Bazán y Guzmán, Álvaro de5

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Al llegar los refuerzos de las dos escuadra, la del mando de don Francisco de Lujan y la de don Antonio Manrique, con un total de cuarenta y tres velas, intentó convencerlos de atacar de nuevo, pero ambos sabían que al fallar el intento, ahora harían falta muchas más fuerzas, ya que seguro habrían reforzado sus defensas y debían tener la moral muy alta, por lo que ni siquiera le dejaron tropas para intentarlo. Además tuvo la suerte, que la escuadra al mando de don Galcerán Fenollet y como maestre de campo, a don Lope de Figueroa y su tercio de Mar y Tierra, se encontraron con la Flota de Indias a la que le dieron protección dejándola a salvo sobre el cabo de San Vicente. Don Pedro mientras tanto pudo interceptar a un corsario francés, que ya llevaba presa una nave mercante española.

Ante la negativa de los dos capitanes, se esperaron a que llegara la escuadra de Galcerán y a éste le propuso lo mismo, pero don Lope de Figueroa intervino diciendo, que ahora era imposible con las fuerzas que llevaban, ya que las tropas enemigas en estos momentos estarían muy crecidas de moral y no era razón de intentarlo, siendo aconsejable dejar pasar un tiempo y que se volvieran a confiar. Viendo todos estos razonamientos de capitanes muy sabios, decidió asumir las consecuencias de su fracaso, ordenando a todos regresar a Lisboa.

Mientras don Antonio había llegado a Francia y de aquí pasó a Inglaterra, en los dos países le reconocieron como Rey de las Azores, a excepción de la isla de San Miguel, pero no tanto por complacer al Prior de Crato, sino porque al tomar don Felipe posesión de Portugal, era el mayor reino jamás existido y como era de prever, estos dos países no estaban por la labor de tener a semejante enemigo tan cerca.

Las islas Azores fueron descubiertas por don Gonzalo Velho, la primera de ellas bautizada como Santa María, el 15 de agosto de 1432, el 8 de mayo de 1444 la de San Miguel, a partir de ésta ya fueron sucesivamente, la Tercera, San Jorge, Graciosa, Fayal y la de Flores en 1458, siendo ésta la última de ellas. Se les dio el nombre de Terceras, por haber sido descubiertas, después que las islas Canarias y las de Cabo Verde.

A pesar de estar en paz, Francia y España, en la expedición figuraban los grandes aristócratas del país galo, quienes también apoyaban la anexión de las islas a su país, a pesar de que el rey Enrique III de Valois, mantenía su posición de neutralidad, y en una correspondencia con el rey don Felipe II, llega a decirle, «…que si caen en sus manos los tratáis como a piratas», hasta aquí llegaba la hipocresía del monarca francés, que después tendría muy graves consecuencias para sus súbditos.

Pronto la reina madre de Francia doña Catalina de Médicis, influyó considerablemente en su hijo Enrique III de Valois para que ayudara a don Antonio, ocurriendo como no, lo mismo con la reina de Inglaterra Isabel I, así protegido y con la buena nueva de haber conseguido su primera victoria en sus islas, todos acudieron en su ayuda contra el rey de España, así se armó una escuadra de no menos de setenta y cinco bajeles, con siete mil hombres del ejército, con una carta firmada por Enrique III y la Reina Madre, en la que nombraba al Felipe Strozzi como su lugarteniente y General en Jefe para esta Armada, que se dividió en tres escuadras, una al mando del Maestre de Saint-Soulinne, otra al del conde de Brissac y la tercera al mando del portugués conde de Vimioso.

Para ganar más fácilmente el apoyo de los Reyes mencionados el Prior de Crato, hacía dejadez de parte de sus supuestos reinos a favor de quienes le ayudaran, por ello cuando zarpó la escuadra don Felipe Strozzi llevaba unos sobres lacrados con las instrucciones a seguir, ya que no sabía ni tenía idea de dónde iban y solo los podría abrir cuando ya la costa de Francia quedara fuera de la vista por la curvatura terrestre. Cuando esto sucedió las abrió y en ellas se le indicaba que tomara el rumbo a las islas Azores, especialmente a la de San Miguel que era la que estaba por don Felipe II, una vez tomada y entregada a don Antonio, debía de continuar viaje a Brasil, donde gobernaría en nombre del Prior de Crato aquel vasto territorio con el título de Virrey, esta era la jugada de Enrique III y de su madre doña Catalina de Médicis. Consiguiendo así Francia un territorio nada desdeñable en tierras de la nueva América a muy bajo costo.

Como consecuencia de esto el Rey de España ordenó a la escuadra de Juan Martínez de Recalde, que a la sazón se encontraba en Sevilla pusiera rumbo a Lisboa, a éste puerto acudió también la escuadra de Guipúzcoa al mando de don Miguel de Oquendo, pero de todo lo más importante aunque a su vez lo más pesado de leer, son las dos cartas que el Rey envía don Álvaro de Bazán, con fecha del 13 de enero de 1582, en las cuales no le deja casi mando, lo que se interpreta por lo escrito por plumas extranjeras sobre el Marqués de Santa Cruz, para restarle mérito y echar sobre España toda clase de vituperios, ya que siempre ha sido la defensa de los pobres. Porque entonces, no eran otra cosa en comparación con la gran nación española.

Iremos transcribiendo solo los puntos que nos interesan, no solo a nosotros sino a todos aquellos que quieran saber la verdad del momento, que no deja de ser cruel a fecha de hoy, pero en la época todos hacían lo mismo por lo que nadie podía arrojar la primera piedra. Sin ir más lejos, por estas mismas fechas el no menos famoso Francis Drake, después de una de sus salidas de rapiña como pirata que era y de robar, violar y asesinar a muchos españoles en las Indias, al llegar con un buen botín a Londres, Su Graciosa Magestad la Reina Isabel I de Inglaterra ‹La Virgen› lo nombró Almirante y Par del Reino.

Pero vayamos a lo que interesa de verdad:

Comillas izq 1.png «Lo que vos el Marqués de Santa Cruz, mi capitán general de las galeras de España, a quien he proveído por mi capitán general de la armada de naves y otros navíos que he mandado juntar en la costa de Andalucía para ir a la empresa de la isla Tercera por no haber venido hasta agora a mi obediencia…Lo primero os encargo que partáis luego y vais a la mayores jornadas a Cádiz o Sanlúcar de Barrameda donde se junta la dicha Armada y de camino en Sevilla entendáis de D. Antonio de Guevara a quien como sabeis he cometido la provisión de bastimentos della y la gente de guerra que ha de ir proveída por seis meses…La artillería, armas y municiones y otros pertrechos de guerra para dicha armada demás de la que tuvieren las naves della de han de prover por don Frances de Alava, mi capitán general de Artillería…Tendréis mucho cuidado que entre los capitanes, maestres y gente mareante portuguesa y extrangera de las naos de la armada no haya diferencia ni se den ocasiones los unos a los otros, por ser esto de tanto inconveniente a mi servicio, sino que tengan buena correspondencia y conformidad los unos con los otros y que los maestres y marineros de los navíos portugueses y extrangeros sean bien tratados y acariciados de los soldados, capitanes, oficiales y gente de guerra y no se les haga agravio ni de ocasión denguna y vayan muy conformes y se correspondan bien para que con esto y con el buen trato queden aficionados a mezclarse de buena gana…

En partiendo con la dicha armada (lo cual habeis de procurar que en todo caso sea para el dicho tiempo) en el viaje para llegar hasta la dicha isla Tercera, usaréis de gran diligencia, como conviene al negocio y confío en vos.

Y en caso que el armada o navíos que según los avisos que se tienen se van juntando en Francia e Inglaterra para ir a la dicha isla de la Tercera, o al socorro della, o a hacer otros daños, fuesen a ella, tendréis mucho cuidado en impedírselo y de salir con el armada que lleváredes a pelear con la otra armada o navíos y deshacerlos; y en este caso, vos no saltaréis en tierra al invasión de la dicha isla Tercera y estaréis en vuestra armada para pelear con la otra y deshacerla…

Si en el viaje en la mar topáredes algunos navíos de corsarios con gente de socorro para la dicha isla Tercera procuraréis de combatirlos y tomarlos; y si lo hiciéredes de algunos, si por confesión de los dichos corsarios y los que vienen en su compañía o por testigos, pareciéredes que han muerto agora o antes algún hombre por roballe, se podrán matar o echar en la mar los tales; y lo mismo si confesaren o hubiere testigos que no es esta la primera vez que salieron a robar y robaron, sino que ya lo han hecho otra vez o otras; y si voluntariamente no confesaren o testificaren esto, se les dará gran tormento para que digan la verdad, si hobiere indicios della; y cuando pareciere que son corsarios que esta es la primera vez que salían a robar por la mar y que no habían robado ni muerto a nadie, no es seguro matallos; mas los que fueren caudillos se podrán matar y poner otros a galeras perpetuas o darles otra pena extraordinaria semejante; y porque podría ser que los dichos corsarios trajiesen en sus navíos algunos forzados o esclavos o que los mismos corsarios los hobiesen prendido o robado padece que éstos no deben padecer de las dichas penas si ya no pareciese que habían ayudado, o sido en consejo, o dado algún favor a los dichos corsarios que en tal caso tendrán la pena quellos.

El oro y plata, perlas y joyas que los dichos corsarios hobiesen tomado a navíos que vengan de la Indias Occidentales y Orientales, han de ser todo para mí enteramente y así mismo la artillería armas y municiones que se hobieren y tomaren en sus navíos y los demás se partirá conforme lo que se acostumbra a hacer…» Comillas der 1.png


Conociendo don Felipe II a don Álvaro, que cuando no era necesario aplicaba la Ley de dejarlo pasar para evitarse otro enemigo, no conforme con esta primera carta el mismo día le envía otra, en la que ya no le deja resquicio posible de escapatoria al cumplimiento de la Ley del mar contra piratas, corsarios o bucaneros, por lo que aunque reconocemos que es algo pesada, preferimos ponerla en las partes que nos interesan, pada dejar clara constancia de que don Álvaro nunca fue un asesino, simplemente cumplía las órdenes recibidas por su Rey.

Comillas izq 1.png «El Rey.—Marqués de Santa Cruz, pariente mi Capitán General de las Galeras de España.

Aunque en la instrucción mía que se os entregará se os dice largamente lo que habéis de hacer en poner en orden la dicha armada, y en vuestro viaje, me ha parecido demás dello ordenaros en ésta algunas cosas que se bien que vais prevenido y advertido, para que tanto mejor se haga lo que conviere a mi servicio y al negocio.

Si cuando placiendo a Dios llegáredes con la dicha armada a la isla Tercera, no se hubiese reducido y venido a mi obediencia y servicio, como es de creer se hará…y si los della vinieren a mi obediencia o se rindieren, antes de saltar en tierra, los recibiréis a voluntad mía.

Si por los dichos medios y conciertos no se reducieren y rindieran ni lo quisieren hacer por bien, emprenderla heis por fuerza de las armas…Si desembarcados trataren de concierto los de la dicha isla y vinieren a mi obediencia, procuraréis de excusar que no se saquee por la gente de guerra la villa de Praya; y si por estar junto a la mar no se pudiese excusarlo, podréis permitir, reservándose los monasterios e iglesias.

Si los de la dicha ciudad de Angra, no trataren de concierto y vinieren a mi obediencia y entrare en ella peleando, paresce que será forzoso sea saqueada la dicha ciudad, reservándose así mismo los monasterios e iglesias del saco.

Si hubiese en la dicha isla Tercera y la ciudad de Angra, alguna gente extrangera que se haya metido en ella para su socorro, haréis ahorcar a todos los extrangeros como son franceses e ingleses; y lo mismo haréis en lo de los franceses que hubiere en las otras sobredichas islas de Fayal, San Jorge y las demás.

A todos los frailes que hubieren predicando insolencias y animado los de tierra a rebelión, como se entiende que lo han hecho y hacen algunos, haréis prender y traerlos presos en la dicha armada a buen recaudo, para que mande lo que se hará dellos y de orden de enviar otros en su lugar.

Asimismo haréis prender y traer presa a Doña Violante de Castro, por ser persona principal y rica y muy aficionada a Don Antonio, anima a los de la dicha isla a que tengan su voz y devoción y le sirva, es mucha parte en ella y en las demás islas, para que también mande lo que se haga della.

Y por lo que según se entiende, los bueyes que hay en la dicha isla de la Tercera, es su principal sustento para cultivar con ellos la tierra, ternéis muy gran cuenta y cuidado con que la gente de guerra que salte en tierra no mate ni hagan daño en los bueyes que hubiere en ella, porque si se diere lugar a ello, padescerían grandes necesidades los de las dichas islas y perderían mucho mis rentas.

Habiéndoos apoderado de la dicha isla Tercera, la ciudad de Angra, el castillo della y los otros fuertes que hubiese y puestos en orden y hechos los reductos para la guardia de las desembarcaciones, si conviniere y la gente de guerra que ha de quedar de guarnición en ellos con el artillería, armas, municiones y vituallas necesaria, conforme a lo que está dicho y conviniere, volveréis con la dicha armada y la demás gente de guerra della, no ofreciéndose o no ordenando otra cosa (lo cual habéis de cumplir) que según el estado de las cosas y lo que conviniese y si fuese necesario que os detengáis, os iré avisando de lo que hobiéredes de hacer, y vos me lo iréis dando siempre de lo que se fuese ofreciendo y que convendrá proveer y ordenar. De Lisboa, a 13 de Henero de 1582. Yo el Rey. — Por mandato de S. M. Juan Delgado» Comillas der 1.png


A pesar de las órden del Rey era formar al menos una escuadra con sesenta buques de guerra más los de transporte para transportar a diez mil hombres de los Tercios, lo bien cierto es que al final y por múltiples problemas sólo se pudieron unir a las disponibles por don Álvaro en Lisboa la escuadra de Guipúzcoa al mando de don Miguel de Oquendo con sus catorce buques, sumando en total treinta y seis de todas clases, siendo:

Pintura de G. Ferranz que representa al galeón San Martín navegando como regalo para el autor del libro F. Condeminas Mascaró.

Galeones: San Martín, de don Álvaro de Bazán, mil doscientas, tn.; San Mateo, de don Alonso de Bazán. Seiscientas, tn.

Naves de Guipúzcoa: La Concepción, del maestre don Pedro de Evora. Quinientas veintiocho, tn. Nuestra Señora de Iziar, maestre don Domingo de Olavarrieta. Doscientas cuarenta, tn.; Buenaventura, maestre don Juan Ortiz de Isasa. Ciento noventa y dos, tn; San Miguel, maestre don Antonio de la Jus. Doscientas cuarenta y cuatro, tn.; Catalina, maestre don Juan de la Bastida. Trescientas veinte, tn.; Juana, maestre don Pedro de Galagarza. Trescientas cincuentas y tres, tn.; San Vicente, maestre don Domingo de Tausida. Trescientas sesenta y tres, tn.; San Vicente, maestre don Juan Pérez de Mutio. Trescientas catorce, tn.; María, maestre don Juan de Segura. Doscientas ochenta y nueve, tn. y Nuestra Señora de la Peña de Francia, maestre don Cristóbal de Segura. Trescientas veinte seis, tn.

Naves Portuguesas: Changas, maestre don Gaspar Antúnez. Trescientas diecinueve, tn; San Antonio, maestre Bastián Pérez. Doscientas ochenta y dos, tn.; El Rosario, maestre don Manuel de Gaya. Doscientas cincuenta, tn.; San Antonio del Buen Viaje; maestre don Amador Fernández. Ciento cincuenta y dos, tn.; La Misericordia, maestre don Pedro Beltrán. Doscientas veintinueve, tn.; Anunciada, del don Juan de Simón. Seiscientas, tn.

Naves particulares: Jesús y María, del maestre don Baltasar de Baraona. Setecientas cuatro, tn.; San Miguel, maestre don Alonso Solís. Ciento treinta y nueve, tn. y San Buenaventura, maestre don Juan de Arteaga. Trescientas veintinueve, tn.

Urcas: San Pedro, escribano don Guillermo Langle. Cuatrocientas sesenta y siete, tn.; San Gabriel, escribano don Juan Antonio. Cuatrocientas una, tn.; María, escribano don Juan de Domunto. Cuatrocientas diez, tn. El Avestruz, escribano don Gaspar González. Trescientas treinta y nueve, tn.; San Miguel, escribano don Guillermo de Torres. Ciento noventa y una, tn.; San Rafael, escribano don Juan Bautista. Cuatrocientas dieciocho, tn.; El Ciervo, escribano Andrés Pérez. Doscientas treinta y nueve, tn.; San Miguel, escribano don Gonzalo Becerra. Doscientas setenta y siete, tn.; Moysén, escribano don Francisco Mecinés. Trescientas setenta y ocho, tn. y El Ángel, escribano don Atanasio Fernández. Trescientas treinta y ocho, tn.

Pataches de la Armada de Lisboa: Santa Clara, maestre don Antonio Ampuero; Santa Ana, maestre don Juan de Sorriba; Concepción, maestre don Pedro Jirón; Santa Cruz, maestre don Francisco Grispín; La Isabela, maestre don Juanes de Vezo Ibáñez y el del mando del maestre don Juan Cardo, en el que iba el capitán Aguirre y fue tomado por los franceses. Estos buques por ser muy pequeños no se midieron, por ello no se sabe el tonelaje.

A esta escuadra de treinta y cuatro buques, que debieron de salir de Lisboa, como se dice en ella uno fue apresado por los franceses; La Anunciada, se vio obligada a regresar por empezar a hacer agua y otros siete no llegaron a tiempo de unirse a ella dadas las premuras que daba don Felipe II, por lo que el día del combate don Álvaro solo contaba con veinticinco buques ente grandes y pequeños. Además por los tonelajes se puede ver que grandes en realidad solo estaba la Capitana y no enunciamos los buques de la escuadra que se alistaba en Cádiz [1], al mando de don Juan Martínez de Recalde, por la razón de que no estuvo presente en el combate, cuando llegó, los enemigos de España ya estaban todos de regreso a sus puertos de partida.

El 23, las escuadras se quedaron en vigilancia mutua sin entrar en combate, pero el barlovento lo tenían los franceses, por lo que alguien, (no se ha podido averiguar), a bordo del galeón San Martín se gritó «esto es la ‹guerra galana›», refiriéndose, no a ser galantes y comportarse como tales, sino que eran «galos» y no presentaban combate, por lo que eran galantes con el enemigo.

Pero amaneció el 26 de julio, las escuadras estaban separadas por unas tres millas de distancia y a unas dieciocho de la isla de San Miguel, se encontraban en ese momento con el rumbo de bordada del norte y la francesa seguía manteniendo el barlovento.

Don Álvaro de Bazán, estaba decidido a no dejar pasar este día sin decidir el combate, (la resolución del estratega) para ello había dispuesto su escuadra de una forma que, hasta ese momento resulto casi imposible de concebir, pues rompía con todas las normas tácticas utilizadas hasta ese momento, esta formación estaba dispuesta de la forma siguiente: un centro; con nueve buques, en el que estaban los buques menos poderosos de la escuadra, pues lo componían las urcas flamencas, con las guipuzcoanas intercaladas y que tenía previsto fuera el eje a las dos divisiones restantes; la vanguardia y la reserva, en las que formaban los buques más rápidos y mejor armados, contando cada una con siete naves.

En la vanguardia y en su cabeza se posicionó el galeón insignia, que iba flanqueado por tres de las urcas en cada costado, éstas navegando en fila y dando protección al galeón. La reserva o retaguardia iba de la misma forma y con la orden de acudir al lugar donde se produjera el primer contacto, para enfrentarse como un bloque al enemigo en el lugar donde más fuera necesario. Esta formación era para poder doblar la línea enemiga por la proa y popa, de esta forma se le obligaba a combatir al enemigo por las dos bandas. Acción que posteriormente dio buenos resultados a otros almirantes, pero en contra nuestra.

Para relatar el combate, pasamos a un documento que habla por sí solo de lo que allí ocurrió. Comenzó al ser separado de la formación el galeón San Mateo por los vientos, momento en el que un testigo presencial nos dice:

Comillas izq 1.png «…y siendo nuestro dicho galeón cercado de cinco galeones enemigos, comenzó a pelear con todos cinco, y demás desto fueron reforzados de infantería que bajeles medianos venían a posta cargados de gente, sólo para reforzar sus galeones, y como el viento les era a ellos a favor, nuestra armada, que estava a sotavento, no nos podía socorré sino era dando bordos, de suerte que podía ser con ninguna brevedad el socorrernos. Peleose de esta manera de cuatro a cinco horas del día, dejando a la consideración del que esto supiere y entendiese de cómo debió ser. Fué Nuestro Señor servido de dar tanto valor y gracia a D. Lope de Figueroa y a D. Pedro de Tassi y a los caballeros, aventureros y soldados que adentro estaban, que serían en todos hasta 250, que habiéndoles echado fuego de muchas bombas y artificios del y pegádole en el galeón por más de veinte partes y habiéndole tirado más de quinientos tiros de artillería y trayendo el dicho Phelipe Stroz y conde de Vimioso en su Capitana 400 soldados escogidos sin más de 120 caballeros aventureros para el efecto de embestir con dicho galeón San Mateo y que su Almirante (el galeón de Brissac) se le puso al lado con otros 400 soldados y siendo estos dichos cinco galeones tan grandes y tan bien artillados como el San Mateo se defendió de todos ellos habiendo peleado cerca de cuatro horas sin tener ningún favor ni ayuda de ningún bajel de nuestra armada…» Comillas der 1.png


El primero en llegar en su socorro después de combatir cinco horas en solitario contra el grueso de la escuadra francesa, fue la urca Juana, al mando del capitán don Pedro de Galagarza y a su bordo el general don Miguel de Oquendo, la cual sin quitar velas arribó embistiendo a la Almiranta de Brissac, librando así una borda del San Mateo, arremetiendo contra la enemiga con tanta fuerza que a pesar de llevar a más de cuatrocientos hombres de los mejores de su escuadra no consiguió volver a su sitio, quedando separado al interponerse la urca española, a la Juana le seguía la Gabarra al mando del capitán Villaviciosa, que se incorporó al combate de enfilada por la proa de la enemiga, lo que no les dio tiempo ni a decidir siendo abordada y tomada por los españoles. Pero pasemos a la carta que el mismo don Miguel de Oquendo envió al secretario de don Felipe II, Delgado, donde se hace una relación casi pormenorizada del combate y nos parece que corresponde que aquí figure.

Comillas izq 1.png «Muy ilustre señor: A los 20 de éste, á la tarde, llegamos á tener vista del Morro del Nordeste de San Miguel, y le doblamos este día, ecepto D. Cristóbal que no pudo, y se le esperó hasta otro día, y todos juntos navegando la via de Punta Delgada, que es la ciudad de esta isla de San Miguel, descubrimos la mar toda llena de naves, y en el puerto de San Miguel ó Punta Delgada; y como fuimos descubiertos de ellos, comenzaron á hacerse á la vela y salir á la mar, y en poco espacio se pusieron en orden 56 navios de guerra; y vistos por nuestra armada, mando su Señoria hacer la vuelta de la mar, y este día se acabó con esto, que fue á los 21 dia sábado. Domingo mañana amanecieron ambas armadas á la vista, obra de poco más de dos leguas una de otra: el enemigo, que venia deseoso de verse con la nuestra y muy confiado de la victoria, comenzó este dia á enviar navios corredores á descubrir y reconocer nuestra armada, los cuales lo hicieron ansi, y según agora lo hemos entendido de ellos, les causó mucho contento las nuevas que les llevaron los tales navios de que los nuestros eran de ruin suerte y mal artillados, y que había bien poco en vencernos, y que era una armadilla de nonada; y con esto se pasó este dia.

Otro dia amanecimos á vista y no muy lejos la una de la otra, é hicieron señales los contrarios de batalla, y vistos por el Marqués, nos pusimos en orden, y mandó que le esperásemos, y asi no osó por entonces pasar adelante más de ponérsenos de barlovento, travesados los unos y los otros, y así estuvimos hasta después de comer, y en este tiempo anduvieron sus pataches de una nao en otra, y dende á rato comenzaron á arribar sobre nuestra armada todas las naos grandes del enemigo, siguiendoles los demás. Yo en este tiempo me hallé el mas cercano de ellos, y me rodearon la Capitana y Almiranta y me dieron una ruciada de artillería, á las cuales se le respondió con la misma fruta, y no osaron abordar, y visto por el Marqués el atrevimiento, se atravesó con los dos galeones del Rey San Martín y San Mateo, é yo me puse con el mio en hilera, y tomamos toda la demás de la armada á nuestro abrigo, y asi puestos en esta buena orden, pasó el enemigo por nuestro barlovento con todas sus naves gruesas, disparando toda la artillería de la banda, y los galeones, como la traian brava, hubo una buena escaramuza, y no hubo mosquetes ni arcabuces, y con esto pasó este dia. De nuestra nao se hizo con la poca artilleria lo que pudimos, de suerte que el Marqués quedó contento.

Otro dia cada uno procuró de apercibirse lo mejor que pudo, y amanecimos á vista, y se pasó el dia sin batalla ni escaramuza, con algunos cometimientos, y fue dia del bienaventurado Santiago, que cierto pensamos tener batalla este dia, y no hubo lugar, porque no nos pudimos acercar por falta de aire.

El dia de la bienaventurada Santa Ana, 26 de Julio, por la mañana, amaneció nuestra armada sobre Villafranca, tres leguas á la mar, y con muy poco aire en la calma de la tierra, y el enemigo amaneció cuatro leguas mas allá, donde gozaba de muy buen aire, con el cual en poco tiempo se puso con nosotros y hizo señales de batalla; é vista por el Marqués su determinación, se puso travesado como el dia antes y en muy buen orden, poniendo su frente muy fuerte con las naves atrás dichas y todas las demás en buena orden. Ellos esperaron hasta comer, y en acabando, con una brava determinación dieron arriba la banda sobre nosotros, y comenzaron á abordar á los galeones y á los demás, y dar tanta batería, que parecía cosa extraña, la cual duró hasta la noche, y su capitana fue presa por la nuestra, en la cual había muchos personajes de gran suerte, y entre ellos Musir de Stroci y el Conde de Linoso. El Musir murió en el combate y el Conde herido de muerte, y acabó de morir ayer con otros muchos caballeros de suerte.

El galeón San Mateo tuvo á bordo dos galeones franceses, Capitana y Almiranta, y le mataron mucha gente y lo tenían muy trabajado. Visto por mí que corria gran peligro, é que si nos le tomaban nos desbarataba á todos, librándome lo mejor que pude, di vuelta para él para le socorrer, y llegué á tiempo de muchisima necesidad, y me encajé con mi nave entre el dicho galeón, y las Almiranta del contrario, con todas las velas en el tope, de suerte que con el ínterin se apartaron los dos galeones San Mateo y Almiranta francesa, y San Mateo se fue libre de su peligro y no poco contento. Yo me amarré con la dicha Almiranta, que era una de las más bravas de toda la armada, y traia 30 tiros de bronce grandes y 300 hombres tirados y marineros, y toda la gente de guerra eran soldados viejos; y la primera ruciada que le dimos en abordarlo, le matamos 50 hombres, los mejores que tenia, de que cobraron mucho temor y espanto, porque tenían estos hombres y otros para saltar en el galeón, muy escogidos, armados de punta en blanco, con otros tantos tiradores, según que todo lo cuenta un personaje y tres soldados que tenemos en la nao, que vinieron pidiendo misericordia y la hallaron; y fue saqueada la dicha Almiranta por nuestra gente de mar y guerra, y puesta mi bandera de campo en su popa, y sus insignias en la nuestra, colgadas á uso de guerra; y en este discurso las naos crecidas de su armada iban yendo y viniendo, y me daban gran batería de tiradores y artilleria, y con la de un lado respondí á ellos con la mitad de los tiradores, sin hacer falta al enemigo de casa.

Se acabó el dia, y algo antes me dieron un cañonazo debajo de la mar, y nuestra nao se iba aplomando, y ni mas ni menos la francesa, porque la habíamos roto todo el costado con mucha bateria, y no se supo por la gente de guerra que nuestra nao estaba rota, antes mandé que no diesen á la bomba, porque entendía que antes se acabaría el dia y la batalla que la nao se nos anegase, y si la gente de guerra que combatia bravamente supiera que la nao se iba hinchendo de agua, cesare el combate, se rindiera mi nave; fuera muy pujante y diera en que entender. Y asi se acabó el dia, y ambas naves, llenas de agua en cantidad de mas de una braza de alto, se apartaron, habiéndome desamarrado alguno los cabos en que la tenia atada, y se cree que aquella noche iria á fondo. Matóse toda la gente, que no le quedaron sino muy pocos, y á nosotros nos mataron é hirieron poco mas de treinta, y luego todos echaron á huir, cada uno por su cabo, dejando su Capitana y otra nave en nuestro poder, y desembarazados y sin gente esta Almiranta y una urca, y era grandísima riza y matanza en los demás, de suerte que los suyos me parece serán mas de 1.200 muertos, heridos y presos, y en los nuestros se cree no lleguen a 700.

Esta victoria se debe atribuía á Nuestro Señor, que mas parece cosa de su mano que de hombres humanos, por la gran fuerza que traían y por el poco recado que nosotros teníamos.

D. Antonio, de que nos vió, fue á la Tercera en un patache, el cual preguntaba á todos los que venían á su poder, si el galeón San Martín venia con esta armada, que parece tenía tratado con los portugueses lo estorbasen lo posible, y si no viniera era todo perdido, de las cuales estoy ya sano del todo, y Nuestro Señor fue servido darnos fuerzas en aquel dia para todo el tiempo que duró la batalla, y de librarme de tantos peligros sin lesión alguna, y plega á Dios sea para su santo servicio.

Andamos con tiempo contrario sobre esta isla, que no nos deja tomar puerto, y tenemos harta necesidad por causa de los heridos y aun de los sanos, la cual está D. Antonio, ecepto el castillo; hallas ancha sin quebrar cabeza ni sin resistencia alguna, y porque el Marqués envía entera relación de ésta, no digo más. Nuestro Señor. Fecha en la mar, cuatro leguas del Morro del Nordeste de esta isla de San Miguel, á 29 de Julio de 1582. — Muy ilustre Señor. — B. M. á V. md. Muy cierto servidor. — Miguel de Oquendo.» Comillas der 1.png


Después del combate vino la aplicación de las órdenes del Rey, que don Álvaro tuvo que tomar, de donde se desprende una sentencia en juicio sumarísimo, y el cumplimiento de las penas a Ley de don Felipe II y por lo escrito del propio Rey de Francia.

El documento de la Sentencia dice:

Comillas izq 1.png «El Marqués de Santa Cruz, capitán generál de la galeras de España, armada y ejercito de S. M. — Por cuanto habiendo paces entre S. M. y el Rei de Francia, salió y vino armada de aquel Reino a favor de D. Antonio, prior de Crato, á tomar y señorearse de la isla de San Miguel, tierra de S. M. como lo hizo con intento y concierto de acometer y ofender otras islas, tierras y señoríos de S. M., en quebrantamiento de las dichas paces que hay entre S. M. y el Rei de Francia, y dio batalla á su Real armada, y fue Dios servido que la francesa fué rota y vencida por la de S. M., de que soy capitán generál, y habiendose muerto mucha gente, de los enemigos franceses fueron presos veinte y ocho Señores y cincuenta y dos caballeros, y los demás que hay presos, marineros y soldados; y porque tan gran delito no quede sin punición, para castigo de los cuales contravenidores á las dichas paces y ejemplo de los demás que lo supieren, vieren y oyeren, ordeno al Licenciado Martin de Aranda auditor general de esta felice armada, haga luego degollar y degüellen á los dichos Señores y caballeros públicamente, a vista de esta armada y ejército, en el cadahalso que para este efecto se ha hecho en la plaza de Villafranca de la isla de San Miguel, publicándose primero en alta voz esta mi orden, y de los demás soldados y marineros y gente de la dicha armada de diez y siete años arriba, se ahorquen, de manera que los unos y los otros naturalmente mueran, y los de diez y siete años abajo, hayan la pena que fuese mi voluntad, porque así conviene al servicio de Dios y de S. M. y á la paz, concordia y confederación de S. M. y del dicho Rei de Francia. Dada en el galeón San Martín, sobre Villafranca, á Iº dia del mes de Agosto de 1582. — Don Alvaro de Bazán.» Comillas der 1.png


Notas

  1. Escuadra de Andalucía que no llegó a tiempo para el combate, estaba al mando de don Juan Martínez de Recalde, estando compuesta por: Galeones: La Concepción, capitán, don Bartolomé Carlos, propiedad del Marqués de Santa Cruz. Ochocientas dieciséis, tn. y La Concepción, capitán, don Manuel Alonso, propiedad del Marqués de Santa Cruz. Seiscientas veintiocho, tn. Urca: El Unicornio Dorado, capitán, Guillermo. Mil ocho, tn. Navíos: Santa María de Gracia, capitán, Estéfano Nícolo Nacche. Novecientas setenta y siete, tn.; Nuestra Señora del Rosario y San Juan Bautista, capitán, don Juan Umbert. Ochocientas catorce, tn.; San Francisco de Padua, capitán, don Juan Bautista Sagre. Setecientas cuarenta, tn.; San Nicolás, capitán, don Marino Prodanelli. Setecientas treinta y nueve, tn.; Salipomana, capitán, don Jerónimo Lombardino. Setecientas treinta y cinco, tn.; Santa María de la Costa, capitán, don Antonio Ronco. Quinientas veintisiete, tn.; Lapoza, capitán, don Antonio de Agustino. Quinientas catorce, tn.; Santa Cruz, capitán, don Jorge Gorgono. Cuatrocientas doce, tn.; La Piedad, capitán, don Juan Pedro Chelentano. Cuatrocientas siete, tn.; Nuestra Señora de Constantinopla, capitán, don Julio Lacaña. Trescientas setenta y una, tn.; Santísima Trinidad y Nuestra Señora de Gracia, capitán don Marco Balerio. Trescientas veintiséis, tn. y La María, maestre, don Juan Núñez de Arradaner. Doscientas veinte, tn.Pataches: Espíritu Santo, maestre, don Gutierre Vega.; Santa Olalla, maestre, don Pedro Guerra.; Nuestra Señora de la Encina, maestre, don Pedro Musquei. Y la carabela: San Antonio, maestre, don Vicente Yáñez. Al igual que sus homónimos, no se sabe el tonelaje por ser muy pequeños. Y las siguientes zarparon con la escuadra, pero al no estar en condiciones y comenzar a hacer agua, regresaron a Cádiz. Naves: Santa María de Gracia, capitán, don Juan de Bartolo. Setecientas sesenta y cuatro, tn.; Santa María Encoronada, capitán, don Juan Andrea de Florio. Setecientas dieciséis, tn.; Santa María del Rosario y San Telmo, capitán, don Juan Arols. Quinientas dieciocho, tn.; Santa María del Pasitano, capitán, don Francisco Castelán. Cuatrocientas noventa y ocho, tn. y Santa María del Socorro, capitán, Rusco de Marco. Trescientas cincuenta y cuatro, tn. y la Urca:, La Grata, capitán, Octavio Feneto. Cuatrocientas tres, tn.

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