Mazarredo Salazar Munatones y de Gortazar, Jose de Biografia

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Biografía de don José de Mazarredo Salazar Muñatones y de Gortázar


 Retrato de don José de Mazarredo Salazar Muñatones y de Gortázar. Teniente general de la Real Armada Española
José de Mazarredo Salazar Muñatones y Gortázar.
Cortesía del Museo Naval. Madrid.


Teniente general de la Real Armada Española.

Orígenes

Vino al mundo en la ciudad de Bilbao el día 8 de marzo del año 1745, siendo sus padres don Antonio José de Mazarredo Salazar Muñatones y Morgán, Alcalde de la propia ciudad y doña María Josefa de Gortázar y Arandia.

Hoja de Servicios

Sentó plaza de guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz, el día 17 de febrero del año 1759. Expediente N.º 844.

Al aprobar los exámenes teóricos se le ordenó embarcar para realizar sus prácticas en el navío Fénix, encontrándose en plena campaña corsaria (forma de aprendizaje rápido en la época); pasando a Nápoles y trasbordando al navío Firme, pasando posteriormente realizando el mismo corso y sucesivamente a los navíos Atlante, Vencedor y Héctor.

Pasados dos años en estas comisiones se le ordenó embarcar en el chambequín Andaluz, estando al mando del capitán de fragata don Francisco de Vera, en este buque se distinguió en la mar, como antes lo había hecho en los estudios, pues en la noche del día 13 de abril del año de 1761, impidió que el buque se estrellase contra una zona de rocas, donde le dirigía la mar y el viento, por una ejemplar maniobra logro evitarlo al varar sobre las Salinas de la Mata, (Alicante) «…por sus acertadas disposiciones y por su firmeza en sostenerlas contra el dictamen de hombres prácticos en la mar, y por su osadía en embarcarse de noche en medio de un fuerte temporal en un pequeño bote, a recoger la lancha perdida y ver de salvar el buque, logró al menos sacar a salvo toda la tripulación de trescientos hombres.» dice Fernández de Navarrete.

Por este hecho se le nombró sub-brigadier de los guardiamarinas continuando embarcado en los jabeques Vigilante e Ibizenco, destinados a combatir el corso contra las regencias norteafricanas.

En 1762 embarcó en el navío Glorioso, siendo nombrado por su general don Agustín de Idiáquez como Ayudante del Oficial de órdenes de su escuadra, sustituyendo a su jefe por caer enfermo, pasando a ser el oficial de órdenes durante las tres veces que zarpó la escuadra, todo porque al realizar su trabajo tan eficazmente su general se negó a nombrar a otro compañero de mayor grado.

A propuesta del Comandante General del Departamento de Cartagena por sus múltiples aptitudes más que demostradas, en el mes de octubre del año 1764 se le otorgaron los galones de alférez de fragata. Poco tiempo después cayó enfermo de fiebres, siéndole concedida una licencia para regresar a su casa natal en Bilbao y restablecerse en mejores manos.

A principios del año 1766 se le ascendió al grado de alférez de navío, siendo destinado como teniente a la sexta compañía del quinto Batallón de Infantería de Marina, poco después fue embarcada su unidad en el navío Triunfante, al regreso de la comisión parte de su compañía embarcó en el jabeque Cuervo, al arribar de uno de sus cruceros se le ordenó desembarcar y entregar el mando de su unidad de Infantería, siendo nombrado oficial subordinado en la goleta Brillante, perteneciente a una división de ellas al mando del teniente de fragata don Félix Tejada, donde de nuevo volvió a demostrar sus acertadas disposiciones.

Al ser ascendido al grado de teniente de fragata se le destinó como Ayudante de la Mayoría General del Departamento de Cartagena, por ocupar este cargo supo de la preparación de un largo viaje, por ello en el año 1772, queriendo mejorar sus conocimientos e incrementar su práctica, pidió embarcar en la fragata Venus, siendo su comandante don Juan de Lángara quien debía zarpar con rumbo a las islas Filipinas, se le concedió y embarcó, durante la navegación ayudaba a su comandante, llevando un prolijo diario de ella con todas las incidencias y observaciones astronómicas, no obstante lo detallado del diario, la situación se llevaba únicamente por estima, mejorada ésta tan sólo con la latitud observada por diferentes métodos usados en la época.

Mazarredo recordaba unas tablas que había visto en cierta ocasión, en 1767, publicadas en una gaceta británica siéndole imposible a pesar de sus gestiones realizadas desde Cádiz adquirirla en Gibraltar, con esta actitud no estaba conforme, porque los británicos se guardaban para ellos tan vital información utilizándola solo en su beneficio y en contra de la seguridad del resto de naciones del planeta.

Estando en la mar el 13 de febrero, en una espléndida noche de luna, casi en cuarto creciente, pocos días antes de llegar al cabo de Buena Esperanza, Mazarredo se fijó en lo mucho que destacaban las estrellas; la Luna estaba cerca de Aldebarán, surgiéndole la idea de poder obtenerse la longitud por distancia de la Luna a una estrella.

Entre él, Ruiz de Apodaca que estaba de guardia y el comandante Lángara quien se sumó al serle comunicadas las razones de lo que se trataba, observaron simultáneamente: Ruiz de Apodaca la altura de la Luna, Lángara la de Aldebarán y Mazarredo midió mientras tanto la distancia entre los dos astros.

Hicieron varias series de observaciones y las trabajaron seguidamente, resolviendo también los necesarios triángulos esféricos; en todo esto tardaron cuarenta y ocho horas dándoles una diferencia en longitud de dos grados al Oeste con respecto a la estimada; enmendaron ésta y gracias a ello a los pocos días recalaban con toda exactitud en ciudad de El Cabo.

Una vez fondeado en la bahía de la Tabla, adquirieron, en unos barcos de la Compañía Británica, los almanaques náuticos de 1772 y 1773; en ellos se daban las distancias lunares a las estrellas zodiacales cada tres horas pero con el meridiano de Greenwich, con este auxilio obtuvieron más fácilmente la longitud por observación, durante todo el viaje hasta Manila y a su regreso.

El abate Lacaille, en su tratado de Navegación de 1752, había expuesto el método de hallar la longitud por distancia de la Luna al Sol y a las estrellas zodiacales y no es menos cierto que lo empleaban los británicos desde el año 1767 y que también años antes se había impreso en Madrid un método de hallar la longitud en la mar, pero Mazarredo no era conocedor de todos estos avances, no restando por ello importancia para poder decir que él fue quien lo descubrió para España. Al llegar de su tornaviaje al archipiélago se informó y consiguió hacerse con un ejemplar del tratado de Lacaille, ampliando sus conocimientos.

En 1774, realizó otro viaje en la fragata Rosalía, también a las órdenes de Lángara y como compañero don José Varela, Apodaca y Alvear, viaje que tenía por objeto experimentar todos los procedimientos de navegación conocidos hasta la fecha, especialmente los de calcular la longitud.

Situaron con toda exactitud la isla de la Trinidad de los mares del Brasil y reconocieron la isla de Asunción, al Oeste de aquella, a unas cien leguas en dirección a la costa, de la cual hasta ese momento solo se sabía que existía sin más indicaciones ni datos.

En 1775, concurrió a la malograda expedición contra Argel, como ayudante del Mayor general de la escuadra al mando del marqués de González de Castejón, se asegura que fueron obra suya los planes de navegación, fondeo y desembarco de los veinte mil hombres del ejército, a las órdenes del general O'Reilly, pero no pudieron hacer frente a los miles de moros que se les echaron encima, cuando aún no se había podido construir una estacada ni emplazar la artillería, mientras los enemigos en su mayor parte iban montados, lo que les permitía atacar y replegarse con mucha mayor rapidez, obligando al mando a tomar la decisión de embarcar las tropas ante la imposibilidad de un avance seguro.

Siendo de nuevo Mazarredo, quien aprovechando la noche logró sacar a todos los hombres incluidos los heridos, actitud que el jefe del ejército, el conde de O'Reilly siempre le agradeció. Al saberse la noticia del pequeño desastre que no fue a más por la decidida acción de los marinos y sus buques, todo el peso de la derrota en la opinión pública y Real cayó sobre el general conde de O'Reilly.

Por los servicios distinguidos en esta campaña, el Rey confirió a Mazarredo el cargo de alférez de la compañía de Guardiamarinas de Cádiz, y los ascensos al grado de capitán de fragata y capitán de navío, añadiendo su nombramiento como Comandante de la recién creada Compañía de Guardiamarinas del Departamento de Cartagena, siendo el día 13 de agosto de 1776 cuando comenzó su trabajo. Es bueno hacer notar que alcanzó el grado de capitán de navío con treinta y un años de edad y tan solo diecisiete de servicios.

En este puesto no sólo atendió a la dirección de la escuela de guardiamarinas, sino que tomó parte activa en la enseñanza de la náutica y la maniobra, escribiendo algunos trabajos orientados al objeto, como la «Colección de Tablas para los usos más necesarios de la navegación.»

En 1778 por Real orden se le otorgó el mando del navío San Juan Bautista, destinado a prácticas de guardiamarinas (podríamos decir, que fue el primer buque escuela); llevaba y empleaba en sus navegaciones un reloj de longitud de bolsillo construido para él por Juan Arnold en el año de 1776 (el nº 12), el cual se conserva en la actualidad en el Museo Naval.

Obteniendo en estos viajes la verdadera situación de muchos puntos de la costa de España y de berbería, trabajo que sirvió de gran ayuda a Vicente Tofiño, quien con más instrumentos consiguió perfeccionar las diferencias anteriores pasando así a formar parte de su «Atlas Marítimo»

En 1779, se le nombró Mayor General (grado equivalente al de jefe de Estado Mayor) de la escuadra del general Gastón, poniendo en práctica los «Rudimentos de Táctica Naval» que había escrito cuando era teniente de navío, así como sus «Instrucciones y señales» publicadas en 1781, viéndose lo conveniente de disponer el mando de un medio de comunicación eficaz, dependiendo de las necesidades y conveniencias variables en todo combate, para ser perfectamente adoptadas las distintas formaciones de una escuadra.

Su éxito como Mayor General lo obtuvo principalmente al año siguiente, cuando ocupaba ese destino en la escuadra del general don Luis de Córdova, reforzada con seis navíos franceses, cuando apercibido de la falta de escolta fuerte, ordenó a la escuadra una atrevida maniobra, siendo considerada como temeraria por todos los oficiales, pero gracias a ella el día 9 de agosto del año 1780 en aguas del cabo de Santa María, fue apresado un importante convoy británico de cincuenta y cinco velas, transportando mercancías, hombres, cañones y víveres para su ejército en lucha contra los independentistas norteamericanos, solo tres buques pudieron escapar gracias a la poca visibilidad por la constante lluvia.

A pesar de ser buques mercantes, por reunir condiciones aconsejables algunos de los apresados pasaron a formar parte de la Armada posteriormente siendo: la Helbrech, de 30 cañones, se bautizó Santa Balbina, de 34 cañones; la Royal George, de 28, fue la Real Jorge; de 30; la Monstraut, de 28, fue la Santa Bibiana, de 34, y las Geoffrey, y Gatton ambas de 28, fueron respectivamente, la Santa Paula, de 34 y Colón, de 30 cañones.

Fueron capturados unos 4.800 prisioneros en total, siendo el botín valorado en 1.600.000 libras de la época, una cifra tan alta que afectó por primera vez a la Bolsa de Londres.

Debióse también a Mazarredo la salvación de la gran escuadra hispano-francesa, compuesta por veintiocho navíos y cuatro fragatas españolas más treinta y ocho navíos y veinte fragatas francesas, que daban escolta a un rico convoy de ciento treinta velas, por navegar a un rumbo que la abocaba a su pérdida por la inoportuna orden de zarpar que emanó del general francés conde d’Estaing, contra la negativa que le propuso Mazarredo y que éste pudo subsanar, consiguiendo arribase la escuadra combinada de nuevo a la bahía de Cádiz, pocos días después de haber zarpado del mismo lugar, ante la amenaza de un fuerte temporal que, una vez transcurrido hizo caer en la cuenta de lo acertado de su decisión.

Hacer notar que Mazarredo no era un adivino, sino que en la Armada Española se habían comenzado a usar los barómetros marinos que permitían, con una buena lectura de ellos, poderse anticipar unas horas al tiempo venidero a ello se añadía su constante vigilancia astronómica, por la práctica alcanzada le avisaba de los posible temporales.

En 1781, cruzando la escuadra al mando del general don Luis de Córdova por las cercanías de las islas Sorlingas, con tiempo muy duro el general francés conde de Guichen hizo repetidas veces señales de «Peligro en la derrota» Mazarredo, conocedor de la verdadera situación por las frecuentes observaciones que efectuaba y meticulosa estima que llevaba realizada, más el apoyo de los barómetros, dio su parecer de continuar en el rumbo marcado, si en cambio se alteraba sería muy posible que la escuadra se perdiera, fue tan firme en su decisión que hizo dudar al conde, quien confirmó la orden de proseguir al mismo rumbo.

Después se pudo comprobar lo correcto de todas sus decisiones, aún en contra de la opinión de marinos acostumbrados y conocedores de esas aguas, al llegar a Algeciras el mismo conde de Guichen convencido del acierto, llegó a decir ingenuamente al conde Artois (futuro Carlos X de Francia) quien se encontraba en el mismo puerto de arribada: «Yo iba a perder una armada que Monsieur Mazarredo salvó.»

A principios de 1782 volvió a poner de manifiesto su pericia marinera, cuando una escuadra española compuesta por siete navíos y siete fragatas, después de haber dejado a salvo en las proximidades de las islas Canarias a un convoy regresaba con rumbo a la bahía de Cádiz, como era su costumbre y al notar una bajada de los barómetros, se puso a realizar sus observaciones entre los días 26 de enero al 4 de febrero, sin soltar un instante su reloj verificando cada variación visualizada, dándose cuenta por la época iba a sobrevenir un fuerte temporal, al estar convencido lo puso en conocimiento de su Comandante, éste hizo suyas todas las indicaciones sugeridas por Mazarredo, ellas les permitieron arribar a la bahía donde fondearon, a pesar del fuerte temporal, pero conducidos con gran acierto y prudencia sin haber sufrido mayores problemas que los típicos en estos casos, pero menores.

Tomó parte con la escuadra en el gran bloqueo de 1782 del peñón de Gibraltar, el día 13 de septiembre participó en el nefasto ataque de las baterías flotantes y el 20 de octubre siguiente en el combate entre la escuadra española al mando del general don Luis de Córdova contra la británica al mando del almirante Howe, en aguas del cabo de Espartel cuando ésta regresaba al Atlántico, después de haber conseguido entrar en Gibraltar el socorro tan necesario para la plaza.

Los británicos admiraron: «…el modo de maniobrar de los españoles, su pronta línea de combate, la veloz colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y la oportunidad con que forzó la vela la retaguardia acortando las distancias.» El combate tuvo una duración de cinco largas horas.

Los buques enemigos por llevar ya forradas sus obras vivas de cobre tenían mayor andar, permitiéndoles mantenerse en todo momento la distancia conveniente, cuando el resto de la escuadra española iba llegando al combate, decidieron por el mayor número de navíos españoles rehuirlo, viraron y cazaron el viento enseñando sus popas se fueron alejando del alcance de la artillería española. El coloso español, el navío Santísima Trinidad, del porte de 130 cañones sólo pudo hacer una descarga completa de todas sus baterías, su lentitud le impidió poder hacer más. Regresando la escuadra a la bahía de Cádiz el 28 siguiente.

A él le cupo el orgullo y honor de gran parte del éxito y adelanto obtenido en la maniobra, consiguiendo casi llegar a los navíos enemigos, a pesar de su desventaja en el andar. Al finalizar esta campaña, se firmó la Paz de 1783, por todo lo que había conseguido, S. M. le firmo la Real orden con su ascenso al grado de jefe de escuadra.

Paula y Pavía dice: «Ningún ramo de la marina militar se ocultó a su inteligencia y a su celo.»

Se le dio el mando como capitán de las tres compañías de guardiamarinas, las de Cádiz, Ferrol y Cartagena, por su impronta fue seleccionando guardiamarinas que destacaban y personalmente les fue instruyendo en las materias de su competencia, creando así un buen número de futuros y competentes oficiales en ellas.

En el verano del año 1785, recibió el encargo de realizar por el Mediterráneo un crucero de estudio práctico, comparativo entre la construcción británica y la francesa, para tal efecto se formó una escuadra compuesta de los navío San Ildefonso, sobre cuyos gálibos había ya informado en el año 1783 y la fragata Santa Brígida del tipo británico, y del navío San Juan Nepomuceno y la fragata Santa Casilda del tipo francés.

Esta campaña duró un año y no se publicaron, desgraciadamente, sus resultados. Solamente se conserva la memoria: «Informe sobre construcción de navíos y fragatas» quedando patente que los gálibos eran correctos, por haber sido el de mejor comportamiento en la pruebas el San Ildefonso.

Al ser bombardeada la plaza de Argel por segundo año consecutivo por la escuadra de don Antonio Barceló, al año siguiente de 1785 la Regencia norteafricana decidió firmar la paz con el reino de España, para ello se le encomendó a Mazarredo realizar el viaje, zarpando con la escuadra que se encontraba en pruebas de comparación de tipos de buques, siendo autorizado a firmarla en la capital norteafricana, al terminar el protocolo zarpó, fondeando en Cartagena el 23 de agosto de 1786.

En 1789 fue ascendido a teniente general, estando muy poco tiempo en Madrid dedicado a la redacción de las «Ordenanzas Navales», auxiliado por su inseparable ayudante el capitán de navío don Antonio de Escaño.

Interrumpió esta tarea al ser nombrado segundo jefe de una escuadra al mando del marqués del Socorro, pasando a Cádiz donde embarcó en el navío Conde de Regla, arbolando su insignia, con ella en una ocasión salió en persecución de otra británica, persiguiéndola hasta el cabo de Finisterre sin poderle dar alcance, quedándose cruzando por aquellas aguas, hasta ser firmada la paz con el Reino Unido de la Gran Bretaña.

Regresó a Madrid en el mes de abril de 1791, donde prosiguió en la redacción de la «Ordenanza Naval», auxiliado de nuevo por su ‹brazo derecho›, don Antonio de Escaño, terminándolas en 1793, viendo la luz de la imprenta en el mismo año, por su ardua labor de más de siete años, S. M. lo recompensó con una encomienda de la Orden Militar de Santiago.

Mientras estuvo en la Corte, don Martín Fernández de Navarrete nos dice: «Apenas hubo por entonces expediciones científicas, que no fuese a propuesta suya, o a conveniencia de sus informes», una de ellas la del año 1791, de Churruca, para levantar las costas de las Antillas y Costa Firme.

En 1795 en guerra con la república francesa, tomó el mando en Cádiz de una escuadra que debía de unirse a la de don Juan de Lángara, quien operaba en el Mediterráneo, pero por ascenso de general Lángara a la máxima dignidad de la Real Armada, como su Capitán General, se entregó el mando de ella a don José de Mazarredo, al serle notificado la firma del tratado de paz de Basilea el día 22 de julio del año de 1795, 4 thermidor, año tercero de la República Francesa. — Domingo de Iriarte. — Francisco Barthelemy, dió la orden de regresar a la bahía de Cádiz.

Al cesar el bailío Valdés como ministro de Marina, fue nombrado en su lugar don Pedro Varela, con quien mantuvo unas diferencias por considerar Mazarredo no eran atendidos debidamente los buques, y al haberse negado a ampliar los informes expuesto en circunstancias anteriores, como pretendía el nuevo ministro, para acusar a Valdés de mala administración, esta actitud fuera de lugar le obligó a presentar la dimisión de su mando, por ser coherente consigo mismo la cual le fue aceptada, siendo destinado a Ferrol, con prohibición expresa de pasar a la Corte.

Para no ser nosotros los que opinemos, trascribimos esta parte de la obra de don Francisco de Paula y Pavía, que mucho más cercana en el tiempo nos los explica: «…habiendo cesado y sido relevado del Ministerio de Marina el célebre Baylío Valdés, el que le sucedió (obsérvese que omite el nombre) descuidó completamente la parte material; introdujo el desórden en la administracion por el espiritu de innovacion que siempre hubo en España de deshacer el entrante lo que habia hecho el saliente, fuese bueno ó malo, y sin hacer economías ningunas, puesto que durante su época se tuvo menos Armada y se gastó más que en la del Baylío; marcó su desastroso mando con el desórden y desconcierto de nuestros arsenales, bases principales de la buena organizacion de una marina.»

Fruto en parte de la imprevisión del Gobierno manifiesta y también del poco acierto del nuevo general al mando don José de Córdova, sucedió el desgraciado combate del 14 de febrero de 1797 en el cabo de San Vicente, contra una escuadra británica.

Después del combate fue designado sucesor de Córdova el anciano general Borja; pero por fortuna los capitanes de fragata Espinosa, Fernández de Navarrete y Salazar, se aventuraron a pedir audiencia a la Reina deshaciendo el error en el Real ánimo, de que Mazarredo tenía trastornado el juicio y expusieron como comparación el mal estado del anciano Borja.

La Reina acudió al Rey, quien cayó en el error dando la orden de detener al correo, siendo nombrado Mazarredo para el mando de la escuadra, teniendo el Gobierno en pleno tener que reconocer el verdadero problema; al serle entregada la Real orden se puso en camino a Cádiz para tomar el mando de las fuerzas navales que debían defender el puerto.

La escuadra estaba compuesta por veinticinco navíos, de los que cuatro eran de tres puentes, once fragatas y tres bergantines; arboló su insignia en el navío de tres baterías Concepción y en menos de dos meses consiguió organizar las fuerzas sutiles, llegando a reunir ciento treinta embarcaciones al mando de los generales Gravina y Villavicencio, con las que rechazó los ataques del enemigo, como ocurrió en las noches del 3 y 5 de julio de 1797.

En 1798 salió repentinamente de Cádiz con veintidós navíos, tres fragatas y la Vestal, francesa, para sorprender a una división británica de nueve navíos que cruzaba frente a Cádiz, al estar fuera de puntas toda la escuadra y rumbo de persecución, el destino quiso que al poco tiempo se desatara un fuerte temporal del sudeste impidiéndole dar alcance a los enemigos, en previsión de ser avisada la escuadra enemiga, la cual disponía de su base en la ciudad de Lisboa al mando del mismo almirante Jervis, prefirió fondear en la desembocadura del río Guadiana, donde permaneció hasta amainar el temporal, momento que aprovechó para darse a la vela y arribar de nuevo a la bahía de Cádiz.

No fue ninguna aventura y estaba en lo cierto, lo confirmó por si solo el mismo enemigo que, tan solo veinticuatro horas después se presentó ante la bahía una escuadra británica compuesta por cuarenta y dos navíos, más varias fragatas y buques menores, logrando escapar así de un combate perdido de antemano por la gran superioridad numérica de los enemigos.

Fue nombrado Mazarredo Capitán General del Departamento de Cádiz, al ser terminadas las obras del nuevo Observatorio de Marina en San Fernando, dio orden de trasladar desde la Isla de León todos los instrumentos, al nuevo, al que añadió la nueva fábrica de relojes marinos (cronómetros) e instrumentos náuticos, pero construidos por españoles que previamente habían estado trabajando en los mejores talleres, tanto británicos como franceses, gracias a una iniciativa anterior suya, ahora no hacía falta salir para disponer de los mismos o mejores, por último añadió la sección de efemérides en el mismo Observatorio.

A Mazarredo se debe en los sextantes el movimiento del anteojo paralelo al plano del aparato.

En 1799, mandando la escuadra pasó con ella al Mediterráneo, sufriendo un violento huracán en el golfo de Vera, uno de esos chubascos conocidos con el nombre de «fortuna de mar», pro sus efectos quedaron desarbolados varios navíos; pasó a Cartagena donde reparó las averías con increíble rapidez, gracias a su tesón y al de su mayor general don Antonio de Escaño, al estar lista se unió a la escuadra francesa del almirante Eustache Bruix pasando al Atlántico, fondeando en Cádiz y posteriormente a Brest, donde fondearon ambas escuadra el día 8 de agosto seguido.

En este arsenal francés entregó el mando interinamente de la escuadra al general don Federico Gravina, y Mazarredo pasó a París con el almirante Bruix, a concertar las operaciones navales en unión del alto mando francés, pero al mismo tiempo nombrado como embajador extraordinario de España, ante Napoleón, elevado por entonces al Consulado, tuvo que luchar firmemente Mazarredo por los intereses de España, pues la ambición de Bonaparte, dejaba verse perfectamente su solo y particular interés, para hacer con la Real Armada lo que mejor le servía a él y no a España.

Tan firme actitud disgustó a Napoleón que, le retuvo en París una larga temporada, mientras intentaba fuera exonerado del mando, lo que no le fue complicado dado que el Gobierno de España, estaba a favor del cónsul francés.

Como pretexto, se le nombró Capitán General del Departamento de Cádiz, así abandonó París poniéndose en camino a Cádiz, pero evitando con varias argucias pasar por la Corte, llegando y tomando posesión de su alto cargo el día 9 de febrero del año 1801.

Antes de salir camino de París se le ofreció por el Gobierno la cartera del Ministerio de Marina, pero rehusó a ella por desconfiar de las buenas relaciones con la Villa y Corte, no pudo evitar que al final ser nombrado en su nuevo cargo, al ocuparlo solo puso pegas a la unión con el vecino país hasta conseguir, ser apartado para evitar con su vigor interferir en las negociaciones entre las dos capitales.

Pero se añadió al problema que en el fondo nada cambiaba, veía como los buques no podían hacerse a la mar por falta de casi todo, especialmente de tripulaciones, pero se agravó tanto que llegó a faltar hasta pólvora, a todo esto remitió al Gobierno todo tipo de quejas, comunicando que algunos bajeles por falta de carena se hundían en el mismo fondeadero, pasaba el tiempo y no recibía ni siquiera una explicación, muy molesto por la situación provocada, viendo el desastre que se cernía sobre la Armada y España, elevó su petición de separarse del servicio, al serle aceptada pidió permanecer de cuartel en Bilbao, siendo autorizado por Real orden del día 9 de febrero 1802.

En agosto 1804, fue mal vista su conducta en la Corte con motivo de tratar de impedir los funestos efectos del furor popular y de remediar los males que traerían consigo la oposición de los intereses locales a los del Gobierno, por ello fue desterrado de su casa, siendo llevado en primer lugar a Santoña y posteriormente a Pamplona.

Es notable que tanto en el destierro como en sus viajes, mantenía una constante inquietud por las observaciones astronómicas, las cuales realizaba tierra adentro con horizonte artificial de azogue, así se le pasaban las horas con mayor facilidad y de paso, algo aprendía.

En 1807 el Gobierno le autorizó a regresar a Bilbao, donde le sorprendió el alzamiento nacional del 2 de mayo de 1808, comenzando una larga guerra hasta conseguir echar de la península a los invasores napoleónicos.

Napoleón, gran conocedor de los hombres de valía comenzó a intentar atraerlo a su lado, invitándole a que al menos le oyera y después decidiera, Mazarredo viendo que no había otra opción accedió a viajar a Bayona, de esta forma Bonaparte lo convenció para formar parte del gobierno de su hermano, pensando sería más sencillo proteger sobre todo a su amada Armada y en ello estuvo.

Cuando el ejército británico abandonó Galicia, al perder después de una tenaz defensa el combate de Elviña en el que murió el general sir John Moore jefe de todas la fuerzas, los mariscales Soult y Ney no tuvieron enemigos que combatir, tomando Ferrol en cuyo fondeadero y puerto se encontraban, once navíos, cuatro fragatas y otros buques menores, por el estado de algunos de ellos se tuvieron que reparar con la intención de ser robados a España e incluirlos en la marina francesa.

Enterado de las intenciones, Mazarredo se personó en aquella capital Departamental, estando al mando el general don Pedro Obregón por orden expresa de Napoleón, pero al llegar Mazarredo se puso del lado de su jefe natural y tras duras conversaciones con los mariscales franceses lograron evitar que, la mayor parte de los buques en cuestión saliesen para Francia, de donde habían llegado para hacerse cargo de ellos un contralmirante francés, con oficiales y marinería.

Este importante servicio siempre le fue reconocido a Mazarredo por parte de la Real Armada española, a la que se unió la Real Marina Británica.

Conseguido su propósito regresó a Madrid, donde le acometió un ataque de gota, originándole el fallecimiento el 29 de julio de 1812, a los sesenta y siete años de edad.

Fue sin duda, para él una gran fortuna, pues se libró de las persecuciones que padecieron los afrancesados españoles posteriormente y que en sí, como siempre, casi fueron peor las represalias que la misma guerra.

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