Bermudez de Castro y Taboada, Jose Biografia

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Biografía de don José Bermúdez de Castro y Taboada



Teniente general de la Real Armada Española.
Caballero de Justicia de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. Año de 1749.
Ocupando el alto puesto de Decano en el año de 1810.

Orígenes

Proveniente de una noble familia, vino al mundo en la villa de Betanzos el 4 de diciembre de 1736, siendo sus padres don Diego Bermúdez de Castro Gondar y Andrade, señor de la casa y fortaleza de Gondar, Torre Solar de Silan y Casa de Misericordia, y de su esposa doña María Taboada Mariño Proaño y Rojas, dueña de la jurisdicción de Lamas de Rañestres.

Hoja de Servicios

A costumbre de la época, se alistó a correr caravanas en la Orden de San Juan de Jerusalén, adquiriendo una buena formación y alcanzando el grado de Caballero de Justicia.

Su inclinación a la mar era notable y por ello después de formarse en la Orden, decidió elevar la petición que le fue concedida de hidalguía, recibiendo la Carta Orden de ingreso en la Corporación, sentando plaza el 23 de diciembre de 1751, en la Compañía de Guardiamarinas del Departamento de Cádiz, única existente entonces. Expediente N.º 568

Al aprobar sus exámenes teóricos se le ordenó embarcar, pasando de un buque a otro, haciendo navegaciones por todos los mares que bañan la Península y un par de ellos, en rápidos tornaviajes a la Habana, siendo ascendido al finalizar sus prácticas el 15 de junio de 1754, al grado de alférez de fragata, continuando en las mismas navegaciones pero ya como oficial subordinado.

Permaneció en este grado algo menos de seis años, demostrando en más de un encuentro sobre todo en la misión de corso contra las regencias norteafricanas, un gran valor y decisión, estando en el Arsenal de Cádiz le llegó la Real orden del 12 de abril de 1760, con la notificación de su ascenso al grado de alférez de navío y con ella la de embarcar en la escuadra del marqués del Real Transporte.

Con esta escuadra se encontraba en la Habana en 1762, cuando los británicos atacaron la isla y sobre todo su empecinamiento en la conquista del castillo del Morro, en la que prestó los mejores servicios que se le encomendaron, pero es bien sabido que fue conquistado a pesar de los esfuerzos que se realizaron para su defensa, cayendo prisionero como el resto de los supervivientes y al firmarse la Paz con el Reino Unido devuelto a la península, ya entrado 1763.

Fue uno de los que regresó al ser devuelta la isla de Cuba a España, estando en ella recibió la Real orden del 10 de diciembre de 1765, con su ascenso al grado de teniente de fragata, siéndole ordenado regresar a la Península, pasando a ocupar distintos puestos en los diferentes servicios del Arsenal y Departamento de Cádiz.

Encontrándose en él recibió la Real orden del 30 de septiembre de 1767, por la que se le ascendía al grado de teniente de navío, continuando en su destino, hasta que por otra Real orden se le otorga el mando del jabeque Vigilante, de 22 cañones participando tanto en solitario como formando división, en la lucha contra el contrabando de las regencias norteafricanas, el 31 de agosto de 1768 a tres leguas de la isla de Dragonera con su buque entabla combate contra uno argelino de 20, con 245 hombres a bordo, al que tras una pelea que duró siete horas y haber matado a 58 de ellos más otros muchos heridos, consiguió apresarlo y con él a 114 moros que pasaron a ser esclavos, al entregar el mando pasó a destinos en tierra como descanso.

Hasta llegarle la Real orden del 19 de octubre de 1772, por la que se le asciende al grado de capitán de fragata, siendo en principio destinado como segundo comandante de un navío, recibiendo la Real orden de 1774 por la que se le nombra Comandante del Arsenal de Cavite, por lo que tuvo que hacer el viaje al archipiélago por la ruta portuguesa, al arribar se hizo cargo de la fuerzas navales para combatir sobre todo la piratería joloana. En este cargo permaneció durante cinco años, mucho más tiempo del establecido, pero se dio la circunstancia que demostró tal eficacia que sus superiores ninguno quería perderlo, continuando en el desempeño de su misión.

Al fin fue sustituido y regresó a la península, pero al poco tiempo y en agradecimiento Real, se le ascendió por Real orden del 20 de mayo de 1780, al grado de capitán de navío, pasando al poco tiempo a serle otorgado el mando del navío San Pedro, que pertenecía a la escuadra del general don Luis de Córdova, con la que participó en todos los acontecimientos y combates, que esta escuadra mantuvo a las órdenes de este insigne general.

En una salida que hizo la escuadra participó el 9 de agosto seguido sobre el cabo de Santa María, en el apresamiento de cincuenta y dos velas, escapando tres por la poca visibilidad dada la constante, de lo buques apresados cinco pasaron a incorporarse a la Armada después de sufrir unas rectificaciones siendo: la Helbrech, de 30 cañones, pasó a ser la Santa Balbina, de 34 cañones; la Royal George, de 28, la Real Jorge, de 30; la Monstraut de 28, la Santa Bibiana, de 34, y las Geoffrey y Gatton ambas de 28, fueron respectivamente, la Santa Paula, de 34 y Colón, de 30 cañones. En esta captura cayeron prisioneros tres mil hombres de las dotaciones, más mil ochocientos soldados de las compañías reales de las Indias Orientales y Occidentales, valorándose el botín capturado en 1.600.000 libras, cifra tan alta que hizo por primera vez temblar la Bolsa de Londres por un acción de guerra.

Se le ordenó trasbordar y tomar el mando del navío San Andrés, con el que se quedó formando una división en la protección de la bahía de Cádiz, realizando los consiguientes cruceros sobre los cabos de Santa María y San Vicente, en protección del tráfico marítimo proveniente de Tierra Firme y la Habana. Y al mismo tiempo como fuerza para apoyar al gran bloqueo de Gibraltar, hasta que llegó el 13 de septiembre de 1782.

Éste día tuvo lugar el desastroso ataque de la baterías flotantes invento del francés D’Arçon, pero al mando del general don Ventura Moreno quien apoyaba con sus navíos a éstas, teniendo que volcarse en su auxilio cuando comenzaron a arder por efecto de las ‹balas rojas› que les disparaban los defensores, envió sus embarcaciones menores a apagar los fuegos e intentar salvar a las dotaciones, mientras en primera línea se encontraban las lanchas cañoneras, inventadas por don Antonio Barceló y él a su mando intentando que el desastre no fuera a más.

En los incendios y voladuras de estas pesadas baterías en teoría insumergibles e incombustibles, con circulación de agua ‹como la sangre por el cuerpo humano›, hubieron trescientos treinta y ocho muertos, seiscientos treinta y ocho heridos, ochenta ahogados y trescientos prisioneros; pero los efectos fueron superados en mucho por el bombardeo de las lanchas cañoneras inventadas por Barceló, que lo hacían seguro y mucho más efectivo. En Gibraltar se defendía valerosamente el general británico Elliot. La plaza llegó a estar en gran necesidad y le fue enviado un convoy con aprovisionamientos, escoltado por una escuadra británica de treinta navíos mandada por el almirante Howe.

Le salió al encuentro el general don Luis de Córdova con sus fuerzas, pero las enemigas con su convoy aprovecharon un fuerte temporal de Poniente cuyos vientos les favorecieron, consiguiendo arribar al Peñón descargando los tan esperados auxilios. Perdiéndose el navío español San Miguel, arrojado por la tempestad bajo los mismos muros de Gibraltar.

Cuando lord Howe zarpó para regresar a su isla con rumbo al océano Atlántico, Córdova le salió de nuevo al paso y se trabó el combate el 20 de octubre de 1782, en aguas frente al cabo Espartel, de quien recibe el nombre.

Los británicos admiraron: «el modo de maniobrar de los españoles, su pronta línea de combate, la veloz colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y la oportunidad con que forzó la vela la retaguardia acortando las distancias.» El combate tuvo una duración de cinco largas horas.

Los buques enemigos por ir ya forrados sus obras vivas de cobre tenían más andar, lo que les permitió mantenerse en todo momento a la distancia que les convenía y cuando ya el resto de la escuadra española iba llegando al combate, decidieron por el mayor número de navíos españoles rehuirlo, por lo que enseñando sus popas se fueron alejando del alcance de la artillería española. El coloso español, el navío Santísima Trinidad, sólo pudo hacer una descarga completa de todas sus baterías, su lentitud le impidió poder hacer más. Regresando la escuadra a la bahía de Cádiz en día veintiocho siguiente.

Por su comportamiento en todos estos sucesos que lo fueron continuos, recibió la Real orden del 15 de octubre de 1784, por la que era ascendido al grado de brigadier y habiéndose firmado la paz con el Reino Unido, las escuadras casi todas fueron a desarme, una forma muy anómala de mantener una Armada, pero en la época era lo normal cuando no se estaba en guerra, consecuencia de ello, la poca o nula formación sobre todo de la marinería y artilleros.

Al ser declarada la guerra a la República Francesa, se le ordenó pasar al Arsenal de Cartagena, poniéndose a la órdenes del general don Juan de Lángara, de donde zarparon con la escuadra a mediados de 1793 con rumbo a Tolón, uniéndose a la escuadra británica del almirante Hood, quedando de Comandante en Jefe de la española; arribaron a la base francesa y el 27 de agosto desembarcó la tropa y tomó el puerto, arsenal, fortalezas y plaza. De la escuadra británica entraron en él veintiún navío, de la española diecisiete y en su fondeadero se encontraban veintiuno de Francia, más los que estaban en grada construyéndose.

Se continuó reforzando la plaza con nuevas unidades, entre ellos cuatro navíos napolitanos, formando al final más de dieciséis mil hombre el ejército desembarcado, el cual había ido tomando posiciones en los fuertes que daban protección a la base. El almirante Hood dividió el mando de las fuerzas ya que como jefe inicial de todas ellas se había designado a don Federico Gravina, pero se le dio solo el mando de las españolas y el resto al general O’Hara, británico.

Encontrándose en el puerto, el general Lángara fue relevado del mando por haber sido nombrado capitán general del Departamento de Cádiz que entonces llevaba anexo el de Capitán General de la Real Armada, por lo que embarcó en el navío Pelayo y lo transportó a su alto destino, acompañándole Bermúdez de Castro, por haber recibido la Real orden del 30 de septiembre de 1794, por la que se le ascendía al grado de jefe de escuadra, quedando al frente de la escuadra española el teniente general don Federico Gravina y Nápoli, el cual ordenó zarpar el 27 de julio.

A su arribada quedó disponible en el Departamento de Cádiz, situación en la permaneció hasta la llegada de una Real orden del 11 de junio de 1797, por la que se le nombraba interinamente Comandante General de las Compañías de Guardiamarinas, donde estuvo hasta mediados de 1801, en que por serle concedida una Real licencia se desplazó a solucionar problemas personales, al concluir el tiempo de su permiso se reincorporó a su destino donde continuó.

Al sobrevenir la invasión napoleónica, pasó a ponerse al frente de los Guardiamarinas, haciéndose cargo de las baterías de artillería del Arsenal de La Carraca, las cuales fueron dispuestas para participar en el ataque a la escuadra francesa, que permanecía en la bahía de Cádiz desde el desastroso combate de Trafalgar, participando así en los combates que se dieron.

Las unidades francesas eran los navíos: insignia Le Herós, de 84 cañones, Neptune, de 92; Algeciras, de 86; Plutón y Argonaute, de 74 y la fragata Cornelia, de 42. Todos los buques en perfecto estado de mantenimiento y abastecidos para una campaña de cinco meses, todo a costa de las arcas españolas, que si calculamos que eran los restos de la escuadra francesa de Trafalgar, hay que pensar que llevaban poco menos de tres años manteniéndose, cuando para los nuestros no llegaba nunca.

A parte de las baterías instaladas en tierra, que también contribuyeron a la victoria final, se contaba con los navío Príncipe de Asturias, del porte de 118 cañones; Montañés, de 80; Terrible, de 76; San Leandro, de 74; San Fulgencio, de 68 y la fragata Flora, de 40, encontrándose en esos momentos en navío Santa Ana en el arsenal de la Carraca en gran carena, y a esta fuerza se unieron las sutiles; falucho 114 y Colombo, cañonero 27, bote nº 2, balandra nº 2 y los faluchos Regla y 106, que pertenecían al navío Príncipe de Asturias; lancha nº 1, cañonero 9 y 28 y bote nº 3, al Terrible; lancha nº 3, nº 5 y Luisa, más el bote nº 1, al Montañés; bote nº 4, cañonero 10, gabarra nº 5 y lancha Golondrina, al San Fulgencio; faluchos 108 y 110 al San Leandro y a la fragata Flora con la que se formaban la división de exploración y protección de la bahía junto a los faluchos 107, 111, 112 y 113, pertenecientes al propio Departamento.

Pero a diferencia de los buques franceses, los españoles estaban en pésimas condiciones, llevaban mucho tiempo fondeados lo que provocó averías y con ellas inundaciones, ya que en el Arsenal no había ni pinturas ni alquitrán, faltaban hasta víveres, el último sueldo cobrado era el de agosto del año anterior de 1807 y para dotar a los buques, como era costumbre los abordaron personal del ejército y artilleros del cuerpo de la Infantería de Marina.

El único navío español que estaba listo para el combate era el San Justo, del porte de 74 cañones con víveres y aguada para cuatro meses, todo porque el almirante francés había pedido se le agregara un buque a su escuadra para poder formar dos líneas de tres unidades.

Ya con fecha del 21 de febrero de 1808, el emperador que no olvidaba a su escuadra, ordenó se avisará al almirante de lo que se encargó su ministro de la guerra Mr. Decrés, quien escribió entre otras cosas: «Procurad no manifestar inquietud, pero preparaos para cualquier evento sin afectación y tan sólo como obedeciendo órdenes que habéis recibido para partir. Colocad en medio al navío español bajo tiro de los franceses.»

Se mantuvo el combate, a pesar de las dilaciones del almirante francés, porque el general don Juan Ruíz de Apodaca, no quiso esperar más por darse cuenta que las tropas francesas iban acortando la distancia, dando la orden de atacar comenzando el fuego el 9, durando hasta el 14, en que la situación ya era insostenible por parte francesa.

Por lo que al rendirse el botín de guerra fue cuantioso; prisioneros, tres mil seiscientos setenta y seis, 442 cañones de a 24 y 36, mil seiscientos cincuenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veintinueve fusiles, mil sesenta y nueve bayonetas, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil noventa y seis sables, cuatrocientos veinticinco chuzos, ciento una mil quinientas sesenta y ocho balas de fusil, más toda la carga de munición de la artillería de los buques y sobre todo, fueron los víveres los que calmaron al menos el hambre de los españoles.

Convirtiéndose así en la primera victoria española sobre las armas del Emperador francés. Por este hecho de armas que tanto había levantado la moral de las tropas, para darle mayor importancia se concedió un ascenso generalizado para todos aquellos que habían participado por parte de la Junta Central, por esta razón un tiempo después recibió al Real orden del 14 de marzo de 1809, por la que se le comunicaba su ascenso a teniente general.

Después de catorce años al frente de las Compañías, alguien se debió de acordar que su comandante General estaba en situación de interino, por ello en 1811 se le otorgó el puesto en propiedad.

La época no era muy apropiada para casi nada que no fuera combatir al invasor, por esta razón todos los que algo podían aportar al buen fin de terminarla cuanto antes iban siendo llamados y curiosamente, Bermúdez de Castro, no estuvo nada más que un año al frente de las Compañías de Guardiamarinas como propietario, ya que en 1812 fue nombrado Ministro del Tribunal Especial de Guerra y Marina, por su probada fidelidad a la causa, pero no se encontraba muy bien de salud y renunció a él.

Quedando en situación de disponible en el mismo Departamento y donde el 18 de marzo de 1814, le sobrevino el óbito en su casa de la ciudad de Cádiz. Siendo depositados sus restos en el cementerio de San José, como era normal en la época a extramuros de la ciudad de Cádiz.

No era escusa baldía lo de no encontrarse bien para ocupar tan alto cargo y de tanta responsabilidad en esos momentos, por el tema de distinguir a los afrancesados de los que no lo fueron, prefiriendo con honradez hasta el final de su vida, que otros con mejores capacidades se ocuparan para mejor juzgar tan ardua causa.

Bibliografía:

Barbudo Duarte, Enrique.: Apresamiento de la escuadra francesa del almirante Rosilly en la bahía de Cádiz, el 14 de junio de 1808. Colección Fragata. Cádiz, 1987.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 8. 1910, página, 314.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895—1903.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Válgoma, Dalmiro de la. y Finestrat, Barón de.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

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