterráneo llevándole a visitar Nápoles, Barcelona, Mallorca y regreso a Cartagena, donde al poco zarpó con destino al Departamento de Ferrol, quedando desembarcado por pasar a desarme el buque.

Pasó destinado a los Batallones, donde le fue entregada la Real orden del 17 de septiembre de 1767 con su ascenso al grado de teniente de fragata, siéndole ordenado embarcar en la fragata Santa Catalina, para ello se desplazó hasta Guarnizo, zarpando con rumbo a Ferrol de donde se dió a la vela con destino a la bahía de Cádiz y de aquí, volvió a la mar con rumbo a Buenos Aire, donde se le dio el mando de dos bergantines en abril de 1769, con la comisión de levantar los planos del mar del Plata, efectuándolo en siete meses de duro trabajo pero muy exactos, encontrándose en su comisión un duro temporal desarboló al navío Astuto, para intentar tener menos calado comenzaron a arrojar pertrechos, al estar cerca y ver lo ocurrido contando con medios recupero todo lo arrojado por el navío, prestándole ayuda y acompañándolo hasta Montevideo donde le fue trasbordado de nuevo todo lo desprendido.

Trasbordó a la fragata Industria, realizando cruceros por el Mar del Plata, recibiendo la orden de trasbordar a la Santa Catalina, dirigiendo la operación de rescate por el hundimiento de una goleta a tres leguas de Montevideo cargada con tres cajones pertenecientes a la Compañía de Jesús, en los que iban depositados 24.000 pesos fuertes, consiguió sacarlos utilizando los botes de ambos buques y devolverlos a sus dueños.

Al cumplimentar esta comisión se le encargó levantar el plano del río Grande, dando una distancia de amplitud hasta Buenos Aires de doscientas leguas, al terminar con la misma fragata zarpó con rumbo a la bahía de Cádiz, donde al arribar se le ordenó continuar a Ferrol, donde quedó desembarcado por pasar a desarme el buque en octubre de 1770.

Se encontraba en Ferrol cuando se le entregó la Real orden del 13 de enero de 1771 con su ascenso al grado de teniente de navío, con la orden de embarcar en el San Nicolás, permaneciendo hasta febrero por trasbordar al bergantín Hopp, zarpando en comisión con pliegos para los británicos a puerto Soledad en las islas Malvinas, regresando a Ferrol en marzo de 1772.

Poco después embarcó en la fragata Asunción, con rumbo a Buenos Aires, al llegar trasbordó a la Soledad regresando con ella a Ferrol, a su llegada se le otorgó el mando de la bombarda Santa Casilda, zarpando con rumbo a Cádiz y Cartagena, donde quedó incorporado a la expedición contra Argel al mando del general don Pedro Castejón, distinguiéndose por su valor en el reembarque de las tropas, regresando al puerto de salida de Alicante el 10 de julio, de donde pasó a Cartagena recibiendo la orden de trasbordar a la urca Santa Ana, zarpando con destino a Cádiz y de aquí a San Juan de Puerto Rico transportando tropas y pertrechos, continuando a Cartagena de Indias, donde se le cargó de maderas, zarpando con rumbo a Ferrol donde quedó desembarcado en abril de 1777.

Le fue entregada la Real orden del 23 de mayo de 1778 con su ascenso al grado de capitán de fragata, siendo nombrado segundo comandante del navío San Juan Nepomuceno, trasbordando al poco tiempo con igual cargo al buque insignia del general don Luis de Córdova, el Santísima Trinidad, zarpando con la escuadra francesa al mando del conde d'Orvilliers, realizando la primera campaña del canal de la Mancha, ante la superioridad de la escuadra aliada el almirante británico Hardy se refugió en sus puertos.

Consiguiéndose solo el apresamiento del navío Ardent, de 74 cañones siendo cazado por dos fragatas francesas, la Junon y Gentille apoyadas por el navío español Princesa, teniendo lugar el combate el 9 de noviembre de 1779, las fragatas se posicionaron de enfilada por las amuras, ambas maniobrando y destrozaron al navío, al que en ningún momento le permitieron poder hacer fuego por sus bandas, para ello no pararon de virar, en los momentos que quedaba libre alguna banda era batido por el navío español de ahí que pudiera ser rendido.

Por Real orden del 16 de septiembre de 1781 se le ascendió al grado de capitán de navío graduado, durante el gran asedio de Gibraltar se le otorgó el mando de la batería flotante Rosario, de 19 cañones y 650 hombres de dotación, como todas sus hermanas comenzaron el ataque el 13 de septiembre de 1782, pasadas unas horas por efecto de las ‹balas rojas› británicas comenzaron a arder, saltando al agua herido poco antes de explosionar, siendo recogido por los múltiples botes de la escuadra, sufriéndose las bajas de trescientos treinta y ocho muertos, seiscientos treinta y ocho heridos, ochenta ahogados y trescientos prisioneros con su infructuoso ataque al Peñón. Por los demostrados méritos en este siniestro se le entregó en agradecimiento la Real orden del 21 de diciembre de 1782 con el ascenso en propiedad al grado ostentado.

Al firmarse la paz se le entregó la Real orden del 3 de febrero de 1784, con el nombramiento de capitán del puerto de Cádiz, en este tiempo como no había dejado de estudiar puso en práctica un invento suyo, por el cual las cañas del timón de los navíos quedaban más sujetas, así como una nueva bomba de achique con mayor capacidad de desahogo utilizando menos hombres, ambos inventos fueron examinados por juntas de expertos siendo aprobados y ordenando su instalación en los bajeles.

El brigadier don Manuel Eguía al mando del navío San Pedro Alcántara, zarpó del Callao el 30 de marzo de 1785, cargado con caudales por importe de siete millones seiscientos un mil novecientos sesenta pesos. El buque en realidad había zarpado en septiembre de 1784, pero a los pocos días le sorprendieron unas calmas, las cuales se prolongaron tanto que se desató una epidemia de viruela, un tiempo después una vía de agua, obligándole a regresar al Callao a terminar la reparación, se revisó el casco, al ver era conforme se le añadió más carga, como cobre, cajones de cascarilla, semillas de pinos de Chile, zurrones de cacao, lana de Viaña, de bálsamos y otras especies, iban de transporte doce jefes y oficiales del ejército, ocho particulares y once mujeres, zarpando en la fecha dicha con rumbo a la península, después de doblar con gran dificultad el cabo de Hornos se vio forzado a hacer escala en Río de Janeiro para reparar de nuevo averías, de aquí zarparon y el 23 de enero de 1786 reconocieron la isla de Santa María en las Terceras, al poco comenzaron unos días oscuros con chubascos y vientos, elevándose grandes olas impidiéndoles situarse, el 2 de febrero siguiente se divisó tierra, el piloto subió a la cofa y dijo eran las islas Berlingas, basándose en ello puso rumbo al S.S.O., 5º con poco trapo, al anochecer sobre las diez y media, envueltos en otro chubasco los vigías gritaron «¡Tierra por la proa!», pero no hubo tiempo para reaccionar y el golpe fue tremendo, yéndose el buque al fondo.

No se tienen datos precisos porque los oficiales todos recibieron el golpe con tan mala fortuna que perdieron el conocimiento, por ello nada se ha escrito sobre ello, solo la toldilla quedo fuera de la flor de agua, donde se refugiaron trescientas personas, permaneciendo allí hasta el amanecer, momento en que fueron vistos por los pobladores de Peniche (Portugal), pues estaban muy cerca de la costa, los cuales con sus barcas se acercaron a rescatarlos, salvando a los que quedaban, siendo doscientos noventa y uno, de los cuatrocientos cuarenta y dos que viajaban en total; aunque la mayoría se ahogaron pensando que la distancia a cubrir era poca y se lanzaron a nadar hacía la playa, pero al parecer la mala noche anterior les provocó una falta de fuerzas y por ello fueron desapareciendo de la superficie, al llegar a tierra se comunicó a las autoridades españolas el desastre, pasándose aviso a Cádiz, Ferrol y Vigo para que acudieran a rescatarlos.

Don Francisco Javier Muñoz, zarpó de Cádiz con las fragatas Asunción y Colón más varias lanchas, con la orden de ser el responsable de todo lo que ocurriera en Peniche. La operación se dio por terminada el 19 de junio siguiente, cuando los buzos llevados de Cádiz, tenían recuperados siete millones doscientos ochenta y seis mil cuatrocientos setenta y dos pesos de oro y plata, más seis mil seiscientas veinticinco barras de cobre y otros objetos, pero a pesar de la orden de regreso, Muñoz continuó en el lugar y en agosto rescató sesenta y dos cañones, solo se dio por satisfecho al comprobar que el resto, trescientos quince mil cuatrocientos ochenta y ocho pesos, así como cuatrocientas veintitrés barras de cobre, eran imposibles de recuperar decidiendo abandonarlas en la zona. Hubieron regalos de todas partes y para todos incluidas las viudas, pero Muñoz se negó a recibir nada, aceptando solo por parte del Comercio de Cádiz, al que correspondía el registro del buque, el pago exacto del esfuerzo realizado por los buzos y lo que él había adelantado de su peculio personal.

Por su demostrada honradez, empeño y fuerza en este asunto S. M., firmó la Real orden del 4 de julio de 1786 otorgándole su ascenso al grado de brigadier, por ello cesó en el mando de la capitanía del puerto siéndole encargado pasar una revista de inspección al Arsenal de La Carraca, al terminar con ella y entregar su informe se le otorgó el mando del navío Guerrero, pasando a desempeñar comisiones especiales emanadas de la Villa y Corte hasta 1790 por serle ordenado incorporarse a la escuadra del general don José Solano, zarpando a realizar la campaña de Finisterre por el problema de límites con el Reino Unido en los territorios de Nutka, por prevención a una posible guerra que no se declaró, regresando poco tiempo después a la bahía de Cádiz quedando desembarcado por pasar a desarme el buque.

Poco después fue nombrado comandante del apostadero de Orán, pero todo lo que hacía era sabido en la Corte, por ello sus grandes dotes en diferentes sentidos las puso en práctica en el mando de este apostadero, muy satisfecho el Rey firmó la Real orden del 5 de octubre de 1791 con su ascenso al grado de jefe de escuadra.

Al ser declarada la guerra a los convencionales franceses en 1793, se le nombró segundo comandante de la escuadra del general don Gabriel Aristizábal, compuesta por seis navíos y dos fragatas, destinada a proteger las aguas del seno mejicano y las del virreinato de nueva Granada, enarbolando su insignia en el navío Asía, participando en la toma del fuerte Delfín, siendo a su vez comisionado para transportar situado a la isla de Trinidad de Barlovento, hasta firmarse la paz de Basilea el 22 de julio de 1795, permaneciendo en estas aguas hasta 1801.

Encontrándose en el Departamento de Cádiz se le entregó la Real orden del 5 de octubre de 1802 con su ascenso al grado de teniente general, se le concedió licencia para acudir a la Corte, donde falleció en el Real Sitio de Aranjuez el 11 de junio de 1803.

Entre los años de 1772 a 1795 formó parte como socio de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País.

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

Fernández Duro, Cesáreo.: Naufragios de la Armada Española. Establecimiento tipográfico de Estrada, Díaz y López. Madrid, 1867.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Terrón Ponce. José L.: El Gran Ataque a Gibraltar de 1782 (Análisis militar, político y diplomático). Ministerio de Defensa. Madrid, 2000. Premio Ejército 1999.

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