Octavio de Aragon en aguas de Valencia 1618

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<big>'''De Sicilia vino D. Octavio a Valencia, y en el camino, en diferentes parajes, tomó una galeota, dos saetías, tres barcos grandes de bastimentos y cuatro fragatas de moros. En la galeota se hallaron veinticinco cristianos que los moros cautivaron, que iban a Roma; entre los cuales había un canónigo de Orense, y dos frailes de San Francisco, el uno guardián de Santiago de Galicia y el otro conventual de San Francisco de Salamanca, y más otro religioso descalzo de Nuestra Señora del Carmen, y un clérigo criado del obispo de Astorga y un viejo de ochenta y cuatro años, ermitaño, morador en la ermita de San Juan del Viso, media legua de Alcalá de Henares, que iba a visitar aquella ciudad y sus santos lugares ya pedir a Su Santidad le concediese un jubileo para la dicha ermita; y asimismo a Jorge Demetrio Paleólogo, obispo griego, con dos niños hermanos suyos y ochenta y tres mil ducados en oro que Su Majestad le había dado, y otros caballeros españoles, para rescatar los ornamentos, cálices, patenas, cruces, relicarios de plata y otras cosas del servicio de su iglesia, y ocho monjes de San Basilio, que estaba todo en rehenes en poder del Turco, hasta que le pagasen esta cantidad que le debían, del tributo que cada año le pagaban, de algunos años que había que no le pagaban, el cual dicho dinero había juntado en España en cuatro años; y a otro caballero romano con su mujer y dos hijas, doncellas grandes; y las demás personas eran de Barcelona y Valencia; a todos los cuales puso en libertad y dio lo que los moros les habían quitado, y modo como hiciesen su viaje más sin peligro, que además de ser gran soldado, D. Octavio de Aragón es muy caritativo.'''
<big>'''De Sicilia vino D. Octavio a Valencia, y en el camino, en diferentes parajes, tomó una galeota, dos saetías, tres barcos grandes de bastimentos y cuatro fragatas de moros. En la galeota se hallaron veinticinco cristianos que los moros cautivaron, que iban a Roma; entre los cuales había un canónigo de Orense, y dos frailes de San Francisco, el uno guardián de Santiago de Galicia y el otro conventual de San Francisco de Salamanca, y más otro religioso descalzo de Nuestra Señora del Carmen, y un clérigo criado del obispo de Astorga y un viejo de ochenta y cuatro años, ermitaño, morador en la ermita de San Juan del Viso, media legua de Alcalá de Henares, que iba a visitar aquella ciudad y sus santos lugares ya pedir a Su Santidad le concediese un jubileo para la dicha ermita; y asimismo a Jorge Demetrio Paleólogo, obispo griego, con dos niños hermanos suyos y ochenta y tres mil ducados en oro que Su Majestad le había dado, y otros caballeros españoles, para rescatar los ornamentos, cálices, patenas, cruces, relicarios de plata y otras cosas del servicio de su iglesia, y ocho monjes de San Basilio, que estaba todo en rehenes en poder del Turco, hasta que le pagasen esta cantidad que le debían, del tributo que cada año le pagaban, de algunos años que había que no le pagaban, el cual dicho dinero había juntado en España en cuatro años; y a otro caballero romano con su mujer y dos hijas, doncellas grandes; y las demás personas eran de Barcelona y Valencia; a todos los cuales puso en libertad y dio lo que los moros les habían quitado, y modo como hiciesen su viaje más sin peligro, que además de ser gran soldado, D. Octavio de Aragón es muy caritativo.'''
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'''Llegó, pues D. Octavio a Valencia, donde estuvo dos días, y de allí envió al capitán Lezcano con dos galeras a reconocer aquella costa, el cual peleó con un navío de moros corsarios y le rindió, y dio libertad a nueve cristianos que habían cautivado en un barco, gente principal de Valencia, que iban a Denia; y tan en tanto que él andaba reconociendo las costas, tuvo D. Octavio, de un navío genovés, que venía huyendo de moros, que andaban allí cerca doce velas gruesas de enemigos, y que ellos se habían escapado, que les venían dando caza, porque cuando amaneció se hallaron sin pensar cerca de ellos. Envió luego un patache a reconocerlos, y volvió de allí a dos horas con nueva que se venían acercando ocho navíos gruesos, con buena orden y forma de batalla y dispuestos, a lo que mostraban, para pelear. Cuando llegó el patache con esta nueva, estaba comiendo D. Octavio con muchos caballeros que de Valencia le habían venido a visitar, y en las demás galeras estaban muchos ciudadanos, a los cuales despidió luego, y mandó echar la gente ciudadana fuera de las demás galeras; pero ninguno de los caballeros quiso salir, y aunque D. Octavio replicó y pidió con insistencia se fuesen a tierra, no fue posible lo hiciesen, antes dijeron habían peleado en otras ocasiones, y en ésta querían hacer lo mismo y servir a Su Majestad, y así luego tomaron espadas y rodelas. De los ciudadanos, por ser muchos, echaron algunos, otros se quedaron, los más mozos y alentados. Andaba D. Octavio con gran prisa y vigilancia, dando órdenes y puestos, y previniendo lo necesario, y estando todo a punto, pareció el enemigo, que en la forma dicha venia hacía las galeras con bandera de guerra. (Era el 17 de diciembre de 1618.)'''
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'''Llegó, pues D. Octavio a Valencia, donde estuvo dos días, y de allí envió al capitán Lezcano con dos galeras a reconocer aquella costa, el cual peleó con un navío de moros corsarios y le rindió, y dio libertad a nueve cristianos que habían cautivado en un barco, gente principal de Valencia, que iban a Denia; y tan en tanto que él andaba reconociendo las costas, tuvo D. Octavio, de un navío genovés, que venía huyendo de moros, que andaban allí cerca doce velas gruesas de enemigos, y que ellos se habían escapado, que les venían dando caza, porque cuando amaneció se hallaron sin pensar cerca de ellos. Envió luego un patache a reconocerlos, y volvió de allí a dos horas con nueva que se venían acercando ocho navíos gruesos, con buena orden y forma de batalla y dispuestos, a lo que mostraban, para pelear. Cuando llegó el patache con esta nueva, estaba comiendo D. Octavio con muchos caballeros que de Valencia le habían venido a visitar, y en las demás galeras estaban muchos ciudadanos, a los cuales despidió luego, y mandó echar la gente ciudadana fuera de las demás galeras; pero ninguno de los caballeros quiso salir, y aunque D. Octavio replicó y pidió con insistencia se fuesen a tierra, no fue posible lo hiciesen, antes dijeron habían peleado en otras ocasiones, y en ésta querían hacer lo mismo y servir a Su Majestad, y así luego tomaron espadas y rodelas. De los ciudadanos, por ser muchos, echaron algunos, otros se quedaron, los más mozos y alentados. Andaba D. Octavio con gran prisa y vigilancia, dando órdenes y puestos, y previniendo lo necesario, y estando todo a punto, pareció el enemigo, que en la forma dicha venia hacía las galeras con bandera de guerra. (tuvo lugar el combate el 17 de diciembre de 1618.)'''
'''Don Octavio los aguardó y teniéndolos cerca disparó la artillería, con que les hizo mucho daño, y echó a fondo un navío: ellos dispararon la suya, y fue Dios servido no recibiesen daño alguno los nuestros considerable; nuestra Capitana volvió a disparar, y a la del contrario le hizo un gran portillo, y se juntó y aferró con ella, y por el dicho portillo entraron los nuestros siguiendo a D. Octavio, que con espada y rodela se arrojó de los primeros; pero cuando él puso, con valor de gran soldado, el pie en el navío, ya estaba Juan de Ariño, valenciano, que se arrojó al agua con la rodela a las espaldas y la espada en la boca, y entró por las espaldas de la batalla en la Capitana del enemigo, y dio de improviso en los moros, de los cuales tenía muertos a sus pies un buen palenque; el cual fue causa que desmayasen, viendo lo que Ariño hacía, y por otra parte D. Octavio y los suyos. Opúsose Quartanet, o Ali-Zayde, a D. García Lope, caballero del hábito de San Juan, natural de Valencia, de los que habían venido a visitar a D. Octavio, y aunque era valiente el morisco, más lo es cualquiera que con semejante señal adorna su pecho: vencióle a pocos lances, y viendo los demás rendido a su capitán, se rindieron. A este tiempo se rindió la Almiranta a manos de D. Juan de Solís, natural de Salamanca, y de Pedro Jorge de Cárdenas y Sebastián Vicente Tafalla, ciudadanos de Valencia.'''
'''Don Octavio los aguardó y teniéndolos cerca disparó la artillería, con que les hizo mucho daño, y echó a fondo un navío: ellos dispararon la suya, y fue Dios servido no recibiesen daño alguno los nuestros considerable; nuestra Capitana volvió a disparar, y a la del contrario le hizo un gran portillo, y se juntó y aferró con ella, y por el dicho portillo entraron los nuestros siguiendo a D. Octavio, que con espada y rodela se arrojó de los primeros; pero cuando él puso, con valor de gran soldado, el pie en el navío, ya estaba Juan de Ariño, valenciano, que se arrojó al agua con la rodela a las espaldas y la espada en la boca, y entró por las espaldas de la batalla en la Capitana del enemigo, y dio de improviso en los moros, de los cuales tenía muertos a sus pies un buen palenque; el cual fue causa que desmayasen, viendo lo que Ariño hacía, y por otra parte D. Octavio y los suyos. Opúsose Quartanet, o Ali-Zayde, a D. García Lope, caballero del hábito de San Juan, natural de Valencia, de los que habían venido a visitar a D. Octavio, y aunque era valiente el morisco, más lo es cualquiera que con semejante señal adorna su pecho: vencióle a pocos lances, y viendo los demás rendido a su capitán, se rindieron. A este tiempo se rindió la Almiranta a manos de D. Juan de Solís, natural de Salamanca, y de Pedro Jorge de Cárdenas y Sebastián Vicente Tafalla, ciudadanos de Valencia.'''
'''De los cinco que quedaban dieron a huir dos, y los alcanzó y rindió el capitán Diego de Soria; cargaron todos sobre los tres, que hacían mucha resistencia, respeto de gobernarlos un morisco andaluz, gran soldado y muy ladino, que algún tiempo sirvió en Flandes con diferente nombre y patria, natural de Motril; pero al fin se rindieron, habiendo durado la batalla nueve horas. Poco antes de la noche había apercibido el Virrey de Valencia unos vasos que estaban en la playa para ir a socorrer a los nuestros, y cuando partían para allá, ya los nuestros venían victoriosos, a los cuales hicieron salva y acompañaron hasta el Grao, donde desembarcaron con la presa, dejando bastante guarnición en galeras y navíos. Hizo salva el Grao, y acompañado del Virrey y caballeros llegó D. Octavio a Valencia, donde le hicieron salva los baluartes, y había muchas luminarias. Fueron a la iglesia mayor e hicieron oración ante el Santísimo Sacramento, que estuvo descubierto, y en todas las parroquias y conventos, con muchas luces, mientras duró la batalla, de donde el día siguiente salió D. Octavio en busca de muchos perros de agua, que el capitán Lezcano trajo aquella mañana que andaban en aquellos mares. Dios sea loado.»'''</big>
'''De los cinco que quedaban dieron a huir dos, y los alcanzó y rindió el capitán Diego de Soria; cargaron todos sobre los tres, que hacían mucha resistencia, respeto de gobernarlos un morisco andaluz, gran soldado y muy ladino, que algún tiempo sirvió en Flandes con diferente nombre y patria, natural de Motril; pero al fin se rindieron, habiendo durado la batalla nueve horas. Poco antes de la noche había apercibido el Virrey de Valencia unos vasos que estaban en la playa para ir a socorrer a los nuestros, y cuando partían para allá, ya los nuestros venían victoriosos, a los cuales hicieron salva y acompañaron hasta el Grao, donde desembarcaron con la presa, dejando bastante guarnición en galeras y navíos. Hizo salva el Grao, y acompañado del Virrey y caballeros llegó D. Octavio a Valencia, donde le hicieron salva los baluartes, y había muchas luminarias. Fueron a la iglesia mayor e hicieron oración ante el Santísimo Sacramento, que estuvo descubierto, y en todas las parroquias y conventos, con muchas luces, mientras duró la batalla, de donde el día siguiente salió D. Octavio en busca de muchos perros de agua, que el capitán Lezcano trajo aquella mañana que andaban en aquellos mares. Dios sea loado.»'''</big>
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==Bibliografía==
==Bibliografía==
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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.
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Transcrito por Todoavante.
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Revisión de 11:56 2 oct 2017


1618 – Combate de Don Octavio de Aragón en aguas de Valencia




«Relación de las famosas presas que por orden del Excelentísimo Duque de Osuna, virrey de Nápoles, tuvo D. Octavio de Aragón en fin de mes de abril y principios de mayo del presente año en el canal de Constantinopla, Levante, costas de Berberia y de Valencia, en las cuales dichas partes tuvo reñidas batallas y tomó veinte vasos, galeras, galeotas, fragatas, saetías, barcos y navíos, con gran número de turcos y moriscos valencianos. Documento impreso en Sevilla por Juan Serrano de Vargas, año 1618, en folio.

De Sicilia vino D. Octavio a Valencia, y en el camino, en diferentes parajes, tomó una galeota, dos saetías, tres barcos grandes de bastimentos y cuatro fragatas de moros. En la galeota se hallaron veinticinco cristianos que los moros cautivaron, que iban a Roma; entre los cuales había un canónigo de Orense, y dos frailes de San Francisco, el uno guardián de Santiago de Galicia y el otro conventual de San Francisco de Salamanca, y más otro religioso descalzo de Nuestra Señora del Carmen, y un clérigo criado del obispo de Astorga y un viejo de ochenta y cuatro años, ermitaño, morador en la ermita de San Juan del Viso, media legua de Alcalá de Henares, que iba a visitar aquella ciudad y sus santos lugares ya pedir a Su Santidad le concediese un jubileo para la dicha ermita; y asimismo a Jorge Demetrio Paleólogo, obispo griego, con dos niños hermanos suyos y ochenta y tres mil ducados en oro que Su Majestad le había dado, y otros caballeros españoles, para rescatar los ornamentos, cálices, patenas, cruces, relicarios de plata y otras cosas del servicio de su iglesia, y ocho monjes de San Basilio, que estaba todo en rehenes en poder del Turco, hasta que le pagasen esta cantidad que le debían, del tributo que cada año le pagaban, de algunos años que había que no le pagaban, el cual dicho dinero había juntado en España en cuatro años; y a otro caballero romano con su mujer y dos hijas, doncellas grandes; y las demás personas eran de Barcelona y Valencia; a todos los cuales puso en libertad y dio lo que los moros les habían quitado, y modo como hiciesen su viaje más sin peligro, que además de ser gran soldado, D. Octavio de Aragón es muy caritativo.

Llegó, pues D. Octavio a Valencia, donde estuvo dos días, y de allí envió al capitán Lezcano con dos galeras a reconocer aquella costa, el cual peleó con un navío de moros corsarios y le rindió, y dio libertad a nueve cristianos que habían cautivado en un barco, gente principal de Valencia, que iban a Denia; y tan en tanto que él andaba reconociendo las costas, tuvo D. Octavio, de un navío genovés, que venía huyendo de moros, que andaban allí cerca doce velas gruesas de enemigos, y que ellos se habían escapado, que les venían dando caza, porque cuando amaneció se hallaron sin pensar cerca de ellos. Envió luego un patache a reconocerlos, y volvió de allí a dos horas con nueva que se venían acercando ocho navíos gruesos, con buena orden y forma de batalla y dispuestos, a lo que mostraban, para pelear. Cuando llegó el patache con esta nueva, estaba comiendo D. Octavio con muchos caballeros que de Valencia le habían venido a visitar, y en las demás galeras estaban muchos ciudadanos, a los cuales despidió luego, y mandó echar la gente ciudadana fuera de las demás galeras; pero ninguno de los caballeros quiso salir, y aunque D. Octavio replicó y pidió con insistencia se fuesen a tierra, no fue posible lo hiciesen, antes dijeron habían peleado en otras ocasiones, y en ésta querían hacer lo mismo y servir a Su Majestad, y así luego tomaron espadas y rodelas. De los ciudadanos, por ser muchos, echaron algunos, otros se quedaron, los más mozos y alentados. Andaba D. Octavio con gran prisa y vigilancia, dando órdenes y puestos, y previniendo lo necesario, y estando todo a punto, pareció el enemigo, que en la forma dicha venia hacía las galeras con bandera de guerra. (tuvo lugar el combate el 17 de diciembre de 1618.)

Don Octavio los aguardó y teniéndolos cerca disparó la artillería, con que les hizo mucho daño, y echó a fondo un navío: ellos dispararon la suya, y fue Dios servido no recibiesen daño alguno los nuestros considerable; nuestra Capitana volvió a disparar, y a la del contrario le hizo un gran portillo, y se juntó y aferró con ella, y por el dicho portillo entraron los nuestros siguiendo a D. Octavio, que con espada y rodela se arrojó de los primeros; pero cuando él puso, con valor de gran soldado, el pie en el navío, ya estaba Juan de Ariño, valenciano, que se arrojó al agua con la rodela a las espaldas y la espada en la boca, y entró por las espaldas de la batalla en la Capitana del enemigo, y dio de improviso en los moros, de los cuales tenía muertos a sus pies un buen palenque; el cual fue causa que desmayasen, viendo lo que Ariño hacía, y por otra parte D. Octavio y los suyos. Opúsose Quartanet, o Ali-Zayde, a D. García Lope, caballero del hábito de San Juan, natural de Valencia, de los que habían venido a visitar a D. Octavio, y aunque era valiente el morisco, más lo es cualquiera que con semejante señal adorna su pecho: vencióle a pocos lances, y viendo los demás rendido a su capitán, se rindieron. A este tiempo se rindió la Almiranta a manos de D. Juan de Solís, natural de Salamanca, y de Pedro Jorge de Cárdenas y Sebastián Vicente Tafalla, ciudadanos de Valencia.

De los cinco que quedaban dieron a huir dos, y los alcanzó y rindió el capitán Diego de Soria; cargaron todos sobre los tres, que hacían mucha resistencia, respeto de gobernarlos un morisco andaluz, gran soldado y muy ladino, que algún tiempo sirvió en Flandes con diferente nombre y patria, natural de Motril; pero al fin se rindieron, habiendo durado la batalla nueve horas. Poco antes de la noche había apercibido el Virrey de Valencia unos vasos que estaban en la playa para ir a socorrer a los nuestros, y cuando partían para allá, ya los nuestros venían victoriosos, a los cuales hicieron salva y acompañaron hasta el Grao, donde desembarcaron con la presa, dejando bastante guarnición en galeras y navíos. Hizo salva el Grao, y acompañado del Virrey y caballeros llegó D. Octavio a Valencia, donde le hicieron salva los baluartes, y había muchas luminarias. Fueron a la iglesia mayor e hicieron oración ante el Santísimo Sacramento, que estuvo descubierto, y en todas las parroquias y conventos, con muchas luces, mientras duró la batalla, de donde el día siguiente salió D. Octavio en busca de muchos perros de agua, que el capitán Lezcano trajo aquella mañana que andaban en aquellos mares. Dios sea loado.»

Bibliografía

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Transcrito por Todoavante.

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