Drake ataca La Coruna y Lisboa 1589

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Drake ataca La Coruña y Lisboa



El 13 de abril de 1589 zarpaba de Inglaterra una escuadra formada por ciento cincuenta velas con dos mil quinientos marineros; dieciséis mil soldados y mil doscientos nobles, embarcándose éstos por si había algo para cada uno, o sea de los que buscaban fortuna (luego hablan de los españoles), al mando de Francis Drake, con sus segundos, el duque de Essex, Roger Williams, Felipe Butler y Eduard Wingfield y el efectivo militar a las órdenes del coronel John Norreys, con la intención de atrapar las flotas provenientes de tierras americanas y como segunda opción, dar apoyo al Prior de Crato y pasar al ataque a las islas Terceras. Según fuentes, se añadieron a la búsqueda del oro español también los bátavos con veinticinco buques.

Pusieron rumbo a la Coruña, por saber se estaba reuniendo otra gran flota para intentar de nuevo invadir Inglaterra, por ello pasó a ser su primer objetivo. El puerto y ciudad estaba protegido por mil quinientos hombres del ejército. Y fondeados, el galeón San José de Bertendona, la nao San Bartolomé, dos galeras del jefe Pantoja y en carena dado a la banda el galeón San Bernardo, con su artillería en tierra.

Arribaron al puerto los ingleses el 4 de mayo pasado el medio día, siendo bombardeados desde el castillo de San Antón, sucediendo esto estaban embarcando en sus lanchas las tropas del ejército, poniendo rumbo a Betanzos y Santiago, pero tuvieron que enfrentarse a unidades sueltas españolas, estas les causaron algún daño. Al día siguiente desembarcaron tres piezas gruesas de artillería, para desde aquí mejor batir los galeones, quienes a su vez estaban impidiendo el paso al resto de la escuadra enemiga, al saber Bertendona el desembarco dio la orden de pegarle fuego a su galeón y distribuir su gente en la defensa de la plaza.

Esa noche los ingleses abrieron trincheras en torno al castillo de San Antón, para proteger a estos los buques se acercaron para poderlo batir, pero el fuego certero del castillo les causaba muchos daños que acusaron al final. Al mismo tiempo se había desperdigado por la zona los enemigos y a extramuros, en el barrio de la Pescadería consiguieron hacerse con todo él, después de haber muerto sus setenta defensores, consiguiendo al mismo tiempo robar la artillería del galeón San Bernardo, por estar en tierra por su carena.

El 6 alcanzaron el monasterio de Santo Domingo, encontrándose también fuera de la protección de la muralla, trasladando artillería para ofender la plaza, pero muy corteses dirigieron un mensaje al gobernador don Juan de Padilla marqués de Cerralbo, diciéndole: «Los Generales pedían la ciudad para la reina de Inglaterra, y que entregándosela usarían de clemencia, no mirando á la afrenta que el año pasado le había querido hacer nuestra armada; que no lo haciendo se usaría el rigor de la guerra, y que, aunque estuviese dentro todo el poder de España, la habían de tomar dentro de dos días.» (Después hablan de las baladronadas de los españoles) El Gobernador se limitó a contestar: «Hicieran lo que debían de hacer.»

Se lanzaron al ataque siendo repelidos por el solo efecto de la artillería de la plaza. Comprobado no iba a resultar fácil a pesar de ser una pequeña parte de España, decidieron cavar para colocar minas bajo la muralla, el 12 se sufrió la primera explosión por su efecto se desmoronó un gran trozo de ella, el 14 otra consiguió abrir más la brecha, considerando era suya se lanzaron al ataque pero fueron rechazados de nuevo, no cejaron y al día siguiente volvieron a atacar siendo otra vez devueltos a sus líneas, el 16 lo intentaron de nuevo, pero en cada ataque sufrían muchas pérdidas, al igual que las propias iban aumentando, por ello las mujeres empezaron a atender a los heridos, viendo un claro en la defensa reanudaron por él el ataque, lanzando sobre el lugar sus seis mil hombres, cuando los defensores apenas llegaban a la mitad de los iníciales.

Aquí es cuando nace la ayuda de las mujeres en primera línea encabezada por María Fernández de la Cámara y Pita, quien recogió del suelo la espada y rodela de un soldado, subiéndose a continuación a uno de los torreones donde un alférez inglés estaba intentando enarbolar su bandera, le dio muerte, girándose al interior gritando «Quien tenga honra, que me siga.» Esto se convirtió en un grito de guerra movilizando a todas las demás, quienes recogiendo las armas de los caídos comenzando a abrir fuego, logrando con su inesperada reacción obligar a retroceder a los ingleses, pues en esto decayó el ánimo al ver su bandera en poder del enemigo.

Viendo la imposibilidad de tomar la plaza los enemigos comenzaron a reembarcar el 18, zarpando al día siguiente, dejando en él dos de sus naves tan maltratadas que las dieron por inútiles, de hecho al poco tiempo se fueron a pique. Bertendona se quedó en la plaza hasta verla reconstruida por completo, habiéndose sumado a su defensa tanto él como sus hombres.

Variaron el rumbo y arribaron al pueblo de Vigo, que en ese momento solo contaba con ciento cincuenta habitantes, el cual fue dado al fuego, pero la llegada de más tropas españolas le impidió mantenerse, viéndose obligados a reembarcar arrumbando a Peniche, donde la guarnición desalojó la fortaleza, lo que le permitió a Drake desembarcar doce mil de sus hombres, llegando Norris a Torres Vedras, donde proclamó al Prior de Crato. Drake continuó viaje hasta alcanzar la desembocadura del río Tajo, pero se encontró en la misma entrada con dieciocho galeras al mando de don Alonso de Bazán enfiladas en fortaleza, por ello el almirante inglés no se atrevió ni a intentar forzarla.

Pero se mantuvo a distancia, fuera del alcance de la artillería de las naves españolas, empezando a caer en la cuenta que no era tan fácil mantenerse, ya que por detrás las fuerzas del conde de Fuentes con su caballería estaba dejando al ejército invasor sin fuerzas, a lo que contribuía don Alonso con el bombardeo constante de las posiciones enemigas y para terminar de desalojar al enemigo, el adelantado mayor de Castilla, don Martín de Padilla con nueve galeras, había transportado varias compañía de los Tercios.

Esta presión constante, decidió a Norris al tercer día abandonar sus conquistas y retornar a sus buques, pero en la huida tuvo que abandonar sus caballos y todo objeto que embarazaba la buena marcha, ya que detrás iba el conde de Fuentes y don Pedro Enríquez de Acevedo con sus tropas hostigándole, pero sin apretar, pues solo contaba con mil doscientos hombres contra más de seis mil, se mantuvo un poco a la expectativa sin dejar de hacer fuego, hasta la llegada de don Francisco de Toledo con nuevas tropas de refresco, viendo que ya estaban embarcando los dejaron ir, aunque los arcabuceros a caballo los siguieron martirizando hasta que se pusieron fuera de alcance.

A finales de mayo Drake dio la orden de regresar a Inglaterra, porque ya la epidemia declarada en sus buques le estaba dejando sin brazos, al ver dar la popas a la escuadra de don Alonso, éste dio orden de perseguirla consiguiendo hundir tres de ellas, lo que sumado a los dos que se fueron hundidos en Coruña y los cuatro que hundió el adelantado de Castilla, don Martín de Padilla, fueron en total nueve los buques perdidos, pero en la huida se perdieron la inmensa mayoría, ya que hay datos demostrando que al final a Inglaterra solo llegaron cinco mil hombres, a los que sus armadores les dieron cinco chelines a cada uno por su trabajo.

Resumen de su escaramuza: Atacó Coruña y perdió dos buques, se vio obligado a abandonar, zarpó y puso rumbo a Lisboa, se enfrentó a la escuadra compuesta por nueve galeras al mando de don Martín de Lara y Padilla perdiendo otros siete buques, cortándole el paso en La Barra del Tajo las dieciocho galeras al mando de don Alonso de Bazán, impidiéndole poder conectar con las tropas desembarcas más al norte, y que fueron vencidas y obligadas a reembarcar por las del mando del Conde de Fuentes, en su huída las galeras de Lara lo persiguieron y aun le hundieron otros cuatro buques.

Por una carta del capitán inglés Tho. Fenner sabemos que: «En mi navío de 300 hombres de tripulación, solo tres se libraron del contagio, y murieron 114» y del libro Europa Portuguesa, se dice: «De las enfermedades contraídas por la falta de lo necesario para sustentarse fueron (los ingleses) arrojando muchos cadáveres al mar y perdiendo navíos; y convertido el mal en pestilencia, la sembraron en Plemua, de donde se transmitió por toda Inglaterra con grave daño, en que se mantuvo largos días. Éstas fueron las ganancias llevadas de Portugal a aquel reino, que tan grande las esperaba, con que apareció agora mas pena en aquella isla por haber enviado una armada a España, que en España antes por la que había enviado allí.»

Bibliografía:

Casado Soto, José Luis.: Los barcos españoles del siglo XVI y al Gran Armada de 1588. San Martín. Madrid, 1988. Premio Virgen del Carmen 1988.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Facsímil. Madrid, 1996. 6 Tomos.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

VV. AA.: La Armada Invencible. Círculo de Amigos de la Historia. Madrid, 1976.

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