Combate del cabo de Santa Maria 16/I/1780

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Combate del cabo de Santa María 16/I/1780



Este combate tuvo lugar, en las proximidades del cabo de la costa del Algarbe, en el sur de Portugal, librándose el día dieciséis de enero del año de 1780, entre una escuadra al mando del general don Juan de Lángara y otra británica al mando del almirante George Rodney.

Las fuerzas españolas de tierra y mar, permanecían con su bloqueo de Gibraltar desde el mes de junio del año de 1779, al finalizar del otoño siguiente la situación de la plaza era muy precaria, por lo que en el Reino Unido, se llevaban a cabo los preparativos de una gran expedición de socorro, compuesta de un gran convoy, que transportaba, víveres, municiones y refuerzos suficientes, para prolongar indefinidamente su resistencia.

El convoy iría protegido por una importante escuadra al mando del almirante Rodney, al que se le habían dado las órdenes, de que primero llevara el convoy a Gibraltar y después continuara viaje, con rumbo a las Indias Occidentales.

De todo esto se recibieron en Madrid noticias muy anticipadas, por lo que la Corte, de acuerdo con la francesa, decidió el intentar interceptar el paso del convoy, procurándose para ellos la composición de dos importantes escuadras, una española y la otra francesa.

En Brest, desde el año anterior estaba concentrada, la armada que había realizado la campaña naval del Canal, la cual terminó sin combate y estaba formada por una escuadra jamás vista de más de sesenta navíos; debían alistarse veinte navíos españoles y otros tantos franceses, cantidad que se estimaba más que suficiente, para impedir el paso de la escuadra británica, pues se suponía que la mandada por Rodney no sobrepasaría de los veinticinco navíos.

Pero en prevención de que el almirante británico, lograra esquivar a tan temible oposición, se preparó una segunda escuadra compuesta de veintiséis navíos, todos ellos españoles, de los que dieciséis estarían al mando del general don Luis de Córdova, quien se haría a la vela desde Brest, con rumbo al estrecho, donde se le unirían diez navíos más de la escuadra del general don Juan de Lángara.

Esta segunda escuadra de refuerzo al tránsito de la británica, debía de fondear cerca de la entrada del Estrecho, con el fin de cortar el paso a Rodney, en caso de que logrará escapar al primer encuentro, estimándose que aunque la flota británica lograra pasar a través de la primera escuadra concentrada en el puerto francés, debía quedar muy dañada en su encuentro, lo que representaría que la segunda ya la recibiría en muy mal estado y con todas las ventajas.

Pero todo este plan fracasaría, pues el Dios Eolo, casi siempre estuvo de parte de la pérfida Albión, por lo que a continuación veremos las circunstancias tan desfavorables, en las que se produjo el combate.

La expedición británica, se hizo a la vela desde varios puertos el día veintisiete de diciembre del año de 1779.

Rodney, con una escuadra de protección, compuesta por veintiún navíos y nueve fragatas, tenía que dar escolta a un impresionante convoy de más de doscientas velas de transporte, que llevaban los efectos ya mencionados, para llevarlos en socorro de los asediados en la plaza y peñón de Gibraltar.

En estos momentos, todavía no se habían alistado, en la base naval de Brest, los veinte navíos franceses, que para el primer propósito estaban previstos, por lo que Rodney lejos de encontrar una resistencia efectiva, se encontró libre de movimientos al atravesar el océano Atlántico, con rumbo a Gibraltar.

Además y a pesar de lo avanzado de la estación, lo realizo pegado a la costa, con muy buen tiempo hasta el golfo de Vizcaya, llegando a las costas de Portugal y el día ocho de enero del año de 1780, se permitió el lujo de al estar frente a nuestras costas de Galicia, atacar a un convoy español con quince buques de transporte y protegido por un navío de 64 cañones, que se dirigía desde San Sebastián a la bahía de Cádiz, logrando apoderarse de todas las embarcaciones; le siguió acompañando un muy buen tiempo, que le proporcionaba un viento de dirección norte, que si cave aún le ayudó más a realizar el trayecto en menos tiempo.

Continuó el británico su rumbo, doblando el cabo de San Vicente, poniendo proa al Estrecho, pero en ese momento el viento roló de dirección al sudoeste, lo que precisamente necesitaba para que le impulsara, para atravesar rápidamente el Estrecho.

¿Pero donde estaba la segunda escuadra que debía interceptarlo?. Pues sencillamente no existía.

Don Luis de Córdova, había salido de Brest con la suficiente antelación al frente de quince navíos, dejando los veinte restantes a las órdenes de don Miguel Gastón, para que formara parte de la primera escuadra de oposición a los británicos.

Pero en los puertos de Galicia se habían quedado cuatro de sus navíos, bastante maltratados por los fuertes vientos contrarios, con el fin de reparar sus averías y los restantes once prosiguieron su rumbo a la bahía de Cádiz.

Mientras tanto, don Juan de Lángara, que esperaba a la Córdova en la entrada del Estrecho para incorporársele, con otros once navíos, sacados del bloqueo de Gibraltar, se vio obligado a pasar el Estrecho y salir al Mediterráneo, como consecuencia de haberse desatado un violento temporal, que averió gravemente a varios de sus navíos, por lo que tuvo que arribar a Cartagena para intentar repararlos lo antes posible.

Al llegar don Luis de Córdova al lugar convenido de encuentro y no hallándose Lángara, fondeó a la entrada del Estrecho en espera de él, con la mala fortuna, de que se desencadenó entonces otro temporal de mucha intensidad, que empujo a sus navíos contra las costas africanas, donde estuvieron a punto de zozobrar, lo que lógicamente le impidió arrumbar a la bahía de Cádiz, en busca de refugio para sus buques.

Mientras tanto, Lángara que ya había reparado lo imprescindible para hacerse a la mar, volvió a cruzar el Estrecho, viendo que tendría que hacer frente él sólo, con sus once navíos a la fuerza enemiga, que en esos momentos era el doble que la suya y al mando de Rodney, lo que él mismo lo conceptuó como una verdadera temeridad, pero había que hacerlo o al menos tratar de hacerlo, ya que los buques de Córdova, aún pudiendo llegar a tiempo, no estarían momentáneamente en condiciones de navegar y menos aún de combatir.

Como se podrá dar cuenta el lector, más infortunios y en menos tiempo no pueden ocurrir, y es que el hombre propone y Dios dispone, lo que dio al traste con todo lo planeado y tan cuidadosamente elaborado, para tratar de evitar la arribada del almirante británico, en socorro del peñón de Gibraltar.

El 16 de enero del año de 1780, hallándose don Juan de Lángara, a la altura y aguas del cabo de Santa María, fue avistada la masa de árboles de la escuadra británica al mando del almirante Rodney y el convoy, entando la escuadra sólo a unas doce millas de la española.

La escuadra británica del almirante Rodney se componía de veintiún navíos, de ellos tres eran de tres puentes, uno de 100 cañones, otro de 98 y el restante de 90, más dieciocho de dos puentes de los que dieciséis era de 74 cañones y dos de 64, más las siempre presentes fragatas, que eran nueve de 44 a 24 cañones, totalizando 1.864 bocas de fuego.

Contra esta escuadra el general español don Juan de Lángara, sólo podía oponerse con sus once navíos, de los cuales uno era de tres puentes y 80 cañones, mientras que el resto eran diez de dos puentes, de los que nueve eran de 74 cañones y uno de 64, más dos fragatas de 34 cañones, por lo que el total de bocas de fuego a oponerse eran de 878, lo que no hace falta ser ningún matemático, para apreciar que suponía menos de la mitad de potencia de fuego que los británicos.

Un poco pasadas las 13:30 horas, Lángara dio la orden de virar por redondo, con el fin de mantenerse a distancia y a barlovento, que en ese instante mantenía la dirección del sudoeste.

Sobre las 15:00, se observó que los enemigos acortaban la distancia rápidamente, y que la escuadra española tenía todas las probabilidades de perder, pues la diferencia de fuerzas era más que manifiesta, por lo que trató de no entablar combate, aún así ordenó consejo de comandantes, quienes después de oír a su general, le manifestaron cortésmente estar de acuerdo con su planteamiento, por lo que se llevó a efecto, que no fue otra que ordenar el cargar velas y poner rumbo a la bahía de Cádiz.

Rodney, viendo la proximidad a la que se encontraba, ordenó formar la línea de combate de frente, pero media hora después viendo su superioridad, la cambio por la de «caza general», dejando en libertad de movimiento a todos sus capitanes y que iniciaran el ataque, pero advirtiéndoles que se cuidaran de mantenerse a sotavento, lo que indicaba el evidente propósito de cortar así la retirada a los españoles.

En aquellos momentos los navíos británicos eran más rápidos que los españoles, por llevar ya en casi todos ellos los forros de cobre, pues era una innovación, que aún no se había adoptado por la resistencia de los maestros carpinteros, a que esta sobre obra impedía el que pudieran ser reconocidos con exactitud las obras vivas de los buques, lo que dificultaba su reconocimiento y el valorar de antemano, el importe de lo que se tenía que reparar, lo cual les ponía en un grave aprieto, pues la Hacienda no solía admitir sobre cargas económicas, a lo ya presupuestado.

Así sucedió que una división, que estaba formada por los navíos más veleros de la escuadra británica, los Edgar, Resolution, Defence y Bedford, todos ellos de dos puentes y 74 cañones, fue acercándose a los buques españoles más retrasados y poco antes de las 16:30 horas, el Edgar alcanzó al navío Santo Domingo, también de 74 cañones, el más rezagado de la escuadra de don Juan de Lángara, porque además tenía averiado el aparejo de la tormenta anterior aún no reparado totalmente, comenzando el combate con un bombardeo del británico por la aleta de babor, al ser ya alcanzado por el primero, pronto se le unieron dos británicos más, que se colocaron por las dos bandas y de través, por lo que sumando los tres el esfuerzo y después de una bizarra defensa, pero que nada podía evitar el bombardeo enemigo, fue dañado de tal manera que poco después de las 16:40 horas, el navío voló.

Varios navíos más de la escuadra española fueron alcanzados y por lo tanto combatidos, incluso por los de la retaguardia británica.

De esta forma fueron sucumbiendo, luchando contra tres o cuatro enemigos al mismo tiempo, el Diligente y Princesa ambos de 74 cañones.

El Fénix, que era el navío insignia, era un viejo buque de tres puentes y 80 cañones, fue atacado, cuando ya era casi de noche cerrada, por el navío británico Defence, del porte de 74 cañones, que se colocó a su costado de babor, con lo que se cañonearon muy duramente, logrando el español que el enemigo se le apartara, pero poco después y guiado por el fuego, se incorporó al combate el navío Bienfaisant, de 64 cañones, que se puso en la aleta de estribor, pero aún así el tres puentes y 100 cañones Royal George, se le coloco de enfilada por la proa, lo que provocó ser batido por tres navíos al mismo tiempo, y sólo uno de ellos ya tenía mayor potencia de fuego.

Por lo que desde las 18:00 horas, el español tuvo que soportar un fuego terrible, pero favoreció a su defensa el mal estado de la mar, pues ésta era gruesa y de ambiente tempestuosos, por lo que los fuegos no eran tan eficaces, de lo contrario el Fénix no hubiera podido materialmente aguantar tanto tiempo, a lo que se añadió que sobre las 19:00, se unió un cuarto navío del porte de 74 cañones, que sumó sus fuegos a los de sus compañeros y en contra del español.

El general don Juan de Lángara, por dos veces resulto herido, lo cual no le impidió el permanecer en su puesto, pero como a la tercera va la vencida, de ésta perdió el conocimiento.

Pero el navío se mantuvo en su sitio, combatiendo en un círculo de fuego, oscuridad y de los desatados elementos, a lo que sobre las 21:00 horas, todavía se unió un quinto enemigo, que inmediatamente comenzó a batirlo, por lo que no habiendo más lugar por donde bombardearle sus compañeros se abrieron un poco, para dejarle espacio, pues él llegaba fresco y ellos ya comenzaban a estar cansados, lo que dio lugar a que el español, ya casi sin gente, desarbolado completamente y materialmente acribillado, tuvo que arriar su pabellón y rendirse.

Por lo que los británicos consiguieron apoderarse del San Julián, de 64 cañones, y del San Eugenio, de 74, después como siempre de mantener una desesperada y fuerte resistencia, los dos.

Sobre la media noche, el Monarca, de 74 cañones, fue alcanzado por dos enemigos que se le colocaron en las dos aletas, a los que posteriormente se les unió el tres puentes de 90 cañones Sándwich, que era el navío insignia de Rodney, sobre las 02:00 imposible de mantener el fuego por falta de gente y desarbolado tuvo que rendirse.

El resto de navíos españoles, logró llegar a la bahía de Cádiz, sin mayores contratiempos, que los que ofrecía el estado de la mar.

Por lo que de los once navíos que formaban la escuadra española, se perdieron siete y consiguieron huir cuatro, que se refugiaron en Cádiz.

Una nota de alivio a las pérdidas la dieron las dotaciones de los navíos San Julián y San Eugenio, al mando de don Juan Rodríguez de Valcárcel el primero y don Antonio Domonte y Ortíz de Zúñiga el segundo, pues estando en poder de los británicos, los buques estaba en tan malas condiciones y la mar tan agitada, siendo aconchado contra la costa, como la dotación de presa era poca faltaban manos para poderlo arrumbar, por ello su jefe pidió ayuda a los españoles, quienes pusieron como condición que el buque sería llevado a la bahía de Cádiz, se lo pensó pero viéndose casi perdido sin remisión optó por ceder, de forma que los prisioneros pasaron a tomar el mando del buque, logrando sacar a sus navíos del apuro y a los británicos con él, dándose el caso peregrino por el que los primeros, vencedores, ahora eran los vencidos y por ello sus prisioneros, entrando en la bahía de Cádiz, con gran alegría de la dotación española. El primero fue abordado por una dotación de presa del británico Royal George.

Por lo que las pérdidas efectivas se redujeron en esos dos navíos, quedando así en sólo los cinco; uno volado y cuatro apresados por los británicos.

Rodney, tuvo que soportar con grandes dificultades el temporal, en el que estuvieron a punto de perderse sus tres navíos mayores, por aguantar menos la mucha mar.

Después de soportar este temporal, el 18 cambió el tiempo, por haber rolado el viento del noroeste, lo que le permitió pasar el estrecho sin ninguna oposición y fondeando en las aguas del peñón de Gibraltar, acompañando a su convoy que permanecía intacto y además, llevando a remolque a los cuatro navíos españoles apresados.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. por Ángel Dotor.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Rodríguez González, Agustín Ramón.: Trafalgar y el conflicto naval Anglo-Español del siglo XVIII. Actas. San Sebastián de los Reyes. Madrid, mayo, 2005.

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