1793 — 1795 Tolón y Rosas

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Dejar constancia que Godoy había nombrado a [[Gravina_y_Napoli,_Federico_Biografia|'''Gravina''']] general al mando, pero él no lo aceptó por considerar había otros compañeros con el mismo grado y más antiguos, por esta razón se vio obligado a nombrar a don [[Mazarredo_Salazar_Munatones_y_de_Gortazar,_Jose_de_Biografia|'''José de Mazarredo''']], al que por cierto el privado del Rey no soportaba.
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La orden de regreso se dio por estar firmado el '''Tratado de la Paz de Basilea''' el 22 de julio de 1795, 4 thermidor, año tercero de la República Francesa. — Domingo de Iriarte. — Francisco Barthelemy.
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La orden de regreso se dio por estar firmado el [[1795_-_Documento_del_Tratado_de_Paz_de_Basilea|'''Tratado de la Paz de Basilea''']] el 22 de julio de 1795, 4 thermidor, año tercero de la República Francesa. — Domingo de Iriarte. — Francisco Barthelemy.
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1793 — 1795 Tolón y Rosas



Don Juan de Lángara con insignia en el navío Reina Luisa, zarpó del Arsenal de Cartagena a mediados de agosto de 1793 con rumbo a Tolón, con dieciocho navíos y dos fragatas, por recibir la petición de ayuda del almirante Hood británico, quien quedó muy sorprendido al ver la escuadra fuerte española, pues él solo había demandado seis navíos y se alegró poder disponer de una autentica fuerza, unidos arribaron a Tolón el 27 de seguido donde desembarcó el ejército, entregando el mando de éste al general don Federico Gravina en poco tiempo tomaron el puerto, arsenal, fortalezas y plaza. De la escuadra británica entraron veintiún navíos, de la española diecisiete y en su fondeadero se encontraban veintiuno franceses, más los que se encontraban en construcción.

Se continuó reforzando la plaza con nuevas unidades, entre ellos cuatro navíos napolitanos, formando al final el ejército desembarcado más de dieciséis mil hombre, quienes tomaron posiciones en los fuertes de protección de la base. El almirante Hood dividió el mando de las fuerzas en tierra, dejando a Gravina sólo las españolas y el resto al general O’Hara, británico.

El 2 de octubre de 1793 tiene lugar el victorioso combate en las alturas de Faraón (Tolón), donde fue herido gravemente en la pierna derecha don Federico por ocupar puestos de vanguardia, a pesar de ello no cejó en la dirección del combate, capturando trescientos prisioneros. Por «su inteligencia, valor y agilidad», es promovido al empleo de teniente general. En la acción se distinguieron de modo extraordinario el sargento don Manuel Moreno y cuatro soldados de los Batallones de Infantería de Marina.

Por R. O. del 14 de octubre, merece especial mención el sargento del Cuerpo de Batallones de Infantería de Marina, don Manuel Moreno, por su bizarría y heroico comportamiento en el desembarco y toma de la plaza de Tolón, premiándosele con el sueldo de alférez de fragata y concediéndosele el empleo vivo de alférez para continuar en esa heroica distinción sus útiles servicios.

La plaza fue contraatacada por el ejército convencionalista francés formado por cuarenta mil hombres, estando al mando del general Dugommier y entre sus jefes un joven comandante de Artillería llamado Napoleón Bonaparte, quienes atacaron con tantas unidades y fuerza, apoyados por mucha artillería en tierra que inutilizó la de los buques, siendo tomados los fuertes de Faraón, Malburque, Artiga y otros, obligando al ejército aliado a reembarcar, la maniobra fue dirigida con el mayor de los aciertos por el Mayor General de la escuadra española, general don Ignacio María de Álava estando Cañas como su ayudante, siendo de los últimos en embarcar logrando hacerlo en la fragata Florentina, con ella pudieron ponerse a salvo los últimos defensores.

Antes de retirarse el británico almirante lord Hood, dio la orden de quemar los buques franceses allí surtos o en construcción, cumpliéndola el capitán Sidney-Smith, quien dio al fuego veintidós navíos, ocho fragatas y otros veintisiete buques menores, logrando gracias a la velocidad del avance republicano salvar alguno de ellos.

A su vez los españoles se volcaron en salvar a los franceses monárquicos, (el almirante británico no se preocupó de ellos, pero sí de dar al fuego los cascos franceses) pues el rápido avance de los convencionales amenazaba sus vidas, para ello se formaron tres líneas de buques por su calado, siendo los de menor los más cercanos a la playa, así se iban transportando de una línea a la siguiente hasta ser transportados a los buques mayores, pudiendo salvar a casi todos los allí refugiados.

La decisión de evacuar la plaza tuvo sus diferencias con el mando británico; normal, unos se dedicaban a destruir y otros a salvar vidas. De la conducta de los españoles, el historiador francés Jurien de la Gravière dice: «…no fue sólo dictada por la más alta política, sino por un sentimiento natural de hidalguía que con los actos subsecuentes fue lo que salvó a los desgraciados habitantes de Tolón de los horribles efectos de la evacuación emprendida bajo el cañón de los republicanos.»

El general don Juan de Lángara ordenó al capitán de navío don Miquel de Orozco permanecer con su buque, la fragata Dorotea, ‹a todo riesgo›, en espera de reembarcar al resto del ejército que se encontraban desperdigados por el territorio, ello le llevó a mantener a su buque fuera del alcance de la fusilería, pero al de su artillería para cubrir la retirada, viendo la necesidad se vio forzado a lanzar al mar sus botes y lanchas para recoger en la playa, y diques a los hombres, todo esto, en contra de los elementos, por la mucha mar existente unido al fuego republicano por ser muy considerable.

A pesar de ello no le impidió permanecer por espacio de ocho horas en esas condiciones, realizando su humanitaria labor, aparte pudo con valor y esfuerzo de sus tripulantes, recoger las dotaciones con sus oficiales, de dos lanchas cañoneras que se encontraban en muy mal estado por el temporal y pertenecían a los navío Bahama y San Fernando, a ellos se unieron otros botes cargados con tropas, heridos y enfermos por encontrarse en muy difícil situación, por ello también les prestó auxilio consiguiendo todos reembarcar en la fragata. Al ser contados eran en total unos trescientos hombres, pues se añadieron los olvidados en la defensa del castillo de la Malga, por ello le cupo la satisfacción personal, de no haber abandonado a ninguno a su suerte y todos a salvo en su buque.

Terminada toda esta labor sólo faltaba salir de allí, acción nada sencilla por ser los vientos contrarios, pero esperó un poco hasta rolar el viento, dando la orden de picar los cables de las anclas y largar velas en el momento oportuno, facilitándole coger arrancada para alejarse algo, pero el caprichoso viento volvió a rolar en contra, encontrándose con la dificultad que ahora lo arrojaba sobre el cabo Bruna, logró mantenerse al pairo unos minutos, los cuales fueron aprovechados por los republicanos para hacerle un fuego muy vivo y al ir tan cargado de gente le ocasionaron algunas bajas. De nuevo el viento roló y con práctica marinera consiguió alejarse del peligro, dejando atrás costa tan peligrosa, todo esto a pesar de llevar casi destrozado por las balas el velamen, del poco que se podía desplegar por los fuertes vientos.

No había terminado la aventura, pues con las prisas las órdenes y contraórdenes, nadie se acordó comunicarle a donde se dirigía la escuadra, por ello pasó a correr el temporal en mar abierto, decidió convocar Junta de Oficiales, para entre todos decidir qué hacer. De esta reunión emanaron unas órdenes, pues al haber pasado el peligro al que estaba sometido por parte de las tropas convencionales, se decidió mantener rumbo cercano a la costa, por si en algún momento el buque hacía demasiada agua poder alcanzar tierra lo antes posible, por ello fueron barajando la costa, estando en esta nada fácil situación, se divisó en el horizonte una vela, preparándose para el combate, pronto se advirtió era la fragata española Santa Cecilia, al mando del capitán de navío Valero González quien acudía en su ayuda por orden del general. Al llegar a su altura a viva voz le notificó que la escuadra se había dirigido a las isla Hyères, a donde puso rumbo como pudo, pues el temporal aunque amainando aún era fuerte, consiguiendo arribar a dicho fondeadero, donde se presentó al general en Jefe don Juan de Lángara, haciéndole entrega de los náufragos, militares rescatados, más los botes y lanchas que todo el viaje había llevado a remolque, para ser devueltas a sus navíos de origen.

Reunidas las fuerzas el general Lángara dio la orden de regresar a Cartagena, donde arribó parte de la escuadra el 31 de diciembre, quedando el resto al mando del general don Federico Gravina con algunos navíos, se mantuvieron en estas aguas prestando los servicios y apoyos ordenados, entre el cabo de Rosas, isla de Santa Margarita e islas Hyéres, entre ellos Nava y su navío. A su vez durante las operaciones se le entregó a don Domingo Pérez de Grandallana el mando de cuatro navíos, para operar con total independencia en la misma zona, efectuando algunos bombardeos sobre las posiciones mencionadas.

Fue comisionado don Bruno Hezeta a mando del navío San Julián para ocupar al mismo tiempo la comandancia del apostadero de Rosas, punto en el cual la guerra era igualmente por tierra como por mar, entró en el Ampurdan una fuerza de cuatro mil enemigos, hostigándolos por ambas partes consiguió devolverlos a su territorio, apoderándose de Llanza y poblaciones cercanas en noviembre siguiente, realizado todo ello con los setecientos cincuentas efectivos de la Armada y doscientos del ejército.

Concurrió a la toma y rendición de Colluvre, Portvendres y castillo de San Telmo, esto por tierra, mientras por la mar eran apoyados desde las lanchas y botes de los buques mayores, sobre el puerto de Portvendres se mantuvo hasta el 23 de noviembre de 1794, por haber cortado el enemigo todos los accesos, permaneció para proteger a sus hombres con tan solo dieciocho de ellos, haciéndoles frente hasta ponerse los demás a salvo durante esa hora que tardó en efectuarse la evacuación, salió con una galeota cargada con más de cien enfermos, desembarcándolos en Colluvre, al concluir puso rumbo a la Selva y Llauza, donde reunió varios faluchos de guerra y embarcaciones mercantes, regresando a las treinta y cinco horas a la posición inicial abandonada por haber sido tomada por las tropas del ejército de nuevo.

Durante el sitio de la plaza, batió con dos fragatas las baterías de Vañuls y las tartanas francesas allí reunidas que no bajaban de veinte, teniéndolas siempre acorraladas, a pesar de montar en sus buques artillería de á 12 libras, mientras los fuertes la tenían de á 24 y á 32, y los buques con igual calibre, y sólo cuatro de ellos montaban de á 8 y de á 12.

Al perderse las posiciones regresó a Barcelona, donde por la pérdida de una de sus fragatas pasó el Consejo de Guerra del que salió libre de cargos, por quedar demostrada su pericia y la imposibilidad por la fuerza de la mar en el temporal sufrido sobre el cabo de Rosas.

Pasó a las órdenes del general don Federico Gravina quien le entregó el mando de los botes y lanchas junto a las tropas de Infantería de Marina para la defensa de Rosas, entró en la posición y se mantuvo en ella durante los setenta y dos días del asedio soportando todo tipo de privaciones junto a sus hombres, de hecho fue mencionada su hazaña en la Gaceta de Madrid y por ello por Real orden del 1 de febrero de 1794 próximo pasado fue ascendido al grado de brigadier.

Por el ataque de los convencionales a Rosas a finales de 1794 se hace a la mar don Juan de Lángara el 15 de diciembre con la escuadra desde Cádiz, arribando a la plaza de Rosas, porque los franceses reforzados tomaron el Rosellón, pasaron la frontera y rendido sin presentar defensa el castillo de Figueras, dando asedio a la ciudadela de Rosas, la cual se rindió el 4 de enero de 1795 a los convencionales franceses, después de una tenaz resistencia y por medio de una capitulación honrosa. A pesar del apoyo de la escuadra al mando del general Gravina quien permanecía en sus aguas, pero a veces imposibilitada de maniobrar por los duros temporales.

Se encontraba fondeada la escuadra, cuando el 5 de enero de 1795 se levantó un duro temporal del SE., por orden del general al mando todos los buques fondearon con cuatro anclas y la esperanza el navío Triunfante, al mando de don Vicente Yáñez, viendo que estos por su mal estado no iba a soportar el envite y faltándole cuatro cables quedando sólo el de la esperanza, dio la orden de picarlo, intentó a pesar de llevar la primera batería bajo la línea de agua, dar la vela y tratar de evitar la pérdida del buque, pero el viento aflojó y la corriente lo arrastró, sólo quedaba la posibilidad de conducirlo a un lugar menos peligroso que las islas Medas, embarrancando entre San Pedro Pescador y la Escala, así se pudo desembarcar los ciento cincuenta infantes de marina y toda la dotación, siendo al amainar el temporal recuperados todos los efectos de navío.

También fueron a encallar en diferentes puntos la mayor parte de unidades pequeñas, los defensores del castillo convertido en ruinas por el efecto de la artillería enemiga, pudieron, aprovechando la noche del 2 de febrero descender por escalas y cuerdas los defensores incluido su jefe el teniente de navío don Esteban Molera de Plantell, a los botes y lanchas de los buques, dispuestos por orden del general Gravina en tres líneas, facilitando el trasbordo a los buques mayores de todos los efectivos excepto los caídos en combate, las bajas fueron: ciento trece muertos, cuatrocientos setenta heridos y mil ciento sesenta enfermos, más el resto tropas.

A lo largo de la guerra en el Rosellón, se distinguió el Gobernador de la fortaleza de la Trinidad, el teniente de navío don Esteban Molera, permaneció en él hasta recibir la orden de abandonarlo, siendo el 6 de enero siguiente, junto a él se distinguieron el Segundo, también teniente de navío don José Canelas, el teniente de fragata don Juan de Alas y el alférez de navío don Juan Bunaggi, quienes al mando de las tropas del ejército y los batallones de Infantería de Marina soportaron muchos ataques sin ceder.

Como en el Triunfante enarbolaba su insignia el jefe de escuadra don Juan Obando, Segundo al mando de la escuadra del general don Federico Gravina, redactó un informe detallado de todo lo ocurrido, por esta recomendación evitó pasara por el Consejo de Guerra el capitán de navío Yáñez. El general don Gravina, recomendó a Yáñez, diciendo: «Ha ido varias veces a la plaza en medio del fuego de los enemigos; es un buen oficial, inteligente, activo y celoso; merece un premio.» Se puede hacer más largo, pero los marinos son escuetos y parcos en palabras, sobre todo al felicitar a alguien, aquí está la prueba.

Los navíos que pudieron reparar sus averías se pusieron a ello, en el caso de Torres al mando del San Antonio, por haber sufrido el abordaje del San Dámaso se le dio la orden de regresar a Cartagena, pues en la mar era imposible arbolar de nuevo el buque, se montaron bandolas y con ellas arribó a puerto de destino, donde fue reparado siendo uno de los seis entregados a la república francesa por el tratado firmado en San Ildefonso el 1 de octubre de 1800.

Al amainar el temporal inmediatamente pasaron a prestar su apoyo por el fuego el 10 de enero de 1795, manteniéndose cruzando estas aguas hasta saber la rendición de la plaza, el general Lángara al disponer de tantos buques, dio la orden a una división para cruzar sobre el cabo de Rosas, sobre él se divisó una vela el 17 de enero seguido era la fragata republicana Iphigenie a la que le dio caza el navío Montañés al mando de don José Antonio Jordán, la cual fue abordada y capturada siendo marinada al puerto de Barcelona. Mientras el resto puso rumbo al puerto de Mahón donde arribaron el 16 de febrero. Volvió a zarpar el 5 de abril siguiente para cruzar entre los cabos de Creus y San Sebastián, permaneciendo en esta misión hasta que de nuevo pusieron rumbo a Mahón donde lanzaron las anclas el 29 seguido, encontrándose aquí arribó una escuadra de refuerzo al mando del jefe don Basco Díaz, formada por cuatro navíos y dos fragatas.

Permaneciendo en el mismo fondeadero llegó la R. O. por la que el general Lángara era relevado del mando por haber sido nombrado capitán general del Departamento de Cádiz, el cual entonces llevaba anexo el de Capitán General de la Real Armada, por ello embarcó en el navío Pelayo para transportarlo a su alto destino, tomando el mando de la escuadra el teniente general don Federico Gravina y Nápoli, quien ordenó zarpar el 27 de julio con rumbo a Rosas.

Se encontraban cruzando las aguas de la población de Palamós el 27 de agosto, cuando arribó a incorporándose el navío Concepción al mando del general don José de Mazarredo, quien había sido nombrado Comandante en Jefe de la escuadra, quedando Gravina como segundo de ella, dando la orden de regresar al Arsenal de Cartagena donde lanzaron las anclas el 30 siguiente.

Dejar constancia que Godoy había nombrado a Gravina general al mando, pero él no lo aceptó por considerar había otros compañeros con el mismo grado y más antiguos, por esta razón se vio obligado a nombrar a don José de Mazarredo, al que por cierto el privado del Rey no soportaba.

La orden de regreso se dio por estar firmado el Tratado de la Paz de Basilea el 22 de julio de 1795, 4 thermidor, año tercero de la República Francesa. — Domingo de Iriarte. — Francisco Barthelemy.

Bibliografía:

Cantillo, Alejandro del.: Tratados, Convenios y Declaraciones de Paz y de Comercio desde el año de 1700 hasta el día. Imprenta Alegría y Chalain. Madrid, 1843.

Fernández Duro, Cesáreo.: Naufragios de la Armada Española. Establecimiento tipográfico de Estrada, Díaz y López. Madrid, 1867.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

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