Quintero, Alonso Biografia

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Biografía de Alonso Quintero

Piloto, descubridor y comerciante español a caballo de los siglos XV y XVI.

Orígenes

Sobre su persona sólo hay datos sueltos que no componen en sí una biografía, pero por ser uno más de los descubridores todavía recordados, por tener su apellido una bahía y una población, pasamos a dar esos datos.

Parece que vino al mundo en la ciudad de Huelva en una familia muy arraiga a la mar. Al abandonar la casa paterna se avecindó en Palos de Moguer, actual provincia de Huelva, lo que ya nos lleva a pensar que estaba más en la mar que en tierra y de ahí su gran experiencia en la ciencia de la navegación.

Hoja de Servicios

De hecho ya es firme que en el año de 1504, zarpó de la ciudad de Sevilla al mando de la nao Trinidad, transportando todo tipo de víveres y materiales, así como hombres para reforzar la isla de la Española. El buque era de su propiedad y como hacía bien su trabajo, en la Casa de Contratación siempre le daban transporte.

De hecho en el año de 1506 vuelve a realizar un nuevo viaje con su nao y como piloto llevó a Francisco Niño, formando parte de una expedición con cuatro velas más, zarpando como era costumbre de la barra de Sanlúcar de Barrameda, con rumbo a la isla de La Española, en su costa Norte a Puerto Plata. En su buque viajó después el famoso conquistador Hernán Cortés, con el que entabló una gran amistad.

Ya se hizo famoso por su forma de “jugar” en éste viaje, ya que debía arribar la expedición a la isla de Gomera, para realizar la última cargar de víveres frescos antes de cruzar el océano, así que decidió llegar antes para vender en las isla Canarias sus mercancías, para ello fue el primero en zarpar y sacar una buena ventaja al resto de la expedición, pero tuvo la mala fortuna que a la altura de la isla de Hierro, una fuerte ráfaga de viento le partió el palo mayor, viéndose forzado a repararlo de fortuna, lo que le ocasionó una pérdida de tiempo importante, ya que cuando consiguió arribar a Gomera, el resto ya estaban fondeados, perdiendo así la ocasión de poder ser el primero en vender sus mercancías.

De nuevo salió el comerciante, ya que habló con el resto de maestres de los buques, para que le esperaran a que se terminase de reparar completamente el palo de su buque, los cuales, complacientes le dijeron que así sería. Cuando ya estuvo lista para hacerse a la mar zarparon todos, pero volvió a “jugar”, pues una noche cerrada en la que el viento le era favorable, ordenó desplegar todo el trapo de su buque, por lo que al amanecer del día siguiente ya estaba fuera de la vista del resto de sus compañeros.

Pero la fortuna no siempre sonríe al que más apuesta, pues le sucedió debido a las prisas, perder la referencia por lo que al arribar a donde se suponía estaban, no encontraron tierra, comenzando a dar bordadas para ver si se avistaba, pero como buen observador, de pronto distinguió a una paloma en vuelo, sabiendo que era ave de tierra ordenó seguirla y a pesar de perderse de vista, se mantuvo firme el timón y arribó a La Española, pero al entrar en el puerto sus compañeros ya estaban fondeados. Volviendo a perder en su apuesta.

De éste viaje regresó al año siguiente de 1507, zarpando de nuevo éste mismo año, pero esta vez por estar en reparación su buque, lo hizo con la Santa Ana, desconocemos si éste era también de su propiedad. De nuevo regresó a Sevilla al año siguiente de 1508, mandó calafatear sus cascos y de nuevo la Casa de Contratación ya le tenía preparado otro viaje, pues eran muchos los comerciantes de toda Europa que habían acudido a la llamada del descubrimiento, como era natural los que abundaban eran de origen genovés y veneciano, ya que ellos no eran otra cosa que comerciantes.

Unos años más tarde, ya se fueron incorporando los españoles, que se asentaban en Sevilla, tanto ellos mismos o sus representantes, para así facilitar los trámites del transporte de sus productos, así que entre los extranjeros y los nacionales, estuvo realizando viajes a las Antillas constantemente, después ya se alargó a la Habana y Veracruz, bien por encargo de la Casa de Contratación, bien por negocios propios, siéndole encargado por la misma Casa el hacer de correo de la Monarquía, lo que le permitió estar más de veinticinco años, en un sin parar de cruzar el océano por unos u otros motivos.

Se vuelven a tener datos de él, cuando en documentos aparece en el año de 1534 a las órdenes de don Francisco Pizarro y don Diego de Almagro, cuando se estaba organizando la expedición para la conquista y colonización de lo que sería posteriormente Chile, que en principio recibió el nombre de Nueva Toledo, pasando posteriormente a incorporarse al virreinato de La Plata.

Era un gran espabilado, como queda demostrado por el hecho picaresco de nuestro biografiado, teniendo lugar la acción al ser tomado por las fuerzas españolas el templo de Pachacamac y ser destruido por no ser católico.

Viendo Quintero los clavos que sujetaban las planchas de las paredes, le pidió a Pizarro que se los diera, éste burlonamente le dijo que sí, se dedicó a ir recogiéndolos todos y como al parecer eran de hierro, los vendió a peso, siéndole entregada la cantidad de cuatrocientos marcos de plata, momento en el que Pizarro ya no se burlaba tanto.

Zarpó la expedición de Cuzco a principios del mes de julio del año de 1535, con una división de buques propios de la época, con los nombres de San Cristóbal, Santiago y Santiaguillo. La capitana eran un galeón de pequeñas dimensiones como lo fueron al principio, por lo que debería de desplazar entorno a las cuatrocientas cincuenta toneladas, estaba al mando de Juan Fernández que pasados unos años al conseguir acortar el tiempo de navegación en casi dos meses, descubrió las islas que llevan su nombre; el Santiago era una nao entorno a las doscientas cincuenta toneladas, lo que ya le permitía bojear la costa, mientras el Santiaguillo muy posiblemente fuera una pequeña carabela de entre 60 a 70 toneladas, como su nombre indica no sería muy grande y propio para efectuar desembarcos en playas. Lo que no quita, para que en realidad tuviera otro nombre, pero la jerga marinera suele ajustar los nombres a los medios.

La expedición puso rumbo al Sur, pero dada la inexperiencia de Quintero y sobre todo el desconocimiento de las aguas, añadiéndose así los múltiples escollos y agujas que se encuentran en su derrotero, lo que por falta de previsión propia de cualquier descubrimiento, el galeón capitana quedó varado en Chincha, pudiendo en una pleamar ser puesto de nuevo a flote, pero habiendo alcanzado los 33º S.

La situación empeoró por la mucha agua que hacía el galeón, siendo de primordial importancia encontrar un punto adecuado de la costa, donde poder poner el vaso a la banda para ser calafateado correctamente, por lo que pusieron rumbo al Norte y ascendiendo unos paralelos se encontraron con una bahía apropiada, así que penetro en ella y lanzó las anclas, pero con el buque ya casi embarrancado para que no se fuera al fondo, a esta bahía la bautizo con su apellido, levantando un importante plano de ella y marcando su situación para futuras navegaciones, por ser un buen punto de resguardo natural en caso de necesidad.

La bahía estaba situada a unas leguas al Norte de Valparaíso, en ella habitaban un grupo de pescadores, quienes le notificaron que Almagro se encontraba relativamente cerca y a la espera de la división para que le entregaran víveres y vituallas, sobre todo de vestimenta.

Se desplazó un miembro de la tripulación para comunicar a Almagro la llegada de los refuerzos, coincidiendo que el encuentro y noticia le fue transmitida el día quince de agosto del mismo año, lo que fue tomado por las tropas como una buena señal por la protección de la virgen de la Ascensión.

Sobre la llegada del comisionado y la comunicación de su informe Oviedo nos dice al respecto que:

«En la raya de la provincia de Chile halló el adelantado (Diego de Almagro) dos caciques que le rescibieron de paz, con hasta doscientos gandules naturales de aquella tierra, e trujeron algunas ovejas e maíz, que aquel día comieron los españoles.
A los cuales el general les habló graciosamente e les dio algunas joyas de las suyas, así para que perseverasen en la amistad que ofrecieron, como porque les de adelante hiciesen lo mesmo.
Para que de su parte les ofreciese e certificase que serían muy bien tractados; e prosiguió su camino hasta un pueblo que dicen de la Ramada, donde halló que estaban en sus casas las gentes.
Y estando allí,  el día de la Ascensión, bien desconfiado e descuidado de los navíos que el adelantado traía en el descubrimiento de la mar (por ser la navegación de aquellas costas peor e más vagarosa que cuantas hasta el presente tiempo se saben o se han navegado en estas Indias, a causa de las grandes corrientes e contrarios vientos, que por allá son continuos, e impiden tanto la navegación que acaesce hallarse atrás,  de lo que han derrotado o trabaxado navegando cinco meses, sesenta leguas de costa), llegó un español a dicho pueblo, que venía de un navío, con cartas e relación que estaba surto un navío sotil de los del adelantado, que se decía Sanctiago, en un puerto veinte leguas adelante de la cabecera de Chile e que venía mal condicionado e hacía mucha agua, e no traía ya estopa ni pez para poder calafatear, por la mucha broma que el navío traía.
E venía cargado de mucha cantidad de armas y hierro e ropa de vestir, e de cosas muy necesarias para reparo e proveímiento de la gente e caballos; porque entre todos juntos no había dos mil clavos e cient herraduras (y éstos eran de cobre), e los españoles andaban vestidos e calzados de mantas e ropa de la tierra, de que hacían camisas e jubones, e calzas e capas para cubrir sus cuerpos; e aunque de eso habían sacado asaz de Lima el del Cuzco, como servicio preresció en el puerto, y los caballos y españoles iban tan fatigados e debilitados de hambre, por dichosos se tuvieron en escapar con las vidas, dejando el resto en la nieve; que aquel puerto todo consumió.»

Pero no quedó aquí la comunicación, ya que la acompañó de acontecimientos anteriores, como lo que le pasó al galeón Santiago, por lo que continua lo escrito por Oviedo, que dice: «Este mensajero trujo asimismo relación que otro navío grande, llamado Santiago, que traía el capitán Ruy Díaz por la costa, en que iba don Diego de Almagro, hijo del adelantado, había arribado (porque hacía mucha agua) a la tierra de Chincha, que estaba de guerra; e que allí les tomaron la barca e mataron siete hombres en ella.

El piloto de este navío grande se decía Alonso Quintero, e tenía poder del adelantado, e fue a reparar el navío al puerto de Lima, porque no se perdiese del todo, para que seyendo tomada el agua estanco, volviese a seguir el viaje; antes de lo cual, el dicho capitán Ruy Díaz había sacado por tierra la gente que en el navío venía»

El adelantado don Diego de Almagro ordenó a su capitán alguacil don Juan de Saavedra, que con una fuerza de treinta hombres a caballo se pusiera en camino del lugar indicado, por las buenas condiciones que se le decía tenía la bahía, pues en cuanto él pudiera se pondría en camino también con sus hombres, lo que ocurrió un tiempo después, al llegar la visitó entera confirmando su buen posición y resguardo, decidiendo tomar posesión de ella en nombre del Rey de España, para los cual realizó el ritual de costumbre para confirmar a quien pertenceía, quedando de esta forma por la corona de Castilla.

Se sabe que regresó al actual Perú a finales del mismo año de 1536, pero ya desparece sin dejar rastro, por lo que se supone que debió fallecer al poco tiempo, pues ya tenía mucha edad para la época.

El escritor don Gonzalo Fernández de Oviedo en su obra, nos dice al respecto de don Alonso: «…era tan práctico en el pilotaje como aficionado á los juegos de naipes…» Otra frase sobre él se hizo famosa:«tenía mucho más labio que astrolabio» Y otra: «Yo le conocí bien y él era marinero diestro y no del quadrante, sino del arbitrario a las derrotas a saber común, e más aficionado que otro a una baraxa de naipes, pero en el astrolabio ignorante» Pero nadie le pudo negar su buena forma de pilotar y con cierto riesgo en ello, lo cual en un descubridor no era una falta grave, pues sin ese ánimo y arrojo la colonización de la hoy América hubiera fracasado.

Amén, que ya en el primer viaje de descubrimiento se perdió la nao Santa María, encabezando una muy larga lista de naufragios que se saldaron con muchas pérdidas de vidas y materiales. Pero si todos se hubieran quedado en Sevilla sentados viendo pasar los buques por el Guadalquivir, nada se hubiera podido conseguir. Siendo sin duda alguna la más grande colonización realizada en la historia del ser humano.

Aunque no esté demostrado científicamente, todos los buenos jugadores de naipes, suelen tener una especial capacidad de observación y memoria. Lo que ya demostró cuando los clavos, que se iban a tirar por inservibles y él supo aprovecharlos muy bien.

Bibliografía:

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Cortés, Hernán.: Cartas de Relaciones sobre la conquista de Méjico. Ediciones ● 94, S.C. Barcelona, 2003.

Díaz del Castillo, B.: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Espasa-Calpe Madrid, 1933.

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Fernández de Oviedo, Gonzalo.: Historia General y Natural de las Indias. Edición y Estudio de Juan Pérez de Tudela Bueso. Biblioteca de Autores Españoles. Atlas. Madrid, 1992. Basada en la obra original del año de 1548.

Miralles Ostos, Juan.: Hernán Cortés. Inventor de Méjico. Biblioteca ABC. 2004.

Prescott, William H.: Historia de la Conquista de Méjico. Facsímil. Ediciones Istmo, 1987.

Torres, Luis.: Hernán Cortés. Biblioteca Nueva. Madrid, 1942.

Fernández Vial, I. y Fernández Morente, G.: "Los Marinos Descubridores Onubenses", Diputación de Huelva, 2004

Fernández Vial, I. y Fernández Morente, G.: "Alonso Quintero: descubridor de Valparaíso", ABC de Sevilla, 09/05/2009 (consultado en su versión on-line el 18/05/2012).

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